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Full text of "Páginas sueltas"

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SAl J^Le. ^-^-./OD 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 

SOUTH AMERICAN COLLECTION 



THE CIFT OF ARCHIBALD CARY COOLIDGE, '87 
AND CLARENCE LEONARD HAY, '08 




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i PÁGINAS SUELTAS 



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JUAN L. CUESTAS 






PÁGINAS SUELTAS 



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TOMO TERCERO 




MONTEVIDEO 

DOBNALECHE Y ReYES, EDITORES 

Caixb 18 OB jDuo, s6)a. 77 t 79 

1901 



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ARCHÍBALD CARY COSLIDGt 

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CLAREXCE LEONARD HAY 



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PRIMERA PARTE 



I 



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UNA heroína MENDOCINA 



DE Ya época del general D.JOSÉ DE Í^AN MARTÍN 



BSPBBBNaA HISTÓRICA, F0BÍ«ADA DB UN MAVUSCBITO PBRTBNECIBNTÉ* k 

UN VBTEBANO D9 LAS 6UBBI&S DB LA INDBPBNDBNCIA 

AMBBICANA, BN LA ABQBNTINA, CHILB Y PBRt5, — DB ]8l2 i 1825 



Mendoza en 1816Í. ^ La familia Uerranz. — Florencia Villa -Mayor,, la 
'heroína. — Su patriotismo. — Conspiradores. — £1 ejército de San Mar- 
tin. — El enamorado Ortiz. — Confidencias peligrosas. — La correspon- 
dencia ^e San Martín á Pueyrredón. — Plan de campafia. — Fray Mi- 
guel Xngel, de la orden de San Francisco. — Ia confesión de una 
patriota. — San Martín y un fraile revolucionario. — Cambio de frente, 
engfño á los espaüoles de Chile. — Aprestos de marcha (jlel ejército 
de los Andes. — Un yoluntario en el regimiento de granaderos de á 
caballo. — El Capitán ' Gerardo Villa - Mayor. ~t Partida del ejérrito.— 
£1 sargento Galván. — Ia marcha á través de la cordillera. — L« carta. 

— División Las - Heras. — La artillería, el parque. — El Capitán Beltrán. 

— División Soler. — La guardia vieja. — Territorio chileno. — Santa 
Rosa. — Combate de vanguardia por Necochea. — El General espafiol 
Maroto. — El regente Bfarcó en Santiago. — Chacabuco. — El General 
chileno O'Higgins. —«Victoria en toda la línea. -^Persecución del ejér- 
cito espafiol por la caballería argentina. — Entrada del ejército Liber- 
tador á Santiago. — Entusiasmo en Mendoza al conocerse 1»- Botída 

del triunfo. 
! 

MENDOZA (^ 



yLa «antigua ciujiad de Mendos en la República Argen- 
tina, célebre por sus glorias y por sus desgracias, ha sido 
por. siglos el centinela avanzado al pie de los Andes; es- 

(1) Escrito en 1886 • 87 en Buenos Ai#es, en la época en que el autor 
estaba acreditado Ministro Plenipotenciario en la R. Argentina. 



4 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

taba allí como intermediaria del comercio y de la civiliza- 
ción, entre dos pueblos hermanos en la guerra y en la paz. 
• Progresista por el trabajo y la industria y por la posi- 
ción geográfica que ocupaba, trasmisora de las ideas del 
Pacífico al Plí\|ta ó al Atlántico, gozaba de una importancia 
reconocida desde los primeros tiempos de su fundación. 

Destruida por un terremoto en Marzo de 1861, en cuyas 
ruinas quedaron gran número de sus habitantes, la ciudad 
muerta" fué sustituida por la nueva y floreciente, que, to- 
mando su lugar, es admirada por el viajero. 
• La vieja ciudad Andina, en 1816, era formada pot* callea 
bien delineadas y regulares» extendiéndose de Sur á Norte 
y de Este á Oeste. 

Contaba con muchos edificios públicos: Palacio de Go- 
bierno, templos, conventos, capillas, y un colegio destinado 
á enseñanza superior, fundado en ese año. Un hermoso 
paseo de varias cuadras, en el centro de la ciudad, con una 
linda plaza, bordada de tamarindos cubiertos de hojas siiem- 
pre verdes, y una fuente bullidora en su centro, de donde 
brotaba el agua cristalina de los ríos caudalosos que sur- 
gen de la montaña Alpestre, formaban las delicias de las 
bellas mendocinas. 

La biblioteca, los clubs, el teatro¡ vinieron después, 
como el ferrocarril, mensajero de progreso y de orden, ani- 
mando con el silbato de la locomotora aquellos lugares so- 
litarios, en su impetuosa marcha, y llevando velozmente de 
un extremo á otro de la República, los productos del co- 
mercio y de la industria. 

Las ruinas de la ciudad que no existe, son visitadas cons- 
tantemente por viajeros distinguidos que, absortos ante la 
majestad de aquel inmenso desastre, piden á la naturaleza 
el secreto que no les es dado conocer, interrogando con la 
• vista los altos montes de nieve que, á lo lejos, como gigan- 
tes cuyas cabezas blancal hienden el cíelo, parecen desa- 
fiar la inmensidad. En medio de aquellos pavorosos escom- 
bros sólo hay un testigo de tamaña desventura, que, altivo 
elevándose á las nubes, y contando más de dos siglos de 
existencia, ha visto pasar primero á la raza de los cpn- 






UNA HEROÍNA MENDOCINA 5 

quistadores, y después ha dado sombra al Gran Capitán 
Argentino y^us Tenientes, qu4 antes de- partir con sus le- 
giones para libertar á «Chile y el. Perú de la dominación de 
aquéllos, tomaron una copa -de vino generoso, confundién- 
dose los acentos de los héroes que brindaban por la victo- 
ria, con el gemir del viento en la arboladura del Coloso. 

Éste es el famoso pino del que fué convento de San 
Agustín, que permanecía en pie, insensible é inalteraj)lfe lo 
misino ante la tempestad de nieve de los Andes, como en 
medio del fragor del terremoto. 

La relación que se lee á continuación es tomada del ma- 
nuscrito de un guerrero de la Independencia Americana, 
actor en los grandes hechos de armas de la Argentina, 
Chile y Perú, de 1812 á 1825. . 

El autor de este libro no ha hecho más que dar cohesión 
á esas páginas, y arreglarlas con claridad, á iin de que al 
lector le sean más agradables. 

La heroína mendócina no puede constituir una sorpresa, 
puep la historia presenta ejemplos repetidos de mujeres ex- 
cepcionales que» al frente de huestes guerreras, ó aislada- 
mente como soldados, han obtenido grados militares, siendo 
dignas por su valor y talento. 

Del Plata á Méjico, en la guerra* de «la Independencia de 
la América Española, el patriotismo de la mujer ha sido 
más de unU vez evidenciado con su propia sangre. Poli- 
carpa Salavarrieta y otras en diversas circunstancias y con- 
diciones, han puesto al servicio de la patria su inteligencia, 
su entusiasmo, su valor y su vida! 

No es en América sólo que, la mujer se ha mostrado su- 
perior á su propio sexo, que se denomina débil. En Francia, 
durante la Revolución del 89 y 93, se alistaron en los Ejér-, 
citos de la República mujer^es de toda condicim], al llamado 
de la patria en peligro. 

Entre ellas, reñere Lamartine que dos señoritas de la 
nobleza, hijas del Conde Jerning, siguieron á su padre y á 
sus hermanos al ejército de Dumouriez, que operaba en la 
frontera contra los ejércitos Austriacos y Prusianos. 

Formaron en el Estado Mayor del Duque de Chartres 






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6 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

después el Rey Luis Felipe), que mandaba una División 
á ordenes de Dumouriez, 3^ vestían el finifonne de Ayu- 
dan tes, de dampo. , • ' * 

Se encontraron en todas las Jbatallas más notables de la ^ 
Jlevolución, y se retiraron emigrando cuandd el Duque de 
Chartres abandonó el ejército Republicano. 

Jemmapes, Valmy, y los demás hechos de armas en la * 
fronltera, en la campaña del Anona, hasta la derrota de los 
Prusianos y Austriaoos, fueron «testigos del^ji^alor de las« se- 
ñoritas de Jerning, que al frente de la caballería ó, desmon- 
tándose y marchando en las líneas de la infantería^ fueron 
la admiración del ejército. 

Lamartine refiere algunos hechos de valor que llevaron á 
cabo personalmente, ora destruyendo un* batallón con un 
regimiento de húsares, ora venciendo al enemigo y tomando 
prisioneros á oficiales superiores. ' 

Teófila y Felicidad fueron sus nombres, formando ho- 
gar más tdrde en Bélgica, donde terminaron su vida. La- 
mahine se admira de que la Ffancia no haya perpetuado 
en (nármol las nobles figuras de aquellas heroínas de la 'li- 
bertad, que tari alto ejemplo dieron de valor y de patrio- 
tismo. ' 

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Todavía se escribe sobre la Monja Alférez, soldado aven- 
turero de la conquista de América en el siglo xvii, que 
combatió en el Perú y fué á morir á Méjico. 

Los poetas han cantado sus aventuras, y los historiado- 
res se han oclipado de la famosa doña Catalina, monja es- 
capada de un convento en España á la éUad de 18 años; 
como de un ejemplar raro. 

Si no estuvieran comprobadas por documentos irrecusa- 
bles las aventuras de esta mujer célebre por sus extravíos 35 
crímenes, se creería que sus hechos personales pertenecen 
solamente' á la leyenda. • 

Soldado que gana el grado de Alférez f>0T su valor, due- 
lista cruel y feliz, jugador infatigable, aventurero en todo 
sentido, tan pronto se encontraba sometido á la represión 



riur 



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i • VNA HEROÍNA MENDOCINA 7 

de la ordenanza como á un consejo de guerra que lo con- 
dena á muerte y qUe escapa á la sentencia por actos de aü- 

* dacía que admiran. 

Herida en un combate después de años que formaba en 
el ejército, de la conquista, fué descubierto su sexo y*en-^ 
Viada á España, pasando luego á Méjico, donde terminó su 
vida aventurera. 

El retrato* de la Monja Alférez se encuentra en su pue- 
blo; en Navarra, con el uniforme y la armadura que. usa- 

• ban los aventureros españoles de la época. . 

Después de estos ejemplares que consfgna la histoija, la 
heroína méndocina np puede ser una novedad. 



• * 



4 ■ 



LÁ HEROÍNA MENDOCINA 



PRIMERA PARTE 



En esa ciudad antig^ua, existía en aquella época una fa- 
milia española de cierta distinción, compuesta de un matri- 
monio sin hijos; rayando el marido en los 60 años de edad 
y la mujer en los 50, y una hermana del primero casi de la 
misma edad y soltera. 

Don Francisco Herranz y Alaminos se Uamaba el viejo 
español, y doña Mariana Lozada y Torres, su esposa; la 
hermana soltera doña Fernanda. 

Se encontraban en el país hacía ya treinta años; había 
sido enviado don Francisco desde Cádiz; por la famosa 
Compañía de Comerciantes españoles, que explotaba con 
privilegio y fortuna los negocios de América, para que como 
corresponsal y agente de las casas principales de Buenos 
Aires, Santiago y Lima, interviniera en los negocios de la 
Compañía que se relacionaran con aquella parte del terri- 
torio Argentino. Su proverbial honradez, y la importancia 
de los asuntos comerciales en que actuaba, aparte de los 
conocimientos que poseía, no vulgares en la época, le da- 
ban sobre sus convecinos una superioridad é influencia, que 
hacían de la persona formal de don Francisco, un discreto 
consultor, generalmente escuchado. 



UNA HEROÍNA MENDOClNA 9 

Los esposos Herranz habían criado y educado una joven 
' que á la sazón contaba 18 años, y cuyas cualidades mora- 
les, unidas á una belleza correcta y seveca, hacían el en- 
canto y satisfacción de aquella familia. 

Florencia Villa- Mayor se llamaba la joven, y era hija 
de un matrimonio español, comerciantes establecidos desde 
el siglo pasado en Mendoza, personas honradas, que habían 
muerto sin dejar bienes de fortuna^ pues sus negocios ha- 
bían sufrido reveses, y los acreedores de Buenos Aires to- 
maron posesión de lo que les pertenecía, en pago de sus 
acreencias. Florencia tenía un hermano, mayor que ella 
cuatro años, al que no veía desde 1811 ; había partido para 
Buenos Aires de dependiente de un amigo de sii padre, y 
cuando los alistamientos de voluntarios^ para los ejércitos 
patriotas que se formaron en Tucumán y, Salta, se alistó 
como soldado de caballería. Escribía de tarde en tarde, y las 
últimas noticias ieran de que se encontraba en Tucum^, 
haciendo parte de un regimiento veterano que se había he- 
cho notar. 

Gerardo Villa -Mayor había conquistadb por sus méri- 
tos el grado de oficial. 

La señora Villa -Mayor, al morir, recomendó encarecida- 
mente su hija Florencia Á la señora doña Mariana, y desde 
aquel momento la niña fué considerada como de la familia. 

Fué instruida y educada tanto cómo era posible en la 
época; pero don Francisco ^poseía algunos libros de litera- 
tura y de historia, que un hermano suyo, licenciado en le- 
tras y ciencias, le había regalado al partir de £spaña ; y 
en aquellos libros fué alimentando su espíritu la joven, á 
medida que avanzaba en conocimientos y desarrollaba su 
inteligencia y edad. Escribía con facilidad admirable desde 
los 12 años, y se extendía sobre un asunto determinado con 
precisión y acierto: * general nlen te el motivo obligado de 
sus pequeños trabajos era la guerra de la Independencia, 
en que se encontraba empeñada la América contra la 
España. 

El movimiento de los ejércitos patriotas; el entusiasmo 
de los americanos en favor de la revolución ; las proclamas, 



y ' ■ . 



•' 



10 



UNA HEROÍNA MENDOOINA 



el iliido de las armas y de las victorias recientes áe los 
ejércitos patriotas* en Tucumán y Salta, electrizaban su • 
alma; y los batallones y escuadrones que disciplinaba á la 
sazón el General don José de San Martín en Mendoza, 
preparándose para* una próxima campaña; la bandera con 

' los colores nacionales flameando en medio de las columnas, 
cuando hacían* ejercicio, todo aquel cuadro de animación 
marqial, hacía latir «apresuradamente el pecho patriota de 

* la joven, y presentir uníi victoria decisiva sobre los enemi- \ 
gos y opresores de su patria. ' 

Habían contribuido á despertar en iPlorencia <^1 patrio- * 
tismo exaltado quo como argentina sentía, las relaciones 
entusiastas que desde niñ^ oía leer á la familia de Her^nz, 
^obre el entusiasmo del pueblo españof de 18<)8, contra el 

. Gr^;i Capitán def siglo y sus ejércitos. Los triunfos de 
Bailen y de Vjtoria, los hechos más sonados de los guerri- 
lleros, la resistencia heroica de Zaragozi^, Tarragona y Tor- 
tora habían sido trasmitidos en continuas y extensas cartas 
á don Francisco, por un hijo de su hermano, oficial' del 
ejército españolea las órdenes de Castaño^ y de Wéllington. 
Sensible á los hechos nobles y generosos, ya tuviesen 
lugar en España ó en América, el alma delicada de Flo- 
rencia, á la vez que su espíritu fírnle, no podían menos de 
identificarse con los sucesos felices ó adversos de Id revo- 
lución Argentina. • 

Cuando el cañón de la fortaleza anunciaba un trjunfo de 
las armas patriotas, Florencia, feliz y contenta, se esmeraba 
en su vest^ y eti^su peinado, deseando parecer más bella, 
si era posible, expresándose' con toda discrecióif por no las- 
timar las afeccionas de la familia que la había amparado 
en su desventura. CuStido las noticias eran contrarias á 

•la revolución por las derrotas del Alto Perú, la joven, •silen- 
ciosa y serena, pero afectada,* permanecía en su habitación, 

. pretextando el deseo de estar sola. 

Entregada por c6mpIeU>'á su pen9miiient6,"á'á^el amor 
dulce y ardiente de la patria, vivía sólo para él. De no- 
che, al recogerse, caía de rodillas delante de una imagen del 
Rosario, que, después de las victorias de Belgrano, todas las 






UNA HEROÍNA MENDOCINA 11 ' 



« 



•♦ 



patríotíis adoraba^, por creer, en su sencillez y en su fe, que 

• por su influencia había sido derrotado y hecho prisjone^ 
el ejército español dM General Tgistán;— allí, orando con 
fervor,«con las /nanos cruzadas y la cabeza inclinada, pedía 
4 la Virgen el triunfo completo y definitivo de las armas 
Agen ti ñas. * 

«Si mi sangre, decía; si mi vida fuera útil á*la causa na- 

• cional, ¡cómo no la habí^ de ofrecck* resuelta y feli^Ii 

Mientras tanto, era ella 1^ única persona que eú aquella « 

casa de españoles, de godos ( ^ ), como se decía entonces, ha* 
cía votos por el triunfo de las armas patriotas. La familia 
Herranz, y los empleados y sirviente^ de la casa, eí>pañoles 
también, mostrábanse airados, lo que era natural, cuando 
de insurgentes se trataba: «don Francisco y su esposa • 
jSfuardadan la más absoluta reáerva y excusaban todo lo 
má-s el referirse á los suchos políticos. * 

Los empleados eran dos jóvenes, como de veinte años el 
uno y veinticiHatro el otro: el primero, Ramón Martínez y ^ 

Eguía, tenía á su cargo las cuentas y libros y copia de co- . 
'rrespondencia, porque don Francií^co escribía ésta y corría 
con la caía. £1 segundo, Manuel Ortiz y Zamborain, muy 
inteligente, activo y animoso, era el empleado viajero, que 
tan luego llegaba á Buenos Aires para la entrega de envíos 
de frutos, que de Mendoza se hacían, conduciendo á su 
vuelta sumas de dinero, ó visitaba las provincias andinas 
en demanda de productos ó de pedidos .comerciales, ó cru- ' 

zaba los Andes por los diversos pasos conocidos^ habitua- 
les, pasando al territorio chileno«ó al Alto Perú. 

Era Ortiz el alma y bra^ó fuerte de don Francisco, por- 
que si A él se hubiera ^considerado aislado en Mendoza, en 
medio de la revolución y del vaivén de los acontecimientos. 
Varios móviles agitaban el espíritu de Ortiz en aquellos 
momentos.* * 

Por mucho tiempo había seguido con interés los progre- 



( 1 ) Parft ser exactos en nuestra relación, hacemos uso de esta voz, mujr 
usual en aquel tiempo; así como las de chapetón y maturrango. Los espa* 
ñoles también decfaii de los americanos : insurgentes, libertos, y algo peor. 



» 



« 



12 UÑA HEROÍNA MENDOCINA * 

SOS que hacía Florencia, tanto en lo físicb cómo en lo mo- 
ral^ Con lá oportunidad dé verse cerca de ella á lá hora * 
de la mesa, ó en las cortas veladas de la noche, en familia, 
había tenido ocasión de cultivar con reserva y gftidual- 
hiénte la amistad de ía joven; sentía por ella una af*Kíc¡ó^ 
que crecía, y más de una vez, á la vuelta de un viaje que * 

había durado *méses, parecía resuelto á manifestárselo á la 
j^venj pero era ésta tan 'sencilla, tan igual, tan indiferente á • 
las atenciones de Ortiz, que éste temía ser importuno y ex- 
ponerse á un desaire. 

Así mismoi cumplido un viaje á Santiago de ChFle y de 

vuelta en Mendoza; viaje que, á juzgar por la apariencia de 

la familia Herranz, había sido de resultados satisfactorios, 

• resolvió Ortiz manifestar á Florencia su afecto y su amor. 



11 



Por esos días, el reservado y grave don Francisco se en- 
contraba más animado, más comunicativo; y de acuerdo con 
su esposa, que también participaba de la misma animación, 
invitaron para tina comida de confianza á dos familias de 
españoles, comerciantes establecidos en Mendoza desde el 
siglo pasado. 

La comida fué severa y casi silenciosa, como correspondía 
al carácter del anfitrión é invitados; pero luego que las bue- 
nas copas de vinos españoles hicieron entrar en calor á los 
, asistentes, manifestándose por más animación en el sem- 
blante y mayor vivacidad en la vista, dio lugar á una con- 
versación cordial y amistosa. Al café, cuando se retiraron 
los sirvientes, Ortiz, á indicación de don Francisco, se le- 
vantó y cerró suavemente la -puerta. 

Los hombres hicieron un círculo á la cabecera de 1& mesa, 
y las señoras en el extremo opuesto. 

Don Francisco dijo á sus amigos, en voz baja: «El ejército 
está avisado, y el General Maroto ha tomado sus medidas 
para destruir los planes de este puñado de insurgentes y de 



« 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 13 

este loeo que los manda, por b¡ acaso pretendiesen pasar los 
Andes ;» y agregó : « En la próxima primavera estarán los nues- 
tros en Mendoza y marcharán sobre Buenos Aires á des 
truir el germen de la traición hecha á España y al Bey. 

«Mi sobrino León de Herranz, Capitán de Estado Mayor 
en el Ejército del Rey, en Chile, llegado al Callao el año an- 
terior con los famosos lanceros de Fernando Vil, ha pre- 
sentado al general á mi dependiente Ortiz, leyéndole mi 
sobrino Ja carta que le dirigí dándole noticias y conocimiento 
extenso de la situación y espíritu de estas Provincias, que 
son realistas de corazón, y que no esperan sino que el ejér- 
cito de Su Majestad pase resueltamente los Andes, para 
concluir con esta multitud de montoneros. 

« Que el ejército de San Martín es una sombra de ejército 
por el número, les decía; pero que 'es tal la organización 
que este demonio de hombre les da, sobre la base del Re- 
gimiento de granaderos á caballo, que allá en la costil del 
Paraná, en un paraje que se llama San Lorenzo, se estrenó 
por primera vez con nuestros soldados, combatiendo con 
cierta fortuna, *que ha llegado á hacer creer, desde ^1 pri- 
mero al último soldado, que bastará una maniobra que á su 
tiempo conocerán, y una carga de los famosos granaderos, 
con sus largos sables, para poner en derrota á los ejércitos 
españoles, desde Santiago hasta Lima. 

«Les he dicho que es necesario prevenicse contra un golpe 
de mano deSan Martín; porque, creedme, cuando veo vol- 
yer á ese hombre del campo de maniobras, de mañana ó de 
tarde, seguido de Su asistente, al paso de su caballo negro 
andador, envuelto en su capa militar, abstraído en sus pen- 
sifmientos, con la vista inclinada, subir lentamente por la 
calle larga hasta su cuartel general, sin preocuparse de las 
gentes que pasan, ni de ninguno de los detalles que sur- ' 
gen á su paso, pienso, á mi vez, y me preocupa la idea de 
que San Martín madura algún plan ó maniobra decisiva 
sobre los ejércitos del Rey. 

«Firme en ese pensamiento, observo todos los movimien- 
tos del ejército insurgente, sus progresos en la infantería y 
artillería, y, el arreglóle sus armas y perfeccionamiento de 



* 



# 



< / 



14 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

SU material, sobre todo la fomia de las cureñas para los ca- 
ñones en línea ó de marcha. Tengo yo un viejo amigo com- 
provinciano, empleado en la herrería-maestraifza del ejér- 
cito, y por él obtengo datos preciosos y exactos. 

«Para aumenW mis temores y sospechas, entre un con- 
tingente ó auxiliares chilenos que tiene San Martíp, hay un 
capitán Beltrán, de conocimientos superiores y de una ac- 
tividad incansable; es él el que tiene la dirección de los 
trabajos: funde cañones, hace mairiobrar los fi^süles des- 
compuestos y abandonados por inútiles en Mendoza, y de 
los que había gran cantidad; forja lanzas y sables, dando 
á éstos un temple, una proporción y un filo que me hacen 
temblar por* nuestros hermanos ; enriquece el parque con 
municiones de guerra bastantes á una campaña tenaz y re- 
ñicla. En fin, nada le queda por hacer al capitán Beltrán, 
que,*' según referencias de los mismos auxiliares chilenos, ese 
maldito es un fraile franciscano, que no sien*do h\i voca- 
ción la celda y el breviario, al primer toque de corneta in- 
surgente colgó sus ^ahitos y abandonó el convento, pre- 
9entándose á ios ejércitos de la revolución.* 

«Agregad á esto el aumento de plazas que obtiene cons- 
tantemente ia infantería, por el contingente que le propor- 
cionan los voluntarios de Buenos Aires* pardos y morenos, 
orgullosos con sus );r¡unfos; y los de las otras Provincias 
que no quieren ser menos, prefiriendo la caballería y lar 
artillería; la dedicación de San Martín en instruir á los ofi- 
ciales en la táctica, presidiendo con severidad y energía la 
academia, en que,* desde coronel á alférez, todos están aten- 
tos V respetuosos á las lecciones del maestro; y tendremos 
motiv9S fundados para observar y vigilar la actitud que en 
adelante manifiesten. 

«He creído deber comunicaros, mis amigos, estos datos, 
agregó don Francisco, porque interesados como yo por pa- 
triotismo, en que la causa de España y del Rey triunfe 
pronto y bien, no debemos omitir sacrificio alguno de per- 
sonas y (le bienes, que Su Majestad el Bey nos Ip tendrá en 
cuenta, y habremos merecido bien de la Patria.» 

Los convidados del señor de Herranz habían escuchado 



UNA HEftOÍNA MENDOCtNA ' 15 

con suma atención el relato, aprobando con signos de ca- 
beza y con entusiasmo reprimido ia^ ideas del español, 
cuando esté aseguraba el triunfo «eguro y marcha' dd ejér- 
cito realiltta sobre Buenos Aifes; así es que cuando ter- 
minó aquél, las manos se extendieron estrechándose, como 
en un juramento mudo, pero no por eso menos elocuente 
y verdadero, acordando en pocas palabras comunicarse re- • 
cíprocamente con la mayor reserva, y yolver á reunirse si 
el caso lo exigía.* ¿ ^ 

Aquella conferencia privada y casi en voz baja, tenía lu- 
gar, como hemos dicho, en el grupo aislado de cinco hom- 
bres, siendo la pieza un comedor de diez metfosrde largo; 
las señoras, reunidas ' al otro extremo, no podían prestar 
atención, y aunque así fuese, componían ellas las familias 
de los españoles conspiradores, tan exaltadas las esposas 
por lar causa realista como los osposos ó más. Sin em- 
bargo^ Florencia, que había oído vagamente las palabras de 
don Francisco : traición á España y al Rey y dedicó toda su 
atención desde aquel momento, al relato que hacía el señor 
de Herranz, y pudo alcanzar lo bastantes para saber que se ^ 
trataba de^ algo que interesaba á la causa de la Indepen- 
dencia y al ejército que acampaba en Mendoza. 

A ninguna de las pe^sonas presentes se le hubiera ocu- 
rrido pensar que aq^iella joven podía tener interés en co- 
nocer la conferencia política que tenía lugar; y mucho 
menos «otándola tan atenta, al parecer, á la conversación 
de las señoras, que recordando noticias de familia y de Es- 
paña, y de objetos de vestir recientemente llegados de Bue- 
nos Áifes,^ocupaban su tiempo en trasmitirse sus impresio- 
nes, con la admiración y detalles que acostumbran las gen- 
tes sencillas, que conceden un interés capital á cualquier 
referencia ó asunto sin importancia alguna. Eran ya las 

ocho de la noche,. que en Mendoza,«en aquella época, era 

• • • * 

hora muy razonable de que cada uno se encontrase en su 
casa, cerrando su puerta; así és que toq^ndo las campanas 
de lá iglesia las ánimas^ como vulgarmente se decía, los 
invitados die la familia Herranz se pusieron de pie, requi- 
riendo los hombres sus sombreros y las mujeres sus abrí- 



16 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

^ gos, despidiéndole con atención y gratitud de 8us ami$i;os, 

; y prometiéndose volver á encontrarse brevemente reunidos. 

; Por su parte, los jóvenes, Eguía y Ortiz, dependientes del 

C señor de Herranz, permanecieron algunos momentos sen- 

tados cerca de su principal; aproximáronse luego á ellos la 
señora doña Mariana y Florencia, dirigiéndoles la primera 
algunas palabras de amistad. 

Florencia, con los ojos bajos, estaba grave y reflexiva, ha- 
ciendo girar en,sü mano derecha la borla ele un abanico 
que tenía cerrado. . 

Ortiz la contemplaba qon un interés manifiesto, absorto 
á la vez en el semblante y en la actitud de la joven : pare- 
cía que anhelaba animar á aquella figura fría é indiferente, 
llamar su atención é interesarla; pero era en vano, porque 
Florencia vivía absolutamente para un pensamiento, que se 
epcontraba muy distante de Ortiz. 

Continuaba don Francisco sentado en el extremo dcvla 
mesa, silencioso, manifestándose en su semblante cierta ani- 
mación que parecía fuese efecto de ocultos pensamientos 
que trabajaban sii cerebro. 

Los jóvenes pidieron permiso para ret¡rarse,.el que les fué 
acordado; despidiéndose con urbanidad. 

Tenían éstos sus habitaciones en la misma casa de la fa- 
milia de Herranz, en el segundo cuerpo del edificio, indepen- 
diente del primero, pero comunicándose por un corredor. 

Tan pronto como se retiraron, la señora doña Mariana, que 
apreciaba y distinguía á Ortiz por su lealtad y servicios, tan 
útiles á los negocios que dirigía don Francisco, y que segu- 
r9,mente había notado la simpatía ó afecto que demostraba 
por Florencia, se expresó intencional mente de una manera 
benévola á su respecto, diciendo que era de sentirse no tener 
una*hija para proporcionarse el placer de unirla á un joven 
de méritos tan relevantes; que día más ó día menos, Ortiz 
* elegiría una esposa en Buenos Aires ó en Santiago, donde 
sabía cultivaba relaciones de amistad, y se separaría de su 
casa, formando su hogar fuera de Mendoza. 

Don Francisco agregó: «Efectivamente sería una contrarie- 
dad para mí, y para los negocios de la Compañía, que Ortiz 



* 

* 
1 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 17 

nos abandonase; es muy difícil reemplazar á ese joven en las 
actuales circunstancias. ¿Quién se atrevería á cruzar por este 
país sublevado conduciendo ó dirigiendo intereses de valor, 
atravesar la cordillera, cuyos secretos conoce, una vez y otra 
vez; y sobre todo quién posee el conocimiento de los hom- 
bres y de las cosas en estos lugares apartados, con estudio 
tan prolijo como Ortiz, y ahora que los intereses de España 
se encuentran tan comprometidos en estas regiones, y que 
los españoles que no odian y temen al insurgente son mir- 
los blancos?» 



III 
t 



Florencia, escuchando aquella especie de confidencia in- 
discreta, sabía ya lo que tenía que saber: se afirmaba en sus 
sospechas de que los viajes frecuentes de Ortiz más allá de 
la cordillera tenían un objeto misterioso : la conferencia te- 
nida de sobremesa entre el señor de Herranz y sus amigos 
los invitados, cuyos conceptos en parte había alcanzado, re- 
velándole que se vigilaban los actos del ejército patriota en 
Mendoza; el interés que manifestaba la señora doña Ma- 
riana por Ortiz, deplorando no poder unirlo á su familia 
para asegurar d^ esa manera su adhesión ; la importancia, en 
fin, que acordaba á los servicios del .empleado el señor de 
Herranz, en los que parecía ipezclar ó interesar á la causa 
que los españoles debatían con las armas en la mano, con- 
tra la causa Argentina; todas aquellas circunstancias le 
parecieron á Florencia que constituían casi una semi-prueba 
de que en aquella casa dé españoles que ella amaba por gra- 
titud y por afecto, se conspiraba contra la libertad Argen- 
tina, por la que ansiaba Florencia tener ocasión de derramar 
la sangre d# sus venas, si su servicio así lo requería. 

¿Qué hacer ^n circunstancias tan extraordinarias? 

Esa noche no» le fué dado cerrar los ojos; cada vez que 
iba á rendirse al sueño, ím temblor nervioso la acometía, y 
sudorosa y agitada venía á su mente la idea fija que la 

2. 



4 



18 UNA HEROÍNA MENDOCINA 



- • 



preocupaba; le parecía ya que el ejército español sorprendía 
ál ejército patriota, y que después de haberlo destruido, como 
había dicho el señor de Herranz, marchaba aquél victorioso 
sobre Buenos Aires. 

¿ Cóiñodescubrir la verdad ? ¿Debería constituirse en espía 
dé los actos de sus protectores; debería sorprender su con- 
fianza arrancándole^ el secreto de que dependía tal vez él 
triunfo ó la derrota de la causa Sudamericana? 

Rechazando ese pensamiento por innoble, que su alma 
sensible y pura no podía alimentar, resolvió esperar y con- 
fiar á la fortuna de la Independencia, que aquellos peligros, 
más ó menos reales, en que confiaba el señor de Herranz, 
desaparecerían, para dar lugar al triunfo del ejército de 
San Martín, tal vez no lejano. Con esta esperanza, y puesta 
su fe en la Virgen del Rosario, oraba con las manos juntas. 

Pasados algunos días después del almuerzo, los esposos 
Herranz resolvieron dar un paseo por la calle, principal de 
la ciudad, hasta una llanura que da salida al campo, y cuya 
vista es de las más agradables, porque abrazando una grande 
extensión, se dibujan á lo 'lejos' las montañas* de la cordi- 
llera. • * 
Los acompañaron Florencia y Ortiz, que marchaban algu- 
nos pasos adelante, conversando con franqueza y amistad. 

Al llegar á la llanura indicada, el señor de Herranz dijo 
á Ortlz: — «Ofrezca usted el brazo á Florencia, para e.vitarle 
la fatiga del paseo». Aftí lo hizo éste, aceptando la joven. 

Como si respondiese Ortiz «1 pensamiento de Florenóia, 
empezó á hablar con alg^n entusiasmo de sus viajas á la 
Cordillera de los Andes, y á describir la belleza de los lu- 
gares que más lo habían impresionado; se extendió sobre 
las diversas veces que la había atravesado, enumerando los 
peligros á que se habíí^eXpuesto en aquellas montañas blan- 
cas, trepándolas, aterido de frío, con la muerte á sus pies, por 

los precipicios que parece no tienen fin El ruido de'las 

aguas» corriendo y saltando sobre las rocas, hace que se in-* 
cline la vista para buscar ese ruido* §ubterráAeo y misterioso 
que parece conmoveí; la montaña, hasta los más altos picos 
de «Los Penitentes» ó del «Campanario», gigantes inmen- 



. < 






» 



t 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 19 

■ • • 

SOS de nieve que dominan la majestad de aquel lugar, que 
asombra y hace enmudecer al viajero. 

-¡-Debéis estar acostumbrado áesos peligros, le dijo la 
joven,^ desde que con tanta facilidad y frecuencia viajáis á ' 
Santiago de Chile. 

— Os diré, replicó Ortiz; no creo que nadie se acostumbre 
al malestar que se* siente y al peligro que. ofrecen aquellos 
lugares, pero es necesario. No creáis que por interés parti- 
cular ni por los intereses de la Compañía me expongo así 
frecuentemente; huy otros motivos, un objeto de mayor ya- 
lía, una recompensa moral, una causa sagrada que me im- 
pone el deber de arrostrar esos peligros, y otros que pudie- 
ran presentarse. • * 

Calló Ortiz, ^ la joven no interrumpió su silencio. 

Momentos después, decía Ortiz á Florencia: 

— Tenía descorde hablaros sin testigos: no sé si habréis 
notado la simpatía é interés que me inspiráis ; nvicho tiempo 
hace que os lo tengo demostrado, bo atreviéndome á expre- 
tfsar mis sentimientos por el temor de no ser escuchado favo- 
rablemente, pero no puedo silenciarlo más, jorque, creedme, 
me haríais/ feliz si vuestros sentim.ientoi respondiesen á 
los míos. ¿Por qué ocultarlo por más tiempo? Os amo con pa- 
sión, . y á la vez reconozco todas las 4)elfa8 cualidades que os 
adornan; si quisierais ser mi esposa labraríais mi felicidad. 

La joven permanecía tranquHa, aunque en sus ojos par- 
dos, grandes y suaves, había más animación, y en su sem- 
blante se notaba un color sonrosado, que realzaba las lí- 
neas correctas y puras, si bien un poco firmes, que consti- 
tuían en primer término la belleza especial de 'Florencia. 
De estatura elevada, ei cuello en la actitud que denota va- 
lor, talle flexible, formas nobles y dulces, parecía una es- 
tatua, formando el todo un conjunto simpático, bello y res- 
petable á la vez; su apostura, por lo regular, era reposada; 
se reía poco, y tardecía de aquellos movimientos rápidos y 
alegres de las jóvenes de su edad. 

Pasados algunos instantes, dijo á Ortiz: 

— Me sorprende lo que me habéis njanifestado, porque 
hasta '^hora no había pensado en que pudierais amarftie: 



.- 



20 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

permanecéis por lo regular poco tiempo en Mendoza; vues- 
tras ocupaciones han sido bastante activas, y casi no ha- 
béis tenido tiempo de fijar la atención en mí de una rpa- 
nera seria. Agradezco, sin embargo, las palabras de simpa- 
tía y amistad cími que me favorecéis, y por mi parte os diré 
que os aprecio también, como generalmente sois apreciado 
aquí por todas las personas de esta casa;* pero en cuanto á 
otro afecto, os engañaría si dijese que estaba dispuesta á 
sentirlo; no se me ha ocurrido pensar que pueda amar á un 
hoipbre, aunque esto sería lo regular; p«ró ya sea porque 
no ha llegado el momento, ó porque no se ha cultivado lo 
bastante mi amistad, la verdad es que no me he preocupado 
de interesar especialmente á nadie. He deseado ser franca 
con vos, por la misma razón de que os apifecio, y porque 
sentiría un verdadero pesar si permanecierais en error. 

— Está bien, replicó Ortiz; creía que ncf os era tan indi- 
ferente; pero ya que no ¡rechazáis mi amistad, permitidme 
cultivar la vuestra, estrechándola y sosteniéndola en un 
grado de confianza á que yo me haré acreedor, cada vez % 
más; y concededme el derecho de confiaros mis penas y mis 
alegrías, mis planas y mis esperanzas para el fifturo. 

— No sé, repuso vivamente Florencia, si no amándoos, 
como os lo he dicho,* tendría yo derecho á vuestras confi- 
dencias, porque bien puede suceder que en vuestra ilusión 
creáis que la simple amistad tiene deberes que sólo corres- 
ponde observar á senthnientos y afectps más delicados y 
menos vulgares; y por esto desearía reflexionaseis antes de 
franquearos conmigo, haciéndome sabedora de actos, pla- 
nes ó esperanzas que no debiera conocer. 

— Mirad, Florencia, cuanto me o|)servéis será en vano: 
estoy empeñado en una partida, en la que he entrado casi 
insensiblemente y que hará mi felicidad ó mi desgracia. Es- 
tamos á 1.** de Noviembre de 1816; antes de fin de año 
sabré á qué atenerme. Dentro de ocho díaS parto nueva- 
mente para la cordillera; allí me esperan amigos seguros. 
No sé si pasaré de Uspallata : eso depende de instruccio- 
nes que debo recibir allí de mis hermanos de causa, del 



. 



otro lado de los Andes, que están en el valle esperando 



* « 



I • 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 21 

mis noticias y estudios sobre cuestiones qué tienen su base 
en Mendoza. Si atravieso la cordillera no vocera hasta 
que los sucesos que se esperan hayan dado su fruto; si no 
están próximos, volveté á Mendoza para estrecharos la 
mano y deciros adiós, pues nadie puede saber el destino 
que tne reserva la fortuna. 

Al llegar á esta parte de su confidencia Ortiz, advirtieron 
los paseantes que, sin notarlo, habían dado la vuelta por 
la alameda, encontrándose cerca de la ca^a del señor de 
Herranz, á la que llegaron en breves instantes. 

Florencia agradeció á Ortiz las atenciones de que había 
sido objeto, y le manifestó el deseo de continuar la conver- 
sación interrumpida. 

Al día siguiente volvieron á encontrarse los jóvenes pa- 
seando por la quinta -jardín que de la casa dependía, y 
aproximándose Ortiz á Florencia, la saltado con fina aten- 
ción, conteí>tándole la joven ^con benevolencia. Siguieron 
marchando juntos por en medio de una calle de naranjos 
cubiertos de hojas verdes y brillantes,^ que proporcionaban 
una sombra agradable. £1 aire embalsamado por las plan- 
tas y árboles que en esa latitud y en aquella estación del 
añt^ se cubren de flores, hacía más ameno el ejercicio. Ortiz 
fué el primero que inició la conversación. 

—Anoche no he dormido, dijo; multitud de pensamientos, 
unos agradables, otros funestos, me han tenido en completa 
agitación; lo que hablamos ayer ha contribuido en mucha 
parte: precisaba y preciso abrir mi corazón. que rebosa, y 
mi espíritu un tanto preocupado, á personas que puedan 
apreciar .mis 'sufrimientos. 

Florencia le contestó : ' 

— Ya me dijisteis ayer cuáles eran vuestros sentimientos 
respecto á mí, y creo que después de haberme oído, no de- 
l)íamos volver más sobre ese asunto. 

— Es verdad, expresó tristemente Ortiz; eso es una parte, 
pero no es todo. Si no recuerdo mal, os comuniqué un pró- 
ximo viaje que me era indispensable efectuar brevemente: 
á ese acto me refiero; y sin dar lugar á que la joven obser- 
vase, continuó diciendo: Los acontecimientos militaras que 



« 



• 



• • 



. 22 



UNA HEBOÍNA MENDq<CINA 



se preparan por los ejércitos realistas que se encuentran 
acampados del otro lado de los Andes, en Chile, y también 
en el Alto Pera, prontamente, antes que el año concluya, 
ó á más tardar á principios del entrante, se habrán produ- 
cido, invadiendo éstas desde Salta á Mendoza, y habrán 
cambiado estas regiones un tanto tranquilas ahora, c6n to*' 
dos los horrores de la gilerra, porque las orcíenes de Su Aía- 
jestad son tremendas al respecto y no admiten modificación : 
estas provincias sublevadas contra la» Madre Patria y su 
»Rey, deben entrar á la obediencia definitivamente en todo 
el año que va á empezar, aunque para ello se tenga que 
llevarlo todo á sangre y fuego; no es posible que haya 
cuartel para el insurgente hasta llegar á Buenos Aires y 
concluir con la rebelión allí. 

El espíritu patriota de* la joven la hacía estremecer de 
indignación ; y si Ortiz hubiera estado menos preocupado, 
habría podido notar que la persona á quien se dirigía, de- 
mostraba, por su semblante y su^ctitud altiva, pertenecer 
á la raza de l<^ revolucionarios de América que habían ju- 
rado ser libres ó morir. ^ 

Florencia, reponiéndose, ^observó: 

—Y bien: ¿qué relación puede tener vuestro viaje coA el 
movimiento próximo de los ejércitos españoles? 

— ; Ah! veo que no me comprendéis; soy yo él que ha de 
llevar las últimas notas tomadas sobre la composición del 
ejército de San Martín en Mendoza, «u número determi- 
*n^o, las an^as, infantería, caballería y artillería, y hasta 
el nombre de los jefes que las mandan; el plan probable 
de su general, que, aunque se ha guardado el ftiayvr secreto 
sobre él, he podido obtener una correspondencia de San ' 
Martín, dirigida á Buepos Aires* al Director Supremo don 
Juan Martín Pue^rredón, la que no ofrece duda de que in- 
tenta invadir á Chile por la cordillera, pasando rápidameníe 
por los pasos que ella ofrece. Esa correspondencia fué .per- 
dida por el oficial que la llevaba, antes de llegar á Buenos 
Aires,' en Septiembre, y encontrada por un español, comer- 
ciante, que venía con una tropa de carretas, y que al llegar 
aquí \gL puso en manos del señor de Herranz; quien, impuesto 



• 



UNA HEROÍNA MENDOOINA 



23 



de ella, ha dado conocimiento, á las personas que deben co- 
nocerla, y cerrada y lacrada nuevamente se encuentra en m¡ 

• i)oder, para remitirla con los demás documentos indicados 
que conduciré pers»onalmente á la cordillera, si e^tá allí 
la persona que debe recibirlos; y* si no está, iré hasta San- 
tiago á entregarlos en propia mano al Regente, 6. en su de- 
fecto al General Maroto. 

, Ya vei?, Florencia, que tengo motivos para estar lleno de 
ansiedad por ^1 resultado de este viaje; porque, de cierto, tan 
luego como se conozca en Chile el plan del General San 
Martín, I9S ejércitos realista^ anticiparán su movimiento, y 
no podré volver. á Mendbza sino con -ellos 6 después de su 
triunfo. 

—Verdaderamente, comprendo vuestra ansiedad, contestó 
la joven haciendo esfuerzos por permanecer serena, á fin de 

^ que su palidez y su emoción no la traicionaren ; dijisteis 
que os pondríais en viaje dentro de ocho días: ¿tan pronto 
pensáis partir? « 

•— Sí, el 10 partiré, porque para el *9 sin falta se me ha 
prometido el complemento db los datos que se hacen india- 

« pensables. Por otra parte, estas gentes nada sospechan; y 
día más, día menos no puede en^manera alguna peijudicar 
nuestros trabajos: poseemos su secreto, y oon él es seguro 
e^ triunfo de las armas del Rey. 

La joven, inclinándose, se dijo entre sí: lo veremos; yo 
poseo el vuestro» sin pretender saberlo.. Aun oponién- 
dome á vuestras confidencias, habéis insistido. Pues bien : 
con la conciencia tranquila, cumpliré con mi deber de ar- 
gentina, ya que vos creéis deber cumplir con el de Jbuen 
español realista. * 

Levantó la cabeza indiferente, como observando las hor 
jas de los árboleí», é invitó á Ortiz á seguir el camino que 
conducía al edificio. 



24 UNA HEROÍNA MENDOCINA 



IV 



Existía por aquella época, en la iglesia matriz de Men- 
doza, un fraile franciscano que gozaba concepto de gran 
patriota, y á la vez de hombre recto y justo: se llamaba 
Fray Miguel Ángel, argentino, natural de Salta, con estu- 
dios hechos en la universidad de Córdoba. Cuéntase que 
en más de una ocasión el General San Martín .había re- 
currido á su experientiia y conocimientos que de aquellas 
provincias tenia, escuchando sus opiniones con deferencia 
manifiesta, porque en aquellas regiones, donde aun se encon- 
traban y agitaban intereses españoles, tenía necesidad, el 
gobernador ó jefe de los ejércitoí^ patriotas, de proceder con 
tacto político á fin de neutralizar las voluntades hostiles 
que en el silencio y en la sombra podían perjudicar á la 
causa americana;— era, pues, aquel fraile un hombre de Ho- 
nor, que inspiraba confianza á' todos los que^lo conocían y 
trataban^ y aun á loa que no se encontraban en ese caso, 
pero qjie habían tenido ocasión de oir las referencias de su 
celo religioso, de su patriotismo y de su virtud. 

Por lo general, el clero argentino se había manifestado 
con ideas formadas ya, cuando la declaración de la inde- 
pendencia, y en el Congreso de Tucumán, las ideas más fir- 
mes, los espíritus mejor templados, se encontraron en hom- 
bres que vestían el hábito del monje, que, como fray Justo 
Santa María de Oro, expresaba con palabras suaves, fir- 
mes y persuasivas, que después de la revolución de Mayo 
no era posible retroceder á la dominación de rey ó monarca 
alguno; que el sistema de gobierno aue más convenía á la 
América, era la república con leyes propias que la sabidu- 
ría de los pueblos se diese; que él, por su parte, se retira- 
ría del Congreso si sus colegas se desviaban de la línea 
recta que la revolución se había trazado, al desconocer las 
autoridades de España; pues que no en balde se* había 
derramado sangre argentina á torrente? y se habían arro- 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 



25 



jado del territorio á los ejércitos del Rey, vencidos y htfmi- 
llados. 

La actitud digna del clero americano tuvo sin duda una 
gran parte en el triunfo de la causa de la libertad desde 
Buenos Aires hasta Méjico. 

* * * 



Florencia, que buscaba en su mente una idea, una inspi- 
ración que le proporcionase detener el peligro que amena* 
zaba u la causa de la libertad, cuya confídencia^había re- 
cibido del indiscreto y enamorado Ortiz, pensó en someter 
el asunto al juicio y criterio de fray Miguel Ángel, porque 
al prestar aquel servicio, sacrificándose ella si era necesa- 
rio, quería á la vez poner á cubierto la vida y tranquilidad 
de la familia de Herranz, y lá del mismo Ortiz, que impru-, 
dentemente, en un momento de exaltación,- había revelado 
lo que en aquellas circunstancias especiales y terribles, de- 
bió guardar con su vida. ^ 

La joven conocía al noble fraile por haberlo visto en las 
prácticas de su ministerio, por haber escuchado su voz en A 
pulpito en las grandes solemnidades de la iglesia, y sobre 
todo por haj3er oído las referencias de su proceder ejemplar. 

Para acercarse á él tenía que ocurrir al confesionario, 
único medio, y así es que habiendo tomado su resolución, 
manifestó á la señora de Herranz que deseaba cumplir con 
la iglesia, al concluir el año, confesándose y comulgando, y 
quería desde luego ponerse bajo la dirección espiritual de 
un sacerdote que ella le indicase. La señora doña Mariana, 
cuya piedad y misticismo le hacían ser fíel observadora de 
las prácticas de la iglesia católica, desde las primeras pala- 
bras de la joven, aprobó sus buenas disposiciones; y al 
efecto pronunció los nombres de algunos sacerdotes, incluso 
el de su confesor, un español. 

La joven se detuvo en el de fray Miguel Ángel, pidién- 
dole opinión á la señora de Herranz, y ésta, sin aprobar la 
elección con calor, se limitó á decir que gozaba de buen 
concepto como confesor experimentado. 



é' 

4 



26 UNA HEROÍNA MENDOCINA ^, 

©e acuerek) en lo principal, se acordó que al díji siguien- 
.te, sábado, á la hora del rosario, Florencia -se. aproximaría 
al tribunal de l{i penitencial, acompañándora la señora doña 
Mariana á la Matriz. * 

¿Qué hizo Florencia en las horas que faltaban hasta el 
siguiente día? 

Completamente entregada á su pensamiento, buscó la 
ocasión de encontrarse nuevamente con Ortiz. En Mendoza, 
después de las 12 del día, hora en que. por lo^ general se 
acostumbraba en aquellos tierhpos sentarse á la mesa, como 
decían nuestros abuelos, el calor, si no sofocante, es bas- 
tante acentuado, en los meses de Noviembre á Enero; el' 
, reposo venía después de la comida, de que no prescindían 
sobre todo las personas mayores; quedaban alguna vez 
los jóvenes, que ocupaban el tieriipo en* conversar, leer ó 
bordar. • 

9 

Ese momento fué eJ que aprovechó Florencia para re- 
anudar la conversación de la mañana con Ortiz, manifes- 
tándose agradable y comunicativa con él. 

Empezó por demostrarle el interés que le inspiraba á 
éausa de los peligros que debía arrostrar en su próximo 
viaje, expresándole dudas sobre la importancia de los plie- 
gos que debería conducir, pues qiie tal vez no valían ellos 
el riesgo que seguramente correría, en medio del país en 
armas. 

Ortiz, halagado por el interés que inspiraba á la joveii, 
dijo: 

—Vos misma juzgaréis de la importancia de los pliegos 
que debo conducir ;*esta noche los traeré para que os im- 
pongáis de el lo^s al recogeros, y mañana ó pasado me los 
devolveréis para volver á cerrarlos y sellaflos, conforme 
^stán ahora; péro»os ruego no cometáis indiscreción que 
pueda advertif el señor de Herranz. 

Florencia inclinó la cabeza en señal de asentimiento. 
Hablaron en seguida de asuntos indiferentes, notándose en 
el semblante de Ortiz cierta tristeza ó melancolía que no le 
era habitual, y en el de la joven mayor animación que de 
costumbre, mostrándose muv amable y atenciosa. 



9 






USA HEROÍNA MENDOCINA 27 

A la noche, después de la cena en familia, Ortiz aprove- 
chó un momento én que quedó .solo con Florencia, para 
entregarle con precaución el pliego ofrecido. 
. Se componía é^te de una exteni^a carta de ocho paginas, 
escrita de puño y letra de San Martín y dirigida al Director 
Pueyrredón en Buenos Aires, con detalles interesantes sobre 
la próxima campaña de Chile, el námero de fuerzas y la 
Seguridad de obtener el triunfo sobre los godoSy como él 
decía. 



V 



* • 



Fr.'iy Miguel Anjjel estaba en su confesionario. 

~ Padre, decía Florencia con voz agitada é insegura al 
confesor, cubriéndose lo mejor posible con el manto la ca- 
beza y el semblante al inclinarle sobre la rejilla; no vengo 
á cumplir con el deber que tienen todos los buenos católi- 
cos confesando siis culpa«: mi objeto es otVo. 

£f fraile, aguzando el oído, le dijo con voz tranquila, 
aunque un tanto se^^ra: * 

—¿Y cuál puede 8|^, hija mía, el motivo que os trae á 
este lugar santo, sino el de hacer penitencia y pedir per- 
dón áDio^por vuestros pecados? 

—No, padre mío: soy argentina y patriota, y poseo un 
secreto al que ^al vez se vincuHi el triunfo ó la pérdida de 
la causa de la Independencia; prestadme atención: conozco 
vuestras ide^y y sé que 'pongo en buenas manos el impor- 
tante asunto que me trae. * * 

—Hablad, dijo el fraile con ansiedad. , 

—Antes, replicó Florencia, necesito una promesa del reli- 
gioso y del hombre; 'promesa á la que no faltaréis, padre, 
por ninguna razón, cualquiera que ella sea^ sin deshon- 
rar vuestro doble caíllcter de religioso y de caballero. 
No debéis en ningún caso pretender saber quién soy, y 
Ú llegarais á saberlo por cualquier circunstancia, deberé 
permanecer ignorada, no considerándoos autorizado para 



28 UNA HEROÍNA MENDOCl^íA 

« 

revelar mi nombre á nadie. Las personas que resultasen 
comprometidas, si se conocieran por causas imprevistas, no 
deberán sufrir en sus personas é intereses el menor perjui- 
cio. Si me aseguráis, padre, que serán cumplidas estas 
cláusulas sin modificarlas, os comunicaré mi secreto para 
que lo trasmitáis con urgencia al Gobernador, General San 
Martín. Si no podéis tomar sobre vuestro honor ese compro; 
miso, trataré de ver personalmente al general, lo que yá 
será más difícil, peligrando con el tiempo que pierda, los 
intereses de la patria. 
El fraile contestó: » 

— Podéis hablar con. toda libertad, hija mía, que obligo 
mi doble carácter, como habéis dicho, de religioso y de 
hombre de honor, en observar los puntos previos que 
habéis establecido para confiaros á mí. 

— Bien, dijo Florencia; estoy tranquila, porque sé cuanto 
vale vuestra promesa. 

, Hace como tres meses que un oficial del ejército acam- 
pado en Mendoza era conductor de unos pliegos, que su 
general remitía al Director Pueyrredón en Buenos Aires; 
pliegos importantes que la mala fortuna del oficial hizo 
que los perdiese antes de llegar á sutdestino. 

La interrumpió el fraile, diciendole brevemente: 
— Conozco la pérdida de esos pliegos y su importancia; 
continuad, hija mía, y no omitáis ningún detalle. 

— Veo, continuó Florencia, que es cierta la confianza que 
se dice merecéis al General San Martín, y «estoy satisfecha 
de haberos • elegido, padre, para confideníp de asunto tan 
delicado. Escuchad, pues. « 

Esos pliegos fueron encontrados por un comerciante es- 
pañol, quien impuesto de su contenido, ha determinado re- 
mitirlos al Virrey de Chile, ó en su defecto al general de 
las tropas realistas que ocupan el territorio de Santiago; 
los tengo en mi poder. En ellos se expresa el plan de 
campaña, y el c9metido que pronto llevarán á cabo el 
General San Martín y su ejército al otro lado de lo» An- 
des. Comprenderéis la, importancia de estos pliegos, si 
hubieran pasado á manos de nuestros enemigos; pero ñi 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 29 

siquiera ha sido trashiitido conocimie/ito de ello», porque la 
persona encargada de hacerlo debe ser quien los conduzca, 
y pasarán algunos días antes de que se ponga en viaje. 

El fraile permanecía silencioso; reflexionaba sin duda 
sobre la importancia de la revelación, y del hallazgo muy 
principalmente. 

• —Decid, hija mía: ¿traéis los pliegos^ cuya posesión im- 
porta un caudal, más que eso: una victoria sobre los enemi- 
gos de la patria ? 

— Sí, padre. ¿ Cómo debo entregarlos ? 

La iglesia estaba casi desierta. Concluido el rosario, los 
fieles se habían ido retirando; una que otra persona sentada 
cerca de los altares, oraba, meditaba, ó se entregaba dulce* 
mente al corto sueño común en las gentes que pasan la ma- . 
yor parte del tiempo en los templos,' y á que son incitadas por 
la soledad y el misterio de aquel kigar sagrado. El sacris- 
tán había disminuido las luces. 

— Mirad, dijo el fraile, si no hay personas inmediatas al 
confesionario; pasad por delante y arrojad adentro el pliego, 
que yo recogeré. 

— Está bien, contestó la joven. Esta noche precisamente 
entregaréis, padre, al General San Martín su correspon- 
dencia, y decidle que una patriota mendocina vela y ora 
poif su suerte y la d^ nuestras armas; que ella nada soli- 
cita ni quiere para sí, porque le basta cumplir con el deber 

, que le imponen los intereses de la patria. Yo volveré á 
' este sitio el lunes, por si mis servicios son necesarios; es 

tarde ya, y es necesario concluir esta conferencia. ' 
, El fraile le dio su bendición, pidiendo para ella la pro- 
tección divina, y dijo al terminar: 
— Has*>a el luijes, hija mía. 

Florencia se levantó del sitio donde se encontraba de 
rodillas hacía una hora, procurando no hacer el más leve 
ruido, y al pasar frente á ia pequeíía entrada del cqnfesio- 
nario, deslizó el pliego adentro, el que cayó suavemente so- 
bre el hábito del fraile. 






w 



V': 



I 



• 



30 UNA HEROÍNA MENOOCINA 



II 



Eran ]as nueve pasadas de Ja noche en que tuvo lugar 
la confidencia hecha á fray Miguel Ángel por Florencia ; 
el General San Mariín se encontraba en la habitación 
• que le servía de despacho particular ó escritorio, reco- 

rriendo varios pliegos y partes recibidos probablemente 
esa tarde, cuando un sargento, empujando con cautela 
la puerta, se cuadró á algunos pasos del general : era su 
i fiel asistente Pedro, única peréona que tenía entrada libre 
en el despacho, en momentos en que el general trabajaba 
• á puerta cerrada. 

Pasado un momento, e^eneral dijo:-? ¿Qué hay, sargento? 

— Mi gerferal, contestó éste, ahí está aquel señor fraile 
muy serio, que V. E. acostumbra recibir, y que me ha dicho 
tenía necesidad de hablar con V. E.,por asunto urgente. En 
balde le observé qAe mi general estaba escribiendo y que 
había prohibido se le importunara: insistió en que avisara 

ft á V. E. porque no podía demorar un momento más. ^ 

' —Que entre ya prontamente: algún asunto ihuy impor- 

tante lo trae; y levantándose impaciente,«salió en seguiniiefito 
del sargento, diciendb en voz alta: 

— Puede usted pasar, padre. 

El frtiile, que se pajeaba nervioso en un corredor inme- 
diato, dio medía vuelta, encontrándose con leí general, y se 
dirigieron juntos al despacho.' 

— ¿Qué ocurre, fray Miguel? dijo el general, mirando 
fijanxente al fraile con sus ojos de águila, 

• — Cerremos la puerta, señor, respondió éste, que el.asunto 
es grave; pero no hay por qué alarmarse, pues importa un 
triunfo, * • , • 

— ¿Cómo así? Explicaos, dijo el general, aproximando 
una silla á su interlocutor. 

Tranquilamente, refirió íray Miguel Ángel todos los de- 
talles de la confidencia de la joven, y sacando de la manga 






UNA HEROÍNA MENDOCINA 



31 



izquierda de^su hájbito el piiego/cubierto con un sobre im- 
provisado; ü^do con una cinta celeste, en Ifi misma forma 
que qe lo había entregado Florencia, lo puso en. manos 
del general, gue con los labios oprimidos y la frente ceñuda, 
. espieraba sUencÍ9so el resultado de aquel incidente. 

Tomó el papel San Martín, y, desdoblándolo, se levantó 
del asiento y fué hasta >a mesa donde escribía momentos an- 
tes. Cuando se hubo aproximado á la luz, que la constituía 
jana vela de sebo en un candelero de bronce, dijo con aire 
expansivo: . 

—Efectivamente es mi correspondencia al Director Puey- 
rredón, perdida en Septiembre, y que aun la busca el oficial 
que la conducía. ¡Qué fortuna, mi buen ihnigo! agregó diri- • 
giéndo.se á fray Miguel. * 

¡Cuántos insomnios y pre^uciones^ inútiles me cuesta la 
pérdida dfe esta correspondehcia! En mi desesperación y en 
*'mi enojo, casi he cedide á la tentación de someter á un cqn- 
sejo de guerra al oficial desgraciado quería perdió, y fusi- 
larlo: consideraba perdkla la campaña y el trabajo constante 
de dos años, aparte de mis esperanzas para la reconquista 
de Chile y del Perú. 

— 8fj la Providencia, siempre la Providencia, que vela 
por nuestra santa causa, general, dijo con fe*fray Miguel; 
reconoced que sin su intervención el triunfo sería tal vez- 
del español. 

— Todo 1q que ^queráis, mi buen amigo, expresó alegre- 
mente el general ; pero es necesjario, pensar sobre el partido 
que podemos obtener de este milagro; dejadme hasta ma- 
ñana á la ^ora de «retrpta», Rora en que volveréis. Ls 
preciso no dar la espalda á la fortuna: veréfe qué cambio 
de frente ejecutamos con tanta precisión y limpieza! 

Lo^ godos de Chile son nuestros de esta ve^5, y para Fe» 
brero, ó Marzo á^más tardar, estafemos en Santiago. —¿Ire- 
ihos juntos, verdad? Vuestra cooperación, ya se ve, es 
. prenda segura de buen suceso: Hasta mañana, pues. Y aque- 
llos dos hombres superiores se apretaron la mano con afecto, 
con fe, con respeto recíproco. El geperal acompañó hasta la 
^tuerta á fray Miguel, inclinándose los. dos al despedirse, 



ff 



• 



32 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

Mientras el fraile seguía con la cabeza inclinada, absorto 
en sus pensamientos, el camino que lo separaba de su 
celda, el general, con el codo derecho apoyado sobre su 
mesa de escribir y la cabeza descansando sobre la palma 
de la mano, permanecía con la vista íija en aquellas pági- 
nas, escritas por él con tanto calor, y motivo de una ansie- 
dad indescriptible durante largos días. 

Entregado por completo á su pensamiento, no oyó las 
cometas del cuartel general que tocaron silencio, ni la voz 
de alerta del centinela, que se repetía como un eco. 

Permaneció algún tiempo en esa abstracción, hasta que 
como quien resuelve un problema, abrió el cajón del escri- 
' torio, tomó papel igual á aquel en que había escrito su co- 
rrespondencia al Director Paeyrredón, y se puso á escribir 
sin más descanso que el neces^io para meditar. 

De vez en cuando consultaba un plano ó carta militar 
que se encontraba extendido sobre una mesa de pino, co- ' 
locada á su izquierda; calculaba con el compás las distan- 
cias, volviendo á escribir con rapidez. 

En esa tarea lo sorprendió el alba, hasta que creyendo 
terminado su trabajo, leyéndolo y corrigiéndolo, dobló con 
cuidado los pliegos, cubriéndolos con un sobre que recortó, 
poniendo en seguida la dirección. 

Tenía por delante como diseño ó muestra, el sobre que 
había servido á la anterior correspondencia, preparando el 
nuevo en las mismas condiciones en que se encontraba aquél. 

Terminada la operación, confrontó los dos sobres, y una 
sonrisa de satisfacción aclaró su semblante hasta entonces 
severo. 

Guardó en -el cajón del escritorio los pliegos' objeto de 
su trabajo, y cerrando con doble vuelta, llamó con la cam- 
panilla. — El sargento Pedro se presentó al instante. 

—Van á ser las cuatro, pronto se echará diana; no me 
despertéis: necesito dormir hasta las ocho, 'dijo San Martín. 

— Está bien, mi general, dijo el sargento, retirándose. 

El general pasó á la otra habitación; sin desvestirse, 
se envolvió en su capa, y arrojándose sobre un lecho de 
campaña que allí había) se durmió profundamente. * , 



« 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 33 



Vil 



El día siguiente, á la misma hora que el anterior, fray 
Miguel Ángel fué exacto á la cita. El ayudante de servicio, 
que estaba prevenido por el general, lo hizo pasar al despa- 
cho,' anunciándolo. 

San Martín se paseaba por la .habitación, con la cabeza 
inclinada y las nianos á la espalda, como le era habitual ; 
hombre de meditación constante, rara vez admitía ó se pres- 
taba á estar en tertulia con sus oficiales; parecía que el 
tiempo le era corto para calcular y trabajar, y que la so- 
ledad era su mejor consejo. 

Recibió, á fray Miguel como hombre que está satisfecho 
de sí mismo y de los demás. t 

—Mi buen amigo, le dijo, ya sabía que no se fiaría usted 
esperar;* pensaba en usted ahora mismo cuando fué anun- 
ciado, admirando nuevamente el suceso con que nos favo- 
rece la fortuna. 

El fraile, sentándose á invitación del geheral, dijo grave- * 
mente:. 

— Yo también he pensado mucho sobre lo mismo, y cada 
vez admiro más los decretos del Altísimo, y me convenzo de 
que los mortales somos pequeñísimos instrumentos del des- 
tino; somos como la humilde y débil hoja, que el viento im- 
pulsa ó abate; recibimos el movimiento inicial de los actos 
necesarios á producirse, porque están en el orden de la mar- 
cha de las sociedades ó del mundo; los sucesos se producen 
porque conviene que así sea, para el bien que se obtiene 
más pronto ó más tarde; los hombres son impotentes en de- 
tener el mal mientras no haya llegado el momento preciso 
marcado por la Providencia; y cuando ha llegado éste, es 
inútil que todos los poderes de la tierra se esfuercen en com- 
batir el bien, que necesariamente tiene que triunfar, porque 
así está decretado por voluntad infinitamente mayor á la 
nuestra. 

3. 



\ 



34 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

Larevolución Argentina, señor general, está en el orden de 
las cosas, como estaba á fínes del siglo pasado la supresión 
del derecho divino de los Reyes. ¿Qué figura hubieran he- 
cho los vencedores de la Bastilla él 89, si, anticipándose á 
los suceaos, hubieran intentado destruirla, un siglo antes, 
durante el reinado de Luis XIV, ó proclamar entonces, los 
derechos del hombre? Pues» bien: el»triunfo de la Indepen- 
dencia Americana está decretado por el Ser supremo, y to- 
dos los ejércitos del viejo continente serán inútiles para opo- 
nerse á la marcha progresiva de la libertad. 

Antes de pocos años no habrá pueblo alguno de la tierra 
que no haya impuesto á sus reyes y emperadores la ley de 
las leyes, la carta constitucional, encuadrada en los derechos 
del hombre, ya proclamados. 

Con estas convicciones, señor general, no me sorpreade- 
ría que los ejércitos americanos sufriesen contrastes par- 
ciales ;tpero, año más, año meno^, el triunfo definitivo de la 
libertad sobre el absolutismo no puede ni siquiera ser un 
pBoblema; los que piensan en reyes y señores para dominar 
nuevamente á la América, son Comparables solamente á los 
ciegos que, después de haber visto la luz, han vuelto á ce- 
gar, y que perdiendo las hermosas facultades con que el 
Creador dotó al hombte, han declinado de manera que no 
pueden considerarse en la plenitud de aquéllas. 

San Martín, atento y adusto á la vez, escuchaba la lec- 
ción de firmeza que un humilde fraile daba á los que alguna 
vez habían desesperado^e la causa de la libertad, inclinán- 
dose á combinaciones absurdas; como si hubiera sido posible 
otra forma de gobierno que la república con leyes propias. 

Cuando' hubo terminado fray Miguel Ángel, el general 
se expresó a^í: 

— Veo que no sólo sois un religioso digno y sabio, sino que 
también poseéis en el más alto grado las virtudes, la fe del 
patriota y las visitas de un hombre.de Estado. Por mi parte 
os estoy doblemente agradecido, porque Ilumináis mi espí- 
ritu y retempláis mi fe, por si en momentos de prueba pu- 
diera faltarme; de hoy. má^, procuraré escucharos cuando la 
tempestad de los sucesos contraríe ó dificulte mi marcha. 



UNA HEROÍNA MBÑDOCINA 35 

Ahora, ocupémonos de la manera en que debemos utíli- 
' zar los medios á nuestro alcance para obtener el resultado 
en cuy& demanda vamos; y levantándose abrió el escrito- 
rio, y tomando dos pliegos con sobres enteramente iguales: 
Leedj amigo mío, dijo á fray Miguel, y conoceréis mi nuevo 
plan para confundir y mistificar á los godos; y le entregó 
lo que h^bía escrito la noche antetior. 

Leyó atentamente fray Miguel, y aunque su semblante 
no demp^raba en las circunstancias ordinarias de la vida 

• sus enjociones, se pintó en él un* asombro que no le fué • 
dado disimular. Concluida Ifi lectura, devolvió el pliego ál 
general, que lo observaba con cierta complacencia.* 

— ¿No me decís nada de su contenido? 

— Espero, señor general, otros «detalles con que pueda 
formar opinión cierta. 

—Bien: tenéis razón. Mi plan es hacer llegar á los espa-* 
ñoles en Chile esta comunicación, qi^e dirijo al parecer al , 
; Director Pueyrredón, en lugar de la anterior, que demos- 
traba el verdadero plan d^ campaña que me pfopongo eje- 
cutar. , 

Como veis, expreso ahora que mi marcha será hacia el 
Norte, con el objeto de invadir el Altp Perú, es decir, la re. 
petición de las campañas precedentes, en que los españoles 
obtuvij^ron la victoria. ^ . • 

Engañados a^í, enviarán allá su ejército preferente, y 
cuando hayan ejecutado ese ^movimiento, atrarviesq yo con 
mis tropas «rápidamente la cordillera por diversos pun- 
ios, y en 20 días estoy en Santiago, derrotando el ejército 
español que hay| quedado éh observación ; tendré tiempo 
de obtener los recursos que Chile pueda proporcionarme, y 
remontando el ejército y aumentando la artillería y el ma- 
teria], destruiré en seguida en una ó varias batallas cam- 
pales, el grueso del ejército enemigo, que seguramente enr 
viará el Virrey desde Lima. Triunfando de él, estafa afían- 

* 'Zada la independencia de Chfte, faltando la segunda parte, 
á ejecutar sobre el Perú, que se hará con más meditación 
y tiempo. ^ 

Así, pues, amigo mío, entregad á la -patriota mendocina, 



♦ • 



36 UNA HEROÍNA. MENDOCINA 

como ella dice, este pliego,, para que procediendo con la 
misma inteligencia y patriotismo que con el anterior, lo 
. haga llegar por el mismo conducto que debió ir eV otro, ¿ 
los españoles de Chile. Como podéis ver, he tratado de es- 
cribir ^n la misma forma, poniendo igual número de lí- 
neas y arreglando el sobre en la misma condición que aquél. 
No es fácil que el matueho (i) que debe '^conducirlo, note 
la sustitución. * * 

Mis agentes, á su tiempo, me comunicarán los movimien- 
tos que noten en el ejéreito español. 
* —Está bien, dijo fray Miguel; me parece perfec&mente 
pensado, y casi puedo asegurar que el resultado será el que 
se desea. 

—Esperad, decía el general, tratando de separar una 
cadena de oro ancha y corta, que llevaba en el reloj, como 
se usaba en la época. Esta cadena, con el sello y camafeo 
que á ^la se encuentra unido, tiene sin duda mérito artís- 
tico, y está hecha de modo que lo mismo sirve para uso y 
adorno en el reloj, como para brazalete de una dama; me 
fué ofrecida á mi partida de Buenos Aires para Tucumán, 
por algunos amigos de la «Logia», y me considero honrado 
con poder ofrecerla á mi vez á la patriota mendocina, como 
recuerdo del gran, servicio que ha prestado á la patria. — 
Llevadle estas líneas también.— (Había escrito en un pe- 
queño pliego: «El general San Martín á la patriota men- 
docina, agradecido; » — firmándolo. ) 

* * * 

Florencia fué exacta á la promesa de volver al confeso- 
nario de fray Miguel. Este esperaba con cierta ansiedad 
la llegada de la joven; pues consideraba incompleto él 
servicio que su patriotismo había prestado ya, si no con- 
curría ' á ejecutar la segunda parte del plan del gene- 
ral; así fué que cuando oyó la voz de Florencia que decía: 



( 1 ) MatuchOf expresión que quiere decir que no sabe montar i caballo. 



Lá 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 37 

■ \ ' • • • 

«Padre, estoy aquí», una satísfacción indecible iluminó el 
semblante del religioso. 

Inmediatamente contestó este: • 

—En nombre de la patria y en el mío, os agradezco que 
hayáis cumplido vuestra promesa; he Ifenado la comisión 
que me disteis, y creed que el servicio rendido por vos, es 
el mayor triunfo que la libertad Argentina ha reportado 
en estos últimos tiempos sobre sus enemigos. El General 
San Martín os envía sus felicitaciones y reconocifnientc^ 

Me ha entregado un pliego que ha escrito nuevamente, 
y 'que, como veréis, es en apariencia igual al anterior, para 
que procediendo con toda la inteligencia que habéis de- 
mostrado, veáis el modo de que ocupe el lugar que el otro 
tenía, á fin de que la persona encargada de hacer llegar 
aquél á nuestros enemigos en Chile, lleve éste, sin que 
note la diferencia entre uno y otro. De esta manera ob- 
tendrá el general que su plan de campaña sea fácilmente 
ejecutado. Comprenderéis su importancia leyéndolo. 

—Está biep, padre; haré lo que decís. Desde el mo- 
mento que resolví venir á veros, trayendo aquellos pliegos 
que se me confiaron por un exceso de impremeditación, 
resolví arrostrar también todos los peligros que pudiera 
acarrearme. Consulté con mi conciencia si el acto que 
.practicaba podía encontrarse en oposición con los princi- 
pios de moral, que siempre observé, y que es guía de to- 
dos mis pasos; y juzgándome con la mayor severidad, en- 
contré que los enemigos de mi patria iban á utilizar una 
correspondencia que no les pertenecía, que el azar había 
puesto en sus manos, y que estando en mi voluntad des- 
truir esa arma, que se volvía amenazante cofitra la liber- 
tad americana, no hiíciéndolo me hacía cómplice á sabien- 
das de los españoles, y responsable^ como argentina, de los 
males que pudieran resultar de una debilidad injustifica- 
ble. Tranquila, descansando en mi conciencia y en la pu- 
reza de mis convicciones y de mis actos, complementaré. el 
servicio hecho, contribuyendo al plan del General San 
Martín con el envío del nuevo pliego á nuestros enemi- 
gos en Chile. 



* 



• 38 UNA HEROÍNA MENDOCINA 



• • 



4 



I 



« 



• • 



Fray Migjiel dijo: 

—La patria es ante todo, hija mía; por*ella tenemos el 
deber, todos los argentinos, fie derramar hasta la última 
gota de sangre de nuestras venas. Las mujeres de la anti- 
güedad enviaban áus hijos á la guerra, y lio lloraban su 
muerte, siempre que ell^ hubiera tenido lugar frente al 
ebemigo de su patria ; otros pueblos sacrificaban la fami- 
lia y el hogar; las llamas devorando las ciudade^ y las al- 
deas, loe palacios y las cabanas, iluminaban el monte y el 
llano, y mostraban al invasor extranjero la cólera del pa- 
triotismo, que es como la cojera celeste. * 

Florencia, con acento más dulce que el empleado antes, 
agregó: 

* —Si aún conservara alguna duda sobre la rectitud de mi 
proceder, ella habría desaparecido, padre, después de hab^ 
ros escuchado; habéis dicho bien: la patria es ante todo. 

¿^i no tenéis más que decii;rne, me retiraré, hasta otra 
ocasión, en' que tenga necesidad de importunaros. 

—Bien, hija míaj contestó el fraile; recogec^el pliego que 

arrojaré á «mestro paso; tomad precauciones para no ser 

notada, á pesar de que Ja iglesia eafbá casi completaihente 

•sola. 

* 
Florencia se levantó f tomó el pli<^o que fray Miguel 

deslizó fuera del confesooftrio. 



VIII 



De vuelta pn su casa pretextó una ligera indisposición, 
recogiéndose. á su aposento; se encoAtraba, si rio enferma 
propiamente dicho, emocionada por los sucesos que venían 
desarrollándose, y en que el destino le acordaba una parte 
ó intervención en que no pensó. 

^Desprendió la cinta que ceñía el paquetito que le había 
entregado fray Miguel, y aparte del pliego de que había 
hablado, encontró también la joya y el billete que San 
Martín le dirigía en prueba de reconocimiento. Hubiera de- 






* 



« 






• 



í , UNA HEROf]/A M^NDOCINA 39 

seado Florencia que el general limitara su obsequio á las 
dos líneas escritas por él, sinñ por esto dejar de apreciar 
% . el VÉ^Ior de aqallia. ' 

Meditó en seguida cómo había de proceder para llenar 
su cometido haciendo que la correspondencia, de San Mar- 
tín llegara al cuartel general español, ó al Regente realista 
T en Chile; pero no halló otro medio que el indicado ya: Or- 
tiz debía salir brevemente para la cordillera, y él sería el 
conductor. 
'i Aparte de eso, Florencia debía devolver á Ortiz la co- 
rrespondencia que le había confiado, y como ésta no se 
encontraba en su poder, tenía iiecesariamente que seguir- 
al pie de la letra la instrucción del general trasmitida por 
' el fraile. Ortii debería ¿gnorar la sustitución de una co- 
rrespondencia por otra y hacer su viaje en la creencia de 
que llevaba á sus 'amigos y compatriotas el secreío del plan 
militar de Sao Martín. Por más que buscaba en su mente 
otra solución, la realidad se presentaba nuevamente á im- 
ponerle el procedimiento á seguir sin variante alguria. Re- 
^ suelta ya, habló al día siguiente con Ortiz, diciéndolé que 
se había impuesto del pliego que le había da^o á ese ob- 
jeto, y que, aunque no cotnprendía toda la importancia 
que él le atribuía, era de opinión que no debía faltar al 
compromiso contraído; pero creía que, si tenía otra persona 
á quien poder confiar su entrega en la cordillera é en 
\ Chile, podía muy bien excusarse del viaje. « ' 

• — Lo he pensado detenidamente y nadie debe ser el con- 

• ductor de esa correspondencia sino yo; no procedo indu- 

cido por intereses extraños, siqo por los míos, pues como 
español, la causa realista es propia, y no>debo ni quiero 
confiar *á un tercero la comisión que me he impuesto. 
•* —Muy bien; decidme cuáado queréis que os devnel\^ 

la correspondencia. 
• —Esta tarde, si gustáis, porque el señor don Francisco 
y la señora doña Mariana no comen en casa, pues van á 
cumplir con personas de su amistad que los han invitado á 
ese objeto. Tengo pronto el lacre y el sello para -cerrar in- 
' mediatamente ese pliego y colocarlo donde debe encontrarse» 



9 



F 



40 UNA HEROÍNA 'mENDOCINA 

♦ 

— Perfectamente; ya que estaremos solos, trned al come- 
dor el sobre y lo demás, y •cerraremos juntos, si queréis, 
ese importante documento; así tambiéti hablaremos de vues- 
tros proyectos. 

Aceptó el enamorado Ortiz lo que la joven le proponía, 
y juntos cerraron la carta de San Martín, sin ocurrírsele 
á Ortiz volver á leerla, des^e que tantas veces lo había 
hecho con la anterior; se ocupó con preferencia de inte- 
rrogar á Florencia sobre si, ausente él, pensaría en los mo- 
mentos que habían pasado juntos en sociedad. 

Contestó la joven sonriéndose, diciendo que ya sabía 
cuánto era apreciado para fio notar su falta; y añadió: 

— ¿No le ponéis la dirección al sobre? 

— Sí, la pondré al Capitán doiv León de ISerranz, que 
es la persona encargada de efectuar la entrega al Regente 
ó al General Maroto. 

— ¿Y cuándo partís? 

:— Pasado mañana; todos los demás documentos estarán 
esta noche en mi poder. Así, pues, mañana os diré adiós, 
é interesaos con vuestra Virgen del Rosario i)ara que sea 
feliz. • 

— Sí, lo haré, para que seá¡^ personal mente feliz y no* 
os ocurra desgracia alguna. La joven era ingenua expre- 
sándose de esta manera. 



IX 



Concluía el año 1816, y se notaba mayor actividad en 
Mendoza: movimiento de tropas, ejercitándose en peque- 
f\as marchas á inmediaciones de la ciudad; ejercicios de 
fuego casi diarios: todo hacía creer que brevemente se pon- 
dría en marcha el ejército. ¿Para dónde? Nadie lo sabía. 
Unos decían que seguiría á incorporarse al de Bel grano en 
Tucumán para abrir campaña sobre el Alto Pera, porque 
se anunciaba una invasión de los españoles sobre Salta; 
etros, que se suponían mejor informados, afirmaban que el 






UNA HEROÍNA MENDOCINA 41 

Goj^ierno de Buenos Aires, temefoso del triunfo de la anar- 
quía con los caudillos provincianos del .litoral, había orde- 
nado que el General San Martín tuviese su ejército pronto 
á marchar donde la guerra civil asomaba. Esta era la ver- 
'sión que se consideraba como cierta, pero la verdad del 
plan 6 de las operaciones próximas ^el ejército se igneraba; 
nadie pensaba en que pudiera invadir á Chile atravesando 
la cordillera: se hubiera conceptuado una verdadera locura. 

* * * 

Entre algunos contingentes que llegaron de otras provin- 
cias, á fines de Diciembre, vino de Tucumán un o^cial con 
55 hombres que enviaba el General Belgrano al General 
San Martín, para ingresar en los famosos regimientos de 
granaderos á caballo. 

Ese oficial era el Teniente Gerardo Villa- Mayor, her- 
mano «de Floi-encia, que había sido elegido por Belgrano 
para aquella comisión, precisamente por ser natural de 
Mendoza y por haber manifestado deseos de volver, des- 
pués de tanto tiempo, á su ciudad natal. ^ 

El General San Martín pedía con instancia á los (jober- 
nodores de provincia nuevos elementos para la caballería, 
porque sin duda esperaba mucho de esa arma, y como el 
Director Pueyrredón cooperaba de una manera eficaz á los 
aprestos de la invasión* á Chile, recomendaba á su vez á 
los Gobernadores enviasen §f San Martín con preferencia 
los mejores soldados de caballería; así es que continua- 
mente recibía pequeños contingentes que disciplinaba como 
él sabía hacerlo. 

El Teniente Villa- Mayor era un joven como de 24 
años^* de noble presencia y elevada estatura, representaba 
más edad que la que realmente tenía; se había batido 
bien y fuerte contra los soldados españoles en el Alto 
Perú, y había adquirido el temple que en aquellas campa- 
ñas de constante batallar y de* privaciones sin cuento, hi- 
cieron legendario el valor de los militares que en ellas to- 
maron parte; así es que* el General San Martín recibió 



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42 UNA líEROÍNA MENDOCINA 

. . bien al oficial, y lo destmt) con sus hombres al regimi^to 

número 1, que á la ;3azón formaba parte de la división del 
* General Las-Heras. 

Inmediatamente que vio terminada su comisión, y que 
cumplió las órdenes de su nuevo capitán, el valiente Ca-* 
jaraviUe, pidió á éste, <me era un cumplido caballero, per- 
miso para ver una hénnansi que tenía en Mendoza, y de 
la que estaba separado hacía seis años; permiso que le fué 
concedido con largueza. 



• 






* 



« f 3|c :je Jjí 



Era up domingo, y en momentos en que la señora doña 
Mariana y Florencia volvían de misa de nueve, un oficial 
de granaderos, con uniforme flamante, descendía de su ca- 
ballo á la puerUi de la casa de la familia de Herranz.* 

Florencia tembló: ¿si sería mensajero de alguna orden 
contra el señor don •Francisco, ó de alguna mala noticia 
del incautt) Ortiz? 

Dominándose «speró que fuese anunciado. Una sirvienta 
•se pif sentó apresuradamente, diciendo que un oficial pre- 
guntaoa por la señorita Florencia Villa- Mayor; que de- 
^ seaba verla, y que venía de Tucumán. « 

— ¿Mi hennano, acaso? dijo la joven, é interrogando con 
la vista á la!señora oe Herranz, ¿que pase, no es verdad? 

— Sí, diga usted á ese señor oficial que se sirva pasar 
adelante, expresó la^señora de^Herranz, adelantándose hasta 
1| puerta para recibirlo. 

El Teniente Gerardo Villa- Mayor avanzaba pausada- 
mente, con el morrión en una mano y el sable colgando del 
brazo izquierdo, ó mejor dicho, apretando la empuñadura 
con él, para que no ^irrastrase, como' se usaba entonces. 

Los militares de la escuela de San Martín y de Bel- 
grano observaban, por lo regular, corrección en» su actitud, 
en su vestir y en su porte. 

Un notable escritor argentino y militar de alta gradua- 
ción á la vez, haciendo notar cierto descuido de forma en 
el vestir de los militares que sucedieron á aquella gene- , 



* 






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' UNA HEROÍNA MENDOCINA 43 

ración, lo atribuía á la guerra civil por que han atravesado 
estos pa\^es desde el triunfo de la Independencia ; mas, ha- 
biendo desaparecido la causa,^a reacción se ha operado ya, 
viéndose á los militares coa la apostura y el vestir coiTes- 
pondientes. * 

Refiere que el General Lavalle, el primer oficial de ca- 
ballería de au tiempo, era en la época de la revolución Ar- 
gentina el ¡nás estricto observador del reglamento: jamás 
se le vio sin el corbatín ó con -la casaca desprendida; co- 
rrectamente uniformado de ordenanza, se encontraba siem- 
pre, ya estuviera de servicio ó de paseo. Más tarde, cuando 
^ dirigió los ejércitos populares contra Rosas, y recordando 
tal vez que había sido batido por paisanos indisciplina- 
doS| en guerr{i civil, cambió el corbatín, el uniforme y el 
sombrero apuntado, por el chaquetón, el poncho y el som- 
brero de alas anchas de los caudillos de nuestra campaña 
.pastora. 

Gerardo se aproximó atentamente haí&ta donde se encon- 
traba la señora de Herranz, é iba ya ácumplimentarla y dar 
ftu nombre, cuando Un grito de sorpijesa y d^ placer de*su 
hermana le hizo comprender que ke le había reconocido. 
* En efecto, Florencia salió apresuradamente, exclamando: 
«^Es mi herm^noj » El o&cial extendió los brazos y recibió 
en ellos, conmovido y cariñoíiamentei á su querida hermana. 

La señora doña Mariana, admirando el porte y la esta- 
tura del joven teniente, al que había yisto salir casi niño 
y humildemente vestido, hacía seis años, para Buenos Ai- 
res, no pudo menos de sentir también satisfacción. 

Don Francisco acudió á su vez y participó de la sorpresa 
de encontrar en el niño hijo de su amigo Villa-Mayor, un 
marcial insurgente, cuya musculatura y largo sable acusa- 
ban que en más de una ocasión no debió quedar éste inac- 
tivo dentro d^ la vaina. 

•Prescindiendo del afecto que los esposos de Herranz hu- 
bieran sentido por el joven Gerardo, años atrás, no podían 
ver con semblante placentero entrar en su casa á un ene- 
migo de su causa, mucho menos en aquellos momentos, en 
que esperaban el triunfo de los realistas en breve tiempo; 



I 



•* 



• 



• 



44 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

4 así es que la acogida por parte de don Francisco, muy 
principalmente, fué hasta cierto punto reservada y fría, li- 
mitándose á ser atento: nadíi de ofrecimientos» que pudie- 
ran ser aceptados. 
, Florencia, con las manos puestas entre las de su hermano, 
no cesaba de dirigirle preguntas sobre los trabajos pasa- 
dos en las campañas del Alto Perú; el joven oficial la 
dejaba hablar sonríéndose y contestando con reserva y me- 
sura, diciendo : * « No han sido tantas las contrariedades como 
generalmente se cree; el soldado lo pasa mejor en cam- 
paña que en guarnición: la actividad y la costumbre lo 
hace todo ; después de eso, cuando se siente placer por la 
carrera, la cau?a es noble, una palabra benevolente de su 
superior jerárquico, y, si es bastante feliz, una cita en la 
orden del día, basta y sobra para considerarse compen- 
sado con exceso de todas las dificultades por que haya te- 
nido que pasar. » , 

£1 señor de Herranz, que escuchaba silencioso aquel 
diálogo, no podía menos de pensar que de seguro todos 
esos demonios de insiirgentes, que tenían tan malparado» 
los intereses españoles en América, participarían de la 
misma 'resolución y tenacidad del joven que estaba pre-* 
senté. — «I Y que no haya un medio seguro de concluir ccto 
todos ellos !> se decía el buen español. 

• Un reloj de sobremesa dio las diez, y Gerardo pidió per- 

miso para retirarsa El señor de Herranz se inclinó. El* 

•• joven oficia], poniéndose de pie, agradeció en breves pa- 
labras las atenciones y finezas que se habÍHn dispensado 
á su hermana, agregando que desearía tener ocasión de re- 
tribuirlas, y, para el efecto, reconociendo, sin embargo, su 
modesta situación, se ofrecía á los señores de Herranz 
para lo. que se le considerase de utilidad. 

Florencia pidió á su hermano que volviese al día si- 
guiente; la señora doña Mariana algo dijo también en ese 
sentido, y el ofíciai se despidió de don Francisco y su es- 
posa agradeK^iendo sus atenciones. 

La joven, tomando del brazo á Gerardo, lo acompañó 
hasta la puerta, diciéndole: 



.* 






* 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 45 

—Es necesario que vengas mañana; pagaremos por la 
quinta; tengo nyicho que decirte. 

— Está bien, contestó éste, apretando con cariño las ma- 
nos de Florencia; y se despidió. 

Montó en su caballo y partió lentamente, saludando; 
mientras la s#ñora de Herranz y Florencia admiraban la 
apostura del oficial de granaderos. ^ 



En los priifieros días de Enero de 1817 se vio clara- 
mente que el ejército acampado en Mendoza activaba 
' sus preparativos; llamaba la atención la cantidad de ca- 
ballos que se herraban diariamente; la maestranza seguía 
trabajando con ahlor: después de haberse ocupado de las 
armas de la infantería y artillería, afilaba los sables de 
la caballería y reparaba el material y arreos de la misma. 

El General San Martin se encontraba constantemente 
en el campamento; al aclarar el día, las tropas estaban 
sobre las armas; f^wnaban por divisiones la artillería, in- 
fantería y* caballería, poniéndose en orden de marcha, y 
ejecutándola en diversas direcciones: volvían generalmente 
después de ^cuatro ó cinco horas. Estos simulacros se re- 
petían cada dos días. 

El seis de Enero, día de los Santos fieyes, un ayudante 
del general se desmontó cerca de la iglesia Matriz, y en- 
trando en ella preguntó á un sacristán por fray Miguel 
Ángel. 

Transcurrieron algunos minutos, cuando volvió el mo- 
tilón diciendo que su paternidad vendría en seguida. 

En efecto, fray. Miguel se presentó, y el oficial le en- 
tregó una carta del general, que decía: — <Mi buen amigo, 
si podéis hacer un paréntesis á vuestras ocupaciones, ve- 
nid esta tarde al campamento: Úngo que hablaros; bue- 
nas noticias. — San Martín.* 

—Decid al general, contestó el fraile, que no' faltaré. 



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• 






46 UNA HEROÍNA MENDOCiNA 

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t 

y que no coníbsto esta carta porque con la función del 
día, me faltg el tiempo. • 

Fué exacto fray Mfguel; y ésa tarde, casi de noche, 
llegaba al campamento en la calesa que le proporcionó un 
• vecino., 

Al verlo, él general le dijo, tomándole las»manos: 
* . — Victonía en toda la línea! Los g:odos cayeron en el lazo 

como inocentes pichones. « 

—¿Cómo así, señor general? 

— El movimiento previsto de las tropas españolas ha- 
cia el norte se está ejecutando con mucha cautela y sigilo. 
En todo este mes deben invadir á Salta por la*quebrada 
de «Humahuaca y reunirse en Jujuy, los geperales españo- 
I * les Lacerna y Olañeta, con la flor del ejército español, in- 

clusos los faitiosos Talaveras y/ otras tropas llegadas re-* 

• 

cientemente de España. Deberán reunirse- en Jujuy y efec- 
tuar la invasión inmediatamente, según las órdenes del Vi- 
i rrey Pezuela, que quiere, con una acometida vigorosa so- 
■ ^ bre Salta y Tucumán, distraer al ejército de Mendoza de 

• • lo que pretenda intentar siobre Chile, ó bien desbaratar 
con su plan, anticipándose, mi. marcha anunciada h^cia el 
norte. * , * 

Así, pues, amigo mío, estamos con las piezas sobre el 
tablero, y 'si yo supiera que las divisiones del ejército es- , 
pañol estaban ya reunidas, rompía la marcha dentro de 
ocho días; pero conviene que lo nos precipitemos, á fin 
» 'de que los realistas se vayan internando más y no pue- 

dan retroceder á tiempo. 

Cuando estemos en • Santiago, que será, Dios mediante, 
en todo Febrero, los chapetones volverán pie atrás con 
mayor ligereza qué la empleada para invadir.- 

Güemes y los gauchos patriotas de Salta, r mientras 

tanto, los estrecharán en el terreno que pisen; tomarán 

los españoles la ciudad de Salta, y allí se harán fuertes, 

pero hostilizados por los bravos sáltenos y apremiados por 

' la falta de medios de subsistencia, tendrán al fin que po- 

• nerse en retirada, convenientemente escoltados y batidos 

« 

hasta el lugar de partida; y si adelantasen de Salta, está 



1 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 47 • . 

Belgrano en Tucumán con un ejército retemplado y de- 
seoso de reparar el desastre de Sipe-Sipe, y allí será la 
tumba de "Lacerna, contó ya lo fué de Triatán. 

Los ejércitos españoles del Altó Perú, en derrota 6 re- 
trocediendo á paso acelefado á Cotagayta, habrán perdido * 
una parte de su fuerza y su moral, y sabiendo que nos- 
otros estamos en Santiago dueños d^ Chile, retrocederán 
más y má?, buscando un apoyo dentro de su propia con- 
quista. Terreno perdido por ellos, es terreno reconquistado 
por nosotros. . t • • 

Tenemos á nuestro frente, más allá de la cordillera, en , 

el Aconcagua, un ejército enemigo de dos á tres mil hom- 
bres, de las tres armas, mandado* por el Greneral Maroto, 
muy buen oficial ; pero está averiguado que no existe buen 
general cuando éste es sorprendido. Ya verá usted su sor- 
presa, cuando se vea acometido de frente por una parte 
del ejército patriota y flanqueado por. la otra mitad; aparte 
de l^s fuerzas diversas cfie operarán en varios puntos y á 
un s61o fín. 

Como usted ha de venir con nosotros, mi buen amigo, le 
explicaré esto sobre el terreno, después de la victoria. 

:{« :)c })c . 

• 

— ¿Y no me dice usted nada de la patriota mendocina? 
¿sabe ugted que la joven ha procedido como un general? 
¡Qué auxiliar eticaz es la mujer cuando se encuentra ani- ^ 
mada de una pasión noble y es discreta! ¡Qué eminente 
servicio ha prestado á nuestra causa! 

Sin su intervención, necesario es confesar que nuestro 
plan contaría con mayore% dificultades: los españoles nos 
esperarían reforzados en Chile. ¿No la ha vuelto usted á 
ver? ; 

—No, señor general; después que le trasmití las ins- 
trucciones recibidas de usted y le entregué el* pliego que 
debía hacer llegar á Chile, no h^ oído más su voz. Crea 
usted que he pensado sobre el misterio de que se rodeaba, 
la exactitud de su juicio, la pureza' de sus intenciones, la 



* 



48 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 



escrupulosidad con que juzgaba y examinaba sus propios 
actos, y ñnalmente su patriotismo acrisolado. Es, sin duda, 
una alma predestinada por el Señor á cumplir un alto 
destino en situaciones excepcionales. ¿De qué medios se 
ha valido esa mujer para hacer llegar á manos de nues- 
tros enemigos lo que así convenía á nuestra causa? ¡Mis- 
terio! ¡Que la protección de Dios le sirva de escudp! 

—Es también mi opinión, fray Migud, que la patriota 
mendocina*no es una persona vulgar, y tengo la esperanza 
de que la volveremos á^eucontrar; crea usted que desearía 
conocerla para admirar «us condiciones morales. 

Hablando de otra cosa, es necesario, mi buen amigo, que 
se vaya usted preparando para la campaña; porque con- 
cluido este mes, cualquier día desaparece el ejército de aquí 
y tomamos el camino de la cordillera hacia Chile. 

— Estaré pronto, señor general, llegado el momento; bas- 
tará que usted me anuncie con dos palabras el día de la 
partida, para estar aiqíuí á sus f^rdenes. ¿Qué tengo que 
preparar? Mi muía está descansada; desde el últimcf viaje 
que hice á Tucumán no ha vuelto á salir, así es que avi- 
sándome de mañana, pof la tarde estaré en el campamento. 
Yo también tengo deseos de admirar las bellezas de la cor- 
dillera atrajiresando sus estrechas sendas por la ladera del 
monte, de donde parece desprenderse el viajero, como atraído 
por el ruido de la catarata, hacia el precipicio que se halla 
á sus pies. 

— Pues bien, fray Miguel, hasta el día de la partida, dijo 
el general tendiéndole la mano;* á menos que tengamos 
algo que comunicarnos antes. 

Un momento después, fray Miguel salía para la ciudad, 
en el carruaje que lo había lle>(ado. Lo acompañaba un ofi- 
cial de caballería. 



UNA HEBOÍMA MENDOCUtA 49 



• XI 

Florencia tuvo ocasión d^ hablar extensamente con su 
hermano, en las visitas que éste hizo á la casa de He- 
rranz en los días sis^uientes. 

Gerardo, por las confidencias que le hizo su hermana, 
pudo apreciar el grado de patriotismo y abnegación que 
encerraba el pecho de la joven; comprendió que perma« 
nociendo con la familia de Herranz, permanecía en campo 
enemigo, desde i]ue era evidente que en aquella casa se 
conspiraba contra la libertad, y que continuando en ser tes- 
tigo de los actos hostiles á la patria de parte de los protec- 
tores de Florencia en su orfandad, se incurría efi falta de 
delicadeza; así es que preocupaba á los jóvenes el desligarse 
de aquélla casa en donde Florencia había recibido aten- 
ciones inolvidables, que había tratado de compensar con 
sus servicios y cifidados, pero que no debía continuar re- 
cibiendo, desde que separaban á la protegida y á sus pro- 
tectores ideas tan en oposición y tan difíciles de concillarse, 
y mucho más dada la situación de la lucha, en que rea- 
listas y patriotas eran naturalmente enemigos, sin excluir 
á las mujeres y á los niños. * 

Cuando resuena el cañón y se oye el ruido de la ba- 
talla, los espíritus más moderados, más pacíficos, reciben el 
choque y se enardecen las pasiones, y la frase de orden de 
unos y otros es la de no liaya cuartel! 

En España, de 1806 á 1813, durante la guerra contra la 
dominación francesa, desgraciado de aquel que demostrase 
mediano ardor patriótico: se le consideraba enemigo y 
afrancesado, y se le perseguía á él y á su familia. A los 
militares de alguna notoriedad que no se pronunciaban 
pronto contra el invasor, se les arrastraba por la calle, ó 
se les colocaba una horca delante de la puerta de su casa, 
como diciéndoles: «ved lo que hacéis.» 

No era regular ni «ceptable que una patriota tan entu- 

4. 



50 DNA HEKOfMA MBNDOCIMA 

^ siasta, tan apasionada de la causee la libertad, — su único 
amor, ^u única pasillo haata entonces, — pudiera compartir 
la vida en íamilia que le proporcionaban don Francisco y 
BU esposa; el disimulo de todos los instantes violentaba 
■ su alma generosa j noble; el oculta^ sus afeccionea le pa- 
recía basta una traición: así es que, fijo su pensamiento en 
la conveniencia de separarse de los que la habían hospe- 
dado con cenerosidad y cariño hacía ya siete años, bus- 
de hacerlo de una manera decorosa, 
justificable podría presentar á la se- 
)ue no la ofendiera; ^ué causa alega- 
no se prestase á suposiciones injurio- 
is á arrojar sobre s! Ja sombra de una 

¡en qué hogar buscaría amparo? Ver- 
in la protección de su hermano; pero 
, era soldado: pertenecía á su bandera 
erra con el opresor extranjero. De un 
¡ército empezaría la campa&a; volvería 
en el desamparo y en el aislamiento. 

intrfi, que sólo una alma enética como 
ntar. Al principio pensó vagamente en 
intuándose y acostumbrándose & la pa- 
ción, hasta que concluyó por adoptarla 

cuando ya se conocía en Mendoza el 
¡ércitos españoles sobre Jujuy, dijo & su 

^des, como es probable, porque es opi- 
éjército ño permanecerá por más tiempo 
quedar solilaria y triste, en la ansiedad 
■os, y pensando eh el destino de la pa- 
lien confiar mis penas ymis alegrías? 
de mi, si un ejército invasor espaüol 

cuál sería el desborde de los godos 
. parecer, van hoy'á misa, envueltos en 

ó color café, á rezar por su causa! 



UNA HEROÍNA MENDOCINá» 51 

4 

Gerardo, que escuchaba, con la frente inclinada y con- 
traída, las palabras y observaciones de su hermana, dijo, 
cuando ésta hubo terminado: 

—Ciertamente, si el ejército marcha dentro de poco, 
como creo, no sé qué otra cosa podemos b^cer por ahora, 
como no sea permanecer en casa del señor de Herranz hasta 
mi vuelta. Comprendo cuál será tu ansiedad y tristeza, pero 
no temas que los españoles lleguen hasta aquí: demasiado 
harán con sostenerse en el terreno que pisan en el Perú y 
en Chile; y como todo induce á creer que iremos á buscar- 
los allá, ni ese recurso tendrán dentro de poco. Á- mi • 
vuelta, con la posición que habré seguramente conquis- 
tado, si no caigo como cualquier otro de mis compañeros, 
fijaré en Mendoza mi residencia y mi casa será la tuy^, 
hasta que te establezcas de una manera conveniente y d^ 
finitiva. 

Florencia objetó: 

— Está muy bien todo eso que dices, hermano mío; pero * 
es que yo pienso de otra manera: creo que me es* absoluta- 
mente imposible continuar por más tiempo en casa del señor 
de Herranz; cualquier día, en tu ausencia, me veré Qp la 
necesidad de dejarla. A dónde iré, yo no lo sé; mi deses- 
peración en ese caso puede llegar al límite, y esto es }o 
que deseo prever y conjurar ; para eso he contado con tu 
cariño hacia mí y tu buena voluntad. Abordando resuelta- 
mente la cuestión, te diré Escúchame con calma 

¿Sería yo Ta primera mujer joven, que, vistiendo el traje 
militar, se alistase en los ejércitos de su patsia, contra el 
extranjero, protegida directamente y de cerca por su her- 
mano ó por su padre? 

¿Qué me queda una vez que te alejes f ¿tengo yo aca^o 
parientes que deploren mi ausencia, ó que velen por mi* 
bienestar en lo futuro? 

No tengo más que á ti. ¿Crees que puedo serte ^impor- 
tuna y perjudicial en la campaña? No pienses en eso; al 
contrario, tendrás un buen camarada que vele cuando 
duermas; mi físico es fuerte y sano, necesita de la vida 
activa para adquirir el templQ necesario, que en cuanto á 



52 niNA HEROÍNA MENDOCINA 

la voluntad y al espíritu, vino templado ya conveniente- 
mente al nacer. 

Grerardo no pudo menos de emocionarse ante las senti- 
das palabras de su hermana: lágrimas silenciosas surcaron 
sus mejillas tostadas por el sol; y con voz entrecortada, 
dijo: 

—Está bien: reflexionaré; y enjugándose el rostro y opri- 
miendo las manos de Florencia, se retiró apresuradamente, 
temeroso de que alguna de las personas de la casa ad- 
virtiese el estado de agitación en que se encontraba. 

Florencia, también, retirándose á su habitación, lloró 
amargamente; pero luego que se serenó, se dijo: «la suerte 
está echada, no cederé; mi inclinación y mis afecciones me 
dicen que debo seguir la suerte de mi hermano y de los 
que como él combaten por la libertad de la patria.» 

♦ * * 

Dos días después de esta conferencia, volvió Gerardo y 
dijo á su hermana: 

-rEstoy de prisa: parece que los sucesos se precipitan; 
las órdenes del general son severas: nadie puede ausentarse 
del campamento; este servicio lo debo á la bondad de mi 
capitán, que manda accidentalmente el escuadrón. 

Florencia, habrás reflexionado sobre tu proyecto, que 
te pediría nuevamente abandonases. 

-—Sí, hermano mío, he reflexionado, y cuanto más me- 
dito en él, más me añrmo en que es absolutamente nece- 
sario ejecutarlo. No sabes á qué desgracias me expondrías 
si no accedieras á que lo llevara á cabo; tengo fe en que 
junios seremos afortunados. No te molestaré: he tenido 
ocasión de aprender á andar á caballo en los paseos que 
la familia acostumbra efectuar todos los jueves á la ha- 
cienda de don Francisco, que está á dos leguas de Men- 
doza; soy fuerte; puedes decir á tu capitán que un joven 
pariente tuyo se presentará como voluntario, y prepara un 
caballo manso y el uniforme, que ya verás que no te de- 
jaré mal. 



T7KA HEBOÍNA MENDOCINA 53 

— ¡Ay, Florencia, qué sacrificio tan grande 1 Vacilo, no 
sé qué hacer. Con todo, voy á preparar lo necesario por 
si el ejército se pusiera en marcha; el día antes te pisaré 
y en la misma noche de la próxima pulida, traeré el ca- 
ballo y el uniforme á la puerta de la quinta que da al 
camino inmediato al campo, y cambiando de ropa rápida- 
mente, estaremos en el campamento en una hora; allí te 
presentaré á mi- capitán, que seguramente dirá:* ¡vaya un 
voluntario buen mozo! 



XII 



El 18 de Enero, por la noche, después del toque de si- 
lencio, la división del Coronel Las Heras, que ese día ha- 
bía estado de revista^ tomó silenciosamente las armas, y 
con su coronel á la cabeza, marchó en dirección al sur. 

Siguió en los días sucesivos deslizándose por las* sen- 
das escabrosas de Uspallata; empezó á subir la cordillera 
X>or infinitas curvas de granito, salvando precipicios, que 
parecía fuese imposible que un ejército se atreviese á sal- 
var, coh bagajes y cañones. 

La marcha se hizo laboriosa, á medida que se entraba 
de lleno en la montaña. Al reflejar el sol de la mañana 
sobré las bayonetas de la primera división del ejército pa- 
triota, parecía ésta una cinta de plata tendida cuidadosa- 
mente, siguiendo sus contornos al través de la cordillera; las 
músicas tocaban himnos marciales en los pasos difíciles, 
y los soldados entonaban la primera estrofa del canto de 
Mayo. 

La división Las Heras debía ser la primera que pisara 
territorio chileno, y la primera, también, que tuviese que 
combatir con los enemigos. 

Se componía dicha división de novecientos á mil hom- 
bres, de infantería, artillería, caballería, y el personal del 
parque y maestranza que marchaba á retaguardia. 

El General San Martín había estudiado cuidadosamente 



54 ' UNA HEROÍNA MENDOCINA 

los diferentes desfiladeros de Ja cordillera que x)odíari 
franquearse con un ejército, y había tomado con acierto 
sus naftas, y formado sus cálculos, para- la distribución 
de las fuerzas que deberían operar sobre el enemigo de 
una manera simultánea; pero es sabido que no hay cál- 
culo bueno y exacto cuando la fortuna no acompaña á la 
causa; por esto había dicho bien fray Miguel : «El Altísimo 
protege la*libertad americana, y es inútil* que se vuelvan 
contra ella todos los ejércitos del viejo continente: triun- 
fará. » 

¿i. una distancia de diez 6 doce leguas del Coronel Las 
Heras operaba el grueso del ejército, al mando inmediato 
de los Generales Soler y O'Higgins, bajo la dirección su- 
perior del general en j'éfe. ^ 

* * * * 

Los 'críticos han encontrado demasiado audaz el plan 
de empaña, y han dicho:. «Así como salieron las cosas 
como fueron calculadas, pudo suceder que los españoles, 
menos ignorantes del proyecto, cayesen en masa sobre una 
de las dos columnas, primero, sin darle tiempo á desple- 
garse, y después de hacerle sufríf un desastre, cercar á 
la segunda y coparla entera.» Está bien la opinión de los 
críticos; ^ero cuando ha fallado en el asunto y el éxito más 
completo ha dado la razón al General San Martín, todas 
las opiniones deben callar, poi'que seguramente de los au- 
daces es k fortuna. • 

También causó la más grande admiración entre los mi- 
litares europeos la campaña al través de los Alpes del Ge- 
neral Bonaparte, primer cónsul, considerándola fuera de las 
reglas del atte ó de la ciencia, y sin embargo fué por 
aquel acto audaz que triunfó brevemente del Austria, en 
la batalla de Marengo, que perdió en las primeras horas 
del día y ganó en las últimas, cuando ya había sido 
obligado á la retirada. 

Si la campaña de los Andes por San Martín no es en- 
teramente igual á la de los Alpes por Bonaparte, se le 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 55 

parece mucho, hasta en la fortuna con qu% fué llevada á 
•cabo y en los resultados inmediatos. 

"Ifi if if. • 

La caballería que acompañaba al Qeneral ^itfr Heras 
se componía solamente de la mitad del regimiento nú- 
mero 1 de granaderos á caballo, en el que era Teniente 
de la 1.* compañía Gerardo Villa- Mayor. 

En la noche de la primera marcha, el teniente, que 
había estado ausente con licencia expresa ó en comisión, 
alcanzó á la columna desmiés de cuatro horas de marcha. 
Lo acojjipañaba un voluntario que formaba á su lado, y 
con el que se detuvo hablando algunos instantes con el 
Capitán Cajaraviile, que mandaba accidentalmente. 

En un alto de descanso, el sargento 1.^ cuadrándose, 
dijo á Gerardo: 

— Mi teniente: estaba ya pesaroso de no verlo llegar: 
Decía yo: quién sabe si al fi^eneral se le ha ocurrido que 
vaya con el cuartel general; y si hubiera sabido eso, de un 
modo ó de otro habría pedido seguir la suefte de mi te- ^ 
niente; porque, sin ofender, á nadie, no me siento bien ni 
á gusto cuando no está en el regimiento. 

—No, ¡por qué los había de dejar! Al cerrar lá noche 
fui en comisión á Mendoza, y de paso á acompañar á 
este "voluntario, pariente mío, que no se ha querido que- 
dar sin presentarse al ejército: así es que se lo reco- 
miendo desde ahora, sargento, par% que lo coloque el se- 
gundo de fila, á retaguardia; y lo instruya. Estos mucha- 
chos, al principio, dan quehacer, como reclutas que son, 
pero después que aprendeg^ el manejo de las armas y se 
hacen á las marchas, son buenos auxiliares; acfemás sabe 
•leer y escribir, y lo ayudará en el servicio. 

{¡1 sargento se volvió al nuevo soldado, y le dijo: — 
Cuente conmigo, en todo lo que yo valga; hemos de ser 
amigos, y si nos toca cargar á los chapetones^ ya*verá 
cómo el sargento Gal van maneja el sable; tendré cuidado 
de no desampararlo, porque usted es mozo y recluta, y no 



m t ■*.. c 



56 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

• « 

sabe, en estas cosas, de la misa la media: ¿no es verdad, 
mi teniente? 

— 8í, Galván, sí, es necesario cuidarlo mucho en ei pri- 
mer encuentro, porque este joven es como si fuera mi her- 
mano. Al decir esto, el teniente tenía la voz insegura. 

Én esto se oyó eUtoque de corneta de marcha, y los gra- 
naderos montaron á caballo, siguiendo en el orden en que 
se encontraban antes, sin más alteración que la de un sol- 
dado más, que formaba á retaguardia del sargento Galván. 

Era éste uno de los fundadores del regimiento de gra- 
naderos á caballo, que formó San Martín al empezar la 
guerra, y que alcanzó aquel triunfo tan sonado en la 
costa del Paraná, en Ban Lorenzo, derrotando y objjgando 
á reembarcarse á una columna española, compuesta de 
infantería y artillería. 

El sargento Galván era entrerriano, como de treinta años^ 
altoy corpulento, de ojos grandes y claros, más bien indio que 
blanco, de semblante algo duro ; sus notas en el regimiento 
eran las mejores en valor y costumbres ; no sabía leer ni 
escribir, como la generalidad dé los hombres de campaña; 
tenía fama de sostener la carga, eomo una regla, sin des- 
ordenarse hasta chocar con el enemigo; y es sabido cuánto 
importa, para que una línea no se descomponga, la segu- 
ridad y atención del sargento que está de cabeza de ñla. 

Al aclarar el día hizo alto nuevamente la columna, esta 
vez para descansar algunas horas; reparando las fuefzas, 
unos con el sueño, otros alrededor de los pequeños fogo- 
nes, al calor del fuego, ^fumando ó tomando su mate. 

El Teniente Villa- Mayor, y el joven volunterio llegado 
con él, se recostaron á cierta distancia de los soldados, 
cubiertos con las capas. 

—¿Qué tal, Florencia? dijo Gerardo. Ésta es la vida del 
soldado, y todavía son flores; cuando pasemos sin comer. • 
y sin dormir, calados por la lluvia, con el enemigo cerjpa, 
¿ no pensarás que era mejor pasarlo en el hogar confor- 
table* de don Francisco? 

— Gerardo, repuso la joven, no hablemos más de esto; 
ya me acostumbraré á los sufrimientos de la campaña. 
Voy á dormir un poco. 



1 



ÜNÁ HEROÍNA MENDOCINA 57 

Efectivamente, momentos después se durmió, envuelta 
en su capote militar, que ht^cía parte def uniforme de los 
granaderos de entonces. 

Con el sol en el horizonte, se tocó nuevamente á for- 
mar; los soldados habían, descansado, tomado su mate, y 
entrado en calor, como generalmente se dice cuando se 
toma un trago de bebida espirituosa. 

El voluntario de la víspera estaba ya pronto: montaba 
un pequeño caballo zaino, de raza chilena, ó, mejor dicho, 
andaluza,* que á la vez que tienen buena estampa, son de 
comodidad en el andar, ligeros y nerviosos: lo había com- 
prado Gerardo en el Alto Perd, en la última campaña 
'del General Kondeau. 

El uniforme.de granaderos á caballo lo había hecho 
confeccionar á teniente en Mendoza, del mismo paño en 
la apariencia, pero de mejor calidad que el de la tropa. 
La capa, sobre todo, era amplia y bien forrada; botas altas 
y morrión de ordenanza completaban el traje. 

Los soldados miraban admirados á aquel joven de fina y 
esbelta figura, al que no apuntaba el bozo, y decían por 
lo bajo: «Éste ha de querer ser oficial, pero antes tiene que 
afirmar muchos sablazos á los godos, y hacer prisionero 
á alguno de distinción ó tomar una bandera para que lo 
prepongan; de todos modos, cpmo ha de saber escribir, 
la cosa le será fácil, para ascender á sargento. Nosotros, 
aunque tengamos la suerte de dar un buen golpe, como no 
sabemos leer, apenas sí alguna vez llegamos á sargento; 
pero de ahí no pasamos, y sino ahí está el sargento Gal- 
ván, que en San Lorenzo llegó hasta la barranca sableando 
á los godos, y cuando estuvo cercado y herido de tres ba- 
lazos, apuntó el moro que montaba á un grupo de oficia- 
les, arrancando 'de manos de uno de ellos una banderola 
de seda con las armas del Rey. Verdad es que el general 
lo hizo sargento sobre el campo del combate, y que cuanto 
precisa de él, lo tiene al momento; pero es una desgracia- 
no liaber ido á la escuela, y no conocer siquiera el va- 
lor de las palabras, que pronunciamos sin saber, muchas 
veces, lo que decimos.» 



58 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

Hablando así, miraban de cuando en cuando al volun- 
tario, disimulando la curiosidad. 

El sargento Galván ya se había hecho jmngo del moao, 
mucho más cuando éste le alcanzó unos cigarros y el 
ehifte con la bebida que traía eL Teniente Gerardo para 
el viaje, absolutamente indispensable en la cordillera. 

— Le aseguro, compañero Florencio, le decía el sar- 
gento, que después del primer lance con los chapetones, 
si nos va bien, como no hay duda, voy á decirle al ca- 
pitán, con, la venia de mi teniente, que lo nombre dis» 
tinguido, porque el alférez tiene todo el pgso de las lis- 
tas, aparte del servicio, y á veces está de sueño que no 
puede tenerse de pie por el recargo. Yo creo que antes 
de quince días nos hemos de ver las cara^con los matU' 
choSy y entonces les daremos á pitar del fuet'te (^). 

El voluntario se sonreía y decía al sargento: 

— Todavía tengo que aprender todo lo referente al servi- 
cio, y cuento con usted y l^s compañeros para llegar á ser 
buen soldado; esto no se aprenda en un día, y ya sé que es 
necesario pasar por muchos malos ratos para aprender me- 
dianamente el oficio; usted, que es veterano, sabrá lo que 
le ha costado conquistar las insignias que lleva, debida- 
mente ganadas, y el aprecio de todo el regimiento. Así me 
lo ha hecho saber mi primi^él teniente cuando me dijo que 
no hay hombre más guapo en el ejército quejel sargento 
Galván; agregando que tan valiente como él habrá, pero 
más que él ninguno. Dispense, sargento, si lo molesto di- 
ciéndole lo que le he oído á nuestro oficial; pero es la 
verdad. 

El sargento, muy serio, se acomodó varias veces el mo- 
rrión, tosiendo repetidamente: el contento lo ahogaba; se 
miró la mano arriba y abajo, se detuvo en las uñas, que 
hacía sonar con distracción, y contestó con nobleza: 

— He procurado siempre, compañero, servir bien á la 
patria; porque, para servirla mal, más vale pedir la baja 



(1) Dicho usual entre nuestros, paisanos, cuando se quiere expresar que 
se cargará la mano peleando firme. 



UNA HEROÍNA MENDOCINA ^ 59 

por ruin, 6 pretextando enfermedades, como hacen otros; 
pero cuando mi capitán dice: «á la carga*, ó «ñrme», el sar- 
gento Galván obedece, aunque se venga encima el cielo. 
Todavía no le ha tocado á la 1.* compañía del regimiento 
número 1 de granaderos dar vuelta ni ceder ante^ ene- 
migo en ningún trance, y quieta Dios que jamás tenga 
esa desgracia: prefiero moiir con todos los compañeros. 
Ya les llie dicho: si nos llegan á apurar algún día los cha- 
petones y nos' hallamos en •! caso de huir para salvar, 
pediré la venia á mi capitán para que la compañía eche 
pie á tierra, ^aque los frenos á los caballos, y muera allí 
sobre el campo, porque tiene la obligación de dar el ejem- 
plo. De todos modos, algún día hemos de morir, y lo mismo 
da ahora que después; morir por la patria es lo que siem- 
pre he ambicionado, amigo Florencio; as! es que cuando 
dejé á mi madre vieja, en el arroyo de la China, y que no 
he vuelto á ver, le dije: «Écheme su bendición, que des- 
pués de ahora no tendré más madre que la patria, porque 
esta guerra va á ser larga, y tal^vez no nos volveremos á 
ver sino en la otra vida.» 

Mi madre vieja lloraba al bendecirme, y mi padre, que 
había venido ese día con licencia, á mi despedida, porque 
también era soldado, lloraba lo mismo que los chicos, mis 
hermanos; así es que para salir de aquel trance duro di 
vuelta «con el poncho en una mano, prendiéndome el sable 
con la otra, y como quien no sentía nada, monté de un 
salto sobw mi cab^jlo moro y me alejé al galope; pero 
en la cañada próxima iiesmonté, arrojándome sobre el 
pasto, y como los viejos y los niños, también lloré. ¡No se 
me rompjó entonces el corazón, ya no se me romperá más! 

Calló el sargento, transparentándose en su semblante 
la melancolía de que su ánimo se hallaba poseído en aquel 
instante. El voluntario, desprendiendo del arzón el chifle 
que contenía el líquido reparador, se lo alcanzó con res- 
«peto, diciéndole: «No hay remedio, mi sargento; á todos 
nos sucaie lo mismo: primero es la patria.» El sargento 
aceptó el obsequio, haciendo sonar la garganta con un 
buen sorbo, y devolviendo el chifle al voluntario, al mismo 



60 UNA HEROÍNA MENDOGINA 

tiempo que se pasaba el dorso de la mano por los labios, 
respondió: «Es verdad, amigo Florencio; por eso estamos 
aquí.» 

Desde aquel día quedó sellada la amistad entre el sar- 
gento y el voluntario. Los demás soldados de la compa- 
. nía, á ejemplo de Galván,^ miraban también con compa- 
ñerismo respetuoso' al caballero (así lo llamaban), que 
siempre tenía pronto el bolsillo con cigarros, y también 
un buen trago para obsequiarlos. Ese regalo del soldado 
en campaña, no tiene precio. Cuando se pasaba lista y el 
alférez (á falta del brigada) decía: «Florencjp Villa-Ma- 
'. . yor», y contestaba éste : «Presente», los demás daban vuelta 
la cabeza como saludándolo. Si precisaba arreglar su 
montura, al partir, en la marcha, ó al terminar la jornada 
del día ó de la noche, siempre había un compañero que 
se ofreciese á hacerlo por él. 

Por lo general los soldados en campaña son como los 
niños, afectposos y buenos compafteros; compartea entre- sí 
SUS recursos con desprendimiento; y si en un día de mar- 
* cha y de escasez, algún afortunado consigue cazar alguna 
liebre ú otra pieza que proporcione el caldo y él rancho, 
al momento lo comunica é invita á sus compañeros para 
el festín. 

Sólo el juego, ó los celos por las paisanas que siguen al 
ejército, puede separarlos profundamente, porque loe mis- 
mos enojos causados por la eipbriaguez, pasado el mo- 
mento de excitación, con generalidad 8§ olvidan, y vuelven 
á ser amigos. ' ^ \ 

En el ejército de los Andes, el General San Martín no 
permitía á las mujeres de los soldados que siguieran su 
marcha, y como, por otra parte, la disciplina era severa, 
el orden, el respeto af superior, la exactitud en el servicio 
y el buen comportamiento en todo se manifestaba, rara vez 
había necesidad de castigar á un soldado. Los oficiales, si- 
guiendo la escuela de su jefe, jamás dejaban de contestar 
al saludo de un subalterno; y el tratamiento siempre era 
de usted, aunque se tratara del negro tambor. 



UNA HEROfKA MENDOCINA 61 

Todas esas prácticas de civUidfld y de respeto recíproco, 
cada cual en su esfera, desaparecieron más tarde con la 
guerra civil: el coronel tuteabji á los ayudantes^ al orde- 
nanza, al asistente; y los subalternos, á su vez, seguían el 
ejemplo* 

Á las reuniones de paisanos hechas po!* el guapo del dis- 
trito, para aumentar la columna del Comandante A. 6 del 
Coronel B., que llamaba á las armas por orden del go- 
bierno 6 por su propia cuenta, se llamaba prestigio, que 
nacía generalmente de las reuniones en la pulpería, de las 
carreras de caballos, ó de la hierra en las estancias. 

Formándose así los elementos de la guerra civil, tenían 
que desaparecer necesariamente la disciplina, la ordenanza, 
y también el uniforme que da concepto favorable de sí 
mismo al soldado. 



XIII 

Volvamos á Mendoza para saber cuál fué la sorpresa 
y el desagrado de la señora de Herranz, con motivo del 
abandono de la casa por Florencia. 

Al día siguiente de haberse ausentado, muy temprano, 
una sirvienta avisó á la señora doña Mariana que la se- 
ñorita Florencia no estaba en su habitación; que su lecho 
parecía no haberse usado en aquella noche, á pesar de que 
los vestidos que tenía el día anterior estaban allí; y que 
había encontrado sobre la mesa un paquete con sobre, di- 
rigido á la señora. 

Grande fué la admiración de los esposos Herranz, que 
inmediatamente corrieron á la habitación de Florencia, 
cerciorándose del fiel relato de la sirvienta. Tomó la se- 
ñora doña Mariana el sobre ó paquete dirigido á ella, y 
abriéndolo encontró una carta y las hermosas trenzas de 
la joven, cortadas y envueltas con prolijidad. 

La carta decía lo siguiente: 



62 



UNA HEROÍNA MBÜJDOCINA 



«M¡ buena y querida señora: 

«No se me oculta el pesar que sentirá usted cuando 
lea estas líneas, que escríljp verdaderamente emocionada; 
pero el destino, superior á toda voluntad, influye de una 
manera decisiva sobre [os actos y el proceder de los mor- 
tales. ' * 

«En el primer momento pensará usted que be cometido 
una iadrgnidad, pero no es así: obedezco á sentimientos 
honrosos y nobles; para mí, no hay más que una pasión 
y una esperanza de felicidad, y ésta es el triunfo defi- 
nitivo de la causa americana contra la influencia y do- 
minación de- España. Sé que al leer estos conceptos. Je 
causaré á usted tristeza; pero ¿ qué hacer? ¿por qué no de- 
cir de una vez la verdad, ya que ahora no hay razón 
para ocultarla? 

«Me alisto como sofdado volun*bario en el ejército de los 
Andes, que un día ú otro batirá al ejército español; mí 
hermano *me protegerá, y á ^u lado como camarada, seré 
feliz cuando él lo sea, ó participaré de su infortunio. 

«No pu^o extenderme más, porque presiento, que el co- 
razón y las fuerzas me abandonarían, y porque amándola 
á usted <;omo á mi segunda madre, tengo presente el re- 
cuerdo de los cuidados y finezas que usted me dedicó 
con tanta bondad y dulzura; pero necesito armarme de 
valor para seguir el camino que el destino y mis pro- 
pios sentimientos nie marcan y designan. 

«¿Seré bastante feliz para compensar á usted y á su 
buen esposo, en parte siquiera, los servicios inolvidables 
de que soy deudora? 

«El tiempo se encargará de contestarnos; ahora sólo pido 
á mi querida madre que está en el cielo, que me guíe 
siempre por el camino del deber y del honor, bendición- 
dome, desde su misteriosa morada, y á Dios que conserve 
los días de ustedes, no alterando la felicidad de que go- 
zan. Jlecuérdeme ustec}. — Florencia Villa- May or.^ 



Los sollozos de la señora doña Mariana y de la mujer 
de servicio que escuchaba, fueron el final de la lectura de 



UNA HEROÍNA MENDOCINA ' 63 

la carta de Florencia. Los cabellos de la joven fueron be-- 
sados y humedecidos por las Jágrimas de las dos mujeres. 

Una postdata tenía la carta, que al terminar nó nota- 
ron, y que decía: «A nuestra buena Catalina, noble ser- 
vidora, que guarde como un recuerdo de gratitud y de ca- 
riño, el collar de coral con broches de oro que yo acos- 
tumbraba llevar, y que fué regalo del alcalde por mi apli- 
cación en la escuela.» • 

Don Francisco de Herrauz^ presente en.e8te acto tocante, 
estaba silencioso y acfusto; difícil hubiera sido saber si su 
actitud respondía á la emoción natural que se domina, ó 
á sentimientos de otro orden; mientras las mujeres llora- 
ban, él se paseaba á lo largo de la^ habitación, con la ca- 
beza inclinada y las manos en los bolsillos del levitón 
color paga, que' usaba de diario. 

Pasados algunos instantes salió, encerránSose en la 
pieza que le servía de escritorio. Nadie se sentó á la mesa 
ese día; la .señora doña Mariana hizo cama, y Catalina, la 
vieja servidora de la casa, que cuando Florencia era niña 
la 'había tenido ^n sus brazos, continuaba en sus queha- 
ceres domésticos con las narices amoratadas y los ojos 
irritados de llorar:— -¡Soldado! repetía de vez en cuando. 
i Válgame la Virgen del Huerto! ¡Qué trabajos y peli- 
gras va á tener que afrontar la pobre niña!. ... Y decir 

que estos bárbaros de insurgentes ¡ Ave, María purísima! 

parece que el mundo se estuviera por acabar ¡Qué co- 
sas se ven en América ! . . . Tan luego como el ejército del 

Bey entre en Mendoza,' me marcho para España Así 

se lo diré al señor de Herranz. 

♦ * * 

Florencia había dejado en su cómoda - tocador todos 
aquellos objetos que una señorita acumula y conserva y 
que le sirven de adorna: pequeñas joyas, regalos de los 
esposos de Herranz; sólo llevó consigo un anillo que per- 
teneció á su madre y que fué el regalo de boda de su 
padre, y la cadena y el sello que el General San Martín 
le envió por intermedio de fray Miguel. 



64 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

Ajustó Florencia á su brazo derecho la cadena- braza- 
lete, agregando el sello, ^1 anillo perfectamente ligado. 
Sólo desprendiendo el pufto de la camiíaa podía notarse 
la*existencia de aquellas joyas en su poder; pero no era 
fácil, á menos de ocurrir una desgracia. 



XIV 

Las columnas del ejército ele los Andes seguían su 
marcha, venciendo penosamente las dificultades que ofrece 
la cordillera. 

La del Coronel Las Heras, á la izquierda, por Uspa- 
llata,con los parques; la del General Solerylade Q'Higgins, 
por la derecha, por el camino llamado de los Patos. £1 
general en jefe marchaba con esta, última, que componía 
el grueso del ejército. 

Preciso fué desplegar grande habilidad y una voluntad 
inquebrantable, para transportar por aquellas montañas di- 
fíciles de suyo para los infantes montados en muías, la 
artillería, el material de guerra, las cargas de víveres, 
los hospitales y los ganados que debían servir para el con- 
sumo y movilidad del ejército. Esta parte, la más labo- 
riosa sin duda, fué confiada al sabio capitán Luis Bel- 
trán, antes religioso; tarea superior, desempeñada digna- 
mente y con éxito. 

Algunas pérdidas de hombres y de material sufrió el 
ejército en aquellas estrechas sendas y despeñaderos; pero 
en los primeros días de Febrero franqueó la columna de 
Las Heras el límite de la montaña, y al salir arrogante- 
mente al valle, desplegó los colores de la bandera de su 
patria del otro lado de los Andes, en campo enemigo. 

La «Guardia Vieja», que era un antiguo fuerte que los 
españoles conservaban con guarnición, para impedir todo 
ataque por aquel lado de los AndeS; notó por sus avan- 
zadas que el enemigo se encontraba en Chile, y se pre- 
paró á la resistencia. 



1. ■«■> 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 65 

Antes que volviesen dé su asombro los españoles, cayó 
sobie ellos el Sargento Mayor don Enrique Martínez, 
después General, con dos compañías de infantes y de gra- 
naderos á caballo: la pelea se hizo tenaz y sangrienta, y 
al escalar el fuerte los infantes argentinos, la guarnición 
española los rechazaba al arma blanca pon furor inde* 
cible; pero el valiente Martínez, como un león, volvía á la 
carga con el mismo empuje, hasta que haciendo desmon- 
tar la mitad de la compañía de granaderos, sable en mano, 
subió al asalto por tercera vez: £1 ataque fué irresisti- 
ble, y después de un último esfuerzo, la guarnición de 
la «Guardia. Vieja» se rindió en su mayor parte, huyendo 
la otra con direccióif á Santa Rosa, población la más in- 
mediata. 

Los granaderos persiguieron á sablazos á los* fugitivos, 
dejando marcado el terreno con sus despojos. 

Tocó al Teniente Villa- Mayor la persecución de los dis- 
persos, y el sargento Galván, que se encontraba á la ca- 
beza de uno de los pelotones, iba manejando su sable 
como él sabía hacerlo. De cuando en cuando se volvía, é 
interrogando al voluntario, le decía: 

~¿Qué tal, amigo Florencio? ¡Vea cómo corren los matu- 
chos/ Si fuera por mí, no haría prisioneros, pero el te- 
niente dice que se tomen los más que se puedan; sólo 
para trabajo sirven. 

£1 voluntario le contestó: 

—Sí, mi sargento, es necesario economizar el sable con 
los que huyen. Ahora, si hacen frente, justo es cargarlos ; 
pero si no es así, con desarmarlos y enviarlos á retaguar- 
dia, se ha cumplido con el deber y la humanidad. 

£1 sargento no estaba ese día como de ordinario en la 
marcha: las facciones se le habían alterado, adquiriendo 
mayor dureza; los ojos pardos claros, por lo regular sua- 
ves, eran fieros; los bigotes y la barba, de suyo fuertes, pa- 
recían'erízados, y la cabeza levantada, descubierta la frente, 
respondía á la actitud de su cuerpo, derecho, fijo sobre 
los estribos, con el sable en la mano, apuntando con él ha- 
cia adelante, en la dirección de los que huían. 

5. 



« 



% 



66 



T7KA HEBOÍMA HEUDOGINA 



\ -■ 



Pasados algunos instantes, le dijo al voluntario: 

—¡Cómo se conoce que usted no ha visto á éstos cuando 
les ha tocado perseguir!— En la retirada de Jujuy á Tu- 
Gumán con el General Belgrano,— me ha contado el sar- 
gento Godoy,— que venia con su rec^miento cubriendo la 
retaguardia,— el modo cómo procedían cuando les tocaba 
la suerte de venoer. 

Los matuchos no daban cuartel; fué necesario que, al 
llegar al río de las Piedras, diese media vuelta la caba- 
llería patriota, y les llevara una carga á fondo, para des* 
embarazar al ejército de la persecución de esos malditos. 

En la batalla de Tucumán, donde el General Belgrano 
hizo alto y jugó la partida por completo, contra la vo- 
luntad de los doctores de Buenos Aires, que querían que 
se siguiera retirando, como si eso hubiera sido posible, 
tomaron la revancha contra los chapetones, porque no 
sólo concluyeron hasta con el último soldado de caballería, 
sino que también derrotaron una parte de la infantería, 
dejándolos en esqueleto. 

Después en Salta tomó el ejército patriota á todos, 
desde el General Tristán hasta el último tambor, pero 
como el General Belgrano juzgaba á los demás por sí 
mismo, se contentó con que los españoles jurasen que no 
tomarían más las armas en contra de los patriotas; y des- 
armándolos, los soltó. 

Le aseguro,— me decía Godoy,— que cuando no se su- 
blevó el ejército ese día, no se subleva más: los oficiales 
y jefes estaban sombríos y se paseaban con furor arran- 
cándose la barba; muchos de los soldados tiraron las ar- 
mas y rompieron filas, vagando por el campo; y los otros, 
desalentados y tristes, decían: «¿para qué tanto sacrificio, 
si después de obtener el triunfo á costa de tanta sangre, 
hemos de poner en libertad á todo un ejército invasor?» 
Los mejores soldados españoles estaban allí; pero el Ge- 
neral Belgrano no pensaba de la misma manera, y les dijo 
á los principales jefes que aquel acto respondía á grandes 
planes futuros; y como la disciplina y la ordenanza mandan 
someterse y bajar la cabeza, todos lo hicieron así. Al ce- 



Mb^. 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 67 

* 

rrar la noche se rezó el rosario, cómo era de costumbre, 
y el general dijo algunas palabras consoladoras, que fue^ 
ron repetidas de fila en fila, y se calmó un tanto la agi- 
tación producida. 

¿Qué hicieron los juramentados de Salta? Ya usted lo 
sabrá, amigo Florencio: fueron nuevamente al Perú, se 
armaron y vengaron su derrota en el mismo* General 
Belgrano. ¿Qué le parece? Así, pues, sigamos la persecu- 
ción como la empezamos, que va haciéndose tarde, agregó 
el sargento. 

La columna de Las Heras, vencedora en la «^Guardia 
Vieja», cuatro días después se posesionó del pueblo de 
Santa Rosa: había cumplido sus instrucciones al pie de la 
letra. Locr españoles se retiraban sorprendidos y en derrota. 

El voluntario había recibido ya el bautismo del fuego. 
En los veinte días que llevaba de campaña, se había 
transformado: las lluvias, la nieve, las noches pasadas al 
raso ó en marcha, los fuertes rayos del sol de Enero y 
Febrero, hiriendo despiadadamente el cutis blanco y sen- 
sible, lo habían tostado y casi destruido; el cabello sedoso 
y negro como el ébano antes, había tomado un color 
amarillento, y se había vuelto un tanto tosco y áspero 
por la falta de cuidado. De aquel bello joven que los 
soldados admiraban el primer día de marcha, no quedaban 
más que los ojos y las líneas correctas del semblante; 
en Cambio había adquirido firmeza sobre la silla, actitud 
marcial y desenvoltura en el* manejo de las armas y del 
caballo. 

pomo se ha visto, había tomado parte activa en la per- 
secución de los fugitivos derrotados en la «Guardia Vieja», 
y aunque había cumplido con su deber, no tuvo ocasión 
de teñir su sabfe en sangre, pero había presenciado de 
cerca los diversos incidentes de la lucha, y, como sus 
compañeíos, estuvo ccmstantemente al alcance de las ba- 
las enemigas; así es que dominándose, seguramente, pudo 
demostrar al sargento Galván,— que, tratándose de valor, 
era el juez de la compañía,— su serenidad y actitud con- 
venientes. 



.^y^^,,' 




68 UNA HEBOÍKA MENDOCINA 

En este combate de la «Guardia Vieja» tuvo lugar un 
episodio, entre otros, digno de mencionarse. 

El capellán de la división Las-Heras era un joven domi- 
nico de elevada estatura, nariz prominen^, ojos de águila, 
y blanca la tez. Contaría, cuando mucho, 25 años de edad, 
y había sido ordenado recientemente. 

En la fnarcha había estado constantemente al lado del 
Coronel Las-Heras, y apenas si había tenido que hacer uso 
de su ministerio. Las-Heras, si bien era buen cristiano y fé' 
ligioso, no participaba de la exageración de Belgrano, que 
hacía rezar el rosario á su ejército. 

El capellán dominicp era poco expansivo, y el coronel 
lo era menos, de modo que armonizaban perfectamente. 

Llegó el momento de la pelea en aquella posición de 
la «Guardia «Vieja», y se vio que el fraile estaba impa- 
ciente ante la resistencia de los españoles. 

*No pudiéndo^ominarse más, cuando vio que el Coman- 
dante Martínez hacía desmontar á los granaderos para • 
tomar al asalto aquella fortaleza, se desmontó á su vez, y 
recogiendo sus hábitos blancos, tomó el sable de un he- 
rido y se lanzó como ún granadero sobre la plataforma, 
alzando eñ alto su brazo armado, que descargaba sin ce^ 
sar sobre los enemigos. 

Después del cómbate se vio qiie los hábitos blancos del 
dominico estaban salpicados de sangre, lo mismo que el 
sable, que estaba manchado hasta la empuñadura. * 

Reprendido por el Coronel Las-Heras, solicitó un puesto 
en las filas de los granaderos, despojándose de sus vesti- 
duras sacerdotales.* 

En conocimiento del hecho el Genei;ial San Martín, y . 
presintiendo un guerrero de fuerza» en aquel religioso que 
de manera tan resuelta se rebelaba contra sus votos, op- 
tando por los peligros de las armas, le envió un uniforme 
de capitán y un sable^ ordenando á Las-Heras que lo hi- 
ciera ingresar, en los granaderos á caballo. ' 

Este capitán fué el que más tarde se llamó el General 
Aldao, gobernador de Mendoza^ y conocido vulgarmente 
por el fraile-general. 



• ^ 



• •-/-. r - 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 



69 



« ♦ 



Hemos de tener ocasión de volver á encontrar en estas 
campañas á ese guerrero, cuya fama de bravo y de cruel^ 
alcanzó gran notoriedad. * * 

La guerra civil en la Argentina tal vez influyó para des- 
naturalizar las notables cualidades del guerrero de la In- 
dependencia, según los escritores del tiempo; pero puede 
suceder que la historia imparcial, cuando se escriba, le 
sea relativamente favorable. * 

* * * 



. AI acampar esa noche, el sargento dijo al voluntario, 
delante de los demás soldados: — Venga esa mano, amigo 
Florencio; le voy á decir á mi teniente que su primo va 
á ser como él: eso basta. 

Desde aquel día el voluntario consideró que la opinión 
á su respecto estaba formada, y que la prueba estaba he- 
cha: su voluntad había triunfado de su naturaleza, t 

El sargento G^lván ponderó al Teniente Villa-Mayor 
y al capitán la serenidad 'y valentía del joven voluntario, 
y lo apreciado que era por toda la compañía. 

Ya en Santa Rosa su división, el coronel Las-Heras, 
vigilante y atento siempre para mantener y mejorar la 
condición de sus tropas, les pasó, revista, así como al ma- 
terial y armas, preparándolo todo para la continuación de 
la campaña. 

Á propuesta del capitán de los granaderos á caballo, 
autorizó el ascenso del soldado Florencio Villa -Mayor 
á distinguido, encargándose de l᧠listas y trabajos reía- , 
tivos á la Mayoría: de esta manera se sustraía al rudo * 
servicio de la guardia y del cuartel. ^ 

El voluntario distinguido tenía aptitudes para los cq-< 
metidos que tomaba sobre sí: bastó que el Teniente Ge- 
rardo lo iniciara en la forma de esos trabajos,, para qile 
prontamente fueran desempeñados á satisfacción. 



"^ 



70 UNA HEROÍNA MENDOCINA 



XV 



El grueso del ejército al mando de San Martín, cuya 
vanguardia dirigía el Coronel Soler, había efectuado tam- 
bién su marcha* al través de la cordillera, con gran fortuna. 

Reunidas las divisiones que la componían en el lugar 
designado para la concentración, montar la artillería y re^ 
parar el material para la batalla decisiva, tomó sus dispo- 
siciones el general para ir á encontrar al enemigo en Cha- 
cabuco, donde éste se reunía precipitadamente, sin orden 
ni concierto. 

Los dispersos de los españoles en los encuentros con. 
Las-Heras y Necochea, habían llevado noticias muy des- 
agradables á Santiago y al ejército español^ y todo era 
tribulación entre los enemigos, que no volvían de su sor- 
presa. 

El Comandante don Mariano Necochea, que hacía parte 
de la vanguardia del General Soler, había librado com- 
bate, con 150 granaderos, á la vanguardia del General 
Maroto, y el éxito fué bastante á demostrar el empuje, y 
decisión de los patriotas. 

El General San Martín, así como los jefes y oficiales, 
comprendían que la maniobra de concentración en terri- 
torio chileno estaba cumplida; que el resultado final de 
la operación estaba en la batalla próxima, y sobre esto 
, mismo tenían confianza, porque era evidente que los es- 
* pañoles habían sido sorprendidos. 

M^yor habría sido su confianza, si hubiesen sabido que 
en Santiago el Regente Marcó y demás autoridades h^- 
bían perdido la cabeza y era aquello un sálvese quien 
pueda. 

Sólo el General Maroto trató de cumplir con su deber, 
cortando el paso en Chacabuco al ejército patriota. 

La posición que eligió no era un campo de batalla ex- 
presamente estudiado ; elegido al acaso por la fuerza y la 



4r 
UNA HEROÍNA MENDOCINA 71 

rapidez de los acontecimientos, no ofrecía siquiera loe pun- 
tos de apoyo necesarios que debe tener todo ^ército que 
se prepara á una batalla; tal vez carecía de elementos 
en número bastante para proveer á la resistencia de una 
manera eficaz, pero la Verdad es que, aunque sus tropas 
no excedían de 3.000 hombres, contaba entre ellas 2.000 
infantes que podían reputarse de primera clase, veteranos 
los más, que habían hecho la guerra en la Península con 
Wéllington ; y también disponía de la artiliería y caballe- 
ría necesarias. 

Fué opinión de los militares de la época, que ese ejér- 
cito, á haber sido colocado en otra posición y en otras con- 
diciones de estrategia, hubiera hecho necesario que los ar- 
gentinos comprometieran todos sus recursos para vencer á 
las tropas españolas, cuya solidez era proverbial. 

La fortuna había dado ya su fallo, seguramente, desde 
que tuvo lugar el pasaje de la cordillera con tanta felici- 
dad, se había operado la concentración de la artillería y el 
parque, y los combates de vanguardia habían sido favo- 
rtibles alas armas patriotas; así es que lo que había ga- 
nado el argentino en moral, en cambio lo había perdido el 
español. 

' Chacabuco no es notable sino por el pasaje de los An- 
des, lo demás fué el efecto de la sorpresa y el valor 
desplegado en el ataque. La carga de frente llevada por 
O'Higgins, á bien enérgica, no fué oportuna, porque se 
anticipó á la maniobra de' flanco que debió llevar á cabo 
Soler. 

Atribulado el enemigo, no supo sacar partido de la oca- 
sión que le proporcionó el general chileno; es verdad que 
no estaba preparado para ello, y que hasta los errores del 
ejército patriota debían redundar, en aquella campaña, hasta 
después de Maipú, en perjuicio de los españoles. 

Razón tenía fray Miguel Ángel cuando afirmaba á San 
Martín que era inútil que España hiciera los más gran- 
des esfuerzos para vencer á la causa Americana, pues que 
había llegado el momento supremo en que ésta debía 
•triunfar, y nada sería' bastante á detenerla en su marcha. 



.1 ■» r -"í^ 



72 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 



Rotas las columnas españolas en Chacabuco, fué estéril 
el valor desplegado por su general para volverlas al fuego. 

Para colmo de infortunios, la caballería argentina se <ies- 
parramópor los caminos que conducían á la ciudad de San- 
tiago, y á espaldas del ejército es^iñol; y éste, en su de- 
rrota, tuvo que encontrarse con aquélla y sufrir las con- 
secuencias de una caballería victoriosa tan activa como la 
del ejército patriota,, colocada en el camino de una infan- 
tería .que huye derrotada; así es que en su mayor parte 
cayó prisionera, rendida por los sables de los jinetes pa- 
triotas. 

£h aquel desastre general de los españoles, no salvó 
ni el Regente Mchx^ó, que tan diligente y previsor se mos- 
trara para huir, en compañía de mucnos personajes de la 
dominación, enemigos de la causa de la libertad, á la que 
ellos combatían con encarnizamiento; así es que aquellos 
señorones del antiguo régimen volvieron á entrar en San- 
tiago cabizbajos y confusos, y conducidos por la caballe- 
ría poco menos que de la coleta, que los españoles de raza 
usaban aún. 

£1 General San Martín había abierto la campaña con 
las siguientes palabras, dirigidas al pueblo chileno, que- 
dando justificadas por los hechos: * 



« £1 ejército de mi mando viene á libraros* de los tira- 
nos que oprimen este precioso ' suelo. Me enternezco 
cuando medito las ansias recmrocas de abrazarse tan- 
tas familias privadas de la felicidad de su patria, ó por 
un destierro violento, ó por una emigi-ación necesaria. 
Vosotros podéis acelerar ese dulce momento preparán- 
doos á cooperar con vuestros libertadores, que recibirán 
con la mayor cordialidad á cuantos quieran reunírseles 
para tan grande empresa. La tropa está prevenida de 
una disciplina rigorosa y el respeto que ciebe á la re- 
lig^'ón, á la propiedad y al honor de todo ciudadano. No 
es de nuestro juicio entrar al examen de las. opiniones. 
Yo os protesto por mi honor y por la independencia de 
nuestra cafa patria, que nadie será repulsado al presen* 



J 



^ 



UNA HEROÍNA MEN^OCINA 73 

« tarse de buena fe. Se castigará con severidad el menor 

< insulto. Me prometo que no se cometerá ninguno bajo 
« las bianderas americanas. Éstos son los sentimientos del 
« Gróbierno supremo de las provincias Sudamericanas que 
« me manda, desprendiéndose de una parte prinjcipal de 

< sus i fuerzas, para romper las cadenas ensangrentadas 
« que os ligan al carro infame de los tiranos; son loa míos 

« y los de mis compañeros en \% campaña. Ella se em* f 
« prende para salvaros. ¡Chilenos generosos! corresponded 

< á los designios de los que arrostran la muerte por la 
« libertad de la patria.— San Mai^tín.» 



XVI 



El General San Martín y su ejército podían estar or- 
gullosos de la corta y brillante campaña que acababa de « 
terminar en Santiago de Chile. 

Apenas hacía un me^ que habíáh salido de su campa- 
mento de Mendoza, escalando los Andes en una exten- 
sión de 90 leguas, dominando sus alturas como las águi- 
las, allanando los obstáculos, 9I parecer invencibles, con las 
hachas de los zapadores, y alumbrando los precipicios y los 
ventisqueros con teas resinosas. Cuando la nieve entu- 
mecía los miembros y entorpecía la marcha, el canto de 
la patria volvía á resonar en aquellas soledades, teniendo 
por únicos testigos de su aliento y de su valor, al cielo y ^ 
al Ser Supremo, que parecía manifestarse parcial en la 
grande obra de la Independencia Americana. 

Como las legiones de Aníbal, y de 'Napoleón, en los 
AlpeSji las legiones Argentinas, con San Martín, franquea- 
ron estos otros Alpes Americanos, no menos soberbios, 
saliendo á la llanura al son de las músicas guerreras, con 
el orgullo y la confianza de las falanges cartaginesas y na- 
poleónicas. Los patriotas de Chile se disputaban el honor 
de hospedar á los valientes del ejército de los Andes, en- 
tre los que se encontraba gran número de chilenos, que 



é 



1'. 



¿i' 



* 



74 UNA HEROÍNA MENDOGINA 

habían preferido la expatriación al sonrojo de acatar la 
arrogancia de sus dominadores, y que volvíanla entrar en 
Chile con las armas en la mano, victoriosos, teniendo la 
satisfacción de ver huir delante de sí á bus enemigos. 

El regocijo era inmenso en todas las poblaciones donde 
latían corazones patriotas; el puesto preferido del hogar 
era destinado al soldado libertador, argentino 6 chileno; 
eran hermanos de caui^ fundidos en las mismas ideas, 
en los mismos esfuerzos; la nieve que había emblanque- 
cido el cabello y la barba del uno, había herido y tos- 
tado el semblante del otro; la pólvora y el fuego habían 
abrasado á los dos en la «Guardia Vieja» y en Chaca- 
buco, y cuando un chileno caía, un argentino se aprestaba 
á vengarlo. 

V *p 1* 

Brevemente llegó á Mendoza la noticia de los triunfos 
de los patriotas en Chile. 

El cañón de la fortaleza, el repique de las campanas, 
los cohetes voladores que cruzaban el espacio, anunciaron 
la victoria á la silenciosa ciudad Andina. 

Corrían los vecinos en dirección á la plaza en busca de 
noticias. 

El oficial y los dos soldados conductores de los pliegos, 
se encontraban aun en la Casa de Gobierno, rodeados y 
apremiados por noticias; cada vecino de Mendoza quería 
saber de viva voz los detalles de la marcha y la batalla 
con todas las variantes v hechos notables de la lucha. 

Los veteranos atendían de la mejor manera posible las 
exigencias de los* curiosos ó verdaderamente interesados. 

El Gobernador anunció á los presentes que la más com- 
pleta victoria había coronado las armas de la Libertad; 
que el ejército estaba en Santiago, y que los españoles que 
no habían sido tomados prisioneros, ó quedado muertos, 
huían despavoridos hacia el sur; que el mismo Begente 
y los principales funcionarios habían caído en poder de 
la caballería patriota; en resumen, que el triunfo era de- 



j 



UNA HEROÍNA MÍENDOGINA 75 

finitívo y no bahía para qué pensar más en los ejércitos 
realistas, pues no volverían á aparecer en territorio argen- 
tino; que la guerra estaba concluida, pues en adelante no 
habría sino que perseguir los restos. 

Cuando se oyeron las últimas palabras del Gobernador, 
la multitud prorrumpió en vivas á la patria, abrazándose 
los ciudadanos en la más completa alegría. 

Esa noche nadie durmió en Mendoza : los patriotas re- 
corrían fas calles con música que tocaba el himno na- 
cional, .y las casas de las familias patriotas permanecieron 
iluminadas, t^n las puertas y ventanas abiertas. 

Las moradas de loa españoles, al contrario; conforme 
se conoció la noticia, cerraron sus puertas, y allá en la 
última habitación comentaban los realistas el suceso, con- 
cluyendo por declararse á sí mismos que aquello no podía 
ser sino una patraña de los insurgentes para ocultar al- 
gún golpe rudo inferido por las armas del Rey; que no 
era posible que éstas hubieran sido derrotadas, ni menos 
que aquéllos estuvieran en posesión de Santiago. 

En la casa de Herranz no se veía una luz, y todo er^ 
silencio. • 

Don Francisco se paseaba en el comedor, pensativo y 
disgustado; su esposa doña Mariana y su hermana doña 
Fernanda se encontraban sentadas cerca de la mesa, con 
los codos apoyados sobre ésta y la palma de la mano en 
la frente, escuchando con atención el ruido que hacían en 
la calle los que pasaban por ella tocando la guitarfa, ó 
cantando ó dando vivas, ó encendiendo cohetes, de los que 
algunos estallaban contra la puerta y ventanas de la casa. 

Doña Mariana interrumpió el silencio que reinaba en 
aquella habitación, diciendo: 

—¿Qué habrá sido de Florencia, en estos sucesos! i Po- 
bre niña! 

Don Francisco se detuvo y repuso con reprimido encóo: 

^Mira, Mariana, no vuelvas á pronunciar el nombre de 
esa ingrata en mi presencia, porque de todos modos ella 
es hoy nuestra enemiga^ siéndolo de Id causa del Rey;— - 
me importa muy poco lo que le haya ocurrido; cuantos 



» * 



76 



UNA HEROÍNA MENDOOINA 



menos insurgentes haya, mejor. ¡Pluguiera á Dios que *no 
hubiese ninguno, para fel|pidad de España!— y volvió á 
continuar su paseo interrumpido. 

Doña Mariana no objetó nada á las ideas absolutas de 
su esposo, pero se enjugó con las puntas del pañuelo de 
seda que llevaba al cuello, las lágrimas que corrían por 
su semblante. 

Doña Fernanda, vieja soltera, permanecía silenciosa, ^ 
pensaba seguramente como su hermano el señof de He* 
rrt^z. 



•: l'V "' 



SEGUNDA PAKTE 






1 



REFERENCIA HISTÓRICA 

UVA HEROÍNA MEMDOCINA DE LA ÉPOCA DBL OKNRBAL 
DOK JOSÉ DE SAN MARTÍN 



SEGUNDA PARTE 



El Oenend Las-Henis en Raocagaa. — Fraternidad patriótica entre' argen- 
tinos 7 chilenos. — La funilia Yélez-Suárea. — Operación militar al sur 
de Chile. — El Sargento Galrán y el Alférez Vttla-Mayor. — La heroína. 

— El General San . Martín en su campamento de € Las Tablas >. — 
Fray Miguel Ángel. — Un suefio del gran Capitán. — Talcahuane.— 
El alférea de granaderos á caballo. — El parte oficial. — La Tisión. — 
Ja victoria del «Garilán » por los patriotas.— El sargento Oodoy, orien- 
tal.— Un bravo entre muchos.— Confidencias de amistad y de cariño. 

— El Alférez Vélez-Suárea. — El General Osorio, español. — Su ejér- 
cito desembarca en Talcahuano.^El Coronel chileno Freiré.— Manio- 
bras de los ejércitos entre « £1 Maule *, « Talca », y < El Lircai ».— Cancha 
RAYADA.- Contraste de la caballería patriota.— £1 Coronel español 
Ordóñez. — La caballerfa española.— El Capitán Gerardo Villa -Mayor. 
— Muerte heroica del sargento Galván. — Una compañía de lanceros 
del Bey. — Combates de retaguardia.— Ataque al ejército patriota frente 
á Talca, durante la noche. — Su deiTota parcial. —Admirable retirada 
de Laa-Heras con su división.- O'Higgins y San Martín.- Un fraile he- 
roico. — El ejército en «Camarico». — El General en jefe ien «Queche- 

. reguas. > — £1 ilo Lontué. — La buena nueva.— La visión.- El Alférez 
•Villa -Mayor con noticias de Las-Heras.- lia Providencia.— Freiré, 
Zapiola, Necochea. — Instrucciones de San Martín para la retirada.— 
Alborozo en el campo español, en Talca. -^Osorio y Ordóñez. — Parte 
al Virrey Pezuela. — Proyectos de invasión por los españoles. — Su 
marcha. — Santiago de Chile. — Actividad y patriotismo. — Rancagua. — 
Bataua de Maipo.— Victoria de los patriotas en toda lalfnea.— 
Loa granaderos á caballo. — La. artilleria chilena.— La infantería ar- 
gentina. — El Mayor de lanceros reales León de Henranz. — Ordóñez. — 



- - -¡11- 



* 



80 UNA HEROÍNA MENDOCINÁ 

Primo de Bivenu—Horla Morgado. — • Principalea jefea españoles prisio- 
ñeros. — Huida de Osorío. — Entusiasmo en Santiago. — Ascenso gene- 
ral. — Solicitud matrimonial de un comandante argentino con una be- 
lla chilena.— Escena real d^ familia. — Los dos tenientes. 



XVII 

Siguiendo el movimiento del ejéroito, llegó á su vez el 
General Las-Heras con su. división á Rancagua, y llegado 
allí procedió á tomar posesión del lugar apropiado para 
las tropas de cada arma, á fin de que éstas pudieran per- 
feccionar su material y recibir los reclutas que de toda la 
campea de Chile ingresaban voluntariamente en las filas 
del ejército libertador. 

En Rancagua, como en todos los pueblos y ciudades de 
aquel país, que ansiaba sacudir la dominación de España, 
las familias chilenas ofrecían con gusto á los patriotas lo 
que poseían, ó los recursos con que contaban; así es 
que los argentinos se encontraban allí como en su propia 
casa. 

El Teniente Fernando .Villa -Mayor hizo relación con 
una familia, cuyo apellido* de Vélez-Suárez, tenía alguna 
notoriedad en el país. 

En Santiago, él General San Martín, por una orden ge- 
neral, hizo promoción de grados militares, dando cuenta 
al Gobierno. 

El Teniente Villa -Mayor ascendió á Capitán, y el sol- 
dado distinguido Villa -Mayor á Alférez. 

Con los galones de oficial, Florencio Villa- Mayor (nues- 
tra heroína) tuvo entrada en la sociedad chilena. 

La familia de Vélez-Suárez se componía de la madre, 
hermosa señora de 45 años; de dos hijos varones, de 25 
años el primero y 23 el segundo, y de una hija, bella se- 
ñorita de 18 años. 

El señor Vélez-Suárez, jefe de la familia, había muerto 
hacía ya algunos años. • 



UNA HEROÍNA MENDOCINA * 81 



• 



I4O8 hijos se llamaban Armando y Guillermo, y milita- 
ban á la sazón bajo las órdenes del Coronel Freiré, pa- 
triota chileno, reputado como el mejor oficial de caballería 
de Chile. 

La joven se llamaba Margarita: esbelta, graciosa, de co- 
lor blanco y ojos y cabellos negros, inspiraba simpatía y 
respeto á la vez. 

Asiduos comensales de la casa eran el Capitán y el* 
Alférez Villa -Mayor, por la amistad franca de los jóve- 
nes Vél^-Stiárez; amistad que fué estrechándose por la 
participación- que en ella tomaban la señosa y ia señorita. 

El Alférez Villa- Mayor, siempre discreto, se presentaba 
en casa de los Vélez-Suárez» con menos frecuencia que 
su primo Gerardo, el Capitán. 

Las líneas correctas del semblante del alférez llamaban 
la atención de las señoras, á pesar de encontrarse la tez 
tostadd por el sol % por la nieve de los^ Andes. 

Su apostura era digna, serena y cortés, y jamás parti- 
cipaba de la expansión de los otros jóvenes. 

Continuamente los jóvenes Vélez-Buárez hacían notar 
amigablemente, en la mesa, la seriedad del alférez, y en 
cierta ocasión le dijo Armando: 

—Mira, Florencio, tú debes de estar enamorado: en 
Mendoza ha de haber quedado tu alma hermana, y por 
eso traes á Chile tu tristeza^ lo que de seguro conviene á 
las armas de la patria, porque un hombre que sufre, siem- ^ 
pre es valiente como* dos. Los godos pagarán el malestar 
que te causa la ausencia. 

£1 alférez ^e sonrió silenciosamente con cierta dulzura 
que contrastaba con la seriedad de su semblante; y des- 
pués de un momento dijo: 

— Oye, Armando, estás en un error: no tengo más amor 
que el que se siente' por la patria, y sólo pienso en el día 
feliz en que podamos decir co» satisfacción, que estos pue- 
blos de América son libres por su solo esfuerzo,. por el va- 
lor y abnegación de sus hijos; que la independencia está 
asegurada, y que' ningún poder del mundo podrá atentar 
contra ella. 






82 * UNA HEROÍNA UENDOCINA 

El semblante del Alférez, cuando pronunciaba estas pa- 
labras, se animaba coloreándose; sus ajds expresivo? des- 
pedían rayos de luz, y su actitud animosa y marcial acom^ 
pañaba á la palabra. % 

Margarita» hermana d^ Armando, que casi siempre se 
enoontiaba presente en estos actos familiares é inocentes, 
seguía con interés manifiesto las palabras y la actitc^i del 
alférez, notándose en el mirar de sus bellos ojos, en el tinte 
de su cara, y en el movimiento casi imperceptible de su . 
pecho, las emociones de que estaba poseída. ^ 

Gaurdo Wla- Mayor tenía l()s ojos fijos en Marga- 
rita, que, atenta j& las palabras del alférez, no advertía 
la actitud del capitán ni la atención de que era objeto. 
Armando volvió á tomar la palabra y contestó al alférez, 
diciéndole: 

—Me causas satisfacción, Florencio, al hacemos saber 
que la libertad ^e la patria es tu úqjco pen^amiejjto; que 
lo que. yo había tomado por tristeza, es simplemente pre- 
ocupación por los sucesos que se desarropan : yo también me 
encuentro en el mismo casc^y pienso mucho en el porve- 
nir de la patria. ¡Con cuánto placer tendría un compañero 
como tú en la misma compañía, un hermanó de armas á 
quien poder comunicar las impresiones del campamento, 
del combate, las innumerables dificultades del soldado! 

He oída decir ayer á mi» coronel, que hacia el Sud se 
reúne el ejército español, reforzado con nuevos regimientos 
venidos de la Península, y que dentro de poco 4endremos 
que ir á combatirlos. ^ 

En previsión voy á' solicitar pase para #1 escuadrón de 
granaderos á que ustedes pertenecen, y una vez allí, pe- 
diré también formar parte de la compañía que manda el 
Capitán Villa-Mayor. 

De este modo estaremos juntos, -Florencio, y haremos 
nuestras cuentas sobre los sablazos que hemos d» dar y' 
recibir en un día de combate, porque sospecho que han de 
ser muchos: los españoles van á ha«er el último esfuerzo 
en está campaña de Chile, y la lucha vft á ser tenaz y por- 
fiada. 



1 



'^ 



UNA HEROÍNA MENDOOINA 8^ 

• • • • 

« 

El Capi&n Villa- Mayor se apresuró á contestar, di- 
ciendo: 

Para nosotros sería una gran satisfacción, Armando, 
el tenerlo á usted en nuestra compañía; pero tal ve^ no 
se tome á bien por el coronel esa solicitud de pase dé un 
cuerpo á otro, porque aunque todos somos hermanos en 
esta guerra, no podría asegurar que no sejiiriese alguía 
susceptibilidad. » ^ 

La señora Vélez-Suárez, tomando parte en la conversa- 
ción, dijo que ella también estaría contenta de que Ar- 
mando fuese compañero de los jóvenes Villa-Mayor, y al 
efecto hablaría al Coronel Freiré para que permitiese .el 
cambio^ que en esto creía*no hubiese inconvenij^te, tanto 
máis cuanto que Guillermo, el hermano menor de Armando, 
quedaría en la. administración de Santiago, como jefe de 
unsr sección, hasta nueva orden. 

El alférez, á su vez, un poc<^ impresionado, agradeció 
lo mejor que pudo la distinción que le merecía á su amigo 

• Armando, asegurándole que juntos habían de vencer ó 
morir. 

Margarita dijo entonces oon vivacidad r 

— ¿Por qué morir? ¿No es una causa santa la que de- 
fendéis, y nó estamos nosdbas a«ftií para rogar por* vos- 
otros á cada momento, á fin de que Dios os proteja? 

-—Es* verdad, señorita, respondió el alférez; pero es que 
por las^ausas santas también se muere; ^ sino que lo diga 
el recuerdo de nuestros, nobles compañeros de armas, 
muertos al tomar la posición española de la «Guardia 
Vieja». , .. ' 

La señora y la señorita Vélez-Swárez inclinaron la ca- 

* beza, y sus ojos se llenaron c|^ lágrimas. 



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84 UNA HEROÍNA MENDOdNA 



XVIII 

t 

DoB días después, el Coronel Lss-Heras recibió orden 
del General San Martín para que, diri^éndose hacia el 
Sud, donde los españoles se habían reunido para volver á 
la ofensiva, los rechazara y destruyese. 

Ei ilustre Las-Heras marchó con una división de las 
tres armas, de la que hacían {Airte un regimiento de grana- 
deros á aaballo, mandado por el Comandante Cajar&ville, 
y otro compuesto de chilenoi^ á las órdenes del Coronel 
Freiré. 

£1 regimiento de granaderos era aquel que formaba parte 
de la divisi^ Las-Heras desde que se movió de Mendoza, 
y por consiguiente se^encontraban en él, el Capitán Villa- 
Mayor," el Alférez Villa -Mayor (nuestra heroína), y el 
Alférez Armando Vélez-Suárez, que había obtenido el 
pase solicitado de su coronel. 

La intimidad de los jóvenes Villa- Mayor y Vélez-Suá- 
rez fué mayor cada día; pero guardando el Alférez Flo- 
rencio la mayor circunspección, á fin de ocultar su situa- 
ción personal. 

• 

* * * * 

Necesariamente, en aquella noble -mujer, que se había 
hecho' soldado por amor á la patria, debían nacer otros 
sentimientos naturales y delicados, cuando se encontrase 
en presencia de un homt^re que hiciera latir su corazón 
sensible y apasionado. 

¿Ese hombre sería acaso Armando Vélez-Suárez, cuya 
distinci4n, noble franqueza y gallarda apostura podían 
muy bien interesar á una mujer superior como Florencia? 

Sin duda; parecía que'^el destino hubiera determinado 
que aquellos dos nobles seres, dotados de tan bellas pren- 
das, debían amarse. 



k' 



^ 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 85 

Vélez-Suár^, ignorando el verdadero sentimiento que 
inspiraba, porque no podía suponer que su hermano de 
armas Florencio .Villa -Mayor, que llevaba su uniforme 
con la corrección de un verdadero granadero á caballo, 
—trapa la más severa y sólida con que contaba el ejér- 
cito,— fuese una joven modesta, pura, sensible, con los 
más dulces atractivos; y por su parte, Florencia, teniendo 
que dominarse^ calculando todos sus actos á fin de no 
despertar sospechas en su buen amigo y compañero de 
armas. 

£1 Capitán Villa -Mayor, que había dejaflo en Margarita 
Vélez-Suárez algo más que un recuerdo, pues alimentaba 
una espereza, se encontraba casi siempre silencioso aten- 
diendo activamente á sus deberes. 

Margarita no había dicho al capitán que lo«maba, por- , 
que sin duda su inclinación se manifestó desde un prin- 
cipio por 'el alférez; pero como éste se había mostrado in- 
diferente, el capitán, que tuA^o ocasión de dirigirle pala- 
bras de afecto, había obtenido, si no su asentimiento ex- 
preso, al menos palabras de amistad y deferentes atenciones. 

Tal era la situación de cada uno de nuestros amigos al 
iniciar nuevamente la campaña contra los españoles que. se 
habían fortificado en Talcahuano, al Sud de Chile. 

* * * 

Los patriotas rompieron la marcha en una hermosa ma- 
ñana del mes de Marzo, y después de algunas horas en 
que la columna se extendía y serpepteaba al trav^ de 
los cerros, venciendo las dificultades naturales del terreno, 
se estableció una expansión cautelosa entre compañeros 
de fila, dirigiéndose preguntas más ó menos íntimas. 

El sargento Galván marchaba como siempre, con el aire 
marcial y alegre que le era propio, y en<x>utrándose inme- 
diato al Alférez' Villa- Mayor, le dijo, haciéndole la venia: 

—Empezamos de nuevo, mi oficial; ya era tiempo, porque 
los godos, después de la f>ableada que llevaron en la 
«Guardia Viiía», confieso que me dejaron con ganas. 



86 UN4 HEKOÍNA MENDOCINA 

— Sí, sargento, le contestó el alférez; nae parece que 
nos van.á dhr mucho que hacer estos demonios, porque, 
se^n noticias, quieren volver á tomar Ja ofensiva para 
reconquistar á Chile y echamos derrotlidos más allá de ' 
los Andes. Se han reunido en Talcahúano, y anun^ivi 
que recibirán grandes refuerzos; pero se* forjan ilusiones 
nuestros enemigos, porque ya no volverán- á pisar vence- 
dores el terreno perdido. 

— Eso mismo estaba pensando, mi alférez; preferiría mo- 
rir cien veces, — si cien vídas tuviera, — antes que ceder al 
español el terreno conquistado; por mi parte, afilé ayer nii 
sable, y como tengo un presentimiento de que no voy á 
volver á nuestra patria, sólo pido á mi Dios m^ir con el • 
sable en la mano,* y cuando ya no me quede duda de ciue 
nuestros enemigos estáfi perdidos para dempre. ' . 

'* —Sargento, le dijo el alférez, ¡quién piensa en morir 
cuándc^la vida sonríe y el pecho se abre á la esperanza ele 
días mejores, serenos y tranquilos, en medio de la ^az, d^ 
la libertáU de«Questra patria, gozando con el progreso que 
nosotros, con nuestro esfuerzo y nuestra sangre, le habre- 
mos conquistado! Mire, cuando ya no queden enemigos 
degde Maldonado, en la Banda Oriental, hasta MéjiCo, us- 
ted y yo, y todos los que hemos combatido por la indepen- 
dencia de América, contaremos y oiremos contar con gran 
placer, á la nueva generación, los hechos más notables de 
patriotismo y de valor que hayan tenido lugar. Nosotros 
hemos pasado los Andes, las montañas niás grandes del 
mundo y más difíciles de atravesar; y hemos áübido como 
las águilas y los cóndores á ^quel]ps picos que se divi- 
san en el horizonte, en el cielo, para bajar como un hu- 
racán á espaldas del ejército español y derrotarlo y li- 
bertar á Chile. Nuestro general, y nosotros, humildes sol- 
dados de la patria, hemos llevado á cabo los mismos 
hermosos hechos ^ue los más grandes capitanes de los • 
tiempos antiguos y modernos han dejado para admiración 
déla historia. 

i Y usted, sargento, un Valiente, piensa en morir, cuando 
dentro de poco hemos de volver victoriosoír á Mendoza ^ 



UNA HEROÍNA MENDOCINA ^ 87 

y á BuéD03 Aires; y cuando usted irá con su galón de 
oficial á buscar á los suyos al arroyí5 de la China, y á de- 
cirles: «He recorrido una gi^n parte d^ la América del 
Sud con el sable en la mano; me he encontrado en las 
^más sangrientas, batallas de la Independencia; "he cru- 
zado los ríos más caudalosos, y vuelvo envejecido, pero 
con honrosas cicatrices, y lo que es más, con la satisfac- 
ción de haber cumplido dignamente con mi deber?» Sus 
viejos parientes lo abrazarán, admirados; los niños juga- 
rán con 1^ dragona de su sable, y sus antigiibs conoci- 
do^, que lo vieron salir joven y obscuiD soldado, no se 
fatigarán de reconocer en usted un héroe. 

Calló el alférez, porque notó que de los ojos claros y 

grandes *del sargento se desprendían gruesas* lágrimas, 

que en vano éste se esforzaba por dominar, inclinando la 

'cabeza á fin de*ocultar la emoción de que se encontraba 

poseído. "* ^ 

Después de un momentp levantó la cabeza el sargento 
Galván, y ya completamente sereno, dirigióla palabra a} 
Alférez Villa -Mayor, diciéndole: 

— Siempre creí, mi oficial, desde el instante en que se nos 
incorporó á la salida de Mendoza, que había de ejercer 
usted en el escuadrón autoridad é influencia. Cuando lo' 
vi paciente cumplidor en las marchas y sereho en el com- 
bate con los españoles en la «Guardia Vieja», dije fran- 
camente: va á ser como su primo el Capitán Gerardo; 
pero nunca pensé, mi alférez, que había de llegar á t^ 
ner por usted,— permítame que le 4*gft>"^cs€ cariñoso res- 
peto K^ue inspira al soldado el buen oficial^ sencillo, va- 
liente y justo, ni que habhi 'de sentir ese secreto dominio 
qi^^usted ejerce sobre mí. Le agradezco con el alma las 
palabras que le he oído, y Dios quiera que sea profeta, . 
porque siento de veras necesidad de vivir, de peleav por 
la patria, y llegar á viejo escuchando (X>n atención las re- 
ferencias de nuestras campañas y de nuestros hechos; pero, 
dispénseme^ tengo aquí— y señalaba el corazón— un pre- 
sentimiento ¿riste, y me preparo para ese momento; porque 
quiero que puedan decir mis compañeros,- al continuar la 



88 UNA HEBOÍNA M£NDOGINA 

campalla: «Es necesario morir como el sargento Gal van; 
tomemos ejeniplo de él.» 

En estos momentos el clarín tocó atención, para estre- 
char filas, porque se entraba en un desfiladero. . . 



XIX 



Mientras ^1 Coronel Las-Heras se internaba al Sud de 
Chile con «u división arrollando á los españoles én peqoe* 
ftof, pero decisivos encuentros, y arrojando á unos más allá 
del Bío-Bío, y á la masa principal sobre Talcahuano, 
cuartel general entonces de la resistencia del ejército espa- 
ñol, el Ueneral San Martín, en su cuartel general de la ha- 
cienda de «Las Tablas», punto estratégico donde reunia y 
complementaba. el grueso del ejército patriota, tenía fijas 
sus miradas sobre Lima y el Virrey Pezüela. 

Corría el rumor de que poderosos auxilios de tropas ve- 
teranas, que habían combatido en Portugal y en España 
contra los ejércitos franceses, y vencedoras en Torres Ye- 
dras, Talavera y Vitoria, habían desembarcado en Lima 
con un famoso general, y que se aprestaban para éxpedicio- 
nar sobre Chile, desembarcando en Talcahuano. 

San Martín, en su cuartel general de «Las Tablas», lle- 
vaba la misma vida militar que en Mendoza, y era ésta, 
adiestrar el soldado, enriquecer el parque, perfeccionar el 
armamento y cuidar y atender todo lo que se relacionaba 
con' un ejercí to^ue tenía necesidad de vencer á todo trance. 

Ocupaba una pequeña casa de construcción camp^ina, 
con paredes de barro y techo pajizo. Las tres habitacio- 
nes de que se componía estaban completamente ocupadas 
por su mesa de escribir, l^us mapas, su cama de campaña 
y su pequeño comedor. 

Fray Miguel Ángel, el fraile aquel que tanta parte tuvo 
en la famosa expedición al través de los Andes, era su 
más asiduo compañero, su confidente y su amigo. 

En uno de aquellos días, el General San Martín y fray 



UNA HEROÍNii» M£NIX)CINA 89 

Miguel Ángel mantuvieron esta conversación, sobre los he- 
chos que iban á producirse: 

— ¿Sabe usted, padre, decía el general, que los espa- 
ilolea se preparan seriamente eu lima para recuperar 6 
reconquistar á Chile? Mi agente secreto, por noticias obte- 
nidas en la misma administración militar de Pezuela, me 
hace saber que el Greneral Osorio, con un ejército de 4 á 5« 
mil hombres, debe en breve venirse sobse nosotros por Talca- 
huano. *Urge, pues, que esta plaza esté en nuestro poder, y 
sino lo consiguiéramos, nos dispondríamos á todo, reuniendo 
nuestros elementos para batir con seguridad á los españoles; 
—y en utír^mapa que tenía extendido sobre la mesa, se- 
ñalaba con el lápiz la zona en que pensaba maniobrar para 
envolver y batir al ejército español.. 

Nos replegaremos, fray Miguel, sobre el Maule, áíin 
de que el invasor pase al Norte de este río; y uña vez 
con^»rometido en ese terreno sin salida, le impondremos 
la ley con una batalla que de seguro ganaremos. No hay 
término medio, padre: vencer ó morir; porque nosotros 
también tenemos los Andes á la ^palda, y nos encon- 
tramos en el mismo caso quS Napoleón en Mareilgo. 
Esta victoria sobre el ejército realista será la decisiva. 

La guerra es así: nunca se encuentra un ejército del 
todo bien,- siempre hay probabilidades en contra, y debe 
contarse con su majestad el axar, como decía Federico II 
en la guerra de los siete años. Los españoles han dado prue- 
bas, en diferentes épocas, de ser los primeros guerreros 
del mundo; la infantería que tr^en es de primera clase; 
durante cinco años se han batido en Europa contra los 
ejércitod del gran capitán del siglo; están acostumbrados á 
vencer, y el vencedor de Waterloo les ha dado la consisten- 
cia, ladiéciplina y el prestigio quedan la fortuna y los sucesos. 

Nosotros tenemos en nuestro favor la razón por que pe- 
leamos, el principio, el derecho, y esto también vale un ejér- 
cito. Ahora es necesario que nuestra habilidad sea igual 
á la del contrario; que seamos previsores, que nos dispon- 
gamos á sufrir reveses, para después obtener victorias; 
pero si éstas vienen primero, mejor. 



1 



90 UNA HEROÍNA«MENDOCINA 

^ Fray Miguel escuchaba atentamente las palabras del 
general, y admiraba su buen juicio, jívl exactitud de mi- 
ras y la profundidad de. sus cálculos. 

— Sabe usted, padre, que he tenido un sueño, agregó San 
Martín; pues) sí, he soñado con la patriota mendocina, 
su hija de confesión, aquella que nos proporcionó el medio 
de engañar al ejército español y atravesar los Andes sin 
ser sentidos; vi en sueños que se aproximaba á nos- 
otA)s para damos oíra buena nueva, y como el* soldado 
de suyo es fatalista, 4ie creído de buen augurio aquella 
visión que fortalece mi fe. , 

Cuando en la cordillera, ál paso silencioso de la muía, 
envuelto en mi capa, pensaba Sn la inmensa responsabi- 
lidad de la campaña q\¿e emprendíamos, crea usted que con- 
taba con la Providencia que de una manera tan evidente 
se había manifestado, devolviéndonos aquellos pliegos per- 
didos que encerraban la fortuna y el. porvenir de esta 
campaña. ¡Cómo no pensar en el misterio que está ve- 
dado al hombre alcanzar, cuando se producen ñechos^ide 
» esa naturaleza! 

Sí^aquellos pliegos no Üubiesen aparecido, yo no me 
hubiera «atrevido á arriesgar la suerte del ejército, pues 
bien podía suceder que, al traspasar los Andes, encontrá- 
semos, en lugar de la victoria que buscábamos, la de- 
rrota, la deshonra y la muerte. 

Fray Miguel, incorporándose en su silla, le contestó: 

— Una vez más, señor general, debe ponerse la con- 
fianza en Dios; él representa la justicia, y siendo la causa 
que defendemos la causa de la humanidad, su ^protec- 
ción no nos ha de faltar; procuremos ser justos, f no ir 
más allá de nuestros derechos, porque éstos serán siem- 
pre prenda segura jie victoria. 

Aun no se había perdido el eco de las últimas pala- 
bras del monje, cuando el sargento Pedro se presentó y, 
cuadrándose, dijo: 

—Mi general, ahí está un oficial del señoi; Coronel 
Las -Iberas con comunicaciones, que desea «entregar en 
propia mano. • 



¿Mm 






UNA* HEROÍNA MENDOCINA 9J 

• 

—Que entre, ,001116910 el general, dirigiéndosela! en- 
cuentro del o^ial. ' . 

Era éste un joven alférez de granaderos á caballo, que 
descubriéndose á la puerta, entraba haciendo el saludo 
de ordenanza, y con un ofíMO eñ ki mano, se preparaba 
á entregarlo al general. 

Dio dos pt^os '^ste hacia el alférez, y le tomó ti pliego 
sin mirarlo. 

Con la frente ceñuda, lo abrió, •recorriéndolo rápida- 
mente. A medida que avanzaba en su lectura, se le des- 
pejaba el semblante, y volviéndose con animación hacia 
fr^ Miguel, que apoyado en *la mesa donde se encon- 
traba el mapa de Chile, parecía seguir con la vista las 
líneas/ azultó que había trazado «el general, dijo:— Vic- 
toria, padre, en frente á Talcahuano; el Coronel español 
Ordóñez atacó á Las-He^s en el «Gavilán», obteniendo 
éste una señalada victoria sobre aquél, que tuvo que ence- 
.rrarse nuevamente en la plaza. Éste es el parte de Las- 
Heras, añadió, pasándoselo para que se impusiera de él. 

Y volviéndose hacia et altérez,>le dijo: 

—Señor ofícial, ¿Se encontró usted en el com bat^ del día 4? 

—Sí, mi general; pertenezco^á la 1.* compañía del I.®** 
regimie^nto de granaderos á caballo, el que tuvo ^1 honor 
de dar la carga decisiva á la coluáma principal que ata- 
caba á. nuestra división. 

— Está bien, dijo el'^^eneral; puede usted retirarse, y 
esperar órdenes. - . ^ 

F^y Miguel, que Ida el pliego de Las- Heras, al oir 
'la voz clara y serena del alférez, inferrumpió su lectura, 
y volviéndose hacia él, clavóle la vista y se quedó con- 
templándolo como alelado. 

El alférez saludó, dirigiéndose á la puerta. 

— ¿Qué tiene usted, fray Miguel, le preguntó el general? 

—La visión de que me hablaba usted hace un mo- 
mento, contestó el fraile pasándose la mano por la frente. 
Esa voz tranquila y armoniosa, aunque algo más dura ó 
fuerte, es la voz de la patriota mendocina«que escuché en 
el confesonario aquella noche inolvidable. 



92 UNA HEBOÍNA MENDOCINA 

• 

—No puede ser, expresó el general; á. menos que sea 
su hermano, y llamó con el timbre. Al pres^tarse el sar- 
gento, le dijo:— Que vqelva ese señor oficial llegado re- 
cientemente. . - . , 

Momentos después se presentaba el alférez, y dirigién- 
dole la palabra San Martín, con severidad aparente, le 
preguntó< . , - ^ * 

— ¿De qué provincia es usted, señor, oficial? 
—De Mendoza, mi ^nerai. 

—¿Cómo se llama usted? 
—Florencio Villa -Mayor. 
—¿Qué tiempo hace que usted sirve? 

— Desde que se movió el: ejército de Mendoza, pues mi 
primo hermano, capitán hoy de la 1.^ compañía del 1.^' 
regimiento, me hizo venir de Buenos Aires con ése objeto. 

—¿Tiene usted familia en M^doza? 
—No, mi general; soy huérfano, y no tengo más pa- 
riente que el .capitán. 

— Está bien, dijo el general; retírese usted. 
Así lo hizo el alférez. . * • 

— Ya ve usted, amigo mío, dijo el general dirigiéndose á 
fray Miguel, que este joven no tiene nada que ver con 
la patriota mendocina: es lín muchacho que probable- 
mente estaría en algún colegio, ó sería dependiente de al- 
guna casa de comercio, y que su pariente hizo venir para 
militar á su lado y bajo su dirección, 

—No discuto, señor general, ni he dicho más sino que m 
acento es igual al de aquella misteriosa joven que prestó 
el más hermoso servlbio á la eausa americana; en fin, que 
es la pistón anunciada por usted. 

—De todos modos, agregó San Martín, bien venida sea 
ella, si siempre se ha de presentar coma mensajera de ven- 
tura y de felicidad. 



UNA HEROÍNA MENDOOINA 93 



XX 



¿Qué había ocurrido en Talcafauano? Vamos fi decirlo: 

Mandaba en aquella plaza de guerra un oficial supe- 
rior español de mucho mérito: el Coronel Ordóñes, que 
por su talento, valor é iniciativa,, debió ocupar el primer 
puesto entre los que mandaron tropas españolas durante 
la revolución americana. 

Tan luego como se aproximó el Coronel Las-Heras con 
su división, resoWió el . Coronel Ordóñez salir á batirlo, 
porque sin duda tenía soldados bastantes para intentar 
una operación con resultado. 

Las-Héras se encentraba frente á Talcahuano, en un 
paraje que los naturales llamaban el «Gavilán», apoyán- 
dose en el cerro de ese nombre, que era un punto á pro- 
pósito para la defensa. 

Ordóñez salió de la plaza en la madrugada del 4 de 
Mayo con dos columnas de las tres armas» y en número 
muy superior á la división patriota. 

Al aclarar el día estaba ya sobre el Coronel Las-He- 
ras, llevando el atkque de frente sobre las posiciones de 
los argentino* y chilenos el mismo Ordóñez en persona. 

En breve el combate se hizo tenaz y sangriento, siendo 
inútiles los esfuerzos que hicieron los jefes y tropas es- 
pañoles para vencer la resistencia de los patriotas. 

Cuando Las-Heras notó que la principal columna, que 
era la de . Ordóñez, flaqueaba, formó personalmente el 
regimiento de granaderos á caballo y el regimiento chi- 
leno, y los lanzó á fondo sobre las tropas españolas. 

Como una tabla salió la 1.* compañía, al mando del 
Capitán Villa -Mayor, y áftodo el correr de los caballos, 
cargó primero sobre la caballería de España, que dio 
vuelta^ en completa derrota, y en esa confusión cayeron 
unos y otros sobre la artillería é infantería de Ortióñez. 

Malparados quedaron los infantes y artilleros españo- 



' 94 UHA HEBOÍMA MEKDpCIMA ' 

lee con aquella carg», y aunque tuvieron que replegarse - 
loB jinetea argentinos y chilenos, lo hicieron lentamente, 
sin ser seguidos. 

Quebrantados los espióles cqn aquella resistencia que 
no esperaban, y más que bxfo p6i las pérdidas que los 
saUe^de la caballeiía acababan de hacerles Bufnr, se re- 
pl^^ron á su vez sobre Talcahuano, encerrándose en la 
pla^a. 

En esta carga de c^allería, una de las más brillantes 
que se dieron en aquella campada, pues los granaderos lle- 
garon h[i8ta el mismo corazón de la cplumna enemigs, se 
distinguió notablemente la 1.* compaflía del refpmiente de 
■ " granaÜeros. .... . ^ 

El Capitán y el Alférez Villa-Mayor, as! como el sar- 
gento Galván, fueron unos héroes. ^ 

£l sargento Galván cat>algaba ^ un hermosb caballo 
tordillo negro, enjaezado á la usanza espaüola, con mon- 
tura deoficial superior; caballo que el sargento había 
tomado esa maSana al empezar la pelea, y que peilene- 
-*cía á uo ayudante del Coronel Ordóüez, que había sido 
desmontado con los tiroa de* cañón, como después se aupo, 
y que, espantado, sin jinete ya, huyó hacia el campo 
patriota. 

Cuando se replegaba el refpmíento después dé su ha- 
zaña, venía Galván, todavía, con 'el ardor de la lucha, or- 
gulloso y áltívo, y con el sable ensangrentado hasta la 
guarnición. Al pasar por delante de las compañías del 
número 11 de infantería, que había salido en protección 
de la caballería, les guiñaba* el ojo y lea mostrab» el sa- 
ble, como diciendo: <han pitado del fuerto, que era su, 
dicho favorito. 

El Coronel Laa-Heras, luego que se pronunció la de- 
rrota de Ordóñez, picó la retaguardia del enemigo con 
■empuje, obteniendo que abandonase su artillería, y canti- 
dad de fusiles y prisioneros. 

Las tropas fueron muy felicitadas por el ilustre coro- 
nel 5 por el Director supremo de Chile; General O'Hig- 
gins, que llegó ese mismo día, desjiués del combate, con 



^ 



UNA KEBOÍÜA. MBHDOepíA * J^ . 

una división compuesta de tropas argentinas y chilenas, 
y las cuales; conjuntamente con la división Las-Heras/ 
debían sitiar luego á Talcahuano, si bien con mala for- 
tuna» con esclarecido valor. 

£1 asalto de aquella plaza fortificada, que parecía tener 
su asiento en el mar, es una d^ las páginas m'ás bHUan- 
tes de la guerra de la Independencia; pues cuando vieron 
los jefes* españoles, acostumbrados á resistir el empuje 
poderoso de los infantes franceses en los sitios de Ta- 
rragona y Tortosa, en CataluQÜ, que los infantes argen- 
tinos, con Las -Heras, tomaron el «Morro», posición inex- 
pugnable y dominante de Talcahuano,*^quedaron admira- 
dos del valor del insurgente, como decían ellos. 

Un error de las otras columnas en el asalto á dicha 
plaza, hizo fracasar la operación, dejo que se hizo respon- 
sable ál general francés Brayer, <}ue recientemente había 
entrado al servicio dé Chile y que tenía la dirección del sitio. 



XXI 

Entre los heridos del combate del «Gavilán» se en- 
centraba el Alférez Vélez-Suárez: había recibido un.ba- 
yonetazo en el costado derepho, en el momento mismo que 
se inclinaba para dar un sablazo á un infante espafiol. * 

Su herida, si bien profunda; no 'era gj-ave, como lo de- 
claró el cirujano del regimiento; pero tuvo «que ir al hos- 
pital de sangre, situado á inmediaciones del campamento^ 
que lo constituía un galpón dependiente del caserío. 

Sus compañeros de armas, el Capitán y el Alférez Villa- 
Mayor, se dirigieron desde el primer momento, con solicitud 
extrema, adonde el joVen se encontraba sufriendo la pri- 
mera cura, pues no habiéndose desmontado hasta después ^ 
del rei^iegue, no habían podido notar su estado. 

El joven Vélez-Suárez, al sentirse herido, trató d^ ocul- 
* tarlo, y sólo el sargento 2.® Gk>doy, inmediato á él, pudo 
notarlo. * ^ 

—No diga nada, , sargento, que esto es poca cosa, le 



96 UNA HEROÍNA MENDOaNA 

dijo el oficial, al mismo tiempo que ^ae ceñ&i la cintura 
con un poncho de vicuña. 

Al llegar al punto de partida, no pudo desmontarse 
solo, porque la pérdida de sangre lo había debilitado ma- 
cho, y entonces pidió al sargento Godoy le prestase ayuda ; 
lo que éste efectuó, toiñándolo en sus atléticos brazos.. 

El sargento Godoy, á quien más adelante veremos figu- 
rar honrosamente en la compañía, era un crioHo del Es- 
tado Oriental, de 'Canelones, hijo de un vecino español, 
pero que desde muy jovéh se consagró á la causa de la 
libertad con el ilustre General 'Artigas, batiéndose bra- 
vamente en las Piedras y demás combates que dio el pa- 
triota oriental hasta 1813. 

Un lance personal desgraciado, por una paisana, en 
que tuvo la mala suerte de quitarle la vida á su rival, lo 
hizo emigrar á Entre<>Río3, y en un contingente enviado 
á Tudumán para remontar los granaderos á caballo, fué in- 
•cluído; de modo que ton\ó parte en los sucesos y en la 
campaña que tuvieron lugar un año después y más tarde 
en Salta y en el Alto Perú. 

El sargento Godoy era un hombre cOtno de 28 á 30 

añod, de color blanco y barba negra, estatura elevada, 

delgado, pero musculoso; sus brazos tenían fama en eljie- 

gimiento por su longitud, pues estando con su sable en la 

'mano, era difícil aproximársele. 

Silencioso siempre, con ^a cabeza casi inclinada sobre 
el pecho, pavecía estar absorto en continua meditación. 

Cuando entró en el regimiento, los demás soldados le 
pusieron por sobrenombre Paja larga, á causa de su es- 
tatura yilelgadez; pero unos cuantos sablazos distribui- 
dos duramente sobre los jnás atrevidos, impusieron él res- 
peto á los demás. 

Después de la victoria de Salta, obtenida por el Ge- 
neral Belgrano, ascendió acabo, y los soldados irrespe- 
tuosos de antes, le llamaban sencillamente, pero con res- 
peto, el cabo Godoy.. 

De carácter huraño, lo buscaban, sin embargo, sus com- 
pañeros como juez en las disidencias ó diferencias que 
entre ellos surgían. ' • 



1 



UNA HEROÍNA BTENDOGINA 97 



• 



« 



*No tenía el sargento Godoy el valor entusiasta y ale- 
gre del sar£:ento Galván, pero en. cambio tenía el valor 
tranquilo, tenaz y casi cruel, de los caracteres reconcen* 
trados. * ' • 

•No sabía leer, y seguramente ésta era la causa de no 
haber ascendido más que á sargento, á pesar de sus ser- 
vicios, de su valor y de sus buenas notas en el* regimiento. 

Con la misma facilidad que si se hubiese tratado de un 
niño, desmontó al Alférez V^lez-Suárez, herido, y lo llevó 
en sus brazos hasta donde se encontraba el cirujano, que 
le hizo ia primer^ cura. « ' ! • 

£1 Alférez Villa -Ma^^or pedía licencia frecuentemente, 
cuando no estaba de servicio, para acotnpañar y fisistir á 
su amigo el Alférez Vélez-Suárez. 

Éste, á su vez, no podía pasar un día, ni una hora, sin 
la compañía de su hermano de. armas. 
,E4 Alférez Villa -Mayor, con la delicadeza y dulzura 
que le eran naturales* atendía las exigencias del herido con 
solicitud suTna, y cuando éste se encontraba bien, habla- 
ban largamente de su "famili^, del futuro, de esperanzas 
risueñas; en un, de todo aquello que complace á la ju- 
ventud. 

En cierta ocasión el primero dijo al herido: 

Dime, Armando, ¿no tienes algún amor que embargue 
tu corazón y. preocupe tu pensamiento^ no exi^ alguna 
mujer en Rancagua ó en Santiago que llene^ las exigen- 
cias de tus más íntimos .sentimientos? 

-—En verdad, contestó Armando, que parecerá raro; 
pero es Jo cierto que prescindiendo «de los entretenimien- . 
to9 pasajeros que todos los jóvenes á mi e^ad han tenido, 
n6 he encontrado aún la mujer adorada con que se sueña 
siempre, y qye, una vez hallada, ejerce en la vida del hom- 
bre y en su destino la más decisiva influencia para el biei} 
ó para el hial. Pienso encontrarla; y de seguro, mientras 
esto no suceda, no sacrificaré mi libertad por satisfacer 
ambiciones del momeiito. 

He i^reído alguna vea^estar verdaderamente enamorado, 
pero luego me he convencido de que era simplemente una 

7. 



« 



9 • 



98 UMA HEBOÍKA 

ilusiÓD lie la juventud, de la frecuencia en el trato socii 
con señoras, ; de otras muchas circuastaDcias que surge 
en la vida galante de loe jóvenes; pues el amor-serio, ii 
finito, absoluto, aquel que es el motor impulsivo de U 
m&s nobles ambiciones, de los n|ás (¡randee esfuerzos, qi 
es para la existencia del hombre el espíritu, la nzón 
las facultades de la vida misma, no lo be encontrado i 
sentídu; y sin embargo mi alma hermana debe existir, po: 
que no ea posible que sea yó un desheredado de la suerl 
que proporciona á todos los hombres de la tierra la mi 
jer amada; y as! es que, confiado en esa lej invariable d 
la humanidad, espero que ha de llegar para m! tambiéi 
el momento feliz -en que pueda decir: la encontré y, 1 
poseo. 

El Alfétez Villa-Mayor estaba sentado de manei 
que la media luz que daba sobre el lecho del herido, n 
permitía ver los semblantes; á no ser asi, se habri 
podido notar la palidez del alférez y su emoción á.mi 
dida que Armando hablaba; y cuando éste terminó, e 
hubiera notado también'.sa satisfacción visible, pues co 
las manos juntas parecía implorar con fe, del Altísimo, I 
más completa felicidad para aquel joven herido, que i^ 
noraba era objeto de tan vivo interés, inspirado por los mé 
hermosos sentimientos. 

Permanecieron en silencio algunos instaates, y luego Ai 
mando volvi^ & decir: 

—Parece, querido Florencio, que no considífras exacl 
lo que acabo de expresar, pues tu silencio supone la dudí 

— De ningún modo, Armando; encuentro muy. rozoni 
bles tus ideas, y creo que seguramente has de encontrí 
en breve la mujer que tú llamas alma hermana, y qu 
hará la felicidad soAadn, á que tienes derecho. Por n 
pacte, hago votos para que eso suceda. 

Como se aproximaba la hora de lista, se lev'antó de e 
asiento el AKérez Villa-Mayor, diciendo á su amigo: 

—Bueno, como ya es tarde, permíteme que me retín 
maüana volveré' & verte, y te felicito por tu mejorfa, qu 
según expresó el cirujano, se acentúa; espero que ei 



ÜKA HEROÍKÁ MENDOCINA 99 

tres en convalecencia y pronto se te dé de alta, porque 
se extraña tu falta en la compañía, y todos* los compa- 
ñeros se preguntan: «^cuándo estará aquí er Alférez Vélez- 
Suárez?»— Ya ves, Armando, que es satisfactorio que los 
hermanos de armas deseen el pronto regreso de su oficial 
ó de su camarada. 

—Te agradezco, Florencio, contestó el herido, el buen * 
recuerdo de mis compañeros, y tu fineza en recordármelo; 
dame tu mano generosa, que quiero estrechar con cariño 
entre las mías, haciéndote una sencilla confidencia, que 
tú apreciarás en lo que vale:— soy feliz, y olvido todos 
mis pesares, hasta la incomodidad que me causa mi he- 
rida, cuando tú estás presente; no sé qué acento sin- 

' guiar tiene tu voz, que dispone á la esperanza de mejo- 
res días. Me parece escuchar el acento cariñoso de mi 
madre ó de mi hermana, en mi tranquilo hogar. Dispensa 
si te molesto con estas ideas; pero es natural, en este 
lecho donde hace ya días que me encuentro solo con mi 
pensamiento, se tienen ideas trisées, y al pensar en la 
patria, se piensa también en los que dejamos allá, orando 
por nosotros. Les he» de escribir Íl los míos, que eres 
mi fiel compañero, más que eso: mi consuelo en la situa- 
ción en que ahora me hallo. Adiós, pues, y hasta ma- 

•fíana. No faltes, Florencio. 

Se comprendetá*f ácihnente cuál sería la situación del alfé- 
rez, al oir expresarse en aquellos términos á Vélez-Suárez. 
Desde aquel día fué más cauto en sus relaciones con 
su joven compañeo^, sin dejar por eso de atenderlo con 
solicitud é interés. 

« 

* * ♦ 

Mientrds se hallaba asistiéndose ae su herida el Alférez 
Vélez-Suárez, había tenido lugar ^basalto á Talcahuano 
poi* los paítríotas, y su rechazo con pérdidas sensibles. 

La caballería apenas si tomó parte en «aquel combate, 
pues se limito á proteger las columnas in su retirada, que 
no fueron hostilizadas fuera de trincheras, porque el ene- 
migo quedó amedrentado. * 



r 



n 



100 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 



XXII 



Como había dicho el General San Martín, se activaban 
los aprestos en Lima para el envío de un ejército á Chile 
á fin de efectuar su reconquista. 

En efecto, el ejército realista llegó al puerto de Tal- 
cahuano en varias fragatas y corbetas, al mando del Ge- 
neral Osorio, que venía precedido de gran nombradla. 

Casi al mismo tiempo el Director de Chile, 0'Higg:ÍDS, 
cumpliendo órdenes del General San Martín, levantaba 
BU campamento de Concepción en dirección al Norte, 
buscando estar en contacto con el general en jefe, ó su 
incorporación, á la vez que éste marchaba al Sur con 
el mismo objeto de concentrar en determinado lugar apa- 
rente y estratégico todo el ejército patriota. 

El ejercité español, confiado y seguro diB la victoria, ini- 
ció francamente ^ movimiento en busca del ejército li- 
bertador. ' . • * ^ 

El Coronel. chileno Freyre tenía la delicada comisión 
de no perder de vista los movimientos del invasor, y á la 
vez la de cubrir los del ejército argentino - chileno. * 

lEn este orden empezó á internarse el General Osorio 
con suma confianza hacia el Norte del ^ío Maule, en de* 
m{^nda de la ciudad de Talca, objetivo, al parecer, de su 
plan de campaña y base de operacioik?fi futuras. 

Llevaba Osorio la flor áp las tropas veteranas de la Pe 
nínsula, y los principales jefes, que, corpo el Coronel Ór- 
dóñez, tenían plena aegurid^id del triunfo. 

A mediados de Marzo de 1818 empezaron *á aproxi» 
marse los dos ejércitÓ% y entonces se vio que la situación 
de los españoles no era tan ventajosa como al prindlpio 
supusieroq éstdls, pues tenían que meiiirse con un ejército 
resuelto y con un hábil general ; y que mientras los movi- 
miento^ de los patriotas eran claros y francos, con el objeto 
fie encontrarse con el enemigo, los de los españoles eran 



t 

UNA HEROÍNA MENDOGINA 101 

« 

indecisos: tan pronto avanzaban dejando atrás á Talca, 
como retr(>cedían pareciendo querer repasar el Maule. 

S^n Martín activó sus marchas, para obligar al ejército 
español á aceptar batalla, pues también tenía seguridad 
de derrotarlo» Su ejército se componía de 71000 hombres, 
con 33 piezas de artillería. 

Un hermoso río,* de Ips muchos que riegan el territorio 
chileno, iba á ser el' eje decisivo sobre que maniobrarían 
los dos ejércitos. Atravesar el río Lircai en condiciones 
ventajosas, era el punto de mh^ de los generales en jefe. 
Así lo efectuaron ; pero el ejército español se pusd ei> re- 
tirada en seguida, perseguido por el patriota. Luego, pues, 
la ventaja de la maniobra estuvo de parte de éste, que 
apuraba *á su oontrario. 

Confió San Martin al General Balcarce toda la caba- 
llería del ejército, para que hostilizase y destruyese la co- 
lummf española, retrasada en el orden de marcha. 

Tenía el ejército argentino -chileno, en aquel día, la 
mejor caballería que les había si(io dado reunir á los 
ejércitos americanos en esta parte del continente. Allí es- 
taban los famosos granaderos ^á caballo y los ^principa- 
les }éfe^ que han ilustrado el nombr% americano: Neco- 
chea, Freyre, Olavarría, Medina, Lavalle, Zapiola y otros, 
al frente de 2.000 soldados. 

El General Balcarce no siempre fué feliz en las opera- 
ciones de guerra, á pesar de su valor y de otras cualida- 
des relevantes que lo* adornaban. 

Los generales de la' Independencia, con la confianza que 
dan la juventud y el valor, el que mén^s, pretendía ser 
un estratégico y maniobrista como Turena, el gran Fede- 
rico ó Napoleón. • 

Su orgullo y m%yor satisfacción era mostrarse cientí- 
ficos en el campo de batalla, á fin de hacerse admirar 
de los españoles que venían con fama de militares de es- 
cuela; el mismo San Martín iba á incurrir esa noche en 
igual debilidad é imprevisión. ' 

Así es queiel (general Balcarce, orgulloso^ de verse al 
frente de tantos soldados de caballería y ihandando je- 



• 



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^ 



102 



UKA HEROÍNA ME9D0CINA 



fes tan acreditados, ordenó un despliem^ue exagerado é 
irregular y maniobras inconducentes, cuando se estaba al 
alcance de un enemigo tan fuerte y tan experimentado, 
y en un terreno labrado por las aguas, lleno de barran- 
cos y torrenteras, que á cada paso hacían impracticable la 
marcha de las columnas. 

Los jefes españoles, que al pasar * el Lircai empeza- 
ron i verse apurados, aceleraron la marcha para llegar á 
Talca, buscando abrigo; para lograrlo colocaron á reta- 
guardia alguna artillería y la caballería regular venida de 
Españb; esto es, los cazadores y lanceros llamados de 
Fernando VII, que se destacaban por sus casacas colo- 
radas, formando como una cinta pintoresca al extremo 
de la línea española. En todo eran 500 hombres. 

Cuando se inició el despliegue de la caballería patriota, 
la artillería y la caballería españolas hicieron alto, colo- 
cándose en posición de hacer fuego la primera, y de car- 
gar la segunda, si era necesario. 

^1 Coionel OrdóñeiE, que estaba atento á lo que iba á 
ocurrir, y que tenía la dirección de la retaguardia en aquel 
día, esporo tranquilamente el ataque de la caballería pa- 
triota. . • 

Era la tarde de un hermoso día del mes de Marzo; ni 
calurosa ni fría, muy templada, sin más aire que el ne<^ 
sario para hacerla agradable y traer el aroma y el su- 
surro de las plantas con que se encuentran bordadas las 
barrancas del río Lircai. 

Balcarce dio orden á sus columAas de cfirgar á fondo 
á la retaguardia e*nem¡ga, que había hecho pie, en mo- 
mentos en que los escuadrones argentino -chilenos no ha- 
bían terminado aún las maniobras en que se encontraban 
empeñados; de modo que al repetirse Ja orden de cargar, 
se confundieron, acabando por desordenarlos algunos tiros 
de cañón, que en aquel terreno endiablado tenían un re- 
sultado muy eficaz. 

Éste fué el momento' oportuno que el Coronel español 
Ordóñez esperaba para lanzar la mejor caballería; opera- 
ción que efectuó el valiente Coronel Morgado. 



' UNA HBROÍNA MENDOCINA 103 

Dio la orden de iniciar la carga á los cazadores pri- 
mero, y á los lanceros después; él mismo se colocó al 
frente de estos últimos, diciéndoles que aquél era un gran 
día para las armas del rey. 

Salieron los cazadores de frentQ»*al trote, y los lance- 
ros por un flanco, á fin de colocar á la caballería patriota 
en condiciones de tener que sufrir un completo desastre. 
A medida que avanzaban iban estrechando sus filas, á fin 
de que fuese irresistible el empuje. 

Eran los soldados de la caballería española malos jine- 
tes propiamente dicho, p^o muy aguerridos; no tenían la 
firmeza en el caballo que tiene el soldado americano, ni 
su habilidad en el manejo de la rienda, ni el dominio 
sencillo y seguro, propio del que doma el caballo salvaje 
para, utilizarlo en todos los trabajos de la campaña pas- 
tora, origen de los caudillos más notables de la caballería 
americana. 

Marchaban los españoles inclinados un poco hacia ade- 
lante, al trote largo, casi parados en los estribos, pero 
aumentando así el empuje, porque la rapidez de la carga 
crecía también. Manejaban el caballo como en España, 
tirando cada rienda directamente; esto era una dificultad, 
porque el caballo americano está domado de distinta ma* 
ñera. 

Así llegaron hasta la caballería argentina, que se es- 
forzaba por organizarse; pero sus jefes no habían previsto 
nada, ni siquiera una protección al flanco para el caso de 
un trastorno; habían oído y repetido á su vez la orden de 
cargar, y nada más. «Adelante!» habían dicho, levantando 
los sables en alto. 

Atacados de frente por los cazadores y flpnqueados 
por los lanceros, sorprendidos así y desordenados por su 
propia carga, no pudieron hacer frente, ni caigar, ni re- 
/¿logarse en orden. El desorden fué completo, y la denota 
completa también. 

Se veía á los generales y oficiales superiores correr en 
medio* de sus soldados, gritando p<)n toda la fuerza de sus 
pulmones: «alto, alto»; pero arrastrados por aquellas olas 



104 UNA HEROÍNA MENDOCINA ' 

de caballos, de soldados y bosques de lanzas, serían 
envueltos en la derrota sin poder dominarla* 



XXIII 

Sólo la 1.* compañía del 1.^ regimiento de granaderos 
á caballo, desviándose algunos centenares de metros del 
centro de la línea, al pronunciarse la derrota, pudo man- 
tenerse firme en una especie de pequeña colina, defendida 
por una zanja algo más profunda que las otras, y que 
había que salvar por un pasaje casi oculto en las ondu- 
laciones del terreno. 

El Capitán Villa- Mayor mandó echar pie á tierra ase- 
gurando los caballos en uiia hondonada á retaguardia. 

En aquella posición, los granaderos desmontados ha- 
cían fuego con sus tercerolas sobre la caballería enemiga» 
que seguía su carga. • 

Una pérdida sensible había sufrido la compañía: el 
sargento Gal van no estaba alií. ¿Qué había ocurrido? 

Al pronunciarse la «derrota, el valiente sargento cruzó 
su caballo levantando el sable para detener á los que 
atropelladamente huían, empujados por las líneas sucesi- 
vas; hizo cuanto, pudo con ese objeto, conclu3;endo por 
ceder al impulso, pero de modo, que perdía personalmente 
terreno. Separado de su compañía, esperaba^ sin duda en- 
contrarla más á retaguardia, suponiendo que su capitán 
no habría seguido envuelto en la derrota. , 

En esa esperanza seguía al galope de su caballo tor- 
dillo, que había tomado en Talcahuano, cuando empezó á 
notar que la última columna á retaguardia apuraba los 
caballos porque los lanceros españolas estaban casi en- 
cima. Entonces el sáí'gento hiifo un nuevo esfuerzo para 
detenerlos; pero envuelto en la dispersión, su caballo in- 
trodujo las patas delanteras en un hoyó y rodó) quedando 
desmontado. % » « , * * 

i Así mismo se asió de la crin del primer caballo que 






I 



UNA HEROÍNA MENDOCINA l05 

é 

4 

9 

pasó oon. su jinete, y siguió corriendo á pie, y á la par; 
otro jinete se le colocó al Üdo, y entonces el sargento se 
agarró con la otra mano (le la crin del caballo de éste.' 
Medio suspendido, en esa situación desesperante, pudo 
sostenerse unos doscientos metros* más, pero sea que las 
fuerzas le faltasen, ó que, separándose los jinetes, hicie- 
sen perder el equilibrio al sargento, el caso es que éste 
cayó, siendo pisoteado por la caballería. 

En este trance, .«ólo pensó en morir con honor, como 
había vivjdo, y alzándose con su sable, en medio ya de 
-los lanceros españoles, consiguió desmontar á uno, y de un 
salto estuvo sobre el caballo de éste; pero en el mismo, 
instante un lanzazo terríbleio alcanzó en la eftpalda. No 
pensó en- huir> hizo frente y hendió el cráneo ,de su he- 
ridor oon un sablazo feroz; otro ^plpe de lanza r^ibió 
en el pecho, que lo atravesó: contestó con una estocada 
que abrió el cuello de su contrarío ; otro lancero, c<9n in- 
signias de brigada, ^casi un gigante, lo hiere en el cos- 
tado, y el» sargento,* viéndose perdido, gira su cabalo rá- 
pidamente, toma del cuello al brígada y hynde en su 
pecho, el sable hasta la empuñadura, una vfez y otra 
vez. .Los caballos siguen al galope, y aquellos dos honf- 
bres terribles, heridos mortaimente, sujetos el uno al otro, 
sin solt|ir8e, cayeron juntos cuando no pudieron soste- 
nerse más. La caiga siguió por encima de los muertos 
ó heridos, y algán jinete que caía y no podía levan- 
tarsie, aumentaba el número de aquéllos. Así imurió el 
sargento Galván, cuya fama de valiente honraba á los 
regimientos de granaderos á caballo. 

^se m^mo día, cuando á su vez se pronunció la reti- 
rada de la caballería española, su ctidáver fué encon- 
trado por su propia compañía, junto con el del español, 
y en ja misma posición que tuvieron al morir, tomados 
del cuello y con* la saña retratada en sus semblantes ca- 
• davjgricos. » 

£1 sargento Godoy y cuatro soldados se desmontaron 

y los colocaron en una. zanja; echaron tierra sobre sus 

cuerpes, dándola una misma sepultura, y p^sieron como 
# • 



106 UNA HEROÍNA MENDOCINÁ 

• -^ 

cruz piadosa que llamase la atención del viajero, el sable 
del valiente sarg^ento. ' 

Una compañía de lanceros españoles, haciendo una con* 
versión, se dirigió á aquel pelotón de soldados, que se ha- 
bían desviado y echado pie á tierra aon el Capitán Vi- 
lla- Ma^ror. Vieron que no eran infantes, y creyeron fá- 
cil rendirlos ó matarlos. 

El oficial que mandaba á los lanceros era un capitán 
alto, corpulento, de grandes bigotes, que venía indicando 
la carga con su largo sable. 

Los lanceros, que no veían la zanja, y sí la colina en 
donde se encontraban los granaderos, aflojaron las bridas 
á sus caballos, cerraron las piernas, se inclinaron hacia 
adelante, y aumentando en celeridad, vinieron á dar unos 
sobrf otros en aquel* fosó y en las quebraduras del te- 
rreno, imposible de salvar en orden. Los granaderos, 
cuando los lanceros se pusieron á tiro, .empezaron á ha- 
cerles un fuego muy nutrido ; pero cuando los vieron caer 
en el^foso, levantarse y volver á cafer, se fueron sobre 
ellos sable en mano.— «No haya cuartel,» gritaba el sar- 
gento Godoy, dirigiéndose con el sable levanta<io al capi* 
tan, intimándole que se rindiera; éste, que se encontraba 
dificultado por su caballo, que intentaba levantarse, con* 
testó así mismo con un sablazo al sargento, quien^ parando 
el golpe, á su vez descargó el suyo en la cabeza del ca- 
pitán, abatiéndolo. El Alférez Villa -Mayor, cruzando su 
sable cop el sargento, impidió el golpe de gracia. 

Los lanceros quedaron muertos ó prisioneros; malos ji- 
netea, no pudieron salir de aquella zanja. 

El capitán español fué atendido como se pudo. Su he- 
rida no era mortal, ni aun grave, pues felizmente para él, 
el sable había resbalado. 

Mientras tanto seguía la confusión en aquel campó 
donde seis mil jinetes se revolvían en completo desorden, ' 
unos huyendo en todas direccio^ies, otros en pelotones ba-^ 
tiéndese por el honor y la vida. 

Á poco se empezó á oir el cañón que tronaba y des- 
cargas de fusil, del lado en que la derrota de la caballe- 



VNA HEROÍNA ME9DOGINA 107 

ría tenía lugar r era que la infantería argentina con algu- 
nas piezas de cañón llegaba en su auxilio, y tirando so- 
bre los jinetes españoles, los detuvp é hizo volver lá cara, 
dando tienfpo así á la caballería patriota, destrozada en 
aquel combate, para reponerse, rehacer sus líneas y formar 
á retaguardia.. Jamás tropa alg^ina pasó por un sonrojo 
igual: ¡los primeros soldados de caballería del continente 
sudamericano, sorprendidos y deshechos por los cha/peto* 
nes y matuchos en número inferior! CU 

La columna española se puso en retirada precipitada- 
mente. Al pasar por frente de la compañía de granade- 
ros del Capitán Villa-Mayor, que estaba desmontada, éste 
encargó al Alférez Vél«z-Suárez que con un cabo y 10 
hombres custodiara á los prisioneros, y ordenó montar á 
caballo á los restantes. 

La compañía había sido aumentada en aquellos mo- 
mentos por algunos glotones dispersos, y contaba, al for- * 
.* marse, unos 100 hombres. 

Salió Vñlla-Máyor de aquella colina al paso, para fran- 
quear los zanjones y ponerse así en condiciones de cargar. 

Los españoles se retiraban al trote largo, recibiendo al- 
gunos disparos de cañón á retaguardia. Querían aquéllos 
llegar á Talca antes de concluir el día, y encerrarse allí, 
cumpliendo las órcíenes del general en jefe. 
• Conforme pasó la columna española, el Capitán Villa- . 
Mayor movió sus soldados y se puso en su seguimiento, 
picándoles la retaguardia; lo mismo hicieron otrob peloto- 
nes de la caballería patriota,* que se encontraban á su 
paso; mas la columna espaf^ola parecía no preocuparse 
* de la persecución de que era objeto, ya porque el número 
de aquéllos era bastante ' reducido, ya porque debiendo « 
apresurar su retirada, creía no deber detenerse. Así mis- 
mo, al caer la tarde, viéndose hostilizada, la retaguardia 
espejóla resolvió hacer alto un momento y destacar al- 
guna fuerza para cubrir la retirada. 



(1) HisixSrico. liOt historiadores argentinos Vicente Fidel Lópef, Sar- 
miento 7 Mitre, lo confirman. * 

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1. 



108 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 






Así lo efectuó. Dos escuadrones de cazadores dieroa 
media vuelta, formando las guerrillas, con su debida pro- 
tección; pero tan luegQ como se pusieron en marcha, y 
cuando se encontraron algo distantes de la oohimtta prin* 
cipat los patriotas arrol^^on las gfuerrillas, cargando á I09 
dos escuadrones sable en^ mano. • • . 

En pocos momentos quedaron deshechos los cazadores 
españoles, y aquellos malos jinetes, corriendo sin direc- 
ción por el campo, ;nanejando sus caballos con las rieur 
das abiertas, como si fueran de coche*, cayeron uno á uno 
bajo el sable de los granadero?. 

D^ esta manera terminó aquel combate de la tarde, que, 
como ya hemos dicho, salvo incidentes parciales, fué un 
desastre para la caballería argentino-chilena. 

En breve, esa misma noche, el desastre del ejército pa- 
triota iba á ser mayor; tal vez -la foftuna quiso probar el 
temple de sus protegidos, ofreciéndoles contrastes prím.ero, * 
y la victoria definitiva después; á semejanza «de la bo- 
rrasca que se desencadena sobre el bajel destinado á dea- 
cubrir y conquistar continentes ignorados, para beneficio 
y honra de la humanidad, y que vence al fin, en medio 
del sol esplendoroso de un hermoso día, cuya brisa aca- 
ricia su arboladura y acompaña, cual música celeste, el 
canto de los vencedores. • 

Cancha Bayada es el desastre sin precedente. Un ejér- 
cito qué puede considerarse vencedor de su contrario, por 
la habilidad desplegada er» las marchas; por la persecu- 
ción resuelta y decisiva, injpiada y operada sobra" él; por 
el dominio de las posiciones estratégicas, tomadas al en- 
trar la noche, y, en fin, por to'das las circunstancias que 
resultaban en favor del ejército^ patriota, desaparece kiego 
por una sorpresa del ejército español, llevada á cabo con 
energía y fortuna. • 



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.?*....?* 



•-* 






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XJNA HEROfNA HENDOCIMA i 109 



XXIV 

El contraste sufrido por la caballería en la tarde, ha- 
bía entristecido al ejército patrio^, que presentía desm^a- 
cias mayores para las armas de la patria. 

El general San Martín estaba siteucioso y airado. 
Mandó un ayudante tras otro á saber si se había reor- 
ganizado la caballería^ y con la sitnple orden de aproxi- 
marse al campo. 

El ejército espafiol se había encerrado en Talcaí y te- 
nía por segura la batalla al día siguiente, si bien la con- 
sideraba perdida por el número de la infantería y artille- 
ría patriotas. 

El Coronel Ordóñez, alentado por el éxito de la tarde, y 
ardiente y activo, creyó que era el caso de intentar una 
sorprela esa misma noche, porque juzgaba, con razón, que 
el espíritu del ejército patriota no seríla el mismo de U 
mañana, en vista del ddlastre de la caballería. 

En un conáejo de guerra que tuvo lugar esa noche, 
hizo prevalecer su opinión, asegurando que el resultado 
sería satisfactorio y que Ja victoria era segura. * 

' Para desgracia del ejército patriota, al Genetíal San 
Martín se le ocurrió maniobrar en la oscuridad. Después 
que el ejército hubo tomado posición y encendido sus fo- 
gones,%ordenÓ un cambio á las líneas avanzudas, para 
eijeerrar á los españoles, decía, ^tre el río y Talca. 

,En esta' operación los sorprendió el ataque del Coronel 
Ordóñez, qpe, con 2.000 infantes en columna, entraba al 
campo patriota arrollandcf cuanto se encontraba á su 
paso. 

La misma confusión que por la tarde se. produjera en 
la caballería, se repitió esa noche en la infantería y ar- 
tillería patriota: los artiljeros cortaron Ipí tiros y huyeron; 
y los infantes, qgie al principio, á la voz de sus jefes, 
opusieron cierta resistencia, sorprendidos en aquella mar- 



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110 ÜHA HEROÍNA HENDOCINA 

cha de flsnco, perdieron su aplomo, pronunciándose en 
derrota. 

La oscuridad de la noche y el pánico que se apoderó 
de los soldados, cuya imaginación había sido herida esa. 
tarde con la derrota de la caballería, hicieron lo demás. 

El Supremo Director de Chile, General O'Higgins, y el 
General en jefe, San Mf^rtín, envueltos por I9 derrota, en 
medio de sus columnas, salieron del campo con. la deses- 
peración en el pedho y la vergüenza en la frente^ 

—Mil bombas, decía San Martín á fray Miguel Ángel, 
que marchaba á su lado, quisiera, qu^ estallasen en mi 
corazón, padre; hemos sido derrotados y deshechos por 
los godos, cuando ellos, por el contrario, mañana debían 
de haber caído todos prisioneros; y alzaba el puño cerrado 
hacia el cielo, como amenazándolo. 

— No blasfeméis, señor general; la Providencia, en sus 
altos designios, así lo ha dispuesto, para probar nuestra fe 
y nuestro valor. Hoy ha sido la derrota, mañana será la 
victoria. Está escrito que las armas patriotas triunfkrán al 
fin, porque su causa es la causa de Dios. 

Acordaos de Federico el Grande, que, sorprendido en 
una noche como ésta en la Sajonia, por elFeld Mariscal 
Conde Daün, austríaco, perdió lo mejor de su ejército con 
su artillería y bagajes; y dos meses después volvió á re- 
cobrar* lo perdido y á obtener victorias que han hecho su 
nombre inmortal en la historia de los siglos. Pues bien, 
mañana, con la fe en Dios y la confianza que inspira nues- 
tra causa, ivol veremos á unir los eslabones rotos, y antes 
de un mes habremos trii^ifado en toda la línea. Sere- 
naos, señor general, y orad con fervor, como lo han ne- 
cho todos los grsfrides capitanes en circunstancias idén- 
ticas. • 

— i Pero, fray Miguel, si no tenemos ejército! ¿No ha 
visto usted la derrota á nuestro frente, á nuestro flanco, 
deshaciéndose nuestra infantería como el polvo que arras- 
tra el vendaval í^ 

— Mañana veremos, señor general, si^ tenemos ejército 
ó no. Pues qué, O'Higgins, Las-Heras, y los demás jefes 



I 



J 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 111 

del ejército, cada uno por su lado, no han de hacer es- 
fuerzos supremos por salvar del desastre, quién un bata- 
llan, quién una pieza de artillería; la caballería, por ejem- 
plo, que no se encontraba en el mismo campo, pues can- 
taba á retaguardia en el momento de la sorpicaa? A esta 
hora, estoy en lo cierto, viene alzamio á h. grupa de sus 
caballos los infantes dispersos, y mañana veréis, señor gene- 
ral, que, antes de tamínar el día, tendremos buenas nuevas. 
— Dios lo oiga, fray Miguel, contestó San Martín; y 
embozándose con su capa, n;iarchó silencioso al paso de su 
caballo, andador, al acaso, y en medio de las tinieblas, pues 
la noche estaba muy Qscura y amenazaba tempestad. 



XXV 

£1 General O'Higgins, después de deshecha su línea, sa- 
lía d^l campo en las mismas condiciones que el general 
en jefe, y aún peor, pues iba sufriendo de una herida de 
bala, que recibió en un brazo, al querer sostenerse en 
medio de sus soldados, que se batieron con furor en el 
primer momento. 

Sólo iá división de la derecha, mandada por el Coro- 
nel Las-Heras, que en esa noche memorable adquirió 
derechos á*Ja gratitud eterna de estamparte de América, 
no sufrió ningún contraste; al contrario, sirvió de punto 
de apoyo para que algunos cuerpos y dispersos que hu- 
yeron en la dirección en que se hallaba, se reorganizaran. 
La artillería chilena se salvó con esa división. 

Desde que se sintieron los primeros tiros al centro y 
á la derecha, *Las Heras ordenó formar, y en seguida, con 
su experiencia militar, se dio cuenta de lo que ocurrííf. En 
ese sentido dispuso lo conveniente, para no ser envuelto 
en la derrota, si ésta se producía, y salvar su división, y 
Igs restos de las otras, si era bastante feliz para salir he- 
cho de aquel campo desgraciado. 

En actitud de observación, reuniendo á cada momento 



112 



UNA HEROÍNA M£NDOCXNA 



ditiperaod y pequeñas columnas extraviadas, esperó hasta 
media noche, en que no recibió orden alguna ni más no- 
ticias que fas que los oficiales salidos en derrota podían 
trasmitirle, 'todos estaban de acuerdo tn que el desastre 
era completo, pues 'se había sentido el ruido de la dispa- 
rada de los caballos de la artíllería y animales de tiro y 
de carga del parque, que huian relinchando, heridos unos 
y espantados otros, en medio de las descargas de la in- 
• fantería y de aquella. confusión indecible. 

Resolvió, pues, el Coronel I|as-Heras ponerse en movi- 
miento; díó ordenes severas para \b1 cumplimiento de sus 
disposiciones, no admitiendo ni permitiendo observación 
alguna, y se puso á la cabeza de la columna, acoih-' 
- panado de un viejo paisano chileno, dueño de un^ pe- 
queña hacienda inmediata, que le sirvió*mucho en aquella 
ocasión, pues conocía aquella campaña como su propia casa. 

Resguardándose con un terreno áspero de cerrillada mar- 
chó hacia el camino de Santiago, tratando de salir lo 
más brevemente posible de aquella boca de lobo ey que 
estaba metido, para (fue el día lo encontrase al 'otro lado 
del río Liroay. { 

En la n6che, durante la marcha, Las-Heras recorrió 
la línea, animando á los jefes y diciéndoles que, viván- 
dose ellos, se salvaban el ejército y la causa ame*BÍcana. 

Al llegar á Camarico,' al día siguiente, bien de mañana, 
hizo un pequeño alto, para tomar razón del* número de 
fuerzas sacadas del campo. * 

Inmediatamente escribió sobre una hoja de papel arran- 
cada de su cartera, lo siguiente: 

«Señor General en Jefe: * 

« He retirado del campo mi división formada. Cuenta 

< con 3.000 infantes, 200 granaderos á caballo y Í2 pie- , 

< zas (fe artillería; sigo la* marcha hacia Lontué y es- 

< pero órdenes. j. ^ 

«Coronel Las-Heras. 

« Camarico, ^ de Marzo de 1818. » 



»* 



_ii^g| 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 113 

— ¡A ver!... un oficial de granaderos á caballo con 
dos ordenanzas, gritó- Las-Heras. 

Un ayudante partió y momentos después se presentaba 
acompañado de un alférez y dos soldados de caballería. 

— Señor oficial, le dijo Las-Heras al alférez, tome us- 
ted este billete, y, adelantándose, busque al general en 
jefe en la dirección que juzgue acertada y. que le indi- 
carán* tal vez algunos dispersos. Entregúelo usted en pro- 
pia mano, debiendo destruirlo en caso que fuese usted to- 
mado por el enemigo. 

El alférez hizo el saludo militar, tomó el billete, y dijo: 

— Está bien, mi coronel; será cumplida su orden. 
Montó á caballo y salió al galope seguido de dos or- 
denanzas. 

Volviéndose hacia su ayudante, preguntó entonces el 
coronel: 
—¿Quién es ese oficial? 

— Es el Alférez Florencio Villa -Mayor, de la 1.* com- 
pañía del l.^*^ regimiento de granaderos á caballo. 

— Está bien, dijo el coronel. 

XXVI 

El General San Martín había marchado toda la noche, 
y al amanecer hizo alto al pie de un montecillo, pre- 
guntando al guía: 

—¿Qué distancia habremos recorrido desde el lugar de 
donde partimos? 

El guía ó baqueano, que era un antiguo capataz de 
arrias, llevóse los dedos á la boca, dirigió su vista al ho- 
rizonte y, después de meditar un momento, contestó: 

—Habremos marchado unas doce leguas, mi general; 
estamos sobre el río Lontué. En esta dirección— y seña- 
laba al Norte — está Santiago. 

San Martín, dirigiéndose al comandante de su escolta, 
preguntó: 

—¿Cuántos hombres tenemos? 

8. 



* 



« • 

114 . UNA HEROÍNA MENDOCENA 

t 

— En este momento he tomado nota, señor genera], y 
resultan 120 hombres de caballería; los hay de diversos 
cuerpos, que, dispersos, se me han incorporado durante la 
noche; entre elfos hay dos sargentos, uno chileno y otro 
argentino. . « 

—Hágalos usted venir, dijo el general. 

En breve ae presentaron los do» sargentos. San Mar- 
tín, dirigiéndose al que por su semblanteTy movimientos 
nlás correctos demostraba ser de condici^ón superior á su 
compañero, le habló en estos términos: 

— :Diga usted: ¿á qué cue^rpo pertenece? • 

—Mi general, contestó el sargento cuadrándose: al del 
Coronel. Freyre; y me encíueutro aquí, porque, pronunciada 
la dispersión en la noche, huyeron lad caballadas de re- 
serva en su mayor parte, y fui destacado con 20 hom- 
bres á fín de ayudar á detenerlas; pero por la,ot)scurídad 
de la noche y lel ruido lejano qué producían las descargas, 
resonando en los cerros, y que hacían él efecto de una 
tronada, fué imposible detenerlas. Era ya media noche* pa- 
sada, é hicimos alto en 'la costa de un arroyo, * cuando 
notamos que una columna se aproximaba. Montamos á 
caballo y nos incorporamos á la escolCa- de V. E., reci- 
biendo orden del comandante para seguir. 

San Martín se quedó pensativo, y por algunos momen- * 
tos se paseó silencioso y cabizbajo. , 

Después levantó la cabeza, y llamando al comandante 
de la escolta, le dijo: 

—Despache usted cinco grupos de cinco hombres cada 
uno, mandados pot un oficial ó sargento, á fin de que 
desandando el camino que hemos recorrido, y separándose 
en diversas direcciones, guardando distancias, inquieran to- 
das las noticias referentes al ejército patriota y también 
al del enemigo; se me encontrará hoy, hasta mañana á 
las diez, en Quechereguas, adonde llegaré esta tarde. 
Esta dirección deberán darla las comisiones á todos los 
oficiales y soldados que encuentren. Recomiende usted acti- 
vidad y mucha prudencia, pues de su resultado depende 
en gran parte el porvenir de la campaña. 



«< . •■ 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 



115 



Esa tarde llegó San Afartín al paraje indicado, que era 
una hacienda importante, abandonada á la sazón. 

*Luego, bajo los álamos que fortnaban una larga ca^ 
lie hasta llegar á la población, que se encontraba sobre 
una loma, sé recostó, rendido de sueño y de fatiga, sobre . 
su capa, recomendando al sargento Pedro que se le de- 
jara dormir una hora. 

Transcurrido ese tiempo, el sargento Pedro Jo despertó, 
dicÍQndole á la vez: — Señor general, fray Miguel desea ha- 
blarle, pues ha llegado un oficial del señor Coronel Las- 
Heras. • 

Se incorporó rápidamente San Martin, y /nientras se 
ceñía el. sable, dijo en voz alta: — Que venga ese oficial; y 
miraba cxm ansiedad á*los grupos de oñciales y soldados, 
que, alejados por respeto, descansaban á su vez. 

Llegó jadeante fray Miguel, acompañado del alférez en-^ 
viado esa* mañana, desde Camarico, por «el Coronel Las- 
Heras. 
* El General San Martín en ese momento .aparecía como 
de costumbre, sereno y dominante. 

El oficial ^ quedó á algunos pasos de distancia, espe- 
rando la orden de aproximarse. Fray Miguel se adelantó 
entonces, y hablándole al oído, le dijo á San Martín: 
— L.a visión, señor general; tenemos buenas nuevas. 

— Adelapte, señor oficial, dijo San Martín, dirigiéndose al 
alférez. Este se acercó; haciendo el saludo de ordenanza, 
y entregó al general el billete del Coronel Las-Heras. 

Impuesto de él, volvióse San Martín al alférez; diciéndole 
con amabilidad: 

— Quiere decir q^é esta noche ó mañana, estará á la 
derecha del Lontué la división Las - Heras > mejor dicho su 
ejército, porque es uñ verdadero ejército el que trae. 

— Sí, señor general; hemos tenido esa fortuna. 

—Me parece, señor oficial, que ho es ésta la primera 
vez que viene usted en xíomisión á mi* cuartel general. 
^ —Es verdad, señor general; ya otra vez fui despachado 
con pliegos para.V. E., cuando nos hallábamos frente^ á 
Talcahuano. V. E. se encontraba en «Las Tablas»,. 






116 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

— ¡Y pabe usted que siempre es mensajero de buenas 
nuevas! Entonces me llevó usted *el parte del combate 
del «Gavilán», que fué un verdadero triunfo, y ahora rtie 
trae usted la noticia salvadora de que la mayor parte del 
ejército patriota ha salido formado de Candía Rayada, sin 
perder ni un cañón, ni los bagajes, ¿Qué puedo hacer 
por usted, señor oficial? 

— No deseo otra cosa que oír de los labios de V. E. 
que he cumplido con mi deber. 

El general tendió su mano al alférez, agregando:-— Nos 
volveremos á ver en momentos más serenos y felices para 
la patria. Ahora regresará usted á donde está su ilustre 
jefe, con un pliego que voy á escribir. 

Retiróse el alférez muy conmovido por las distinciones 
personales que había merecido del general, y éste, diri- 
giéndose entonces á fray Miguel,— que observaba con in- 
terés aquella escena, admirando los misterios de la Pro- 
videncia, al oir por tercera vez el timbre de aquella voz' 
que anunciaba siempre una buena nueva,— le dijo, pasán- 
dole el billete recibido de Las-Heras: 

—Razón tenía usted, padre, cuando anoche aseguraba 
que hoy luciría un día distinto del de ayer para nosotros. 
Alabado sea Dios en sus inescrutables designios. ¡Todo el 
ejército en salvo! Porque, después de todo, ¿qué importa 
el material,, los bagajes, algunas piezas? Se ha perdido, 
es verdad, la artillería argentina, pero conservamos la 
chilena. 

En los depósitos de Santiago encontraremos nueva- 
mente lo que hemos perdido: los hombres dispersos bus- 
carán sus banderas; la caballería recorrerá la campaña, 
cubrirá nuestra retaguardia, y en pocos días estaremos 
prontos otra vez para dar una batalla decisiva; y le ase^ 
guro, fray Miguel, que el triunfo será de las armas de la 
patria. 

Cuando volvamos á encontrarnos frente al ejército es- 
pañol, verá usted con qué ardor y decisión nos batimos; 
oirá á nuestros soldadof gritar: vencer ó morir! no haya 
cuartel! Nos Tiejaremos de grandes maniobras y nos. iré- 



UNA HEROÍNA MENDOClNA * 117 

mos á fondo, porque confiados los españoles en su re- 
ciente victoria, han de seguir con tesón nuestra huella 
y se nos han de ven^ encima sin miramientos, supo- 
niéndonos completamente desmoralizados. 

— Me complace veros, señor general, en esa disposición 
de ánimo; porque este billete del señor Coronel Las^He- 
ra^ anuncia una victoria. El solo hecho «de salvar nuestras 
fuerzas de un contraste que pudo ser total, d'emuestra^en 

, absoluto* que el ejército patriota no podrá ser destruido, 
cualesquiera que se^n las contrariedades que tenga que 
afrontar. No ha perecido en Cancha Rayada, no perece 
más. 

San Martín agregó: — Está escrito, padre, que la buena 
causa ha de triunfar; |isí le escribo á Las-Heras, para 
quien solicito hoy el grado de general, que nadie ganó 

• y obtuvo jamás con mayor justicia. 



XXVII 

• 

Esa misma tarde salió el alférez en demanda del Co- 
ronel Las-Heras, á quien encontró á la mañana siguiente^ 
sobre la margen derecha del río Lontué, en momentos 
en que hacía extender su división en un hermoso valle, 
para que recuperara las fuerzas perdidas en las marcha?, 
se alimentara con el ganado que la caballería le había 
proporcionado, y al mismo tiempo reparar su material, pues 
al otro día, á más tardar, debía emprender de nuevo la 
marcha, con arreglo á las órdenes recibidas del general 
en jefe. 

Según éstas, debía despachar comisiones, haciendo saber 
al General Balcarce, y en defecto de éste á los jefes de 
caballería. Coroneles Freyre, Zapiola, Necochea ú otros, 
que debían sostenerse á la vista del enemigo, hostilizarlo 
en su marcha, quitarle todos los recursos, y aprovechar 
*la ocasión de batir á su caballería: que el general en jefe 
se encontraba en Quechereguas y que seguiría su marcha 



118 • UNA» HEROÍNA MEJNDOCINA 

hacia Ranca¿ua, reofganizando ek ejército en las marchas; 
que en Santíago se repondría el parque en pocos días, de 
modo que tan luego como el ejérdto español se aproxi* 
mase á aqbella ciudad, el ejército patriota estaría ya en 
condiciones de darle una* batalla decisiva. 

En efecto, Las-Heras despachó varias comisiones con 
las instrucciones referidas para los jefes de caballería, quie- 
nes, por su \)arte, se habían ya anticipado á ellas, orga- 
nizándola y batiendo la campaña, á la viste de fas fuer- 
zas realistas. 



XXVIII . . * 

• 

El ejército español, verdaderamente sorprendido de su 
sin igual fortuna, q\^e había obtenido una señalada vic- 
toria sin batalla, pues una sorpresa fué el combate de 
caballería librado en la tarde del día 19, y una sorpresa 
también, aunque más seria, había sido la de la noche del 
mismo, no volvía de t«u asombro, al día siguiente, cuando 
se aseguró de que el ejército patriota había desaparecido 
V vio los destrozos hechos en la artillería y en el parque. 

Los cañones argentinos estaban allí: volcados unos, 
clavados otros, lo mismo que los bagajes, las municiones 
y gran número de caballos»y de muías- dispersos. 

Ün resultado de tal importancia causó inmenso albo- 
roto y regocijo en el campo español. El General Oso- 
rio despachó un correo tras otro á Talcahuano, anun- 
ciando su victoria sobre el ejército patriota, y ordenó que . 
el* buque más velero llevase la fausta nu'eva á Lima, al # 
virrey Pezuela; anticipando también la seguridad de que 
en diez días estaría en Santiago y antes de un mes en 
Mendoza. # 

■ 

Pedía asimismo autorización para llevar la guerra á 
territorio argentino. ^ .. * . 

Las salvas de artillería, la música de los regimientos y 
un grande clamoreo de vítores, atronaron* por algunas - 



• 



» 



t 



•UNA HEROÍNA MENDOCINA 



119 



horae' á los pacíficos vecinos de Talca. Los patríptas 

chilenos oían con grande enojo, encerradas en sus casas, 

'aquellos 'gritos repetidos de** vi va el rey», y «rpueran los 

• insurgentes». 

El Coronel Ordóñez era él héroe: todas las voces de 
entusiasmo se dirigían al vencedor de CancJiQ, Rayada, 

El General Osorio pa^scía que estuviera de más; se 
prescindía de él, y hasta se g)ensó en deponerlo,* ,á fin de 
que ,0rd6ñez toiliara el mando del ejército, pero prevale- 
cieron la disciplina y el respeto á las ój^enes é instruccio- 
nes del virrey. Sin embargo, desde aquel día las opcra- 
^ clones fueron dirigidas por Ordóñez. 

Dos días perdieron loa españoles en Talca y sus inme- 
diaciones; los cfiíe fueron suficientes para que el ejército 
patriota se salvara y reorganizara, pasando á la derecha 
del río Lontué. ^ • 

El 22 marchó resueltamente el ejército esppñol sobre 
las huellas de Las-Heras; pero á cuatro leguas de dis- 
tancia ya se encontró conuníi división de •caballería, 
mandada por el Coronel Freyre, quien solicitó del General 
Balcarce el puerto* de honor en esta retirada* que ilus^tró 
c^n combates dífenos de los mejores tiempos, y que devol- 
vieron á la paballería argentino- chilena su antigua con- 
fianza. • 

El ejército español, que salía completamente *confiado 
de Talca, creyendo que no encontraría insurgentes hasta 
llegar á* Santiago, se sorprendió mucho ciando vio las co- 
lumnas'de paballería patriota que á su frente y á sus flan- 
cos batían .la campaña, arreando los ganados y dificultando 
la marcha por todos los medios á«u alcance: ya ocupa- 
ban el paso de un río, emboscándose, como daban una 
carga siempre que la caballería enemiga se ponía á tiro. 

• Los españoles, pues, avanzaban penosaqiiente, porque á 
la caballería patriota regular ú organizada se le habían 
reunido todos los hombres de campo, que, al tener noticia 
de la derrota del ejército libertador, abandonaron sus fae- 
nas campestres y concurrieron sin más arpias que sus 
]{^os y largos arreadores ó látigos, á combatir al ehemigo 



• I 



) ÜÍJA HEROÍNA MEMDOCIMA ' 

dn. Ko podían los españoles desprender ninguna <fo- 
na de caballería, ein que en el acto fuese arrollada 
los patriotas. 

sí las cosas, el General Las-Heras, por su parte, des- 
i que paeó el río Lontué, no apuraba sus marchas: 
lía poco A poco organizando su ejército j recibiendo 
incorporaciones lie los dispersos de Cancha Rayada, 
. vez que observaba la marcha del ejército español, 
)s detalles conocía, porque el jefe déla caballería pa- 
a le informab». diariamente. 

I Coronel Ordóñez, que mandaba la vanguardia del 
:ito de Osorio, se quedó muy admirado cuando, al lie- ■ 
al río Lontué, supo que el General Las-Heras se 
aba lentamente con un ejército de las'tres a^mas, y en 
,ud de dar media vuelta y derrotarlo si no marchaba 
prudencia; fué una verdadera decepción para el ejéi^ 
español, que creía, y así lo había comunicado á Lima, 
el ejército patriota había encontrado au tumba en 
cha Rayada. 

^(uían, pues, los espaíloles con mucha prudencia las 
las de L^s-Heras, hostilizados tenazmente por la ca- 
ería patriota. ' . 



Q Santiago todo fué actividad en la administración 
:ar tan luego como se conoció el contraste ; y pasa- 
Ios primeros momentos de sorpresa, pues se contaba 
una victoria decisiva en lugar de un desastre, se pro- 
ron algunos tumultos sin importancia, los que cesa- 
con la presencia del Director 0'HÍ^Íns, que llegó el ■ 
la capital, esto es, cinco días después de Cancfia Ra- 
ya MartícT se presentó también al día siguiente, tan 
no ya y tranquilo cuanto podía estarlo en aquellas 
instancias, porque la responsabilidad que pesaba sobre 



UNA HEROf:^ MENDOCINA 121 

« 

él era inmensa. Cartcha Rayada arrojaba sobre él, en su 
carácter deigeneral en jefe, sombras que era necesario 
disipar, y esto sólo se podía lograr con una victoria, inme- 
diata y completa. 

Sus deficientes explicaciones en público y en privado, 
no satisficieron á nadie en Santiago, como no hubiersm 
satisfecho en Buenos Aireg; porque cuando se produce 
un desastre que afecta, á un pueblo en sus más caros 
intereses, se buscan las causas y no se tiene en cuenta 
para nada la suerte variable de las armas, disculpa muy 
gastada á fuerza de usarse. • 

• 

* * * 

• 

Esto mismo le sucedió á Napoleón cuando trató' de ex- 
plicar, por su célebre Boletín 29, el desastre d^ la retirada 
de Rusia y la pérdida del ejército francés en los hielos. 
Nada podía justificarlo de haber pasado el Niemen, ni mu- 
cho menos de Wilna,' capital de la Lituania, una vez que 
el ejército ruso se retiraba! Sólo Puitaiva, la tumba de Car- 
los. XU, lo esperaba más allá. 

Nada justificaba á * San Martín, después de la derrota 
de su caballería en la tarde, de haber ido á formar su 
ejército allí mismo, sobre el español, por la noche; y para 
colmo de error es, hacer maniobras en un campo estrecho 
.y á la vista de un enemigo ensoberbecido por su triunfo * 
de ese día. 



* * * 



El cuartel general de reconcentración fué situado á uña 
l^ua de Santiago, en una llanura espléndida, donde po- 
dían entrar y acampar todas las tropas del ejército pa- 
triota. 

El verdadero ejército era el que traía el General Las- 
Heras, que se componía ya de cerca de 4.0X1 hombres 
de las tres armas, al aproximarse al cuartel general ; pues 



122 



UNA HEROÍNA* MEmX)CINA 



lo que existía antes de su llegada, sófo eran débiles restos 
que no podían considerarse ni siquiera una división. 

Comprendiéndolo así, el General Saií Martín recibió á 
Las-Herae y sus tropas cctn lo/ más grandes honores: 
no podía ser de otra manera. Debido al gran carácter 
dft este guerrero, pudo salvarse de un completo desastre, 
el ejército que debía dar á la causa nacional el triunfo 
decisivo en las llanuras de Maypá. 



XXX 






• • 



Cuando se tuvo noticia en Santiago y en Rancagua de 
la llegada del ejército patriota, se puso en movimiento la 
población, marchando como en romería á saludar á los 
solda*dos de la patria: en carruaje, á caballo, á .pie, con- 
currían las gentes como én días de gran fiesta, pregun- 
tando por el amigo, por el hermano; las señoras poi* sus 
esposos, por sus hijos, produciéndose con este motivo es- 
cenas emocionantes de patriotismo y de cariíjo. 

Entre las familias que llegaron ^\ cuartel general «se 
encontraba la de Vélez-Suárez. La señora solicitó ver á su 
hijo Armando,^ oficial en el regimiento número 1 de gra- 
naderos á caballo. * • 

Se le dijo que ese regimiento no había aún entrado al 
*campo, pueá se encontraba frente al enemigo, que avanzaba 
sobre Maypú; pidió entonces ver al Gefteral Las-Heras 
• con el objeto de saber con seguridad si Armando se ha- 
bía restablecido de su herida,^ pues aunque al moverse 
el ejércitA dé Talcahuano había escrito á su familia, la 
seftora Vélez-Suárez deseaba oir del mismo general^ lo 
que hubiera dé cierto. ^ . . * 

Recibidas aquella dama y su hija con la 'atención de- 
bida, Las-Heras les hizo safeer que el Alférez Vélez-Suá- 
rez se encontraba perfectamente bien, y agregó qué había 
cumplido correctamente con su deber en toda la campaña. 
La señora, emocionada, no pudo contener sus lágrimas. 



UNA HGBOÍNA MENOOCINA 



123 



m 

Una vez repuesta, agradeció al» general su deferencia,, y, 
pidiendo disculpa^ solicita/ informes también de los ofi- 
ciales argentinos Villa- Mayor. 
— Hace dos días tuve ocasión, contestó el general, de 

, estrechar la mano al valiente Capitán Villa- Mayor, que 
me alcanzó en la «marcha con su compañía, que custo- 
diaba los prisioneros españoles tomados en la retirada por 
la caballería, y saludé entonces á 1<» demás oficiales, in- 

• cluso su hermano el , alférez, á quien felicité cordialmente, 
porque un despacha del general •en jefe me comunicaba- 
que había sido promovido al grado de teniente por ser- 
vicios notables prestados en esta campaña. Así es, señoras, 
que todas las personas que inspiran á ustedes interés, se 
encuentran bien y han combatido con valor y con buena 
fortuna. Es un regimiento predestinado, añadió el general, 
el 1.^ de granaderos á caballo :#el primero en la vanguar* 
dia y el último en la retirada. La primera compañía, 
que manda el Capitán Villa- Mayor, no ha sufrido ningún' 

■ contraste en esta campaña: fué la única que se desmontó 
y se mantuvo á pie firme, en medio de la derrota de la 
larfle del 19, en Cancha Rayada, teniendo la fortuna de 
tomar una compañía de lanceros, desde el capitán hasta el 
último soldado; razón pof la cual ya he propuesto un as- 
censo para el capitán, oficiales y clases de esa compañía, 

• como distinción merecida y compensación .justa á su es- 
forzado valor. 

La señora y la señorita de Véle^i-Suárez'se retiraron agra- 
decidas, comunicando á Guillermo Vélet-Suárez, ^fitial 
empleado en la administración de Santi|igo, que las ha- < 
•bía acompañado al cuartel general de San Martín, la no- 
ticia 'de que Áriíando y sus amigo-j los Villa -Mayor se 
hallaban perfectamente bien, así com^ el honroso con- 
cepto en que los tenía el General Las-Heras. 
• Aquella distinguida familia se retiró satisfecha, á pesar 
de no haber visto á su deudo y á los amigos por Quienes 
pnef eren temen te se interesaban. 

Armando, tan luego como se halló restablecido de su 
herida, escribió á ^su querida madre circunstanciada-. 






1?4 UNA HEROfSA 

<Dte, narrándole los cohibatee en que tonto parte, los 
talles de la lucha, el ^sfuerao supreqio que >hubo que 
cer para rechazar el ataque al cRmpaineDto de Las- 
;raa en el ■(íavilán-; la herida que recibió en la carga; 
1 cuidados del sargento Godoy durante el repliegue; . 
I atenciones de sus superiores; su estrecha amistad con 

compañero el Alférez Villa-Mayor, á quien concep- 
iba su mejor amig<í y auxiliar iflía asiduo en momen- 
I de prueba; en fin, nada omitió decir á su madre; • 
.smitiale también los finos recuerdos ''de sua amigos V¡- 

- Mayor, muy principalmente los del capitán para su 
erida hermana, y agregaba; *He notado que desde nues- 
, partida de Rancagua, mi capitán permanece casi ei- 
icioBO, no toma parte en ninguna de las conversaciones 
ígres de loa oficiales; contraído esencialmente á las obli- 
ciones del servicio, pareoe más rígido en la observancia 

la disciplina; y en el combate del «Gavilán», aQadía, . 
ne6 su compañía y ordené la carga con una voz dura, 
e nunca le había oído, mirándonos con el ceQo frun- 
lo, y como si quisiera decir: ¿qué me importa la vida? 
'Cuando volvimos del combate, le noté otra vez su 
e taciturno, por lo que creo que el Capitáp Viila-Ma- 
r tiene algún sufrimiento moral que le impide ser ex- 
nsivo como antes: es ésta una suposición nada más, 
es no le he merecido confidencia alguna; por lo demás, 
mpre es atento y cortés.' 

La señorita VÉlez-Suárez, al leer la carta de su her- 
iBO, creyó comprender la tristeza del capitán, y en la 
■la con que coptestó ia señora á su hijo, escribió Mar- 
rita algunas líneas cariñosas, en la seguridad de que 
ían trasmitidas. Decía: «Nuestros buenos amigos los 
lia- Mayor, que ge conserven para la patria y para las 
rsonas que tanto se interesan por ellos; que ya se sabe 
ai que, en el combate frente á Talcahuano, Gerardo 

prodigó demasiado, y eso no está bien; que ea muy 
ito cumplir valerosamente con su deber, pero no se 
itifica el ir más allá.' , 
Estas palabras, que fueron leídas á los dos hermanos 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 125 

por Andando, llenaron de satisfaccióa al capitán, quiera es^ 
trecho las manos del joven que tan feliz lo hacía trasmitién- 
dole conceptos que hubiera querido grabar en su corazón. 
Desde aquel día ya se le vio gonreir: la esperanza de 
ser amado por jVIargarita, comunicaba á su alma y á su 
espíritu la alegría y el encanto necesarios á la vida. 



XXXI 

■ ■ 

El ejército español activaba su marcha sobre Santiago; 
la campaña iba pronto á decidirse por una batalla. No 
había término medio: ó la causa de la Independencia se 
afianzaba para siempre en Chile, ó el ejército español, do- 
minando deñuitivamente aquellas regiones, á su vez in- 
vadía el territorio argentino por los Andes, imitando á San 
Martín, y se daba la mano con los que invadieran por 
Salta, haciendo insostenible la posición de los patriotas 
en Tucumán, que tendrían que replegarse de prisa sobre 
Córdoba, á fin de no ser cortados. Si los españoles vencían 
al ejército patriota de los Andes, la situación para la 
causa nacional se tornaba sumamente difícil, porq'ue la 
guerra civil asomaba su informe cabeza, y en estas condi- 
ciones casi les sería imposible á las Provincias argenti- 
nas levantar nuevos ejércitos para detener á los españoles, 
que habían «ido reforzados con tropas veteranas. 

La caballería argentino- chilena venía hostilizando y 
combatiendo en su marcha al ejército español, y comu- 
nicaba al cuartel general los movimientos del enemigo. 

Cuando el ejército realista avanzó en su marcha sobre 
Santiago, pasando el río Maypú, resuelto á buscar al ejér- 
cito patriota, el General San Martín movió sus divisiones, 
con el objeto de tomar posiciones en el terreno que ha- 
bía elegido para dar la batalla, pues esperaba que el Ge- 
neral «Osorio se la ofrecería sin titubear, tanto más cuanto 
* que el Coronel Ordóñez, orgulloso y confiado por su triunfo 
de Cancha Eiyada, aseguraba la victoria una vez más. 



i '^m 






126 UNA HEROÍNA MENDOGINA 






XXXII 

La h^ienda de Espqjo ó la llanura de Maypú era el 
lugar apropiado par'a la v lucha. El general español, que 
creyó poder aprovechar bien aquel campo de batalla, tomó 
las posiciones que consideró más ventajosas. 

Por su partee, el General San Martín, creyó que Je con- 
venía iniciar lli batalla, y ocupó las alturas del Norte que 
dominan el campo, colocando á su ejército en este orden: 

A la derecha el Coronel Las-Heras, 4 Ift izquierda el 
Coronel don Rudecind<f. Al varado y al centro el Coronel 
don ililarión de la Quintana; en todo 4.000 infantes y 
artilleros y 3.000 jinetes, con 20 piezas de artillería. 

Las tropas españolas se componían de un n amero casi 
igual á las argentinas y chilenas, siendo superiores en in- 
fantería é inferiores en caballería. 

Su derecha estaba Biandada por los Coroneles Ordó- 
fíez y Moola, y la izquierda por el Coronel Primo de Ri- 
vera, dominando las alturas con la artillería y el llano coh 
la caballería. * ' • * 

f^ormados en ese orden los dos ejércitos, las columnas 
patriotas de la izquierda Inician con empuje la batalla, 
pero los españoles chocan con ellas bravamente, y hacién- 
dolas retroceder, las obliga á pronunciarse end*etirada. Au- ' 
xiliadas entonces por el centroi pudieron felizmente man- 
tenerse firmes. * 

Ordena luego San Martín que* la caballería al mando 
del Coronel Freyre se lance á rienda suelta sobre la ca- ' 
ballería española que protegía las columnas de Ordófiez 
y Moría; así lo efectúa aquélla con un valor que supera 
todas las esperanzas, destrozándola completamente y ahu- 
yentándola del campo de batalla. 

En esta situación, viéndose sin apoyo, las columbas es- 
pañolas pierden terreno á su vez. 

La derecha argentina, mandada por Las-Heras, lanza 



UNA HEROÍNA MENDOCINA * 127 

t 

los granaderos 4 caballo sobre la artillería y U infantería 
de Primo de Rivera. Los granaderos, con sus largos sa- 
bles, llegan hasta las piezas y matan á los artilleros; aco- 
metidos á su vez por la caballería realista, se repliegan, 
pero vuelven á formar sus columnas para volver á cargar, 
haciéndolo con más vigor qué antes, pues lá caballería 
española de primo de Rivera se pronuncia en derrota. 

El regimiento oúníicro 1 de granaderos iba á la ca- ' 
beza en la carga, frente á los famosos lancero^ del «Rey, 
que venían en protección de la caballería derrotada. 

Vestían los lanceros lujosamente: casitbas cié paño grana 
con alamares de seda y oro. * 

Eran soldados muy valientelí, que se habían distinguido 
en las guerras: de España y Portugal. Los mandaba á 
lá sazón un oñcial de mérito, el Coronel JÍTorgado. 

Los lanceros españoles, á la voz de su coronel, se ha- 
bían lanzado á la carga, cuaado el regimiento número 1 
<^e granaderos, mandado por el Coronel Zapiola, se diri- 
gió hacia ellos resueltamen^. 

La primera compañía del \)rimer escuadrón, mandada 
por su Capitán Gerardo Villa- Mayor, acometió á los laa- 
ceros á todo el correr de sus caballos, y en formación 
perfecta. • 

Formaban la cabeza de fila el Teniente Villa- Mayor y 
*el sargento Godby, que reemplazaba al sargento Galván, 
muerto gloriosamente, comg sé* sabe. 

Con la mayor valentía llegaron los patriotas y espa- 
üoles á cruzar sus lanzas y sus «sables; pero éstos, como 
hemos dicho en otro lugar, eran malísimos, jinetes, y 
como iban montados en caballos que no se encontra- 
ban adiestrados »1 uso europeo, tenían mucha dificultad 
para dirigirlos una vez alterada la formación; así es que 
el jinete americano llevaba grandes ventajas "sobre ellos 
por su dirección y movilidad. 

En esta situación, el sable de los granaderos tenía que 
dominar á la lanza, y la derrota de los lanceros no sé 
hizo esperar. Rotg la línea de formación de lo» españo- 
les, éstos sólo atinaron á huir.* • 






r 



128 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

Pronunoiada la derrota, el campo presentaba un. aspecto 
extraño y curiosísimo: los lanceros huyendo en todas di-, 
recciones, inclinados excesivamente sobre sus caballos, pa- 
recían querer aumentar la velocidad con ese movimiento 
irregular de los brazos y de las piernas con que el* jinete 
perseguido de cerca ^igue su carrera; la figura de los 
granaderos con sus altos morriones y su sable levan tadp 
corriendo en su persecución y siguiendo todos los movi- 
mientos nerviosos y desiguales que describían los jinetes 
derrotados, completaban el cuadro. 

Entre éstos se encontraba un ofícial, cuyas presillas in- 
dicaban ser un sargento mayor: era un hombre de esta- 
tura elevada, muy blanco y de luenga, barba n^ra; llevaba 
la cabeza descubierta: sin duda en la pelea un golpe de 
sable le había hecho caer el chacó. Se retiraba lo más 
lentamente posible, haciendo frente y alentando á los sol- 
dados que huían para que se detuvieran: en esta situa- 
ción fué alcanzado por el sargento Godoy, que rápida- 
mente cayó sobre él, gritándole: 

— Comandante, ríndase. 

El español, de frente, espoleó á su caballo y descargó 
un sablazo sobre el sargento, que, parándolo, contestó con 
una estocada tremenda. Debido al empuje, perdió los es- 
tribos el mayor y se abrazó del pescuezo del caballo para 
no caer; entonces el sargento se le fué encima y lo des- 
armó, diciéndole: — Es usted mi prisionero. El oficial quiso 
incorporarse^ pero ya era tarde. 

En este momento tocó el clarín del regimiento aten- 
ción y alto; se suspendió la persecución y los soldados 
volvieron á sus respectivas filas. 

Algunas bajas contaba el regimiento; la primera com- 
pañía había sufrido poco, y los oficiales y granaderos se 
mostraban satisfechos con su victoria. 

El sargento Godoy se presentó con su prisionero herido, 
diciéndole al Teniente Florencio Villa -Mayor: 
•^ — Aquí tiene, mi teniente, un godo que nos ha dado 
que hacer: se retiraba con la misma seguridad con que 
hubiera salido de un baile; me quemaba la sangre verlo 



> :v 



UNA HEROÍNA MtNDOCINA "^ 129 

t«n fantástico H), y fué cuestión de amor propio para 
mí, el rendirlo solo con mi sable. El mozo está nial herido, 
y no me ha dirigido la palabra después que lo desarmé. 

— Eátá bien, . sargento, contesto el teniente; pero lo que 
corresponde ahora es que lo lleve usted mismo á aque- 
llos carros que se encuentran en el bajo, y lo entregue 
al cirujano de servicio para que lo atienda; y dirigién- 
dose al oficial español, le preguntó,— llevándose la mano 
al morrión: 

—Señor oficial, ¿cómo es su gracia de usted? 

El español, alzando la cabeza, dijo con cierta arrogan- 
cia castellana: 

—Soy León de Herranz, Mayor del regimiento de lan- 
ceros reales. 

El Teniente Villa- Mayor volvió á saludar, y después 
de un momento de meditación, contestó: 

— Voy á solicitar permiso de mi capitán para acompa- 
ñar á usted per&onalmente hasta el hospital de sangre, 
porque deseo sea usted atendido inmediatamente; he co- 
nocido en Mendoza á un pariente suyo, el señor don Fran- 
cisco de Herranz, amigo de mí padre, y quiero rendirle 
este servicio en su nombré; y volviéndose hacia donde 
se encontraba el Capitán Villa- Mayor, solicitó la venia, 
que le fué concedida después de una breve explicación. 

El teniente y un granadero se colocaron á los costados 
del oficial herido, emprendiendo la marcha al paso, por- 
que el mayor había perdido mucha sangre y podía desva- 
necerse. 

Así llegaron á la ambulancia^ que en aquella época se 
componía de carros ó carretas. 

El teniente y el granadero se desmontaron, y tomando 
con todo cuidado al oficial español herido, que se encon- 
traba casi imposibilitado de valerse él mismo á causa de 
su extrema debilidad, lo bajaron del caballo y lo deposi- 
taron en tierra. En el mismo instante apareció un ciru- 



(1) Voz muy usual, entre nuestros hombres de campaña, cuando quie- 
ren referirse á la altivez. 

9. 



130 •"• U5A HEROÍNA MEKDOCINA 

ianOy grueso y coloradote, con insignias de major^ que 
les dijo con acento francés muy pronunciado: 

—Esperen ustedes á que traigan una camilla para este 
señor que parece está tocado de veras; y al mismo tiempo 
que decía esto, desabrochaba la casaca del oficial. — 

¡Ah! sí, . . . una estocada en el pecho; y después de 

un rápido examen, agregó:— Bueno, bueno tenemos 

para • un mes de hospital Mucha sangre pérdida y 

nada más. ' • 

El Teniente Villa- Mayor recomendó muy especialniente 
al cirujano aquel herido, por quien, dijo, se interesaba 
él y también el capitán de su compañía; añadiendo que 
le quedarían muy agradecidos por las atenciones que le 
prodigase. 

El físico aseguró que pronto se restablecería; que iba á 
hacerle la primera cura y á enviarlo luego á Santiago 
'con otros heridos que se encontraban en su caso, y que 
lo reoomendaría á su vez á un amigo suyo y compatriota, 
cirujano mayor del hospital, para que lo atendiese con 
preferencia. 

El teniente, reconocido, saludó al cirujano, apretó la 
mano al herido que había caído en un desmayo, montó 
á caballo y partió casi á escape en busca de su regi- 
miento. 

La batalla continuaba con encarnizamiento, y la prin- 
cipal columna española de ataque, que mandaban los Co- 
roneles Ordóñez y Moría, comprometida en el llano, que- 
'brantada por los esfuerzos de Alvarado, de la reserva 
de la caballería y de la artillería que se íiallaba en la 
cumbre, había empezado su movimiento de retirada, que 
cada vez se volvía más inquietante, pues á medida que 
perdía terreno, aquella infantería veterana sufría en su 
moral, y la confusión empezaba á producirse. 

Las-Heras, que esperaba el momento oportuno para 
obrar enérgicamente, formó el número 11 sobre una línea 
doble desplegada, y á los costados, como apoyo, colocó co- 
lumnas sucesivas, llevando á retaguardia, en el claro de 
aquel cuadro de ataque, los granaderos á caballo, prontos 



T-BTiTrTtMaf 



UNA HEROÍNA MENDOCINA Í31 

á cargar. De esa manera imponente empezó á subir lús co- 
Unasi, haciendo retroceder al Coronel Primo de Rivera, 
que hasta entonces se había mantenido firme, y amena- 
zando la retirada dé Ordóñez y de Moría, que venían vi- 
gorosamente perseguidos. En tal situación, estas columnas 
españolas empezaron á desordenarse; en vano sus jefes 
hacían esfuerzos supré&ios ^or contenerlas: todo fué inú- 
til. Ja derrota se había pronunciado, y sólo restos infor- 
mes seguían á la columna de Primo de Rivera, que, re- 
gularmente organizada, se esforzaba por llegar á ampa- 
rarse de las tapias de la hacienda dé Espejo. 

La artillería y la caballería patriotas concurrían á la per- 
secución, que se activaba porque era necesario terminar 
antes de la noche. 

A cada momento se aumentaba el número de prisione- 
ros, con la artillería y bagajes del enemigo; pero los es- 
pañoles apresuraban su marcha para llegar lo más pronto 
posible. 

Inmediatamente de llegar, tuvieron encima al cuerpo 
de La&iHeras, que tomó á la bayoneta aquellas posicio- 
nes de la hacienda de Espejo, último refugio del ejército 
español de Osorio en Chile. 

Allí entregaron sus espadas los jefes principales: Or- 
dóñez, Moría, Primo de Rivera, Morgado, y toda la ofi- 
cialidad superior é inferior, quedando prisioneros del Ge- 
neral Las-Heras. 

Sólo el General Osorio pudo escapar, por una confu- 
sión que hicieron de su persona, los encargados de perse- 
guirlo, y debido también á que desde el momento que se 
inició la derrota huyó del campo, buscaiido su salvación 
en la fuga. 

El ejército español dejó prisionero, ó fuera de combate, 
todo su efectivo en la llanura de Maypú, ó en la hacienda 
de Espejo, lugar en donde se complementó la victoria. 
Su armamento, sus bagajes, y los del ejército patriota to- 
mados en Cancha Rayada; el parque, la artillería, la te- 
sorería, y, en resumen, cuanto poseían, quedó en poder de 
los vencedores. 



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UNA HEROÍNA MENDO^NA 133 

en condiciones de enviar elementos de*grande importancia 
á Chile para vencer ó rechazar al ejército argentino, que 
había vencido, por una hábil mamobra y por sorpresa en 
Chacabuco; pero el valor de los patriotas, la sabiduría 
de su general y la decisión del pueblo chileno, hicieron 
infructuosos los sacrificios de los español es» para recon- 
quistar y dominar á Chile. Maypú .es la diadema que 
adornó la frente de la Libertad en aquel día glorioso, 
y qfle le proporcionó el alto honor ^de pasear triunfante 
BU bandera desde el Plata hasta el Ecuador. 



XXXIII 

m 

Al día siguiente de la batalla, el Teniente Florencio 
Villa- Mayor pidió permiso para ir hasta Santiago, el 
que le fué (Sucedido. Su objeto era visitar al Mayor de 
lanceros León de Herranz, que se asistía en el hospital 
de sangre. 

Lo encontró muy animado, y después de las atenciones 
primeras, le manifestó el español algún temor por su suerte 
futura, pues no sabía á dónde lo destinaría el gobierno. 

El Teniente Villa- Mayor trató de desvanecer los temo- 
res del prisionero y le contestó: 

—No pítdría informar á usted con seguridad sobre esto, 
pero debe usted «estar tranquilo; tal *^ez dentro de pocos 
días podré comunicar á usted algo que lo tranquilice 
completamente. 

Volvió á recomendar su protegido al cirujano mayor, 
que confirmó la opinión de su colega de la ambulancia, 
diciendo que la heridíT, aunque seria, no era mortal, pues 
no había interesado ningún órgano importante; que la 
fuerte constitución del herido era un auxiliar eficaz, y que 
creía que, pasado un mes, se obtendría su restablecimiento. 

Despidióse el teniente muy preocupado con el pensa- 
miento de ser útil al mayor León de Herraiiz, sobring de 
sus protectores en Mendoza. 



\ 



134' UN4 HEROÍNA MENDOCINA 

Llegado al campamento, som'etió á la consideración de 
su hermano el capitán, uñar ¡dea que le había ocurt*ido. 
Consistía ésta en solicite» un pase del Director O'Higgins; 
6 del general en jefe, para el Mayor de Herranz, á íin de 
que Juego que se encontrase restablecido, pudiera trasla- 
darse á Mendoza á casa de sus parientes, en calidad de 
internado, como se hacía con los prisioneros de nota.' 

El capitán manifestó que tal vez hubiese inconvenien- 
tes, porque la campaña* ¡l¿ á continuar en breve éh el 
Perú, según el juicio que había formado de los asuntos 
próximos á desarrollarse. 

El teniente, insistiencío, pidió á su hermano que le obtu- 
viese la venia jerárquica para poder hablar con el general 
en jefe, pues estaba seguro de obtener lo que deseaba. El 
capitán le prometió solicitar la* venia requerida.* * 

Al día siguiente el Teniente Villa -Mayor pudo presen- 
taree al General San Martín en Santiago, del que mere- 
ció cordial recibimiento, obteniendo el pase •solicitado á 
favor del Sargento Mayor León de Herranz, para que 
bajo su palabra ee trasladase á Mendoza, donde debería 
permanecer hasta nueva resolución del gobierno. . 

Agregó el general una carta para el gobernador de 
aquella provincia, recomendando benévolamente al pri- 
sionero. 

El teniente agradeció al general aquel servicio en los 
términos más apropiados; contestándole éste. qje desearía 
siempre tener ocasión de verlo, pues no «olvidaba que su 
presencia en el cuartel general era precursora de una 
buena nueva. Se inclinó el oficial; San Martín le tendió 
la mano y lo acompañó hasta la puerta de la sala en que 
se encontraban, despidiéndose luego. 

Completamo^ite satisfecho volvió'Hl campameato el Te- 
niente Villa -Mayor, y le dijo á su hermano: 

—Habieron el general, y aquí están* el pase y una 
carta para el gobernador á favor de nuestro protegido: 
ahora te pediría escribieras á don Francisco, haciéndole 
saber que síí sobrino está prisionero y herido, perfecta- 
mente atendido y en vía de restablecimiento; que has ob- 



-v'^^ 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 135 

tenido autorización sux^erior para que pueda trasladarse 
á Mendoza, y que, por tanto, debe esperarlo para media- 
dos de Mayo, si pñva entonces está en condiciones de 
hacer el viaje; que tienes un verdadero placer en prestar 
este servi.cio á su familia, en recuerdo de^ las atenciones 
y protección que dispensaron á tu hermana Florencia. 

El capitán accedió coj;^, gusto, y, escrita la carta, la en- 
vió por el primer correo. 

Alguno^ días después, cuando l<y creyó oportuno, el 
Teniente Villa- Mayor, en una de sus visitas al hospital, le 
dijo al Mayor Herranz que ya había escrito á don Fran- 
cisco, su tío, anunciándole que en breve* tendría la satisfac- 
ción de estrechar entre sus brazos al hijo de su hermano. 

Se incorporó en el lecho el oficial, y tendiendo sus ma- 
nos enflaquecidas á su protector, repuso: 

— Decididamente los ruegos de mi madre me protegen, 
porque en su última carta jne decía: ^ 

«León,ien confianza en la divina f^rovidencia, que yo 
« ruego por tu felicidad; cumple con tu deber, pero sé 
« justo con los enemigos del Rey, y jamás cometas una 
« acción que mortifique tu conciencia.» 

He procurado ajustar mis actos, agregó, á esos no- 
bles principios, y creo haber cumplido siempre con mi de- 
ber, sin cometer ninguna mala acción ; y así debe de ha- 
ber sido, pues encuentro ahora providencialmente la com- 
pensación con la protección que de usted Tecibo. ¿Sere- 
mos amigos siempre, verdad, teniente? 

Emocionado el oficial patriota, apenas si pudo contes- 
tarle de una manera confusa; pero la presión de sus ma- 
nos, su actitud y su semblante hablaron por él. 

—Conviene, dijo el teniente, qu^ se imponga el cirujano 
mayor del salvoconducto del general y lo- haga visar, 
para que cuando usted se.balle en condiciones de empren- 
der viaje, esté todo en orden, de modo que no tenga in- 
conveniente alguno para llegar á Mendoza. 

Se hizo llamar al cirujano mayor, quien, imponiéndose, 
del documento que autorizaba al oficial español para tras- 
ladarse y fijar su residencia en Mendoza, contestó: 



136 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

— E.*tá en orden; s61o falta que sea visado por las 
autoridades chilenas, porque es de regla. Estamos á 12 
de Abril: n la curación de su herida continúa como 
hasta' hoy, dentro de un mes podrá usted ponerse en viaje, 
y, al dar á usted de alta, entregaré también el salvo- 
conducto en perfecto orden. 

De acuerdo en tocio, se retiró el Teniente Villa- ^layór 
muy 8ati^fecho, prometiendo al herido volver dentro de al- 
gunos (Tía!>, si elserAricio se lo permitía, pues 110 estaba 
seguro de si hu regimiento permanecería en Rancagua, 
hacia donde tenía orden de marchar. £1 ofícial español 
agradeció mucho todas las atenciones recibidas, y dijo que 
tan pronto le fue^e posible escribiría á su tío dbn Fran- 
cisco de Herranz, haciéndole saber cuánto debía á la fína 
amistad de los hermanos Villa- Mayor. 



. XXXIV . 

Otro ascenso general fué concedido al ejército por la 
victoria de Maypú, correspondiendo el de Comandante de 
Escuadrón á Gerardo Villa -Mayor, el de Teniente l.o á 
Florencio Villa -Mayor y el de Teniente 2.® á Armando 
Vélez-Suárez. El sargento Godoy, que tan bravamente 
se había portado, ascendió á sargento 1.^ 

En los ejércitos de la Independencia que mandaron 
Belgrano y San Martín, las promociones sólo tenían lu- 
gar por hechos de. armas muy señalados. Después que se 
acentuó la guerra y í-e formaron ejércitos regulares, ja- 
más se concedió un ^rado, por aquel los^generales, que no 
fuese estrictamente justo; así es que la disciplina, que fué 
haciéndose más severa á medida que la educación militar 
iba avanzando, llegó en la época de San Martín, y en los 
ejércitos que él mandó, á la observancia más exacta. Las 
ordenanzas españolas fueron aplicadas en todo su rigor, 
creando y sosteniendo de esa manera el espíritu de cuerpo, 
el respeto jerárquico y el aprecio del inferior hacia el su- 
perior por el mérito verdadero de éste. 



j^ 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 137 



Ei regimiento número 1 de granaderos á caballo fué á 
acampar á inmediaciones de Rancagua, con una parte de 
la caballería del ya General Freyre, que tanto había su- 
frido en ]a última campaña; pues, como antes hemos di;- 
cho, desde que se movió el ejército de Tálcahuano, el en- 
tonces Coronel Freyre. siempre estuvo á la vanguardia 
cuando se avanzaba, y á la retaguardia cuando se retro- 
cedía: el puesto de honor y de peligro tocó de preferen- 
cia á la caballería. 

La fstnilia de Véiez-Suárez recibió con todo cariño al 
Comandante y al Teniente Villa- Mayor, hermanos de ar- 
mas de su hijo Armando. 

£st^ había puesto, una vez más, en conocimiento de su 
madre y de su hermana, las atenciones y cuidados que 
había merecido de sus amigos cuando fué herido frente á 
Tálcahuano, ponderando el valor é hidalguía del que fué 
su capitán, á la sazón su comandante, y la íira amistad 
del teniente, su más querido compañero y amigo. 

La señora de Vélez-Suárez abrazó con el cariño de 
una madre al Teniente Villa- Mayor, diciéndole- que por 
sus cuidados tal vez conservaba ella á su amado hijo, 
pues éste no sólo hizo saber el interés que le había de- 
mostrado vigilando su asistencia, sino que también había 
dulcificado su situación, retemplando su espíritu con el 
recuerdo de la familia y de los más dulces afectos, y 
abriendo su pecho á la esperanza de mejores díasj en 
medio de la paz y del triunfo de la causa americana. 
• La^señorita de Vélez- Suárez hiza asimismo al comandante 
un recibimiento cordial y afectuoso, pues sabía bien que 
Grerardo la amaba; y por las confidencias de su hermano 
conocía todo el interés y el cariño del comtyidante, cuando 
en las marcha?, ó en la intimidad del campamento, ha- 
blaba de ella, recordándola; notándose desde luego la 
tristeza que embargaba á Gerardo siempre que la conver- 
sación ret-aía sobre la familia de Vélez-Suárez, pues si 
estaban de marcha, se le veía colocarse á la cabeza de su 



■1 



138 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

compañía, sin que en todo el día volviera á despegar los 
labios, sino para las exigencias del servicio. 

Tanto sentimiento manifestado en forma tan delicada y 
discreta por el Omandante Villa- Mayor, había intere- 
sado vivamente á Margarita, así que cultivándose esa 
amistad y cariño con las frecuentes visitas de Gerardo, 
llegaron á comunicarse recíprocamente su afecto, contra- 
yendo el compromiso de ser esposos en breve. 

Todos I09 días, ai caer la tarde, después de l&s t>bliga— 
cienes del servicio, se oía el ruido acompasado producido 
por el casco del caballo de Gerardo, que llegaba al paso 
hasta la casa-quinta que habitaba la familia de Vélez-Su^rez. 

Margarita, que estaba atenta á aquella indicación de la 
llegada de su prometido, anunciaba entonces á su madre 
la visita de Gerardo; bajaba rápidamente la escfftinata 
que daba al patio, y abría ella misma la verja de hierro. 
Gerardo, desmontándose, anudaba las riendas sobre el 
pescuezo del caballo y entregaba su látigo á Margarita, 
que entretajito acariciaba con su bella mano la íTna é 
inteligente cabeza del noble bruto. Juntos y tomados de 
la mano entraban, oyéndose entonces la voz de Margarita 
que decía:— Mamá, aquí está Gerardo.' 
- La señora de Vélez-Suárez se complacía con aquella 
intimidad, tanto más cuanto que ya estaba avisada por 
Armando, su hijo, que el comandante pediría la mano 
de Margarita el día de su santo, que era el I.® de Junio, 
ya muy próximo, pues estaba para terminar Mayo. 

Llegado e$¡e día, vinieron á acompañar á la familia de 
Vélez-Suárez algunos parientes cercanos y los hermanos 
Vil la -Mayor. El comandante hizo entonces su solicitud 
matrimonial con toda solemnidad. La señora de Vélez- 
Suárez acogió con sumo* agrado la petición de Gerardo, 
manifestándole^que ya conocía por su hijo Armando, y 
también por su hija, la distinción de que ésta era objeto; 
que no podía menos de aceptar con el mayor placer esa 
unión, y que desde ese momento lo consideraba com« un 
miembro de sn familia, pues estaba segura de que c<th 
su cariño haría Ta felicidad de Margarita. 



UNA HEROÍNA MENBOCINA 139 é 

Agradeció Gerardo con ñneza los conceptos favorables 
que había merecido.su petición, y pidió permiso para co- 
locar •n el dedo>d6*8u prometida el anillo, signo elo- 
cuente que unía sus voluntades en una sola aspiración. 

Agregó %l comandante que su deseo hubiera sido reali- 
zar eñ el más breve plazo posible aquel noble pensamiento, 
pero que creía deber aplazarlo por prudencia y considera- 
ciones á la misma distinguida familia que lo admitía en 
su seno táTT cariñosamente, hasta la terminación de la 
guerfti, pues hasta entonces podían ocurrir sucesos que le 
impidieran normalizar su situación. 

La señora contestó que ése era asunto que dejaba á la 
resolución de los *J)rometidos; que ella, por su parte, se 
conformaba con lo que ellos determinaran; que si el matri- 
mQpio se veriñcaba untes de terminarse la guerra, sólo 
pedía conservar á su lado á su queridcT Margarita, para 
servirle de apoyo y dirección en ausencia de su marido. 

Por toda contestación á las delicadas y afectuosas pa- 
labras de la señora de Vélez-Suárez, tomóle Gerardo las 
manos, llevándoselas á los labios respetuosamente. 

Margarita, con los ojos humedecidos por el llanto, ten- 
dió, á su vez, sus bellas manos á su prometido, las que 
éste oprimió con pasión. . 

Armando y Guillermo abrazaron» á su futuro hermano, 
agregando palabras de congratulación y amistad. 

Sólo el teniente no eí^taha allí: había querido sustraerse 
á las emociones de ese acto íntimo, y se quedó en el sa- 
lóa con los parientes ancianos, gentes sencillas, concu- 
rrentes á aquella fiesta de familia, que lo asediaban pi- 
diéndole detalles d^ la última campaña. ^ 

— JVIire usted, tenien^, le decía uno: me han asegurado 
que sin el ccHicurso eficaz- de la artillería chilena, la ba- 
talla se hubiera perdido. « 

— Y he oído afirmar, decía otro, que únicamente la 
caballería chilena no fué derrotada en Cancha Rayada. 

El Teniente Villa -^ayor, escuchando con benevolencia 

suma las exageraciones que el patriotismo local inspiraba, 

'contestó sonriendo que no sería justa la distinción que 






* 



» 



♦ 140 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

se hiciera entre argentinos y chilenos, pues era de opi- 
nión que todos habían cumplido con su deber; que si 
la artillería del Coronel Borgoi^o* había hecho buenos 
disparos, la infantería argentina y los sables de los gra- 
naderos no habían estado inactivos; y que, en cuanto á 
la derrota de la caballería en Cancha Rayada, había sido 
general, salvo grupos aislados, p\jes la sorpresk compren- 
dió á chilenos y argentinos. 

^n este momento entraron al salón, la señora Vélez- 
Suárez, del brazo del Comandante Villa -Mayor, ylVíar- 
garita, del brazo de Armando, seguidos de Guillermo. 

La péñora dio á sus parientes lá buena nueva del pró- 
ximo enlace de su hija Margarita con el caballero Co- 
mandante Gerardo Villa -Mayor. 

Las felicitaciones se siguieron á*aquel anuncio; el Te- 
niente Villa- Mayor cumplimentó á su hermano y agra- 
deció á la señora y á la señorita de Vélez-Suárez el honor 
recibido. 

Momentos después se sentaron á la mesa. La comida 
fué expansiva y animada, pronunciándose brindis íntimos 
por la felicidad de todos, y muy principalmente por la de 
los dos jóvenes que, muy en breve, venciendo Gerardo 
su preocupación por el giro ^ie. los sucesos de la guerra, 
iban á unir sus destims. 



XXXV 

La amistad (Je los jóvenes Tenientes Florencio Villa- 
Mayor y Armando Vélez-Suárez '«e estrechaba cadíu vez 
más: siempre juntos, jamás disentían en opinión; culti- 
vaban las mismas relaciones, tenían los mismos gustos. 
Después del cumplimiento de sus deberes en el regi- 
miento, se les veía pasear, unas veces á pie, otras á ca- 
ballo, por los caminos inmediatos o por las avenidas de 
árboles, sombrías y poco frecuentadas. 

Con ün libro de literatura ó de historia que el uno leía 



UNA HEROÍNA MBNDOCINA 141 

y el otro escuchaba silencioso y atento, pasabjín las horas 
que el servicio les dejaba libres. Siempre exacta*, siem- 
pre iguales en el cumplimiento de sus deberes, eran la 
admiración del regimiento; benévolos — fuera de los actos 
del servicio — con sus soldado?, eran deferentes con sus 
iguales y. respetuosos con sus superiores. 

El Teniente Florencio Villa- Mayor era sin duda más 
reservado que su amigo; casi taciturno, parecía poseído de 
pensamientos que lo inclinaban frecuentemente á la tris- 
teza. 

Un día le dijo á su amigo: 

— Me parece que este invierno lo pasaremos sin nove- 
dades: es necesario que encarguemos á Santiago nuevos 
libros, porque lo que es la guerra, no volverá á continuar 
seguramente hasta la primavera. El General San Mar- 
tín está ya en Buenos Aires: partió á mediados de Abril, 
diez días después de la batalla', y probablemente no vol- 
verá hasta Septiembre ú Octubre. Estamos en el mes de 
Junio: tendremos, pues, que invernar en Rancagua. 

Gerardo ha hecho bien en casarse: tendrá seis meses 
de luna de miel, porque de seguro que hasta fin de año 
no estaremos en campaña. 

Muchas veces. medito sobre cuál será el plan futuro de 
nuestro general. No creo que entre en las combinaciones del 
gobierno y del general el estacionarnos en Chile; retroce- 
der, no creo tampoco que pueda ser conveniente, porque 
los españoles volverían á ocupar á Chile y perderíamos 
el fpito de nuestros esfuerzos. Me inchno, pues, á pen- 
sar que habrá que ir á buscar á los ejércitos españoles 
en su cuartel general en el Per(í, para hacer allí la úl- 
tima campaña y librar las últimas batallas. ¿Con qué me- 
dios y en qué forma? Esta es la cuestión, que segura- 
mente traerá resuelta nuestro general á su regreso de 
Buenos Aires. « 

He oído decir, días pasados, al General Las-Heras,— 
que conversaba sobre estos asuntos con el General Freyre, 
— que él creía que las provincias argentinas y Chile es- 
taban perdidos definitivamente para la dominación es- 



142 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

pañola; qu^el Virrey Pezuela no intenlatía nada; que 
su principal Teniente, Laserna, estaba acobardado por sus 
desastres de Salta, y que se limitarían en adelante á la 
defensiva, porque deberían suponer que el General San 
Martín, con el ejército patriota vencedor en Maypú, iría 
^ á buscarlos á la tierra de los Incas. 

— Quiere decir esto^ expresó á su vez Armando, .que 
descansaremos de nuestras fatigas durante el invierno, al 
calor amoroso de nuestro hogar y en medio de los nues- 
tros; porque es necesario, Florencio, que ^te acostumbres 
á pensar que haces parte de mi familia, que tanto te 
quiere, y mucho más desde que Gerardo es mi hermano. 

El Teniente Villa- Mayor se llevó la mané á los ojos, 
sin duda para ocultar su turbación, porque más de una 
vez había pensado en su futuro destino, y contestó sim- 
plemente: 

— Es verdad, Armando; sí, es verdad, seremos herma- 
nos. 

XXXVI 

Agesta mujer extraordinaria, cuando sq hallaba absorta 
en sus recuerdos; pensando en el futuro incierto de su 
destino, veníanle al pensamiento Mendoza, su ciudad na- 
tal, la casa donde se crió, los buenos españoles que le 
sirvieron de padres, su carrera de soldado, y entonces se 
preguntaba:— ¿T5eberé estar siempre obligada á ocultar mi 
sexo bajo el uniforme del granadero, mis sentimientos, mis 
ambiciones de paz y de un porvenir honesto y legítimo? 

En esta lucha la mujer parecía recobrar sus derechos: 
entonces dirigía al cielo una mirada llena de fe, invocaba 
á la Virgen del Rosario, cuya imagen cuidadosamente 
.oculta guardaba en su pecho, y confiada eii la Providen- 
cia, tranquila* y serena, volvía á su vida habitual, sin pre- 
ocuparse ya de su futuro destino.— La sonrisa volvía á 
sus labios con la esperanza puesta en Dios. 

Amaba á Armando con su primer amor; hallarse á su 



p*r~« 



UNA HEROÍNA MENDOCINA ^^ 143 

lado era su mayor felicidad; i pero cómo le dolía que fuera 
en tales condiciones!... Una vez que juntos comentaban 
el pasaje de un Jibro que se refería á los más delicados 
sentimientos de la humanidad, y que por no traicionarse 
Florencia se mostraba indiferente y fría, Armando le dijo: 

—Permíteme, Florencio, que te observe que no tienes 
corazón. 

¿No te conmueven estos hechos, reales ó imaginarios, 
puestos de relieve por mano maestra, en que la humani- 
dad goza, sufre y espera? 

¿Por qué hemos de ser indiferentes antfi los sentimien- 
tos^ y pasiones que agitan á los mortales? 

Entonces el Teniente Villa- Mayor, tomando la actitud 
reflexiva y seria que le era habitual, le contestó repri- 
miéndose: 

—Es que yo vivo pensando sólo en la patria; todas 
las demás cuestiones me son absolutamente indiferentes. 

La libertad de América es lo que me preocupa: an- 
sio el momento en que nuestro ejército abra definitiva- 
mente la campaña para concluir con el opresor, ya sea 
que tengamos que ir á buscarlo á Lima ó al Ecuador. Es 
indispensable, Armando, para la felicidad de la causa ame- 
ricana, que el dominio de España desaparezca para siem- 
pre de estas regiones; y como si le molestara continuar 
departiendo con su compañero, se levantó bruscamente 
de su asiento, dando así por terminada la conversación. 

Armando guardó silencio. El Teniente Villa -Mayor era 
superior en jerarquía, y, en aquellos tiempos de hierro, la 
disciplina militar era muy rigurosa. 



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É » "> / — T» 



TERCERA PARTE 



10. 



REFERENCIA HISTÓRICA 

T7NA HKROÍHA MBNDOCINA DB LA ¿ROCA DEL OENBBAL 
DON JOS¿ DB SAN MASTÍN 



TERCERA PARTE 



El General San yartfo en Buenos Aires. — Proyecta expediciones al Perú. 
— Negociaciones. — Negativa del Director Pueyrredón. — Guerra civil. 
— Los Montoneros. — San Martín se retira á Mendoza. — PreparaÜTOs 
marítimos en Chile para la expedición al Perú. — Movimiento de fuer- 
zas en las Provincfais 4^ Cuyo. — SublevacióB de loa jefes espafkrtes 
prisioneros en San Luis. — Su ejecución. — La división Las-Heras en Santa 
Bosa de los Andes. — La heroína mendocina, ó sea el Teniente Villa - 
Mayor. — Agradecimiento del Mayor León de Herranz. — Fray Miguel 
Ángel. — Su influencia en los asuntos políticos. — San Martín en su 
cuartel general de « Las Tablas » en Chile. — ge resuelve la expedición 
al Perú. — Composición del ejército patriota. — La escuadra chilena. — 
El Almirante Cockrane. — El convoy de transporte. — El mando délas 
divisiones deI%t|ércÍto. — Las - Heras. — A renales. — Pinto. — Acarado. 
— Despedida en Bancagua. — Escenas de familia. — Embarque de la ex- 
pedición en ^Iparaíso . — La travesía. — Escenas de mar. — Las es- 
cuadras. — Llegada á la BahH de Paracas. — Desembarque. — Las - H»as 
se posesiona de «Pisco».— Agitación en Lima. — Nulidad del Virrey 
Peínela. — Estado del espíritu público en el Perú. — Marcha del Ge- 
neral Arenales á la Sierra. — Gran Combinación de San Martín. — Re* 
embarco del grueso ^del ejército en dirección al Norte.— Llegada á la 
Bahía del Catlao. — A^tación y perspectiva. — Simulacro de combate. 
— Bloqueo del Callao por la escuadra chilena.^ La expedición sigue al 
Norte y fondea en la Bahía de Ancón. — Lord Cockrane aborda á la 
firagata española «Esmeralda». — Combate nocturno. —Hechos glorio- 
sos. — Canje de. prisioneros. — Levantamiento en Guayaquil. — Opera- 
ciones del ejército de San Martín al Norte de Lima. — Proclamas. — 
Victoria de Arenales en la 'Sierra.— Deposición del Virrey Pezuela. — 




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148 



UNA HEROÍNA MENDOCIKA 



Armisticio. — Los patriotas^se posesionan de Lima. — Manifiesto del 
Libertador. — Independencia del Perú. — El General San Martín, jefe 
del gobierno^ — Campaña defendya. — Inacción. — Reorganización del 
ejército español en las proTindas interiores. — Capitulación de la 
plaza del Callao. — El General Enriqae Martínez entra en ella. — 
Bolívar después dé Bombona. — El General Sucre. — Derrota de éste 
en Huacho. — Una divisióu de argentinos, ehilenos j peruanos mar- 
cha en su auxilio. — Combates, — £1 Comandante Juan Lavalle. — 
£1 Teniente Villa - Mayor. — Muerte del sargento Godoy ( ya alférez ). 

— Triunfo de la caballería patriota en Bf o Bamba. — El Murat argen- 
tino. — Batalla de Pichincha. — La ciudad de Quito en poder de Sucre. 

— Muerte del teniente YéIez*Suárez. — Persecución def ejército espa- 
ñol. —El Capitán Florencio Villa -Mayor (la heroína mendocina), — 
Los dragones colombianos. — El protector del Perú, General San Martín. 

— Bolf Taren Quito. — Su marcha yictoriosa hasta Guayaquil. — Célebre 
entreyista de los dos Capitanes. — Conferencia estéril. — Regreso de San 
-Martín á Lima. — NotablM cartas á Bolívar. — La patriota mendocina 
desaparece de la escena. — Abnegación y nobleza. — Primer e5ngreso 
del Perú. — El Gran Capitán renuncia el mando. — Despedida al pue- 
blo peruano. — Epílogo. — Un convento de monjas en Lima, en 1822. — 
Recuerdo y generosidad. — Partida del peneftil don José de SaiT Mar- 
tín para Chile. 



:k 



XXXVII 



En los primeros días del mes de Mayo de 1818 llegó 
el General San Martín á Buenos Aires, procedente de 
Chile, é inmediatamente se puso al habla con los perso- 
najes, más influyentes del Gobierno, para s^ auxiliado en 
la prosecución de la campaña, pues proyegtaba una ex- 
pedición al Perú. ^ 

Con los triunfos obtenidos en Chile sobre los ejércitos 
españoles, su cabeza venía llena de proyectos para ase- 
gurar la victoria definitiva sobre los enemigos reconcen- 
trados en Lima y dominadores aún de una .«xtensa zona 
al Norte, siendo necesario pasar allá á buscarlos con un 
ejército numeroso, que fuese prenda segura de éxito. Ese 
ejército el General San Martín lo tenía en Chile, pero 
le faltaban los medios de transporte. Si bien la escua- 
dra podía ser proporcionada por él patriotismo chileno, — 



r 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 149 

haciendo uso de los elementos marítimos naturales en 
aquel país, que por sus extensas costas sobre un océano 
que no tiene de Pacífico sino el nombre, y cierta predis- 
posición de sus habitantes para la navegación y la ma- 
rina, ofrecen facilidades no comunes en estas repúblicas 
smdáboerícanas, en donde no han tenido ocasión de ma- 
nifestarse,— San Martín necesitaba, en primer término, la 
autorización del Supremo Director Pueyrredón, su pro- 
tección y su auxilio, para emprender la campaña al Perú. 
Sin la voluntad de aquel notable hombre de Estado, nada 
le sería dado hacer al Libertador, porqué aun cuando sus 
talentos eran grandes y su alma templada como el acero, 
su autoridad se limitabji á mandar el ejército que la na- 
ción le había confiado, con arreglo á las instruccionc» del 
Gobierno de Buenos Aires; de ahí no podía pasar el Ge- 
neral San Martín, sin exponerse á que fuesen desobede- 
cidas sus órdenes. 

Á la sazón la guerra civil asomaba en las Provincias 
'Unidas; ios caudillos locales empezaban á agitarse impul- 
sados por ias ambiciones de los municipios ó restos del 
antiguo predominio de los cabildos. Los mismos montone- 
ros, como López y Ramírez, no sabían el porqué de su al- 
zamiento: apenas si balbuceaban sistema federaly sin darse 
cuenta ni del sentido ni del objeto. -£t desorden era su 
verdadero sistema; su bárbara ó absoluta voluntad, su ley; 
y la actividad de su temperanvento en combinación con 
sus fuerzas físicas, la vida. 

El Supremo Director Pueyrredón, uno de los hombres 
superiores y nolables de su tiempo, comprendía toda la 
trascendencia de áquéHos movimientos de los caudillos de 
campaña, si no se conseguía ahogar sus pretensiones al 
nacer; y sumamente preocupado con esos hechos, pensaba 
á cada instante en el ejército de los Andes para resta- 
blecer el orden y fijar definitivamente la paz en la Re- 
pública. 

Este era el obstáculo que había de encontrar el Gene- 
ral San Martín al pedir autorización para continuar la 
campaña en el Perú. 



150 * ¥NA HEROÍNA 'MENDOCINA 

Muchas y acalorada» discusiones sostuvo con los parti- 
darios del regreso del ejército Me los Andes, "y aun con 
el Supremo Director, que hacía valer razones fundamenta- 
les de orden público y de conveniencias generales. 

Cuando San Martín vio su causa perdida ante el Go- 
bierno, amenazó con presentar su dimisión ; pero Pueyrre- 
dón, que estaba resuelto á todo, no se mostró desagra- 
dado ni sorprendido por eso, lo que para el general fué 
una decepción más. Así es que tomó el partido que creyó 
mejor; esto es, alejarse de Buenos Aires, y partiendo en 
silencio para Mendoza, llegó allá á fines de Julio. 

No pasó á Chile: se mantuvo en observación, como es- 
perando alguna buena nueva de Buenos Aires que le 
perjnitiese realiza» su hermoso plan. 

Estuvo en constante comunicación con sus amigos de 
Chile y de Buenos Aires, pues confiaba en querías ges- 
tiones del ministro chilepo en esta ciudad, obtendrían un 
resultado favorable. 

Todo Jué inátil: desesperanzado finalmente, en^ió su re>. 
nuncia de general en jefe del ejército de Iqs Andes á 
principios de Septiembre, y esperó la resolución del Go- 
bierno. 

El . Director Pueyrredón, insistiendo en el auxilio que 
debía prestarle aquel ejército, modificó, sin embargo, su 
primera negativa para la expedición al Perú, prometiendo 
que después de restablecido el orden y reforzado nueva- 
mente el ejército, iniciaría éste su campaña. * 

San Martín, por su parte, cediendo también en la re- 
sistencia que opuso á que el ejército toioara participación 
en la guerra civil, aunque fuera erw^lefensa del Gobierno, 
retiró sli renuncia y se preparó á cumplir L^s órdenes del 
Supremo Director; pasó ^ Chile y regresó con parte de las 
fuerzas argentinas, que habían hecho ya aquella cam- 
paña difícil y gloriosa. 

Cubrió con ellas las provincias de Cuyo, y esperó á que 
los acontecimientos se desarrollaran, para prestar su con- 
curso en una forma en que no apareciese interviniendo 
en la guerra civil. 



a UNA HEROÍNA MENOOCINA 151 

En esos momentos se produjo la sublevación de los 
jefes españoles más notables tomados prisioneros en May- 
pú é internados en San Luis. Después del triunfo de I9S 
armas de la libertad enT^hacabuco y Maipú, los prisione- 
ros españoles, sin distinción de personas, fueron traslada- 
dos á la provincia de San Luis, que es la Pampa, de- 
sierto, puede decirse, entre Córdoba y Mendoza. 

San Luis, por aquella época, era casi una aldea, te- 
niendo por autoridad principal un gobernador, que lo era 
todo^pues la agitación de la guerra, la persecución á los es- 
pañoles y la modificación del antiguo régimen, habían cam- 
biado las costumbres y el sistema de organización local. < 

Vinculadas á la tierra habían quedado, en esas pobla- 
ciones C03Í separadas de la civilización, algunas familias 
argentinas que,, procediendo de españoles acomodados, con- 
servaban cierto bienestar y merecían respetos relativos 
en medio á las exigencias de la guerra. 
* A esta poblacióli, cuyo silencio habitual no se alt»-. 
raba sino por los partes de las victorias obtenidas, fue- 
ron trasladados, en 1^18, en calidad de prisioneros, los 
militares más caracterizados tomados en la campaña de 
Chile. 

_ Allí llegaron sucesivamente, bajo segura custodia, el an- 
tiguo gobernador dé Chile, Mariscal Marcó del Pont,— he- 
cho prisionero personalmente por el Capitán Aldao, ex 
fraile dominico, más adelante general, — y el Teniente Ge- 
neral González de Bernedo. 

El Brigadier Ordóñez, vencedor del ejército patriota en 
CanoJia Bayada, vencido á su vez y hecho prisionero en 
Maypfl. . 

El Jefe del.Estado Mayor del ejército español, Brigadier 
Primo de Rivera, oficial superior de muchísimo mérito. 

El Tennante Coronel Morgado, jefe de la caballería es- 
pañola, soldado de valor, pero crutl, y cuyo nombre no 
era bi^i t>ronunciado por sus excesos. 

El Teniente Coronel Moría, jefe del famoso regimiento 
«Burgos», que. tenía escritas en su bandera sus victorias, 
y que, según decían los ^españoles, no había en ella lu- 



UNA HQROfSA MBNDOCISA 

lara más. Fué tomada en Maypú por un sargento d& 
ideroa á caballo, llamado Baigorría, que mató al 

al arnuit^rle la bandera. 

resomeD, todos loe «fieiales españoles, «uperíores & 
oree, como un Capitán de apellido Carretero, muy 
rao y audaz, se hallaban en San Luis, en calidad de 
«eros de guerra, bajo la custodia del Gobernador, 
lel Dupuy, hombre sencillo y bravo, desigual en el 
ter, capaz de la más grande generosidad como de la 
r violencia. Generoso y bueno cuando se trataba de 
! humildes y agradecidos, pero furioso y' tremendo 
]o el asunto entrababa una alevosía 6 traición á la 
I, Para él no había término medio: 6 el goiio se ren- 

discreción, y entonces el Gobernador era un cordero, 
se rebelaba contra su autoridad, era un león enfu- 

nvieue establecer el carácter del Coronel TDupuy para 
:ar8e bien los sucesos que van á seguirse. 
ichos son los juicios que se han formado respecto 
íobemador de San Luis, en la época en que el fuego 
Dcionario ardia en todas las cabezas y en todos los 
ones, pero cualesquiera que sean ellos, la verdad es 
il Coronel Dupuy tiatü desde el primer momento á 
risioneros con una deferencia y una solicitud de que 

mismos ae asombraron, pues las creyeron excesivas 

lieron que concitasen la envidia 6 la sospecha de lj>s 

>tas. 

después los prisioneros no correspondieron á aquella 

bolencia suro^ no hay que culpar á Dupuy^ pues, 

hemos dicho, lo mismo era bondadoso oomo un án- 
uando eran buenos y sumisps los qué de sus órde- 
ependían, como airado, iracundo y cruel cuando veía 
:ar BU autoridad, y más que ésta, los intereses de la 
ación americana; soldado rudo, leal é ingenuo, ■<> 
:Íh más que una consigna; su deber; y luego creía 
m^or es matar al diablo que d^arse matar por él. 
tre las familias que residían en San Luís, existia una 
le distinguía entre todas por su mejor posición y la 






VNA HEROÍNA MENDOCINA 153 

• 

belleza de las señoritas que la coinponían: era la de Prín- 
* gles, oriunda de Irlanda, trasfdantada á América por un 
valiente y arrojadQ. mariao, que tiHá en* el siglo sisado 
naufragó en las costas de Patagonia y fundó su hogar, 
primero en Buenos Aires y después en el interior. 

Esa familia dio á la causa americana un famoso coro- 
nel, que ilustró su carrera en el Perú y fué «fusilado en 
Río Cuarto por orden del Greneral Facundo Quiroga, años 
iqás tarde; y, ¡coincidencia del destino! en San Luis, 
cuando narramos estod sucesos ^e 1819, Quiroga estaba 
preso en la -cárcel por gaucho malo y montonero, y el 
joven Pringles, oficial de milicia nacional, aun no había 
ingresado en el ejército de San Martín que debía mar- 
char al Perú. 

Llamábanse las señoritas de Pringles, Ursulli, Melchora 
y Margarita. Las tres eran bellas; pero los recuerdos del 
tiempo aseguran que si Margarita tenía la belleza de las 
rubias del Norte,iina, esbelta y flexible, Melchora la aven- 
tajaba en gracia y donosura. 

Sin ser morena ni rubia, tenía ese color del marfil, 
suave, diáfano, siempre igual; boca graciosa, con dos 
hoyuelod que se diseñaban en las mejillas al reirse; ne- 
gros los ojos, y sedoso el cabello'; negro como azabache; 
de elevada estatura y flexible talle. * 

Necesariamente eran dos beldades que atraían las mi- 
radas y la atención de todos los viajeros y oficiales que 
acertaban á pasar por San Luis. 

La casa, si bien era el punto de cita de las personas más 
distinguidas, no estaba abierta para todos, pues sus mora- 
dores conservaban la distinción y señorío que les daban 
su educación, sus antecedentes de familia y su posición. 

Los jefes españoles fueron desde luego presentados en 
casa de las señoritas de Pringles, y algunos de ellos se 
apasionaron calurosamente, pcincipalmente' el Brrg:adier 
Ordóñez, hombre" joven aún, arrogante y caballeresco. 

Parece que la elegida por él fué Margarita, quien corres- 
I)ondió á sus sentimientos, endulzando con su cariño y 
ainistad las penas d^l prisionero vencido, ausente de la 



'i 



154 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

patria, condenado á vivir y morir en un lugar obscuro de 
la Pampa Argentina en América. 

Un soJDrino de Ordóñez, joven de^20 año3, oficial su- 
balterno de cierto' mérito, prisionero también en Maypú, 
se enamoró p'erdidamente de*Melchora, siendo correspon- 
dido por ella. 

Por egte tiempo (fines de 1818), llegó á San Luis, como 
internado, teniendo 1^ población por cárcel, el célebre se- 
cretario de la logia Lautaro y del General San Martín en 
•Chile, doctor Bernardo .«Monteagudo, y visitando en casa 
de las señoritas de Pringles, como los jefea. españoles, se 
prendó á su vez de Margarita y de Melchora. Se asegura 
que de las dos, porque Monteagudo era hombre de pasio- 
nes ei^cesivas : nmla lo defenía cuando se trataba de satis- 
facerlas; yen est^ caso militó también la circunstanciado 
ser sus enemigos irreconciliables, "los^godos, los que se en- 
contraban ya dueños del campo, en aquella lid de amor. 

La lucha empezó, y como en ella Monteagudo no lle- 
vaba la mejor parte, su orgullo se sintió herido y hu- 
millado; su odio y rencor crecieron entonces, esperando la 
ocasióp par^ vengarse y satisfacer sus pasiones puestas en 
actividad como el fuego de una fragua. • 

Los mismos prisioneros se encargaron de proporcionarle 
la ocasión apetecida. 

Como se sabe, Monteagudo, por su talento, su figura, su 
audacia, con buena ó mala fortmiB, se liacía siempre jin 
lugar preferente, lo mismo en un centro social ó político, 
como en una ciudad ó en una aldea. 

Así es que á pesar de sus antecedentes y de la fama 
de hombre* peligroso de que venía precedido, desde luego 
cautivó y .dominó al Gobernador Dupuy, quien, com(> he- 
mos dicho, era un hombre sencillo. 

Terminaba el año 1818, y los españoles prisioneros em- 
pezaron á pensar con insistencia en su libertad, esto es, en 
la fuga, aprovechando cualquiera circunstancia que los fa- 
voreciese, tanto más cuanto que la agitacién del país crecía 
con los montoneros, que la afnbición de los caudillos lo- 
cales hacía surgir. * 



• • UNA HEROÍNA M£MDOCINA 155 

Al comenzar el año siguiente, cansados de esperar una 
ocasión que no llegaba, resolvieron violentar la fortuna. 
i Para eUo concibieron el plan de aprisionar al Goberná- 

is • dor, posesionarse de San Luis, y liuir en seguida ,al Sud, 

al desierto pampeano, con los recursos que pudieran ob- 
tener; pero le^ faltó buena suerte y la cooperación ^nece- 
saria, pues no todos los conjurados procedieron con igual * 
energía que los Jefes. 

Á principios de Febrero de 1819, el día fijado para lle- 
var á cabo su plan, atacaron al Gobernador en^.su casa, 
pereciendo el secretario de éste en la lucha. Simultánea- 
mente atacaban el cuartel y la policía; pero resistiéndose 
la guardia y concurriendo el pueblo, y bastadlos mismos 
presos criollos que se encontraban á la sazón en la cár- 
cel, á sofocar la conspiración de los godos, como les lla- 
maban, fueron éstos exterminados en las calles de San 
Luis. 

Murieron en la casa del Gobernador el 'Brigadier Or- 
dóñez, los .Coroneles Morgado, Moría, f rimo de Rivera y 
otfos^^á quienes luego les cortaron la cabeza. 

El Gobernador Dupuy demostró en aquella ocasión la 
fuerza física y moral de que estaba^ dotado, porque lu- 
chando con todos á la vez, supo resistir con valentía hasta 
el momento en que le llegó auxilio; pero también se des- 
arrolló toda la fiereza de su carácter, no concediendo- per- 
dón á ninguno de aquellos desgraciados que, impulsados 
por el deseo de recobrar su libertad, llegaron al extremo 
de la conjuración. Justo es también decir que los suble- 
vados ^dieron herir ó asesinar al Gobernador, pero se 
ve (fue su u)bjeto era sólo inutilizarlo, asegurándola de ma- • 
ñera que uó se pudiera valer. * 

Mientras tanto. el pueblo acudía apresuradamente á los 
sitios de* peligro. El joven Pringles recorría la población 
al galope de su caballo, animando á todos al grito de: 
«Mueran los godos,^ Patriota exaltado, en esa edad en 
que la sangre hierve por cualquiera de las pasiones que 
. agitan al hombre, creyó en el primer iffomento que peC- 
graba la buena causa en San Luis, y dispuesto á sacri- 



156 UNA HEROÍNA MENDOOINA 

fícar la vida en su defensa, no tardó en presentarse blan- 
diendo BU sable, al frente de algunos soldados y las gen- 
tes que quisieron seguirlo, — que fueron jóvene?, Viejos y 
niños, -^ á fin de dominar aquellt^ sublevación que nudie * 
esperaba. 

En breve fué restableciéndose el orden: muertos los 
unos, aprisioíiados los otros, se vio que nada había que 
temer en lo futuro. 

♦La justicia debe hacerse completa,» decían los patrio- 
tas, á la*cabeza de los cuales se encontraba Monteagudo. 
Éste, por cálculo y por patriotismo, en primer término, y 
después porque le complacía,— como hombre sombrío pre- 
destinado á ser el brazo fuerte y ejecutor de la justicia 
de la revolución, — venía á desempeñar el mismo papel que 
en Mendoza, cuando la ejecución de Carteras, el caudillo 
chilcQO. 

Los prisioneros españoles complicados en la conjuración 
fueron juzgados como podían serlo en San Luis, cuando 
ardía el fuego revolucionario. Desde luego su causa es- 
taba perdida en cualquier pueblo civilizado de la tierra; y 
Monteagudo, como fiscal, no hizo sino pedir lo que hu- 
biera pedido cualquier otro en idénticas circunstancias, esto 
es, la pena de muerte para todos los que tomaron parte 
activa en la rebelión. 

Lá ley marcial regía en todo el país, y no eran muchos 
los trámites que había que seguir para ejecutarla. 

La metrópoli nos había legado sus leyes, y sin otras 
más benignas que aplicar, ellas servían para penar el de- 
lito cometido. 

De manera que fueron pasados por las armas, eií vir- 
tud de sentencia, los autores del motín. 

En conocimiento de los sucesos de San Luis, cuyas no- 
ticias corríain como chispa eléctrica, el General San Mar- 
tín, que á la sazón se encontraba en Mendoza, ocurrió in- 
mediatamente con un regimiento, para restablecer el or- 
den y salvar la vida de los infelices españoles. 

Aunque llegó un poco tarde, pudo así mismo librar á al- 
gunos que debían ser ejecutados, entre ellos al sobrino del 



i 



r 



UNA HEROÍNA MENDOCINA . 157 

• 

Brigadier Ordóñez, del mismo apellido, que se encontraba 
preso y engrillado, y á quien puso en libertad. 

La alegría de los patriotas exaltados era grande, pero 
había algunas familias que vestian luto. 

Los españoles internados, hombres de «lucación y cul- 
tura, se habían hecho apreciar, principalmente entre el 
sexo bello, y mantenían amistades ó relaciones íntimas, en 
que la política no entraba para nada. 

Las señoritas de Pringles se hallaban en ese caso. Mar^ 
garita, que amaba al Brigadier Ordóñez, lloró sobre su 
tumba, y pidió un lenitivo á la soledad y á la oración en 
el claustro, entrando en un«converito de Córdoba, en donde 
llegéT á ser superiorn por sus virtudes ejemplares 

Melchora enjugó su llanto casándose con el Capitán 
Juan Ruiz Ordóñez, y su felicidad sólo fué amargada por 
el recuerdo d^ aquella horrible tragedia que presenciaron. 
£1 capitán Ordóñez condcía los planes de los conjurados, 
pero no se probó que él personalmente hubiera tomado 
una parte activa en el suceso. Sentenciado, sin embargo, 
á ser ejecutada como sus compatriotas, San Martín llegó 
en el momento oportuno para salvarlo de una muerte 
segura. 

El premio de tanto sufrimiento y angustia fué la mano 
de su adorada Melchora. 

Quedaron tan grabados en el recuerdo del pueblo la 
conjuración y el fin desgraciado de los prisioneros espa- 
ñoles en San Luis, en 1819, que hoy mismo los viejos de 
aquella pequeña ciudad cuentan al viajero, los sucesos ocu- 
rridos, por haberlos presenciado los menos, otros por ha- 
berlos oído referir, mostrando la casa-habitación del go- 
bernador, restaurada; los lugares en que fueron persegui- 
dos, ojeados y muertos como ciervos los conjurados; la 
I)Iaza en que fueron ejecutados los demás, y 4iasta las « 
tumbas en que refk)san sus restos mortales. 

Así terminaron su carrera los más famosos militares de 
España, vencidos en Maypú por el ejército patriota, y 
cuya nombradífr se consigna en la historia militar del 
tiempo. 



1 



156 • UNA HEROÍNA MfiNDOOINA 

( 

A pesar de haber sido sofocada la sublevación de San 
Luis, San Martín creyó que tal vez ella tuviese alguna 
relación con el movimiento de los caudillos provincianos 
y un alcance mayor, si los hechos se desarrollaban, ame- 
nazando quizágpsil mismo ejército de los Andes. , 

Procediendo con suma actividad, trasmitió á O'Higgins, 
en Chile, sus temores, y lo comprometió á proceder con 
energía respecto de los enemigos de la causa americana 
y aun de los corifeos de los partidos agitadores de Chile. 

Algunos «meses pasó San Martín en las provincias de 
Cuyo, ya indicando desde Mendoza el procedimiento que 
debía seguirse con los montoneros, ya formando sobre el 
plantel 'de sus granaderos ó cazadores nuevos cuerpos de * 
caballería, ya activando con su correspondencia^^ instruc- 
ciones la organización de los elementos navales que los 
chilenos preparaban en las aguas del Pacífico; porque 
aunque él y parte de su ejército permanecían en territorio 
argentino, su pensamiento y su corazón estaban en el prov 
yecto que, puesto en práctica, debía conducirlo á Lima. 

Débilmente y con mucha catátela hizo intervenir á sus 
regimientos en Ja contienda civil: apenas si alcanzaron al- 
gunos, á Río Cuarto, para volver á replegarse en seguida. 

Cuando se suspendieron las hostilidades y los monto- 
neros empezaron á tratar la paz con el gobierno de Bue- 
nos Aires, el General San Martín, aprovechándose de 
aquella tregua, que no inspiraba confianza á nadie, reunió 
sus divisiones y resolvió tramontar nuevamente los An- 
des para abrir la campaña decisiva contra el poder colo- 
nial de España, que aún se mantenía fuerte en el Pera. 
Este movimiento lo efectuó á mediados del año 1819, con 
el fin de prepararse en Chile. 



xxxvni - 

^ La división La«-Heras^ durante este tiempo, había que- 
dado acampada, en observación de los siibesos, en Santa 
Rosa, territorio chileno al pie de los Andes. A esas fuer- 



2 

• 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 159 

* 

zas pertenecían los h^roef de nuestra novela histórica, el 
Comandante de granaderos á cabalA Gerardo Villa-Ma- 
yor, y los tenientes del mismo cuerpo Florencio Villa-Ma- 
yor (nuestra heroína) y Armando Vélez-Suárez, su her- 
mano de armas. 

Los sucesos de [\b. Argentina habían interrumpido el 
descanso de esos jóvenes oficiales en Rancagua. Con el 
regreso del General Ban Martín, á fines de 1818, y su 
marcha precipitada para Mendoza, seguido de algunos 
cuerpos,* coHK) ya hemos dicho, el ejército argentino -chi- 
leno se puso en movimiento. Algunos regimientos activa- 
ron la campaña al Sud de Chile contra los restos del ejér- 
cito español vencido; otros, acampados en la hacienda de 
«Las Tablas», esperaban, aumentando el personal de sus 
cuerpos y completando su instrucción, y, por último,^ los 
más.&|45]idos batallones y escuadrones argentinos, al mando 
del bravo Las-Heras, se encontraban, como un lazo de 
unión y basi^ firmé, entre Mendoza y Santiago. 

Aquel fraccionamiento de las armas argentinas había 
contrariado y entristecido á más de un corazón patriota. 

—¿Por qué estás triste? le preguntó un día Armando 
Vélez-Suárez á su amigo Florencio Villa- Mayor. Hace 
días que te noto taciturnor 

— Efectívamedte, le contestó éste; me encuentro viva- 
mente contrariado, porque juzgo que la situación de nues- 
tro ejército no es buena. El general en jefe ha llevado 
consigo una gran parte de la caballería á territorio ar- 
gentino para auxiliar al Gobierno en su lucha con los 
montoneros. Comprometidas esas fuerj^ y el mismo ge- 
neral en la guerra civil, si ésta toma grandes proporcio- 
nes, difícilmente volverá á unir sus eslabones para con- 
tinuar la campaña contra los ejércitos españoles que aun 
están fuertes en el ^rú, y nuestras victorias habrán sido 
estériles, aporque aquéllos avanzarán otra vez sobre Chile, 
y nosotros Cendremos' que retroceder para no volver ya 
como vencedores, pues los errores en que ellos incurrie- 
ron facilitándonos el pasaje de los Andes, no se repetirán. 
Por eso estoy ^apesadumbrado, y si esta situación conti- 



160 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

núa, DO auguro nada bueno. Cualquier día nos viene la 
orden de marchar á Mendoza, y habremos perSido la cam- 
paña. 

* Diciendo estas palabras, el teniente de granaderos apoyó 
su frente en la palma de la mano y quedó largo rato §i- 
lencioso. 

¡Cuántos pensamientos cruzarían por la mente de aque- 
lla joven patriota, que ocultaba su sexo y su amor de mu- 
jer apasionada, con la esperanza de llegar á la victoria 
decisiva y poder entonces decir con vsatísf acción* y orgu- 
llo, alzando su frenj^ pura y heroica: «he cumplido como 
bueña el sagrado deber que me había impueslib de com- 
batir por la independencia de mi patria, y ahora, ponién- 
dome modestamente los vestidos de mi sexo, podré decir al 
que amo: *[ cuánto he sufrido, cuánto he llorado, cuánto 
he temblado por ti en las continuas cargas de nuestro re- 
gimiento!*.. . Y luego, olvidar aquellos sinsabores, para 
buscar en I4 formación de la familia, en el "hogar, en la 
unión legítima que autorizan la sociedad, la ley y la re- 
ligión, los días felices á que tienen derecho las almas 
privilegiadas y justas. 

Ko era, sin embargo, la causa única de la tristeza de 
Florencio, la que había expresado á su amigo Vélez-Suá- 
rez: existía otra. 

Se recordará al Mayor español León de Herranz, he- 
rido y hecho prisionero en Majpú, atendido luego en el 
iiospitaL .militar de Santiago, y á quien, después de su 
réstabléci^miento, s0 le pei*mitió pasar libremente á Men- 
doza, á casa de sus parientes, con un salvoconducto del 
General San Martín, que el Teniente Villa -Mayor soli- 
citó al efecto. 

Pues bien: el militar español, reconocido á los benefi- 
cios recibidos de los hermanos Villa- Mayor, escribió pri- 
mero al comandante, manifestándole su gratitud por el 
bienestar 'que le había proporcionado, y aY teniente le 
escribió^ también con sentimiento y suma delicadeza, ha- 
blándole de la familia Herranz, del cariño qué le profe- 
saban y del recuerdo de su niñez; como diciéndole: «co- 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 161 

noxco ¿muestro secreto y lo guardo, respetáadolo;» de la 
I2:ratitud de doña Mariana y de don Francisco, sus tíos, 
por la protección que le dispensaron á él tanto eiTel campo 
de Batalla ¿orno fa. el hospital, y aun después de su viaje 
á Mendoza, en que el Teniente Villa -Mayor cuidó que 
nada le faltase. 

El teniente^ al leer aquella carta que le traía á la me- 
moria los menores detalles de ^u «iñez y su juventud, 
hasta el momento de su partida, no pudo mepos de 
llorar. 

Todo el día lo pasó vagando, solitario, por las quebra- 
das inmediatas al climpo militar de Santa Rosa, hasta re- 
-eobrar su calma habitual, su sonrisa afable y su porte 
distinguido. 

Al verlo llegar, al paso sereno de su caballo, en el mo- 
mento mismo en qu^ tocaban llamada para la lista de la 
tarde, su amigp y compañero Armando Vélez-Suárez, 
-que ya estaba- inquieto por la tardanza de su amigo, y 
sorprendido, hasta cierto punto, porque el Teniente Villa- 
Mayor, sieijipre que estaban francos buscaba su compa- 
ñía, y esa mañana, sin anunciarle siquiera su partida, se 
había ausentado pensativo y silencioso, salióle al encuen- 
tro y, saludándolo, le dijo: 

— Estaba verdaderamente preocupado, Florencio, por- 
que no te veía llegar; tu asistente nada sabía, de ti, sino 
•que había ensillado tu caballo y que habías partido. 

Si no te hubieras presentado á la hora de lista, habría 
avisado al comandante y salido á buscarte, aunque en 
verdad no hubiera sabido á dónde dirigirme con certeza. 
En los alrededores hay pocas poblaciones, y para faltar 
todo un' día es necesario que alguna causa muy seria te 
9 haya detenido. 

El- Teniente Villa- Mayor se desmontó y asiéndose dtl 
brazo de su amigo, le contestó con graciosa sonrisa: 

— No, Armando; ningún motivo serio he tenido para 
ausentarme. He dormido mal anoche y pensé que el fresco 
-de Ja mañapa.me haría bien. Salí al acaso, y separán- 
-dome más de. lo que deseaba, me extravié en el terren.o 

11. 



162 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

montañoso y desigual de la comarca, y admirando Jas be- 
llezas que ofrece el suelo accidentado: un arroyo de agua» 
bulliciosas aquí, un grado* pintoresco de flores silvestre» 
allá, y, en fin, el conjunto de un cuadro vanado que ex- 
tasía, me he detenido más tiempo del que debiera; pero- 
ya estoy aquí, y no se hable más de ello. ¿Ha habido 
alguna novedad? • 

* — Ninguna; tuve solamente una visita de cierta impor- 
tancia..¿Á qué no adivinas quién vino á ver á tu hermana 
Gerardo, nuestro comandante? 

— [Cómo saberlo, si no me lo dices! 

—Pues bien.,, fray Miguel Ángel; dijo Armando, á^Ia 
vez que encendía un cigarrillo de tabaco negro con la 
pajuela que se usaba en aquel tiempo. 

Si hubiera estado menos ocupado Armando con su ci- 
garrillo, habría notado la intensa palidez del rostro del 
Teniente Villa- Mayor al oir el nombre wdel fraile; pero- 
pasándose en seguida la mano por las mejillas y repo- 
niéndose, contestó con tono indiferente al parecer; Y bien, 
¿cuál fué el objeto de la visita de su pateriydad? 

— Precisamente no me lo ha dicho, y es esto lo que 
me tiene intrigado. Preguntó con interés por el coman- 
dante, que en esos momentos estaba ausente por asunto» 
del servicio; preguntó después por ti, y quiso saber si 
nuestra amistad era de data reciente ó si antes.de esta 
campaña nos habíamos conocido en Mendoza ó en San- 
tiago; en fin, me dirigió una multitud de preguntas, á 
las que contesté ingenuamente sin alterar en nada la ver- 
dad. Y manifestándome mucho interés, se retiró luego 
contésmente, pidiéndome hiciera presente, al comandante 
su amistad. Ya sabes que este frailé, sujeto de talento 
sin duda, y muy patriota, tiene grande influencia con el 
general; es su hombre de confianza, y, según he oído de- 
cir, su consejero en los momentos supremos. 

Casi se podría afirmar que lo ha dejado aquí con el 
General Las-Heras para que, si sobrevienen algunos su- 
cesos políticos que afecten las buenas relaciones entre lo» 
argentinos y chilenos, haga uso de su habilidad y del pres- 



UNA íéleroína MENOOCINA . iG3 

tigio que le dan antecedentes y servicios que son notorios, 
prestados á la causa americana. -Mi madre me ha dicho 
que en una reunión celebrada en casa del Supremo Di-. 
rector O'Higgins, oyó de los labios de éste,-— refirién- 
dose á fray JVIiguel, — que le hubierar sido muy difícil al 
General San Martín tramontar los Andes, sin que el ene- 
migo lo advirtiera, sin el auxilio oportuno y eficaz de este 
fraile; no agregó más, pero dijo lo bastante para darse 
cuenta cada uno de los -que oyeron aquella confidencia 
de hombre tan reservado como el Director, de cuál es la 
importancia que se le acuerda al hombre gris, como lo lla- 
man generalmente los oficiales del ejército argentino. 

Mientras duró la relación de Armando, el Teniente 
Villa-Mayor no despegó sus labios; tenía la vista fija en 
su interlocutor, y su semblante había vuelto á adquirir el 
color que en él era natural, de modo que nada de extra- 
ordinario llamó la atención del Teniente Vélez-Suárez. 
Un asistente entró en ese momento y, haciendo la venia, 
dijo: — Mi teniente, la comida está pronta. 

Los dos jóvenes se levantaron entonces y fueron á sen- 
tarse á una mesa en la que se veían tres cubiertos, uno 
de éstos puesto en previsión de que el comandante volviera 
á tiempo y quisiera acompañarlos, lo que frecuentemente 
ocurría. 

Como halbía dicho el Teniente Vélez-Suárez, frav Mi- 
guel Ángel desempeilaba una misión especial en el campo 
militar del General Las-Heras, en Santa Rosa; pero' no 
era precisamente la que aquel oficial había supuesto. No 
había por entonces posibles diferencias entre argentinos 
y chilenos, empeilados en el triunfo de una misma causa, 
de la que no podían separarse sin hacerla fracasar. El 
fraile tenía otra misión, y era la de estar al habla con 
las autoridades chilenas para transmitir á San Martín, que 
estaba en Mendoza, todos los incidentes que ocurriesen en 
Chile; comunicar el estado de los trabajos que se hacían 
para la. expedición al Perü, y, en fin, todo aquello que 
pudiera interesar al general en jefe. 

El Director O'Higgins, por su parte, sabiendo la con- 



í ■■ 



164 * UNA HEROÍNA MENDOCINA 

fianza que "depositaba el General San Martín en fray Mi- 
guel, sostenía con éste correspondencia frecuente, propor- 
«ionáiidole todos los datos y conocimientos necesario?, para 
que á su vez pudiera comunicarlos al general en jefe. 

El frailer poseedor del plan del general, estaba entre- 
gado con toda dedicación y entusiasmo á la obra común, 
y. con su mirada experta abrazaba toda la extensión de 
los trabajos que se relacionaban con la expedición pror 
yectada. 

De vez- en> cuando fray Miguel hacía un viajé á San- 
tiago, tomaba sus.notas' personalmente en el Ministerio 
de la Guerra, y volvía al campo de Las-Heras con su car- 
tela h\%n provista. Sus viajes eran breves: montaba siem- 
pre un caballo bayo, de corta alzada, andador y de mo- 
vimientos tan rápido?, que los que lo escoltaban tenían 
que ponerse al galope para acompañarlo. Envuelto en su 
hábito gris obscuro, y cubierta la cabeza con un som- 
brero de anchas alas, de fi^l'tro ó de paja, segán la esta- 
ción, taciturno, silencioso, rara vez sus acompañantes le 
oían una palabra que no fuera absolutamente precisa por ' 
los incidentes ó circunstancias del viaje. 

Éste era el hombre de confianza del General San Mar- 
tín* y su consejero en la campaña de Chile, el que debía 
también acompañarlo en la del Perú. 

Casi diariamente, acostumbraba fray Miguel, hacer un 
paf eo á pie, acompañado de un asistente, que vino con él 
desde Mendoza, 'hasta un pequeño arroyo que corría al 
pie de la 'altura en que se encontraba el campo nulitar. 
A una distancia como de dos kilómetros, bajo unos gran- 
des árboles añosos, leía sus libros favoritos, cristianos ó 
profanos, y con preferencia las obras de Plutarco, sus Vi- 
das' paralelas y Obras mwales. 

Un día del mes de Diciembre de 1818, paseábase á lo 
largo de un camino formado por el continuo tránsito en- 
tre la arboleda, cuando sintió el paso de un caballo que 
se aproximaba; alzó la cabeza y se encontró con un jo- 
ven oficial de granaderos que acababa de cruzar el arroyo 
y se aproximaba al campo militar. En el acto reconoció 



• UNA HEROÍNA MENDOCINA 165 

al Teniente Villa- Ma3'or, á quien había visto ya en el 
cuartel general de «Las Tablas»,* cuando llevó el parte* 
de la victoria del «Gavilán», en Talcahuano; y también 
al' día siguiente del desastre de «Cancha Rayada», eri q'ue 
trajo á San Martín el aviso de Las-Heras, de haber sal- • 
vado su división y la artillería chilena; esto es, el ejér- 
cito, y con él el éxito de la campana. 

El teniente, qi*e después de ^travesar el arroyo venía 
subieftdo la cuesta para seguir por el send^so antes des- 
quito, encontróse de improviso con el hombre gris, como le 
llamaban, y apartándose entonces un poco del sitio en 
donde se había parado fray Miguel con su libro en la 
mano, se llevó la mano al morrión, saludando con corte- 
sía al religioso. -•• .» 

Este, que lo miraba con interés, respondió al saFudo con 
igual atención, y dirigiéndole la palabra, lo interrogó de 
esta manera: 

— El señor oficial parece venir de lejoe: ¿ocurre alguna 
novedad ? -^ 

E{ teniente, deteniendo su caballo, le contestó un tanto 
confuso: 

— No, señor; vengo de un simple paseo que me es ha- 
bitual siempre que no .estoy de servicio; pues pertenezco 
al primer escuadrón de granaderos á caballo del 1.®' re- 
gimiento, que hace parte d« la división á las órdenes del 
General Las-Heras. 

' — Me parece, agregó fray Miguel, que os he visío en 
otra parte. 

— Sí, señor, en el ejército, en esta campaña, cuando he 
ido en comisión al cuartel general, ó aquí mismo en el 
cant^M) de Santa Rosa. 

• y picando los ¡jares de*su caballo con los espolines, 
hizo el saludo militar y se alejó. 

Fray Miguel, completamente absorto, no contestó al sa- 
ludo; inmóvil, seguía con la vista al oficial, hasta qué 
ocultándose éste por las desigualdades del terreno, no 
pudo verlo más. • 

Regresó luego, pensativo, con la cabeza inclinada, las 



T 



tv 



166 UJNA HEROÍNA MENDOCINA 

• • 

manos entre las anchas mangas de su hábito, diciendo 
en \'oz alta, como si alguien pudiera oirlo: 

— ¡Dios mío! su misma voz. . . la mi^ma dulz.ura de su 
acento. . . ¡Pero si no es posible! ¿Qué tiene qué ver un 
granadero á caballo con la patriota mendocina? Será su 
hermano, acaso... ¡Ah, si fuera ella!... y mirando en la 
dirección en que había perdido de vista al teniente: si 
fuera ella, repetía, bien pronto. sería c(n*onel. 



XXXIX 



f Terminaba el ano 1819. El General San Martín se en- 

contraba en su cuartel general de «Las Tablas», en Chile, 
'^ ; ■ y desde allí activaba los preparativos de la campaña pro- 

*r • yéctada al Perú. Las tropas expedicionarias pasaban por 

j un prolijo exam#n : se perfeccionaban sus condiciones ge- 

:, nerales, produciéndose, como era consiguie«te, las altas 

f^ y bajas necesarias; en una palabra, los cuadros sufrían 

¿ las modificaciones convenientes para una larga campaña: 

el material de guerra, la artillería, el parque, todo era 
aumentado y corregido. 
> Un notable hombre de ciencia y de genio, el Mayor 

V Luis Beltrán, chileno, antiguo religioso de la orden regu- 
lar de San Francisco, que había cambiado su hábito hu- 

V mií3e por el uniforme del militar y el breviario por la es- 
' pada, tenía á su cargo la parte más difícil tratándose de 
f un ejército que debía hacer una expedición por mar y des- 
f embarcar en campo enemigo; esto es, el armamento, las 

municiones, los medios de transporte, la conservación del 
f"' material v el orden en. la administración. 

El ejército expedicionario se componía de unos 4,400 
r hombres de las tres armas, con 25 cañones. 

, ' Los argentinos, ó ejército de los Andes, representaban 

una fuerza de 2,450, entre jefes, oficiales y soIdaHos, di- 
vididoa así: 



f 



UNA HEROÍNA MENDOGINA 167 

Artillería : 214 plazas 

Infantería « 1.486 » 

Caballería 750 » 2.450 



Lios chilenos tenían: 

Artillería 180 plazas ♦ " 

Artesanos 50 » , 

Infantería 1.720 » 1.950 

Total. 4.400 



A mediados del año 1820, todo parecía estar pronto para 
emprender la marcha. 

Chile había casi acotado sus recursos, y Buenos Aires 
y las provincias andmas habían hecho también un es- 
fuerzo más, para cooperar con hombres y dineraá la ex- 
pedición que iba á dirigirse á Lima. 

Pueyrredón, el gran patriota, el ilustre Supremo Direc- 
tor de la nación argentina, el que preparó con San Mar- 
tín la gloriosa campaña cl^ los Andes, y al que Buenos 
Aires aún no ha levantado una estatua en reconoci- 
miento de servicios inmortales, teniéndola otros que me- 
nos hicieron; Pueyrredón, en 1817, en una carta jovial di-* 
rígida «1 General San Martín, le decía: «Van todos los 
vestuarios pedidos, y muchas más camisas. Van cuatro- 
cientos recados y van hoy por el correo los dos únicos cla- 
rines que se han encontrado. ^ 

«En Enero de este año se remitirán 1.387 arrobas de 
charqui. Van los 200 sables de repuesto que me h*a pe- 
dido. Van 200 tiendas de campaña y pabellones, y no 
hay más. Va el mundo, va el demonio y va la carne. Y' 
no sé cómo me irá con las trampas en que quedo, para 
pagar todo; á bien que en quebrando, cháncelo cuentas 
con todos, y me voy yo también para que usted me dé 
algo del charqui que le mando. 



163 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

«Y c ! no me vuelva ttsted á ped'r más,. si no quiere- 

recibir la noticia de que he i^manecido colgado dé un ti- 
irahte de la fortaleza.» » 

Esta carta íntin)^ pone en evidencia cuáles fueron los 
glandes sacrificios del gobierno argentino para llevar á 
cabo la campaña á través- de los Andes y libertar á 
Chile del dominio español. ♦ 

S|C 4' '1' 



La expedición marítima la formaba una escuadra com- 
puesta de siete buques; á saber: un navio con 64 caño- 
nes y 492 tripulantes, dos fragatas con 98 cañones y 86^ 
tripulantes, una corbeta, dos bergantines y una goleta- 
aviso con 69 cañones y 311 trípíUlantes; total, 231 caño- 
nes y 1672 hombres de tripulación. . 

Eran mandados estos buques por Lord Ciockrane, vice- 
almirante y célebre marino ingles al servicio de Chile^ 
seis capitanes de fragfita y uno de corbeta. * 

Los buques de transporte eran catorce: once fragatas^ 
dos bergantines y una goleta, con un tonelaje, en todo, 
de 4^840. '■ ^ ' 

Estos buques conducirían, además del ejército, cómo- 
seis mil cajones y bultos, de equipos, municiones de guerra 
*y de boca, útiles y herramientas de maestranza, arma- 
mento, CHballos, etc., etc. «. 

Como se ve, la expedición era costosísima, y se ex- 
plica la demora y los esfuerzos que hubo que hacer para 
reunir todos aquellos elementos. 

Á •-mediados de 1820 todo estaba pronto: se había dada 
ya la última mano y el Estado Mayor había form*ado la 
distribución proporcional para cada uno de los trans- 
• portes. . 

El ejército se componía de tres divisiones : 1.*, vanguar- 
dia; 2.% centro; 3.% retaguaidia. 

La 1.*^ la mandaba el Coronel de granaderos á caballo 
don Rudecindo de Alvarado. 

. [ 



K 



1^ 



.<• 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 169 

La 2,% el Coronel Mayor don Juan Antonio Áj^-arez 
de Areimles. 

La 3.", el Coronel don Franc^gco Antonio Pinto. 

La más fj^erte de las tres era la del centro, á las ór- 
denes de Arenales, con un efectivo de 1,657 hombres y • 
13 cañones. 

Se nombró jefe del Estado Mayor al Coronel Mayor don 
Juan Qregorio da Las-Henas, brazo derecho (Je San Mar- 
tín, y en algunas circunstancias superior á él, porque reu- 
nía condiciones que lo hacían aparecer como forjado en 
el molde antiguo de los héroes, que se retemplaban en los 
grandes desastres, hasta el punto de obligar á la fortuna 
á declararse en su favor. Las*Heras y Arenales eran*las 
cabezas mejor organizadas de los ejéttitos de la revolu- 
ción argentina, después de Belgrano^^ San Martín; y co- 
locamos en primera línea á Belgrano, porque él fué el 
primero que, improvisándose soldado, llevó al fuego los 
primeros voluntarios de la independencia y ganó la ba- 
tallii más sonada en los fastos militares americanos, to- 
mando prisionero en Salta á todo el ejército enemigo, 
desde general á tambor. Belgrano fué, como general, el 
Dumouriez argentino, pue«, como él, salvó con su victoria 
«u la frontera la causa nacional, siendo Belgrano supe* 
rior al general francés por bus virtudes. 

^XL 

El 1.** escuadrón de granaderos á caballo del 1.^^ re- 
gimiento -era el único que quedaba de éste, después de su 
disolución en las provincias de Cuyo en 1819, y se eficon- 
traba siempre á las inmediatas órdenes del General Las- 
Heras. 

Nuestros amigos el Comandante Gerardo Villa- Ma- 
yor y los Tenientes Florencio Villa- Mayor y Armando 
Vélez-Suárez se despidieron, en Junio de ese año, de la 
familia de este último, en Rancagua, y de las buenas amis- 
tades que dejaban en Santiago. 



170 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

Guardo, que ya era padre de^un hermoso varón que 
«u bella esposa Margarita había dado á luz ea Marzo 
del ano anterior, hallándose de nuevo por aquel enton- 
ces en egtado interesante bastante avanzado ;^Gerardo, de- 
cíamos, en medio de aquellos seres querido?, sentía que 
su valor iba abandonándole á medida que se aproximaba 
el día de su partida. 

Los ítltimos días que pasó- al lado de su familia, con 
licencia de su general^ se le veía pasear taciturno por el 
jardín de la casa- quinta que habitaba, teniendo á su lado 
á su joven esposa, que llevaba en brazos al hijo de su 
amor. 

Margarita le decía; 

-^Comprendo t» coirtrariedad y tu tristeza, Gerardo, al 
tener que decirme adió?, en el estado en que me' encuen- 
tro, pues en breve tendremos otro hijo; ¡pero qué hacer! 
es necesario que ca(J¿i uno cumpla con su deber sin va- 
cilaciones: la patria es lo primero, después la familia. La 
Providencia, que en sus inescrutables designios jamás 
abandona á los buenos, bos ha de conceder su protec- 
ción. Todo hace suponer que la campaña en el Perú ha 
<ie ser rápida, cómo nos lo ha dicho fray Miguel Ángel, 
al despedirse de nosotros el mes pasado'; asegurándonos 
que los combates habjan concluido, pues los españoles, al 
llegar el ejército patriota á Lima, se reembarcarían para. 
Eápaña, abandonando definitivamente estas regiones.- Si 
esto es cierto, como no puede wenos* de serlo, pues ha- 
biéndolo dicho fray Miguel no hay por qué ponerlo en 
duda, y más estando como está en todos los secretos del 
general, ¿por qué no pensar que dentro de pocos meses 
volveremos á estar reunidos para «o separarnos más, desde 
-que ya la guerra habrá tefmimido con el triunfo de nues- 
tra causa? 

Ya me parece verte, Gerardo raíoj de vuelta, con las 
«barreteras de coronel, y que paseamos por esta misma 
•calle de árboles, llevando tu en brazos el ángel que es- 
peramos, y yo corriendo con mi pequeño Gerardo tras de 
alguna mariposa ó de algún mirlo que, confiado, esté po- 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 171 

sadd en las ramas de uno de estos naranjos, haciéndonos 
oir sus melodiosos trinos. 

Sí, Gerardo, debes tener confianza en que seremos fe- 
lices; .yo la tengo, porque me la inspiran la fe en el triunfo 
de nuestra causa y el amor que te profeso. Durante tu 
ausencia estaré en compañía de mi madre orando por ti 
y por nuestros hermanos Florencio y Armando, y cuidaré 
de nuestros pequeños hijos, á quienes enseñaremos á re- 
zar por ustedes, porque la voz de los ángeles siempre es 
¿«cuchada en las alturas. 

. Y apoyando su cabeza en el hombro de Gerardo, lo 
miraba con ternura y expresión infinitas. 

El «omandante repuso entonces: 

— Querida Margarita, participo de tu misma confianza. 
Fray Miguel te ha dicho la verdad: Ja campaña será 
corta; •con la toma de Lima todo habrá^ terminado, y en- 
tonces pediré jil general una licencia para regresar; tó sa- 
bes que hoy mismo, p¡ la solicitara, como lo han hecho 
muchos, oficiales, podría quedarme en el ejército que per- 
manecerá en Chile en observación; pero no, creería. fal- 
tar á un deber sagrado si pl-efiriera los halagos del hogar 
á los- peligros y dificultades de esta nueva campaña, ab- 
solutamente indispensable para el triunfo definitivo de la 
independencia americana. Así es que puedes contar con 
que dentro de algunos meses estaré de vuelta para abra- 
zarlos á todos y no separarnos más. 

Si estaba pesaroso, es porque pasado mañana mismo ten- 
dié que dejar á ustedes para ponerme en marcha. Estamos 
á principios de Julio, y mi licencia, como la de todos los 
que la solicitaron para despedirse de sus familias y ami- 
gos, termina ya; te ruego, pues, que te armes de valor, á 
fin de que las horas que nos quedan hasta el monden to 
de la' partida, las pasemos juntos con toda tranquilidad 
de espíritu y alegría. 

Te recomiendo mucho que todas las semanas envíes una 
carta al Ministerio de la Guerra, dándome cuenta circuns- 
tanciada de tif situación, de la de nuestros hijos y de la 
de nuestra madre, pues teniendo esas noticias, mi ánimo 
se sostendrá firme en todos los momentos. 



172 UNA HEHOÍNA MENDOCINA 

Armando Vélez-Suárez se había despedido ya de la 
madre, de Margarita y de Guillermo, que quedaba en San- 
tiago, en la Administración de Guerra. 

El tínico que no te despidió personalmente fué Floren- 
cio Vil la- Mayor: lo hizo por medio de iftia sentida carta, 
excusándose con sus muchas atenciones; asegurando que 
pronto estarían de vuelta vencedorea y prometiéndose para 
entonces días felices en el hogar de sus hermanos; Dfre-^ 
cía, como superior en grado, cuidar d» Armando, y de- 
volverlo al cariño de los suyos con gloria y felicidad. 
Concluía abrazando á todos y rogando á la piadosa señora 
de Vélez-Suárez que no los olvidara en sus oraciones. 

XLI 

A mediados de Agosto, el ejército estaba acampado por 
divisiones en las cercanías de Valparaíso, 4)uerto 'en 
donde debía efectuarse el embarco. Todo había sido pre- 
visto: desde el cálculo con arreglo al tonelaje dé c^da 
«• buque, para la fuerza que deberían recibir, ha^a los plan- 
chones ó puentes sobre los que debían hacer su. embarco 
las tropas y rodar la artillería, el Estado Mayor General 
lo determinó con prolijidad suma. 

Por la numeración acordada á cada cuerpo empezó el 
^embarco el 19 de ese mes, terminándose el 20. E^ta ope- 
ración se vi?rifícó con tal exactitud y celeridad, que, hoy 
mismo, dotados como están los puertos de' elementos per- 
feccionados de todas clases, haría honor á la organización 
militar que la llevase á cabo en tan buen orden y s^u- 
. ridad. . - — 

En el navio «San Martín;» se embarcó el general en 
jefe con sus ayudantes, intendencia y empleados del cuar- 
tel general; así como la imprenta del ejército, verdaderji 
• novedad en aquella época y punto menos que imposible 
de Jlevarse en una expedición que, al pisar tierra, debe- 
ría hacerlo á viva fuerza, tíomo era d3 presumirse. 

£1 Vicealmirante Cockrane tenía su insignia en la fra- 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 173 

gata «O'Higgíns», y toda la escuadra navegaba bajo el 
pabellón de la República de Chile. 

El mar se cubrió en breve de veintiuna velas, navegando 
.en conserva y haciendo las señales que el cuadro pre- 
parado al efecto designaba, de día 6 de noche. La capi- 
tana del convoy ó transportes era el navio «San Martín», 
y á éste se comunicaban los incidentes del viaje. Después 
de nueve días de navegación con mar tranquilo, en que 
parecía que hasta los elementos eran auxiliares de la em- 
presa de los patriotas, se desencadenó un fuerte temporal, 
que separando algunos de los buques del convoy, puso 
en alarma al general en jefe, pues podía suceder que disr 
persándose las fuerzas expedicionarias, no concurriesen al 
desembarco en et lugar indicado y con la unidad que era 
indispensable, dificultándose (on ello la operación, si es 
que no se malograba del todo. 

^ V T* 

La historia ofrece á cada paso hechos de esta natu- 
raleza. 

Al terminar el siglo pasado, la Francia revolucionaria 
preparó y envió un ejército de treinta y tres mil hombres, 
á las órdenes del General Hoche y conducido por una 
flota al mando del Contraalmirante Bouvet, que debía des- 
embarcar en Irlanda, en la hermosa bahía de Bautry. 

Una borrasca sorprendió á la expedición en el océano, 
y la escuadra se dispersó. El Contraalmirante llegó pri- 
mero con diez y siete mil hombres; esperó un día y otro 
día al General Hoche, pero en vano, pues no vino éste 
ni el resto de la escuadra. Alarmado entonces el Almi- 
rante, porque los ingleses podían muy bien cortarle la re- 
tirada ó sorprenderle en flagrante invasión, y también por- 
que la borrasca empezaba de nuevo, cortó las amarras, y 
poniéndose en franquía, dirigió la proa de sus bajeles ha- 
cia las costas de Francia. 

Entre tanto, un día dei^pués de haber abandonado el* 
Almirante francés la bahía de Bautry, llegaba Hoche 



174 UNA HEROÍNA' MENDOCINA 

con el resto de la escuadra. Admirado de aquella soledad, 
inquiere de los pescadores lo ocurrido, y, desesperado, re- 
gresa á Francia sin encontrar un solo crucero inglés, lo 
mismo que Bouvet, que después de una penosa travesía, 
porque la tempestad es la aliada de todos los tiempos de 
la Gran Bretaña, llega también sin novedad. 

Aleccionados los ingleses con aquella expedición frus- 
trada, arreglaron las cosas de modo que en lo futuro fuese 
imposible repetir el ensayo. 

Lo mismo pudo ocurrir á San Martín: que llegando á 
la bahía de Paracas, punto designado para el desembarco, 
se encontrase con la mitad del ejército; pero la fortuna 
que acompañó á la Independencia Americana hasta ter- 
minarla, tenía dispuesto que los buques extraviados llega- 
sen con felicidad á los puntos de reunión marcados en 
sus instrucciones, de modo que, salvo incidentes sin ma- 
yor importancia, la expedición llegó en perfecto orden y 
echó sus anclas en la bahía ya indicada, que se encuen- 
tra á nueve millas del puerto de Pisco, al Sur. 

Parece imposible que la escuadra realista, que dominaba 
ios puertos del Perú, no tuviera sus cruceros sobre las 
costas de Chile, sabiendo, como sabían, las autoridades es- 
pañolas en Lima, que la expedición se proyectaba en con- 
drciones serias, pues un número tal de buques como los 
que se aprestaban en los puertos chilenos, no podía dejar 
de ser advertido por una administración medianamente, 
regular; pero así sucede cuando está escrito en el libro 
del Destino el feliz éxito de una empresa, por arriesgada 
que ella sea. 

Los españoles habían perdido su fuerza moral con los 
desastres que sucesivamente sufrieron sus armas en Tu- 
cumán y en Salta primero, y en Chacabuco y Maypú 
después. Principalmente la resistencia que encontraron los 
mejores soldados de España en Salta, en las repetidas in- 
vasiones que llevaron á cabo á territorio argentino por el 
Alto Perú, los había desmoralizado. El pueblo salteño, con 
8U caudillo Güemes, prestó los más grandes servicios que 
pueblo alguno puede prestar á la causa nacional. El pa- 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 175 

triotismo heroico de Salta había demostrado á los invaso- 
res que de ahí no pasarían á órenos de morir hasta el 
último de sus defensores. La victoria coronó sus esfuer- 
zos una vez y otra vez. Así que, recordando esos gran- 
des hechos llevados á cabo por los gauchos provincianos 
de aquellas regiones apartadas, no hemos podido ver sino 
como una sensible injusticia, el desdén con que ha sido 
considerado, hasta hace pocos a&os, por los naturales de 
Buenos Aires, el morador de aquellas provincias del inte- 
rior, sin pensar que, argentinos unos y otros, todos dieron 
en su tiempo glorias inmortales á la patria. 



XLII 

■ 

Llegada la expedición al puerto señalado de antemano, 
y que sólo el General San Martín y Lord Cockrane co- 
nocían, — porque sobre este punto se había guardado la 
más absoluta reserva» — se dio orden de prepararse para 
el desembarco. La costa, al parecer, estaba solitaria; lo» 
cuerpos procedieron á organizarse en sus buques respec- 
tivos, y después de armar aceleradamente las fuertes ar- 
madías preparadas con anticipación, dieron principio al 
desembarco el día 8 de Septiembre al asomar el día. 

Los buques ¿e menor calado protegían el acto. Una 
compañía de infantería embarcada en botes y lanchas, se 
dirigió rápidamétite á tierra, para servir como guerrilla ex- 
ploradora. Luego llegaron cincuenta granaderos en una 
armadía, y montando en seguida en los caballos que ha- 
bían traído, salieron al trote. Vestían éstos el uniforme 
de parada, y los mandaba el Teniente Florencio Villa- 
Mayor, llevando por segundo al Teniente Armando Vélez- 
Suárez. 

Les siguieron los batallones 7 y 11 argentinos y 2 chi- 
lenos con dos piezas de artillería, asumiendo el mando de 
esa división el jefe de Estado Mayor, General Las-Heras. 

Aun no había terminado el desembarco de la división. 



r 



'T^ 



17G UNA HEROÍNA MENDOCINA 

* » 

cuando apareció un escuadrón enemigo. Con simples gue- 
rrillas lo rechazaron, retirándose aquella pequeña fuerza 
á cierta distancia, desde donde envió chasques en todas 
direcciones, permaneciendo entretanto en observación. 

Ordenó San Martín que el General Las-Heras se pu- 
siera .en movimiento ese mismo día y fuera á tomar el 
4)ueblo de Pisco, que, como hgmos dichO;, se hallaba á 
diez y nueve kilómetros^del líigar donde el ejército efec- 
tuó su desembarco. La marcha fué en extremo laboriosa, 
porque con excepción del general y de la compañía de 
granaderoj^ Jas demás fuerzas marchaban á- pie, arras- 
trando los cañones; aumentaba las dificultades el terreno 
que tenían que recorrer, pues marchaban por una extensa 
playa; pero nada era imposible para aquellos hombres, 
que se sobreponían á las mayores privaciones y fatigrfb. 

El escuadrón enemigo seguía también, fuera de alcance, 
los movimientos de la columna, sin hostilizarla: verdad 
€s que tampoco podía hacerlo, porque la artillería y los 
granaderos á caballo se lo hubieran impedido. 

Así llegó aquella división, ya cerrada la noche, al pue- 
blo de Pisco; hizo alto en las inmediaciones, y después de 
un prolijo reconocimiento en todas direcciones, efectuado 
por los granaderos y guerrillas de infantería, se vio que 
la población estaba abandonada. Inmediatamente tomó 
posesión del pueblo el General Las-Heras, dando aviso 
al general en jefe por medio de un ayudante, que volvió 
por el mismo camino que había recorrido la columna. 

El silencio más profundo reinaba en aquella población: 
parecía que no había persona alguna, pues no se veía una 
luz. La división descansó después de tomar las precaucio- 
nes consiguientes; y, al aclarar el día, los piquetes que re- 
corrían las calles pudieron cerciorarse de que sus mora- 
dores habían huido ó la habían desocupado á la fuerza. 

Efectivamente, después se supo que los españoles pu- 
blicaron un bando, por el cual se ititinmba, bajo pena de 
la vida, que todos los habitantes deberían abandonar los 
pueblos inmediatos á la costa, al avistarse la expedición 
de los insurrectos que venía de Chile; atemorizábalos ade- 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 177 

• • • 

más la creencia de . que iban á ser saqueadas sus casas 
por los insurrectos, pues las autoridades realistas, les ha- 
bían dicho que así procedían siempre aquéllos cuando en-, 
traban en alguna población. 

Loe españoles habían retirado asimismo de las inme- 
diaciones todos los elementos de movilidad y víveres, á 
fin de que los insurgentes no los utilizaran; pero como 
todo había sido previsto por la administración del ejército 
expedicionario, los buques conducían lo^ necesario para 
los primeros días. 

Con toda comodidad se alistó el ejército en la playa de 
Pisco, tomando posesión del puerto, aduana y depósitos, 
descansando del viaje y de las fatigas, organizando au 
material y esperando la ocasión de hacerse de medios de 
movilidad que le faltaban ; j>ero en esto llegaron los bu- 
ques retrasados, entre los que se encontraba el que con- 
ducía los caballos; de modo que, seguro ya de la empresa, 
el General San Martín desembarcó á su vez con su Es- 
tado Mayor y Cuartel^ general, ocupando una de las An- 
ejas niás notables de los alrecledores del pueblo, propie- 
dad de un marqués de Campo Ameno, que había huido 
<;on los demás. 

Al saberse por los moradores de la campaña el orden 
y disciplina del ejército patriota, las familias,^ comerciantes 
é industriales empezaron á volver á Pisco, y todos los 
habitantes de diez leguas á la redonda, impulsados por 
la curiosidad y la eonfíanza que inspiraban los expe<jli- 
cionarios, se presentaban poco después á ver los soldados 
-de San Martín, cuya fama era notoria ya en el Perú. 

Cuando vieron á los soldados y á los oficiales, quisie- 
ron ver á los jefes, y finalmente al ¡lustre caudillo, cuyo 
nombre era el terror de los españoles. Como esto no era 
fácil, porque el General San Martín se ocultaba todo lo 
que podía á miradas indiscretas, esperaban la ocasión de 
verlo en sus paseos de costumbre, de mañana ó de tarde, 
•en que salía á caballo, llevando por toda comitiva á su 
ordenanza, que á cierta distancia 'seguía siempre al ge- 
neral. 

12. 



178 



UNA HEBOÍKA MENDOCHKA 



i* 



m 



Todas las miradas estaban fijas en el general: la de su 
ejército, .que lo esperaba todo de su sabiduría y de su for- 
tuna; la de los habitantes, que pensaban en su suerte fu- 
tura, con motivo de la lucha que tendría lugar en breve^ 
y la del Virrey Pezuela y sus generales, que desde Lima 
seguían todos sus actos. 

El estado de ánimo de los habitantes del Perd era fa- 
vorable en aquella época á la conquista que pronto iba á 
realizar d ejército libertador; pero con todo era menester 
la dirección de un hombre tan hábil como el Greneral 
San Martín para llevarla á cabo. 

El pueblo indígena, y aun los mismos españoles con- 
servadores, estaban fatigados de la < arbitrariedad de los 
virreyes ó capitanes generales, de su rapacidad desme- 
dida, de las riquezas que acumulaban por ese medio, de 
la crueldad que usaban con los naturales, y, en fin, de 
todos los extravíos de una prepotencia sin control. 

Con la supresión de los ayuntamientos, los moradores 
del Perú quedaron entregados á la voluntad absoluta de 
los virreyes, de las audiencias y del clero, que cada vez 
más, á medida que declinaba el poder español, oprimía 
al pueblo. Aislado de todo comercio extranjero, estaba 
entregado el Perú á la voracidad de las compañías de Cá- 
diz, como antes lo estuviera á las de Sevilla, en virtud de 
las disposiciones irrisorias de un congreso reunido en Lima 
tres siglos antes. 

Aquel monopolio brutal fué la causa primera de la re- 
volución americana. 

La aduana fiscal de la península causó mayores daños 
á los intereses españoles que las guerras que tuvo que 
sostener y que los desórdenes de su administración. 

Los impuestos, las gabelas, la aduana terrestre, los de- 
rechos repetidos en. España; en fin, todo un cúmulo de 
errores y desaciertos, trajeron para esa nación, á princi- 
pios del siglo, su decadencia y su ruina, con la pérdida 
de sus colonias. 




UNA heroína mendocina 179 



XLHI 

Descansado y organizado el ejército en Pisco, ordenó 
el gentrdl en jefe que una pequeña división, al mando del 
General Ardíales, se adelantase camino de Lima y se 
posesionase de unas ricas haciendas de españoles que se 
hallaban á corta distancia de Pisco. Encontró allí el ge- 
neral importantes depósitos de artículos de consumo y pro- 
ductos de la hacienda, y además gran número de negros, 
que en breve fu«x)n hechos soldados los más jóvenes, con 
satisfacción de su' parte, porque conquistando su libertad 
de una manera djgna, se sustraían á los castigos horroro- 
sos que sufría la esclavitud. 

Los negros esclavos de las haciendas del Perú corrían 
á engrosar las filas del ejército libertador, y los natura- 
les buscaban también su incorporación para alistarse bajo 
las banderas de la revolución. Desde el Atacama hasta 
el Amazonas, un millón de hombres gemía bajo el abso- 
lutismo y la tiranía de los virreyes: era necesario, pues, 
á todo trance libertarlos; pero era también indispensable 
que ellos mismos concurriesen al triunfo definitivo. 

El ejército español era poderoso aún en el Perú: más 
de diez mil hombres se encontraban bajo las banderas 
realistas, y una fuerte escuadra defendía sus puertos. La 
empresa parecía superior á las fuerzas materiales de la 
expedición, pero el genio de San Martín y de Cockrane 
y el patriotismo del ejército vencerían todos los obstácu- 
los en un plazo más ó menos breve. 

La escuadra española no osaba presentarse ante la ban- 
dera estrellada de Chile; aquellos marinos que en otro 
tiempo fueron la admiración de Jas naciones, y cuyos 
nombres dejaron recuerdos imborrables en todos los ma- 
res desde I-<epanto á Trafalgar, no estaban allí. Cockrane, 
el célebre marino inglés, defensor de la libertad en los 
dos grandes océanos y en el archipiélago griego, el que 



180 UNA HEROÍNA MÉNDOCINA 

más tarde debería ser almirante del pabellón "azul en In- 
glaterra, una de las más altas dignidades; Cockrane, de- 
cimos, imponía de tal modo á los marinos españoles <Jel 
Pacífico, que á su solo nombre corrían á esconderse en 
Jos puertos, bajo las baterías de los fuertes; pero estaba 
escrito JC[\ie allí mismo ¡ría á buscarlos personalmente para 
apresarlos con sus buques. Sin un marino tan audaz como 
el conde de Dundonajd, y tan ^acostumbrado á las gran- 
des operaciones de la guerra marítima, difícilmente hu- 
biera tenido éxito la expedición del General San Martín 
al Perú, porque las probabilidades estaban en su contra, 
y posible habría sido que la escuadra española, dirigida 
de otro modo, hubiese dispersado el convoy ó apresádolo, 
de manera que en este casa la expedición habría caído 
prisionera en todo ó en parte. 

Cuando tuvo lugar la expedición libertadora á las cos- 
tas del Perú, la escuadra española estaba- amedrentadas 
las operaciones sucesivas llevadas á cabo por Lord Coc- 
krane en aquellas dilatadas costas, había acobardado á 
los marinos españoles: sólo en sus fondeaderos y bajo 
los fuertes se consideraban seguros. 

Verdad es que faltaba á los elementos Tealistas en el 
Perú una cabeza dirigente. El Virrey Pezuela era uña me- 
dianía: palaciego del antiguo régimen, enriquecido y fati- 
gado, al ver que los negocios de España en América iban 
. mal, su único- deseo era regresarla España. 

Después del desastre de su hijo político el General 
Osorio, en Maypú, y del abandono definitivo de Chile, 
su ánimo decayó visiblemente, pues con tantos elementos 
como poseía, no supo siquiera defender las costas del Perú, 
ni hacer esfuerzo alguno por impedir el desembarco d^ 
los patriotas, ni oponerse á su marcha, lo cual era tan 
fácil en terrenos áridos, disponiendo como disponía de' to- 
dos los recursos del país. 

El Perú, cuya situación geográfica* puede dividirse en 
dos porciones, esto es: la parte montañosa de cordillera y 
sierras al interior, y sobre la costa la de extensos y pe- 
sados arenales alternados con pequeños valles, tenía tam- 



UNA HEROÍNA MENDOCÍNA 181 

bien en aquella égoca una población relativa á cada uua 
de esas dos porciones. 

En la sierra, el verdadero indígena casi en la misma 
situación de los tiempos primeros de la conquista, bravo, 
fuerte y vivaz, dispuesto á todo con tal de mejorar su 
condición, y en la» costas los moradores con costumbres 
de una civilización relativa, y con ideas y ambiciones apro- 
piadas á su situación y al contacto, aunque limitado, con 
la navegación y comercio europeos, sentían también ne- 
cesidad de mayor libertad para sus respectivas industrias. 

Reinaba gran turbación en Lima, porqué las noticias 
que se enviaban al virrey eran muy exageradas. Se afir- 
maba que un ejército de diez -mil hombres había desem- 
T>arcado y marcharía directamente sobre la capital, y que 
una escuadra de más de veinte buques sitiaría todos los 
puertos del Pero, apresando al fin la escuadra española. 
Creyeron, pues, oportuno las au4:oridades españolas iniciar 
un armisticio, enviando previamente parlamentos á Pisco, 
con el objeto, sin duda, de conocer la importancia de la 
expedición, y á la vez ganar tiempo para concentrar fuer- 
zas y dar la voz de alarma. 

El armisticio tuvo lugar, porque al General San Martín 
también le convenía, para estudiar con mayor detención 
el terreno que pisaba y ensanchar sus conocimientos. 
Mientras tanto el general formó definitivamente su plan. 
Reforzó la división del General Arenales y ordenó á éste 
que, internándose en la sierra, operase sobre iGs jefes es- 
pañoles hasta situarse en Jauja, á fin de dominar com- 
pletamente esos desemboques y privar así de recursos á 
Lima. Arenales era considerado como el general más apto 
para operar en las montañas. 

San Martín, á su vez, dispuso reembar<yirse con el resto 
del ejercita é ir á situarse al Norte de Lima^ con el objeto 
de buscar la cooperación de los habitantes de las provin- 
cias altas, y estrechando á Lima gradualmente, obligar 
al virrey á entregarle la capital, llave de la dominación. 

Como San Martín no se consideraba bastante fuerte 
para chocar resueltamente con el ejército espaíiol, se li» 



182 UNA HEBOÍNA MENDOCINA 

mito á maniobrar, apoyándose ya en , el mar, ya en las 
montañas, y buscando con suma habilidad la concurren- 
cia de los naturales, á los que trataba de animar con pro- 
clamas impresas que difundía entre los vecindarios, admi- 
rados de aquellas ideas nuevas y de la forma de emitirlas. 
Difícil es, si no imposible, para el simple novelista, y aún 
para el historiador, interpretar los actos y pensamientos 
del genio. San Martín, en Pisco, vio como á través de 
un transparente, los obstáculos que le oponían los hom- 
bres y la naturaleza, para llegar y posesionarse de Lima. 
Penetró con su mirada de águila la sierra, el curso de 
los ríos, los lugares en qué debía hacer pie firme el es- 
pañol, y en su pensamiento fué desenredando la madeja 
misteriosa, pesando el pro y el contra de aquella campaña 
que iba á realizar con tanto brío y seguridad. «Dio, pilas, 
sus instrucciones á Arenales con la misma precisión con 
que un consumado jugador de ajedrez hubiera colocado 
sus piezas en el tablero. Todo fué previsto para la toma de 
Lima; operación ésta, á nuestro juicio, de tan difícil ejecu- 
ción, que para cualquier otro general que no fuera el ven- 
cedor de Chacabuco, habría sido de funestos resultados. 



XLIV 

» 

A fines de Agosto se reembarcó el ejército en la misma 
forma que vino de Valparaíso, y tomó rumbo al Norte, lle- 
gando con toda felicidad á la hermosa bahía del Callao. 

Grande fué el alboroto y agitación de los habitantes de 
la costa, de los defensores de los fuertes, y de Lima misma, 
ante aquel aparato de fuerza. Se habían reunido al con- 
voy, accidentalmente, algunos buques mercantes que iban 
en busca de colocación para los artículos que conducían, 
y esta circunstancia hacía aparecer á la expedición más 
respetable de lo que era en sí misma. 

Cockrane había dispuesto su escuadra en forma de me- 
dia luna, y de noche, con lanchas cañoneras que hacía 



•1 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 183 

aproximar hasta la cadena que protegía el foncteadero in- 
tenor, simulaba ataques disparando sus pequeños caño* 
nes y morteros, que en breve ponían en movimiento á 
toda la bahía. 

Los buques españoles y lo% fuertes rompísgi á su vez el 
fuegOj iluminando con granadas el espacio, pero sin alcan- 
zar á los buques de la expedición, que estaban fuera de tiro. 

El ejército gozaba con estos simulacros nocturnos. 

La permanencia del convoy en el puerto del Callao fué 
corta; después de hacerse admirar de la ciudad de los 
Reyes, denlos castillos «Real Felipe», «San Miguel» y 
«San Rafael», que consideraban inexpugnables los espa- 
ñoles, estos buques levaron * anclas, y saliendo al Norte, 
fueron á fondear á la bahía de Ancón, como á siete le- 
guas de Li^ta. ^ 

La escuadra independiente bloqueaba mientras tanto los 
fuertes y la flota del Callao, esperando el Almirante Coc- 
krane una oportunidad para sorprender á la escuadra es- 
pañola. 

Después de los preparativos convenientes, en la noche 
del 5 al G de Noviembre, catorce lanchas y botes se des- 
prendían de la capitana, fragata «O'Higgins», tripulados 
^por marinos uniformados de blanco con un distintivo en 
el brazo, quienes se deslizaban como fantasmas, refleján- 
dose en las aguas cristalinas. Silenciosos, mudos, sin que 
se percibiese ni siquiera el ruido natural del movimiento de 
los remos, parecían avanzar movidos por un impulso mis- 
terioso y por una voluntad invisible. 

Una lancha, la principal, "marchaba á vanguardia con 
toda rapidez; ésta llevaba á su bordo al almirante, que, 
vestido igual á los demás, y ceñida al cinto su espada de 
combate, debía subir el primero al abordaje. 

En balde sus segundos, los Capitanes Grosbie y Guise, 
solicitaron para ellos el puesto de mayor peligro; todo fué 
inátil: Cpckrane reservó para sí iniciar el ataque. 
, Al pasar cerca del fondeadero de los buques de guerra 
neutrales, los marinos de éstos, apoyados en las bordas, 
seguían con la vista el movimiento de las lanchas que. 



184 UNA HER0Íl7A«ICE:ín>0ClNA 

continuaban imperturbables sil camino; inm^iatamente se 
hicieron cargo del drama que iba á d^arroUarse, y silen- 
ciosos también, permanecieron en la actitud que les co- 
rrespondía. 

Serían las doce, cuando 1 j expedicióo. nocturna llevSba • 

á cabo la primera parte de su empresa, cruzando la ca- 
dena que resguardaba el puerto interior, en donde se ha- 
llaba la escuadra española. • 

Allí, guardando la misma embocadura, estaban dos ca- 
ñoneras como de guardia avanzada, pero tan mal tripu- 
ladas, que sólo sintieron á los patriotas cuando éstos les 
intimaban rendición. * * 

No tuvieron tiempo ni para dar la voz de alarma. Ren- 
didas las dos cañoneras, fueron encerrados sus tripulan- 
tes' en la escotilla con una guardia «obre cujjierta. 

Prosiguió el almirante su marcha hasta en volver á la 
fragata «Esmeralda», el mayor buque de la marina espa- 
ñola en aquellos mares. Sin ser sentido, Cockrane fué el 
priméVo que subió á bordo. EL centinela ^español, medio \ 

dormido, le dio en el pecho un culatazo, atrojándolo nue- 
vamente al bote; pero ya sus marinos, obedeciendo las 
instrucciones recibidas, habían invadido el puente, tra- 
bándose en pelea con la tripulación española, que ha-^' 
hiendo acudido al grito del centinela, hacía esfuerzos por 
rechazar el asalto. 

Ivord Cockrane volvió á subir más terrible que antes, 
y llamando á sus marinos, organizó el ataque, dominando 
en breve la popare la fragata y rechazando hacia la proa 
á los defensores, quienes, Yéndose vencidos, diezmados 
por el fuego que se les hacía desde el puente y las jar- 
cias, ^e replegaron al interior del buque, rindiéndose final- 
mente los más y arrojándose al mar algunos, que prefi- 
rieron hundirse en las olas antes que rendirse. 

Los fuertes, sorprendidos con las descargas de fusilería 
en el puerto, no tuvieron duda de que se trataba de un ^ 

ataque contra algún buque de su escuadra, y empezaron ' j 

á hacer un fuego incesante con sus baterías, que causa- ^ 

ron mucho daño á sus^ropios buqi^s. 



% 



UNA HEROfNJT MENDOCINA 185 

» 

En medio de este' .infierno de cañoneo, de tiros de fu- 
sil, de gritos de muerte y de vocea «.de mando, los asal- 
tantes de la «Esmeralda» cortaron su» amarras y se pu- 
sieron en franquía, llevando la fragata al fondeadero neu- 
tral, primero, para ponerla á cubierto del fuego de ttierra, 
que cada vez era más nutrido, y conduciéndola después al 
de bloqueo, donde estuvo ya antes de las tres de la ma- 
ñana. 

El combate había sido terrible: los españoles se batie- 
ron desesperadamente, y tuvieron 13 muertos y 20 heri- 
dos, inclusos 3 oficiales, rindiéndose además 158 horntres!. 

Los patriotas sufrieron mayores pérdidas: 15 muertos y 
50 heridos. • • 

El misrfio Lord Cockrane, que se prodigó valientemente, 
recibió, además del golpe que le infirió el centinela al su- 
bir á bordo de la fragata, un balazo en una pierna, al 
llevar la carga decisiva sobre la proa, en donde estaba 
concentrada la defensa final piel buque. 

Los españoles que*daron asombrados de tanta audacia 
y de tanta fortuna, y ya no se consideraron seguros den- 
tro de sus mismas fortalezas. 

Jbos vivas de los marinos chilenos se confundían con 
los burras de las tripulaciones de los buques de guerra 
neutrales que presenciaron aquePacto de gran temeridad, 
que hizo admirar el valor de los marinos chilenos, por- 
que*aun cuando es verdad que eran guiados por un hom- 
bre cuya audacia ha causddo asombro á todos los mari- 
nos de Europa y América, también es cierto que en la 
obscuridad de la noche pudieron sustraerse al cumpli- 
miento de un deber que les imponía un sacrificio< casi se- 
guro, ó mostrarse menos abnegados; pero no, obedeciendo 
á los*(lictados de su patrifttismo, sólo . se preocuparon, en 
^sa acción memorable, de enaltecer el nombre chileno. 

Así es que al día siguiente, al flamear la bandera de 
Chile sobre los altos mástiles de la escuadra del Almi- 
rante Cockrane, parecía lucir con más altivez, con más ga- 
llardía. " 

La importancia del triunfo de Cockrane no se linfitaba, 



186 UNA HEBOÍlfÁ 'MENDOCINA 



« 



con todo, á la captura He un buque español como la fra- 
gata «Esmeralda»: este triunfo, que proporcionaba un nú- 
mero tan considerable de prisioneros, contándose entre 
ellos todo el Estado Mayor, incluso el jefe, equivalía á 
una* batalla ganada, pues que daba también á la escua- 
dra la satisfacción de devolver al ejército patriota los pri- 
sioneros que gemían en las casamatas de los fuertes espa- 
ñoles, por medio de un canje que Cockrane propuso al vi- 
^^^Yy y que éste aceptó inmediatamente. 

De este modo, los patriotas que habían caído prisio- 
neras en los contrastes sufridos por las armas argentinas 
en el Alto Perú, y que habían podido resistir á tantos 
sufrimientos, fueron libertados y devueltos al ejército. 

Un sueño les parecía á aquellos bravos soldados de la 
libertad, caídos en el campo del honor combatiendo por 
la independencia de su patria, volver, en un momento ines- 
perado, después de largos años pasados en aquellas pri- 
siones inquisitoriales, á la luz de la libertad, en medio de 
sus antiguos compañeros, cubiertos por su bandera victo- 
riosa, que abrazaban llorando, al solo recuerdo de la pa- 
tria. 

El General San Martín estaba sumamente (!bnmo>vido 
ante el aspecto que ofrecían sus nobles compatriotas: unos 
enfermos, con la mirada "apagada; otros envejecidos, con los 
cabellos blancos, y todos con surcos profundos en la frente, 
efecto del pensamiento fijo en la patria, en la familia, en 
la carrera cortada en sus albores, cuando la esperanza y 
la noble ambición agitaban sus pechos varoniles. 

Así es que cumpliendo un acto de justicia, concedió á 
aquellos patriotas dos grados sobre el que cada uno te- 
nía al caer prisionero. 

De este modo San Martín cAifortó el espíritu de siquellos 
valientes, haciéndoles olvidar sus pesares, abriendo á la 
esperanza sus corazones y animándolos para fortalecerse 
en la idea de que una nueva campaña feliz les ofrecería 
la ocasión de distinguirse. En seguida escribieron á sus 
familias tan grata noticia, prometiéndoles regresar pronto 
victotiosos. 



UNA HEROÍNA HfiNBOCINA 187. 



I 



XLV 

* 

£1 convoy estaba fondeado en la bahía de Ancón, mien- 
tras la escuadra sitiaba al Callao. El General San Mar- 
tín dispuso entonces que desembarcasen ^Jgunas fuerzas 
para descubrir á las realistas, pues deseaba tener datos 
ciertos acerca de su situación. 

£n estos momentos llegó de Guayaquil la noticia de 
que un movimiento republicano había tenido lugar allí, 
aprisionando á las auforidades españolas y declarándose 
las nuevas en favor de la Revolución. 

Este feliz acontecimiento £jó definitivamente el plan del 
Libertador, quien 'dispuso que los Generales Luzuriaga 
y Guido se trasladasen á aquel punto con instrucciones 
para las autoridades revolucionarias, y determinó des- 
embarcar resueltamente el ejército en Huacho, pequeño « 
puerto, un grado al leerte de la ciudad de Lima. 

Efectivamente allí fondeó el convoy y desembarcó el 
ejército el 10- de Noviembre de 1820. 

La suerte estaba echada definitivamente. 
* La posesión de la ciudad de Limft era el objeto prin- 
cipal que tenía en vista el gran capitán: esa era la base 
para el triunfo completo, si habían de ser favorecidas con* 
él las armas patriotas. Ya no era posible retroceder. El 
pronunciamiento de Guayaquil iluminó el espíritu del ge- 
neral y le hizo esperar otro^ proaunciamientos que en 
breve deberían producirse. 

Por otra parte, era necesario auxiliar la expedíció;i á 
las montañas, confiada al General Arenales, y operar de 
acuerdo con él para aislar al virrey en Lima. 

San Martín había publicado en Pisco, en .el mes an- 
terior, una proclama que explicaba todo su pensamiento, 
y que en su parte final decía así: 

«¡Pueblos del Perú! Yo he pagado el tributo que debo 
como hombre público á la opinión úe los demás; he he-, 
cho ver cuál es mi objeto y mi misión acerca de vos- 



i! 



_ i 




.188 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

Otros: vengo á llenar las esperanzas de todos los que de- 
sean pertenecer á»la tierra en que nacieron y ser gober- 
nados por sus propias leyes* El día que el Perú pronuncia 
libremente su voluntad sobre la forma de las instituck)- 
nes que deben regirlo, cualquiera que ellas sean, cesarán 
de hecho mis funciones, y yo tendré la gloria de anun- 
ciar al gobierno de Chile, de que dependo, que sus heroi- 
cos esfuerzos al fín han recibido por recompensa el pla- 
cer de dar*iibertad al Perú y la seguridad á los estados 
vecinos; mi" ejército saludará entonces á una gran parte 
del continente americano, cuyos derechos ha restablecido 
al precio de su sangre, y á mí me*quedará la satisfacción 
de haber participado de sus fatigas y sus ardientes votos 
por la independencia del Nuevo Mundo.» 

Una vez en Huacho con todo el material de guerra y 
recursos que aportaba para continuar la campaña, esta- 
bleció su campamento en las inmediaciones de Ta costa. 

^ Por Ja imprenta del .ejército se tiraron miles* de hojas 
sueltas, en que se hacía una ardiefite prot)aganda en fa- 
vor de la causa de la libertad, determinando los principios 
ie justicia que representaba, llevando á la' montaña, al 
valle y á los lugares más apartados, aquellas ideas des- 
conocidas de4os híibitantes del Perú, pero que despera- 
ban en ellos la más legítima ambición: la de ser libres. 

• En breve pudo palparse el resultado: el espíritu pú- 
blico-sé animaba, los naturales que servían bajólas ban- 
deras realistas empezaron á pres^tarse al Libertador; los 
ricos manifestaban 814 adhesión repitiendo á las gentes ig- 
' norantcs que tenían á su servicio, las ideas y principios 
de^la revolución y del ejército libertador. 

Pequeños encuentros entre las fuerzas descubridoras y 
los realistas iniciaron la nueva campaña, y en ellos ya 
pudieron v^r los españoles que aquel ejército venía re- 
suelto á vencer ó morir. 

En las playas de Chancay, el valiente Capitán Prin- 
gles, al mando de veinticinco granaderos, es envuelto por 

, tres escuadrones españoles, y, en vez de rendirse, prefiere 
arrojarse al mar. 



íiaC 



:j5fi 



UNA HEBaÍNA MENDOCINA 189 

A mediados de Diciembre llegó al cuartel general en 
HuaehOj un oficial de firanaderos con pliegos del Gene- 
ríü Arenales, en que daba cuenta al General San Mar- 
tín de su marcha por la sierra y de los triunfos obteni- 
dos: éstos eran de la mayor importancia. 

En un trayecto de cien leguas, la división del General 
Arenales había venido arrollando todas las fuerzas espa- 
ñolas encargadas de hostilizarlo en la marcha, hasta que 
la columna principal, al mando del Brigadier O'Reilly, 
fué alcanzada y derrotada completamente. ^ '' 

E^tas noticias causaron en el ejército *la mayor satis- 
facción, pues se empezaba á dudar del éxito 'de aquella 
expedición por la cordillera, occidental, rOTieada d^ gran- 
des dificultades y peligros;* pero la habilidad suma del 
General Arenales, y el valor de la columna que dirigía, 
ofrecieron á la causa de la independencia uno de los 
triunfos más señalados de la historia americana. 

El General San Martín, comprendiendo la importancia 
de los triunfos de la división de Arenales, ordenó se 
leyese un deoreto, en la orden del día, disponiendo que 
en oportunidad se acuüaría una medalla conmemorativa 
de aquellos hechos, destinada á los vencedores de Pasco. 

El Sargento Mayor Juan La val le fué el que condujo 
más tarde los jefes y oficiales prisioneros, incluso el Co- 
ronel Santa Cruz, y las banderas del Rey, tomadas en 
la campaña. 

El feliz resultado de Ja campaña de la sierra, obtenido 
por el General Arenales, — campaña dispuesta por el 6^e-* 
neral San Martín en Pisco, como ya hemos dicho, — per- 
mitió al ejército libertador dominar un gran territorio. 

Los triunfos de Arenales formaron el lazo de unión 
con las operaciones del ejército de San Martín* y de la 
escuadra de Cockrane. « 

La posesión de Lima que se siguió, y la del Callao más 
tarde, fueron consecuencia natural de aquel hermoso plan 
combinado y ejecutado con tanta felicidad. * 






390 UNA HEROÍNA MBNDOCINA 



XLVI 

El plan de San Martin, que iba desarrollándose con 
todo éxito, produjo la perturbación consiguiente en la 
ciudad de^Lima. 

A fines de Enero de 1821 fué depuesto el Virrey Pe- 
"^zuela por una conspiración de sus mismos subordinados, 
tomando el mando en su lugar el General Laserna; pero 
éste, considerándose impotente para resistir, propuso al 
General San Martín un tratado de paz, el que fué acep- 
tado, empezando á cambiarse ideas sobre la posibilidad 
de llegar á un acuerdo completo. 

Desde ese momento podía considerarse perdida para la 
dominación española la ciudad de Lima; porque á me- 
dida que pasase el tiempo, los realistas perderían su fir- 
meza y empezarían á creer en la seguridad que demos- 
traba el ejército patriota acerca de su triunfo definitivo. 

Así sucedió. Seis meses después,* no pudiendo los espa- 
ñoles sostenerse en Lima, porque cada día que pasaba 
estrechábase el círculo de hierro que amenazaba ahogar- 
los, abandonaron aquella ciudad, ocupándola inmediata- 
mente el ejército libertador. 

Lima, la sultana del Pacífico, la dominadora, asiento 
de los Virreyes, de las Audiencias, de los Capitanes gé- 
ñei^les, del Santo Oficio, de la Santa Inquisición, testigo 
y lugar de la tiranía y de las crueldades ejercidas en nom- 
bre de los Reyes y de los Papas, bajaba su altiva frente 
ante las banderas republicanas y echaba á vuelo las cam- 
panas de^sus templos, acompañando la marcha de los 
tambores* y^ el paso marcial de los guerreros vencedores 
desde el Plata hasta la ciudad misma de los reyes. 

La causa realista estaba perdida. La ciudad de los In- 
cas, con sus palacios tradicionales, la armadura y la ban- 
dera ^e Pizá!rro, los escudos bordados por las damas de 
la familia real de España, la pluma de oro de los virre- 



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UNA HEBOÍNJt MENDOCINA * 191 

yes, sól^ usada en circunstancias especiales, cuando se 
dirigían á los monarcas, todo, en fin, en poder del ejército 
libertador. 

Lo primero que hizo el General San Martin fué tran- 
quilizar los ánimos agitados, ^ en una proclama al pue- 
blo, expresó ideas avanzadas y liberales, que admiraron 
los habitantes de Lima, pues jamás habían llegado á sus 
oídos tan nobles palabras de olvido, tolerancia y concilia- 
* don. Se expresaba así el general : 

«Habitantes de Lima: La capi&l ha entrado ya en el 
número de los pueblos libres jie América; yo me com- 
plazco en saber que sus habitantes gozan de tan seña- 
lado beneficio, y haré tantos esfuerzos para promover su 
. felicidad, cuantos he practicado para acelerar su indepen- 
dencia. Estoy resuelto á correr^un velo sobre todo lo pa- 
sado y desentenderme de Tas opiniones políticas que an- 
tes de ahora hubiese manifestado cada uno.» 

La calma volvió á los espíritus y se vio al pueblo de 
la gran ciudad del Pacífico fraternizar con sus liberta- 
dores. 

Así como una persona privada de la vista durante largo 
tiempo, el día en que la ciencia se la hace recobrar, se 
queda extasiada ante las maravillas que ofrecen la na- 
turaleza y el arte; no cansándose de mirarlo todo, así los 
pueblos que nacieron y se formaron bajo la férrea manó 
del conquistador, primero, de los virreyes y de la inqui- 
sición después, y vivieron durante siglos agobiadosj el día 
en que se les dice: sois libres, disponed de vuestra suerte, 
nombrad el gobierno que queráis, formad vuestros códi- 
gos, cada uno de vosotros tiene derecho á ser el primero, 
porque ya no hay más títulos de nobleza que el talento, 
la virtud y el valor; esos pueblos creen que son víctimas 
de una pesadilla, pero vueltos de su impresión, tornan á 
la vida activa y á la libertad con el entusiasmo que les co- 
munica el hecho de haberles estado vedados aquellos be- 
neficios. * 

A indicación del General San Martín, el Cabildo de 
Lima, de buena ó de mala gana, —pues estaba compuesto 









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192 • 



UNA HEROÍnJC MENDOCINA 






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de personas del antiguo régimen, que sólo creían en el 
rey, su señor, — procedió á abrir sus salas capitulares para 
oír la opinión de los vecinos más respetables, «sobre si 
el espíritu público en el Perú era manifiesto por la iride 
pendencia.» • 

La T5ontestación -no podía ser dudosa: fué, pues, afirma 
tiva. 

Sobre este punto de apoyo, aunque débil, si se (JUiere 
se juró la independencia del Perú el 29 de Julio de 1821 
y el General San MaVlín, tomando la 'dirección de' los 
negocios públicos, se procj^mó protector de la libertad 
del Perú y jefe dd Gobierno. 

Creó un Consejo de Estado para que compartiese con 
él las responsabilidades y la dirección del mando, y for- 
mando un Estatuto preliminar de la ley orgánica, deter- 
minó algunos derechos fundaríentales, como la indepen- 
dencia del Poder Judicial y una libertad relativa al de- 
recho de la palabra escrita. 

Nümbró un Ministerio para que, estudiando las nece- 
sidades de la administración, indicase las reformas más 
imperiosas, tales como la instrucción pública, la libertad 
de comercio, ytiun el crédito público; se fundó la biblio- 
teca y se iniciaron otras reformas relacionadas con cues- 
tiones de interés general. -* • ** 

No sabríamos decir si el tiempo que* dedicó el General 
San Martín á los asuntos de administración y de gobierno 
en Lima, lo perdió en estudiar la forma en que deberí^i 
aumentar su ejército para buscar al enemigo y conclyir 
con él como en Chile. 

La opinión pública ha manifestado la creencia dé que 
sustituyendo el administrador al general, el jefe de go- 
bierno al capitán, faltó en aquella campaña la actividad 
y la dedicación que asuntos tan graves requerían. 

Los encuentros v combates felices ^el General Arena- 

les no erftn bastantes á resolver definitivamente la cues- 

tiót); se ha creído que era absolutamente indispensable 

^adoptar un plan de campaña enérgico, con un estudio 

perfecto de la topografía del país, para batir á los ene- 



.UNA HEROÍNA MENDOCINA 



193. 



migos, que áprovochando las ocupaciones del General San 
Martín en LinTa, engrosaban sus filas, se hacían de nue- 
vos elementos, y, reconcentrándose, se preparaban á una 
lucha tenaz. • 

La campaSa del General San Martín se limitó á la de- 
fensiva. Dominaba á Lima, y los enemigos eran impoten- 
tes para arrojarlo de allí; pero éstos, á su vez, domina- 
ban el interior del país, y fueron creciendo en audacia, 
no sólo por disponer de abundantes recursos, sino tam- 
bién por los trastornos que empezaron á sufrir las armas 
independientes. 

Habría sucedido lo: contrario si, desentendiéndose el 
:general de las atenciones del gobierno, una vez organi- 
zado éste, hubiera dirigido personalmente la campaña, re- 
montando su ejército, y tratando de obtener algunaS vic- 
torias para impedir á los españoles organizarse en la for- 
ma que lo hicierop. De ese error seguramente provino 
su desprestigio más tarde, «rror de que se aprovechó* el 
General Bólív^, llamado «el Libertador», para entrar al- 
tivo en el Perú y ocupar su puesto. 

Entretanto, los generales Laserna, Canterac y Carra- 
talá procedían activamente en las provincias del interior: 
maniobraban, aumentaban su ejército con todos los hom- 
bres útiles, reuníari^^elementos y esparaban darse la mano 
con las fuerzas venidas recientemente de la península, y 
que se encontraban á la sazón en Quito. 

Sin duda alguna, aquella inacción del ejército liberta- 
dor en la 'Ciudad de Lima y sus inmediaciones, perjudicó 
mucho su moral. El General San Martín permanecía en 
aquella ciudad, ocupado en fundar bibliotecas, ^centros 
sociales y científicos, mientras que el enemigo se rehacía 
€n el interior. 

Á pesar de todo, la Fortuna dio al general una nueva 
prueba de su protección. 

La importante plaza de guerra del Callao capituló el 21 
de Septiembre de 1821: Su jefe, el General don José La 
Mar, peruano de nacimiento, ya porque simpatizase con 
la causa de la revolución, ó ya porque creyese perdida á 

13. 



^ 194 VSAf HEROÍNA MBNDOCINA , ' 

la dominación española, el caso es que entró en negocia- 
ciones con el General San Martín, concluyendo por en- 
tregar la plaza con sus castillos y todo el material de 
guerra. ^ * 

La división «Los Andes», denominada asi por estar 
compuesta de argentinos, al mando de un valiente entre 
los valientes, el General don Enrique Martínez, tomó po- 
sesión de la plaza. Marchaban sus soldados con ese orden 
y regularidad tan propios de las tropas de aquel tiempo: 
silenciosos, con su ¡lustre jefe á la cabeza, sin hacer nin- 
guna manifestación que alterase la seriedad y corrección 
de la disciplina, se hubiese dicho que no «ra la*primera 
vez que entraban en ^ aquella plaza. Esto se debía á la 
costumbre de vencer y á ía forma con que los jefes ar- 
genlhios como Soler, Las-Heras, Arenales, Martínez y 
otros, conducían á sus soldados después de la victoria. 

Así entraron en Santiago y en Lima, y así entraban*ei4, 
el*Gallao. 

El famoso regimiento de granaderos á^ caballo, al que 
pertenecían nuestros amigos el* Comandante Villa- Ma- 
yor, su hermano el Teniente Florencio y el Teniente Vé- 
lez-Suáref, había montado sus mejores caballos, y con 
sus armas y arneses relucientes, y sus lujosos uniformes, 
eran objeto de la admiración de los "Habitantes del Callao 
*y de los militares españoles. Éstos no podían ^conven- 
cerse de que aquellos soldados tan arrogantes, que mar- 
chaban de una manera tan natural y perfecta fuesen los 
independientes, que los jefes españoles piní&ban como 
unos harapientos é indisciplinados. 

La posesión del Callao equivalía á una batalla ganada, 
pero no era un triunfo decisivo. La buena estrella que 
guiaba al General San Martín iba á eclipsarse, pero an- 
tes quiso ésta que, desde lo alto de aquellas fortaleza?, 
último baluarte del poder de los reyes, dominase con su 
vista de águila el grande océano, como si con ello le fuese 
concedido también ¿i don de leer en sus ondas movibles 
su futuro destino. En efecto, cuéntase que, absorto, apo- 
yado en la cureña de un cañón, permaneció largo tiempo. 



UNA HEROÍNA MENpOCINA 195 

recordando pin duda su combate de San Lorenzo á T>ri- 
Has del Paraná, puntó de partida de su gloria, y su mar- 

m 

cha por los Andes, caballero en una muía, como Bona- 
parte efl el San Bernardo, admirando aquella poderosa 
naturaleza y las montañas, cuyos picos parecen terminar 
en el cielo, mientras en el fondo rugfen los ríos como in- 
me'nsa catarata bramadora. 



.XLVII 



Al empezar el año 1822, el General Bolívar iniciaba 
con mucha cautela su movimiento de avance hacia el Sud, 
después de su victoria de Bombona. 

El General Sucre, que mandaba su vanguardia, sufrid 
un desastre en Huacho, asilándose en Guayaquil con 560 
hombres. 

De allí solicitó auxilios del General San Mkrtín, quien 
no tardó en enviárselos, pues la causa era la misma, y co- 
lombianos, argentinos y chilenos, marchando unos del 
Norte S otVos del Sur, debían encontrarse al final en los 
últimos campos de batalla, luchando por la independen-^ 
cia sudamericana. 

una división de las tres armas, compuesta de cuerpos 
argentinos, chilenos y peruanos, á las órdenes del Gene- 
ral Santa' Cruz, nmrchó» á ponerse á la disposición del 
General Sucre, para operar sobre el ejército español, en- 
soberbecido con sus recientes triunfos. 

De esta división hacía parte el escuadrón argentino de 
granaderos á caballo que mandaba el Comandante Ge- 
rardo Villa- Mayor. En breve debíaa encontrarse al pie 
del QhímJ)orázo, habiendo atravesado victoriosos más de 
mil quinientas leguas^ 

La división del ejército libertador, reunida á los colom- 
bianos de Sucre, empezó á operar. 

La vanguardia enemiga y los destacamentos españoles 



].96 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

deprendidos por el grueso de las columnas, empezaron á 
batirse en retirada. 

Una partida de veinticinco granaderos, al mando del 
Teniente Florencio Villa -Mayor, teniendo por 'segundo 
al sargento de brigada Godoy, se adelantó demasiado^ 
picándoles la retaguardia á los españoles. 

Al descender á un valle, en una iiondonada, se encon- 
traba oculto un escuadrón español, que, al ver á los pa- 
triotas, montó á caballo y se dirigió al trote sobre éstos. 
El Teniente Villa -Maj'or, que vio que el terreno no le 
favorecía, mandó dar media vuelta, marchando al paso, pero 
prevenidos y en actitud de hacer un cambio de frente en 
el momento oportuno. 

Los españoles, al notar aquel movimiento de retirada, 
temiendo que se les escapara lo que consideraban ya una 
presa segura, apuraron sus caballo?, poniéndolos al galope. 
. El Teniente Vil la -Mayor, que se retiraba sin perder 
de vista los movimientos del escuadrón enemigo, lina vez 
que éste se hubo aproximado, ordenó: «sable en mano», 
y cuando vio que aquél se comprometía en eL mal terreno 
perdiendo la formación, dio vuelta y lo cargó á fondo. 

Como una tabla partieron los veinticinco granaderos á 
todo el correr de sus caballos, cayendo sobre los españo- 
les como una tromba. 

En balde su comandante, que era un hombre alto, de 
luenga barba, hizo esfuerzos supremos para contenerlos; 
todo fué inútil: el escuadrón había sido sorprendido en 
su marcha descuidada, y su formación quedó deshecha 
en el mismo instante que los patriotas le llevaron la carga. 
El largo sable del brigada Godoy se levantaba y caía 
como un rayo.— «No haya cuartel», gritaba en medio de. 
la pelea. Sólo el comandante, dos oficiales y veinte hom- 
bres de tropa se iban retirando lentamente, con cierto or- 
den, mientras la mitad de los granaderos. con Godoy á la 
cabeza acuchillaba á los dispersos. 
' El grupo que dirigía el comandante español empezó á 
su vez á desmoralizarse, así que vio que To seguía de cerca 
el Teniente Villa -Mayor con doce hombres. En vano in- 



' UNA HEROÍNA MENDOCINA 197 

tentó entonces el jefe español llevarle una carga, ptfes sus 
soldados no le obedecieron. 

En esta situación, volvió Godoy con ocho hombres, pues 
había perdido cuatro, y cargtindo de flanco á los espáño- ^ 
les mientras el Teniente Villa- Mayor lo hacía de frente, 
obligaron á aquéllos á dispersarse en distintas direcciones. 

El comandante español y los oficiales no huyeron : agru- 
pándose nuevamente, pretendieron vender caras sus vidas 
antes que huir. 

Al verlos en esa actitud, el Teniente Villa- Mayor mandó 
hacer alto, y adelantándose les dijo en voz alta que se 
rindieran, que oficiales valientes como ellos no debían mo- 
rir. El comandante consultó á sus oficiales, y de común 
acuerdo entregaron sus espadas al teniente; pero éste se 
las devolvió, diciéndoles simplemente que quedaban pri- 
sioneros bajo su palabra. Agradecieron los españoles tanta 
hidalguía, admirados de la bondad, del buen porte y del 
valor de aquel oficial de veinte años, pues ésta era la edad 
que representaba entonces el Teniente Villa- Mayor. 

El sargento Godoy se puso de uu humor de mil dia- 
' blos, cuando vio que su teniente tomaba bajo su protec- 
ción á los españoles, porque no entendía nada de aque- 
íias cortesías, saludos y palabras amistosas, cuando se 
estaba con el sable en la mano. Si no hubiera sido por el 
respeto que le imponía la disciplina, de seguro que habría 
protestado. 

Había hecho alinear á los granaderos,— de los que al- 
gunos estaban levemente heridos, — y silencioso, pálido, 
con los labios apretados, el entrecejo fruncido, y con la 
mano en la empuñadura del sable, se mantenía erguido y ' 
feroz, como diciendo: «¡si yo mandara!» 

El sargento Godoy, á pesar de haber ganado mucho 
en instrucción, aprendiendo á leer y escribir regularmente, ^ 
gracias al Teniente Vélez-Suárez, qué había tomado so- 
bre sí la tarea de transmitirle aquellos conocimientos ele- 
mentales, no había perdido del todo su rudeza primitiva, 
principalmente cuando se encontraba frente al enemigo: 
hombre de pasiones violentas, reconcentrado, cruel en cir- 



^.* - -V— í 



.- ^ 



198 UNA HEKOÍNA MENDOCINA - 

cunstancias determinadas, era insensible á los sufrimien- 
tos propios ó ajenos. 

Por lo demás, cumplidor én el servicio, silencioso y dís- 
^cretd; honrado, leal y deferente para con sus superiores, 
poseía cualidades que* compensaban los defectos de su na- . 
turaleza selvática y ruda. ' 

Al desembarcar el ejército en el Perú, había sido nom- 
brado sargento brigada. 

El Teniente Vitta- Mayor, después de su triunfo sobre 
el escuadrón enemigo, continuó la persecución de los dis- 
persos, y una legua más adelaiite, á orillas de^un río, tomó 
veinte prisioneros, heridos algunos y otros desmontados, 
. por haber perdido sus caballos. 

HTzo alto allí y esperó que se aproximase la vanguar- 
dia ^ue mandaba el Comandante Lavalle, á quien dio 
cuenta de lo ocurrido, presentándole los prisioneros. 

Aquel jefe no pudo menos de ad*mirar la bravura de los 
granaderos, al ver que casi todos tenían una herida de s»- 
ble más ó menos grav.e, lo que ponía en evidencia la te- 
• nacidad de la lucha. 

Para premiar este acto de heroísmo, al pasar el parte al 
general propuso que el oficial y el sargento fuesen pro- 
movidos á los grados inmediatos • superiores, y para sar-* 
gento 1.®, porque el segundo* había muerto eñ la pelea, á 
un granadero de nombre Lucero, natural de Corrientes, 
que se había distinguido también* de una manera heroica. 

Aceptadas esas propuestas, el Teniente Villa -Mayor 
ascendió á capitán, y el sargento Godoy á alférez. 

Los combates y batallas iban á suceclerse, porque se 
entraba ya al territorio de Quito, en donde los españoles 
se habían reconcentrado, mandados por generales como 
Canterac, que quería á todo trance violentar á la fortuna 
en aquella lucha sin cuartel, que ya duraba años. 

Allí, en aquellas alturas, límite del poder del coloniaje 
en el Nuevo Mundo, los últimos ejércitos del rey de Es- 
paña, arrollados hacia el Sur desde el Orinoco por las 
huestes de Bolívar, y hacia el Norte desde el Plata por 
los ejércitos dirigidos por Belgrano primero, y San Mar- 



^ UNA HEROÍNA MENDOCINA ^ 19^ 

lín después, en breve no tendrían sino el terreno que pi- 
saban, y ^a no se batirían por la victoria, sino por la vida 
y por la libertad individual, porque suponían, y con ra- 
zón, que su fía estaba escrito; éjnu^r^, ó prisioneros^ 

No había térmiQO medio para los últimos defensores de 
la monarquía españolaren América; así es que peleaban 
con furor, y ellos también gritaban, como el sargento Go- 
doy, en medio de la lucha: «no haya cuartel». 



XLVIU ^ 



Ya hemos dicho que el ejército argentino -colombiano 
* se hallaba á las órdenes del General Sucre, teniendo éste 
por segundo al General Santa Cruz, que concurrió cen 
las fuerzas argentinas y peruanas que determinó el pro- 
tector de Chile. 

A mediados de Abril de 1822, este ejército marchaba 
^' en dirección áJa villa de Río Bam^a, encoutrándose el 

enemigo preparado en la parte opuesta del río. 

El Genera*. Sucre, por indicación del General Santa 
* Cruz, había autorizado algunos cambios en los cuadros 

de la caballería, con el objeto de darle á ésta mayor con- 
sistencia y firmeza, porque aun se resentía de su derrota 
frente á Quito. * 

Se resolvió que pasasen á mandar aquellas, tropas aU 
gunos oficiales argentinos y chilenos, y con preferencia ca- 
pitanes de compañía, llevando consigo cabos y sargentos 
del ejército de los Andes. 

La ca'ballería colombiana había sufrido mucho en aquella 

^ campaña de Quito, tan ^o favoi^ble á las tropas con que 

transmontó Sucre la cordillera occidental, de modo que el 

general en jefe temía un encuentro con 'la caballería es- 

^ pañola, compuesta de criollos en gran parte, orgullosos 

con los triunfos obtenidos. 

Dispuso, pues, que algunos oficiales de graqaderos ar- 
gentinos pasasen provisoriamente á mandar las compa- 



4 



200 UNA HEROÍNA MENDOCrNA 

nías de reclutas para instruirlos, y lueg^o darles mayor 
solidez incorporándolos á los cuadros veteranos.. 

Del regioiiento de granaderos á caballo pasó á mandar 
medio escuadran d« dragojie^el Capitán Florencio Villa- 
Mayor, acompañándolo el Teniente Vélez-Suárez y el Al- 
férez Godoy con otros oficiales y cjases necesarios. 

£1 ejército español, después de aparentar oponerse á la 
marcha del ejército- libertador, se puso en retirada, atra- 
vesó la villa de Río Bamba, y, prosiguiendo su marcha, 
parecía como que iba en busca de un terreno apropiado 
para librar combate. ^ 

Picábanle la retaguardia los dragones de Colombia y 
un escuadrón de cazadores montados del Perú, siguiendo 
á éstos, como apoyo, el regimiento argentino de granade- 
ros á caballo.y medio escuadrón de dragones de Colombia. 
Estas fuerzas tenían por jefe superior al Teniente Coronel 
Lavalle. ' 

Los españoles se retiraban, esperando una ocasión fa- 
vorable para lanzar su caballería contra los patriotas, así 
es que una 'Vez que se hallaron ocultos ^r una loma» 
dieron media vuelta, y cubriéndose con la infantería espa- 
ñola, que también hizo alto en un momento oportuno, sa- 
lieron por derecha é izquierda, cargando á fondo á los dra- 
gones de Colombia y cazadores del Perú. 

Pretendieron sostenerse estos soldados sin desmontar, 
pero en breve fueron rotas sus filas, pronunciándose en 
derrota. Felizmente el regimiento de granaderos argenti- 
nos y el medio escuadrón de dragones de Colombia que 
mandaba el Capitán Villa -Mayor, que estaban á reta- 
guardia, contuvieron al enemigo, flanqueándolo. . 

La caballería patriota se consideraba deshonrada por 
aquel revés, y esa tarde, «después de lista, nadie hablaba 
sino de la revancha. Se esperaba el día siguiente con an- 
siedad, pues si et enemigo no se retiraba, era necesario 
que la caballería volviese por su honor. 

El Murat argentino, Lavalle, aunque no era responsa- 
ble del contraste sufrido por aquellos cuerpos, estaba de- 
sesperado. 



•. 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 201 

«Mañana,-^ decía con furor, — los he de llevar hasta las 
bayonetas de la infantería española, para (|ue mueran al 
menos como lo hacen los valientes, y si retroceden como 
hoy, he de entregar su bandera al enemigo, muriendo en 
sus ñla». ¡Deshonrarse así por una simple carga de los 
godos!. Ya verán mañana, > repetía, paseándose agitado 
como un león en su «jaula. 

Aun no había alumbratlo el día siguiente, y ya los 
cuerpos de caballería patriota se encontraban prontos. 

La caballería española, á su vez, orgullosa por el éxito 
del día anterior, pensaba en nuevos triunfos. 

Temprano apareció maniobrando en la llanura: después 
de hacer movimientos atrevidos ^de avance, volvía á em- 
prender la retirada, como invitando á seguirla. 

No tardó en ponerse en marcha el Teniente Coronel 
Lavalle, yendo á .vanguardia el regimiento argentino de 
granaderos á caballo, apoyado por el medio escuadrón de 
Colombia, que. mandaba el Capitin Villa -Mayor. 

En ese orden marcharon al trote sobre el enemigo, que 
aparental>a retirarse, cuando de pronto los españoles die- 
ron media vuelta, pretendiendo, sin duda, repetir la escena 
del día anterior, y á todo el correr de sus caballos se vi- 
nieron sobre los patriotas. 

Los españoles no contaron con«un callejón que, estre- 
chándolos y haciendo disminuir au frente, loa exponía á 
sufrir un desastre. 

Así sucedió. Lavalle, que marchaba también al paso de 
carga, aprovechó hábilmente aquel momento favorable, y 
ordenando al trompa que tocase «á degüello», les gritó 
á sus granadero^: 

«¡Soldados, nuestros son!» j sable en mano, partieron 
éstos como una exhalación, cayendo sobre la caballería 
española, que se hallaba en difícil situación para defen- 
derse. 

Como les fué posible, retrocedieron con graves pérdidas, 
si«ndo sableados hasta llegar á donde estaba la infantería. * 

Entonces hizo alto LavaHe, y volvió grupas, poniéndose 
en retirada al paso. 



.♦ 



/■ , 



202 , UNA HEROÍNA MENDOCINA 

El Capitán Villa -Mayor, cumpliendo la orden de su 
corone], acompañó á la distancia con Jos dragones la 
cargS de' los granaderos argentinos, pero sin tomar parte 
en ello. ' ' 

Los ofíciales españoles, á -su vez, estaban' avergonza- 
dos de su derrota, y formando nuevamente su caballería, 
cuando lo creyeron oportuno salíeroj^ de retaguardia de 
la infantería y cargaron con vigfor. 

En el acto dio media vuelta Lavalle, alineáronse los 
granaderos y lanzándose sobre el enemigo con toda la 
velocidad dé sus caballos, ai furioso toque de «á degüello», 
chocaron con los españoles, quienes, al notar la decisión 
de los patriotas, moderai:pn el aire de su carga, empe- 
zando por desviar sus caballos, lo que en las cargas de 
esta arma es un mal síntoma. « 

Así mismo intentaron mantenerse firmes los españoles, 
'T)ero viendo morir al coronel que los mandaba y á algu- 
nos ofíciales, empezaron á cejar, 4)ronunciándose final- 
mente en derrota, y yendo á ampararse, nuevamente de la 
infantería/ 

A la segunda carga de los granaderos concurrieron los 
dragones colombianos mandados por el Capitán Villa- 
Mayor, haciendo prodigios el Alférez Godoy, que por 
prímera vez lucía en la, pelea sus galones de. oficial. 

A pesar de haber tocado el clarín ^alto», el alférez si- 
gue su carga con una mitad, iracundo, con . su largo 
sable ensangrentado hasta la empuñadura. 

Ya bajo los fuegos de la infantería, alcanza al abande- 
rado, le toma la bandera, pero en ése momento un tiro 
de fusil hiere su caballo y lo abate; cae el alférez de- 
bajo, y trata así mismo 4p defenderse de lo^s que lo cercan, 
pero es inútil: su sable es •impotente. Conserva la ban- 
dera conquistada mientras tiene vida y fuerzas, y sÓlo la 
cede" con el último suspiro. 

Todos lloraron la muerte de aquel valiente, que había 
ganado sus gaiones con actos de heroísmo. 

Dueños del campo» los patriotas con la retirada de los 
españoles, pudieron los compañeros del alférez recoger su 



UNA HEROÍNA MENI^OO^A 203 * 

cuerpo, que estaba casi mutilado por las heridas de sable 
que recibió. 

Una tosca crut indica al viajero que en el campo de 
Bío Bamba murió el Alférez Godo^, combatiendo como 
bueno por la libertad y su bandera. 



XLIX 

te 

AquSlla «victoria de \s^ cálballería patriota sobre la es- 
pañola, consolidó su fama, pues si bien no fué por*su 
importancia la principal de las guerras de la independen- 
cia, fué sin duda una de las más. sonadas por la pujanza 
y el esfuerzo, desde que la caballería patriota que' peleó 
en Eío Bamba representaba solamente la cuarta parte de la 
española. Aquel triunfo afirmó la reputación de Lavalle, 
á quien ya empezaba á considerarse como el primer jefe 
de caballería de su épojca. -* . 

Y lo fué en efecto, aun cuando no tuviese las dotes 
para ser un buen general como Las-Heras, Arenales ó 
Paz, que, además de su valor, poseían condiciones rele- 
vantes de cálculo, de organización y de estrategia. 

La caballería argentina alcanzó con Lavalle la majQr 
solidez que tropas de esa arma han podido alcanzar en 
tiempo alguno, com^ quedó demostrado en la r^^irada 
que hizo el ejército argentino, al mando de Alvarado, 
desde Torata á 'Arica, en Diciembre de 1822, después del 
desastre que le hicieron sufrir los generales ' españoles 
Valdez y Canterac. ♦- 

Los famosos coraceros y dragones de D'Aupoul y 
D'Espagne, de las guerras del imperio napoleónico, no hu- 
bieran Jiecho más que los granaderos argentinos en aque- 
lla retiradaf salvando, con el* honor de las armas, al 
ejército comprometido en una expedición de las más aven- 
turadas. 

* * * 



204 UKA HEROÍNA MENDOCINA 

Continuó ^ marcha el ejército patriota librando com- 
bates de retaguardia y maniobrando, hasta que en los ce- 
rros de Pichincha, alumbrados, puede decirse, por el vol- 
cán que da su nombre á aquellos lugares, á dos leguas 
de Quito hicieron alto los dos ejércitos para librar una 
de las batallas más reñidas, como que los españoles se 
defendían ahora con la desesperación en 'el alma, al verse 
rechazados hasta cerca de la línea dd Ecuador. 

fil espíritu de los primeros aventureros españoles, .que 
tres siglos antes pisaran aquel territorio, debió contem- 
plar desde los ¿titos picos de las montañas el esfuerzo su- 
prefno y casi postrero de sus sucesores en la dominación 
del Nuevo Mundo, presenciando la derrota de sus armas, 
al despeñarle los combatientes vencidos por las gargantas 
y laderas de aquellos precipicios, corriendo al llano y bus- 
cando su salvación en la fuga. 

Aimeríc, el bravo general español, después de pelear 
en aquellos cerros tan elevados que parecen tocar en las 
nubes, extenuado, hadendo'esfuerzos extraordinarios para 
detener sus tropas que se dispersaban en derrota, rompe 
su espada cuando ya no puede más, y se entrega prisio- 
nero. 

La ciudad de Quito cae en poder del vencedor, y la 
csíballería patriota, recorriendo victoriosa la llanura, au- 
menta á cada .momento sus trofeos; pero ¡ay! iqué cua- 
dro tan triste ofrecía aquel campo de batalla cubierto de 
cadáveres de una y otra parte! ^ 

Aunque la caballería había tomado poca parte en aque- 
lla acción, pues la pelea había tenido lugar en los cerros, 
una vez pronunciada la derrota de los españoles, ocupó 
las quebradas y los valles, persiguiendo á los cuerpos que 
se retiraban eh orden, recibiendo y dando varias cargas. 

En uno de estos encuentros, los dragones de Colombia 
perseguían á un batallón español que se retiraba formado 
en columna de marcha, con guerrillas á los flancos. 

Los dragones que mandaba el Capitán Florencio Villa- 
Mayor picaban la retaguardia de aquellos infantes, y por 
consiguiente recibían los fuegos de sus guerrillas. 



UNA HEROÍNA MENDOCINA ^ 205 

£1 Teniente Vélez-Suárez cargó sable en mano con su 
compañía á una de las guerrillas retrasada?, pero con 
tan mala fortuna, que fueron rechazados los dragones, 
dejando á su oficial en el campo. 

El Capitán Villa -Mayor, que dirigía la persecución y 
marchaba atento á las fases diversas que ella ofrecía, así 
que vio el rechazo de los dragones de Vélez-Suárez, se 
puso al galope y cargó resueltamente á los infantes espa- 
ñoles que avanzaban entusiasmados y aturdidos, haciendo 
fuego sobre los dragones que huían^ 

Casi en dispersión, recibieron los infantes la segunda 
carga que les llevaba el Capitán Villa- Mayor, y al grito 
de: «Ahí viene la caballería,» huyeron, siendo alcanzados 
y muertos ó heiídos por la espalda en la fuga. Los dra- 
gones, con sus largos sables, en caballos pequeños y li- 
geros como son los del Perú, alcanzaban fácilmente á 
aquellos soldados á pie, que aun cuando en su huida 
iban acrojando les fusiles para correr con mayor pres- 
teza, como el campo era llano y la distancia á recorrer 
para ser auxiliados demasiado extensa, pronto quedaban 
á merced de los dragones. 

La columna española, al notar aquel combate á reta-' 
guardia, se detuvo para esperar á su guerrilla que consi- 
deraba dispersa, pero ya era tarde: la guerrilla había pe- 
recido, y los dragones habían hecho alto á distancia con- 
venierfte para recoger sus herido» y sepultar sus muertos. 
Convencida entonces la infantería española de que era 
inútil su permanencia allí, volvió á emprender la retirada. 

El Capitán, Villa»Mayor recorría el campo del combata 
como buscando á alguuo con ansiedad: aproximaba su 
caballo lo más posible á los heridos ó muertos, exami- 
naba con atención el semblante ó el uniforme de aquellas 
víctimas de la guerra, recogía luego las riendas silencioso 
para volver á seguir en su tarea^ hasta que al distinguir 
un oficial tendido sobre el céeped, en medio de un lago 
de sangre, con la cabeza descubierta, el sable aun pen- 
diente de 4a dragona en el puño, los ojos cerrados, pá- 
lido, áiuerto al parecer, soltó las rfendas, tambaleó como 



206 UNA HEROÍNA MENDOOINA 

un ebrio, se abrazó del cuello del caballo p^ra no caer, 
siguiendo éste su marcha al paso, sin dirección. 

El trompa de órdenes y un asistente, que seguían al ca- 
pitán, sorprendidos, corrieron á auxiliarlo, colocándose 
uno de cada lado para sostenerlo, pues sin'%se apoyo se 
hubiese desplomado. 

Algunos minutos después akó la cabeza el capitán : se 
hubiese dicho que había envejecido en unos instantes, 
tan cambiado estaba! Volvía de su desmayo, y pasándose 
la mano por la frente y por los ojos, como quien despierta 
de un sueño abrumador, dijo: 

— Ün dolor agudo en el corazón me 'privó del conoci- 
miento; ya pasó,— y tomando la actitud segura y -correcta 
que le era habitual sobre la silla, agregti, volviéndose en 
dirección al oficial herido, que se hallaba á algunos metros: 

— Levanten sobre uno de sus caballos jiquel oficial y 
condúzcanlo á aquella ablación que se encuentra en la 
quebradti, que allá voy yo también : les*recom¡enéo el ma- 
yor cuidado. 

Los soldados obedecieron, y volviendo grupas, se des- 
montaron junto al oficial herido, reconociendo en el acto 
al Teniente Armando Vélez-Suárez. 

— Parece que está, muerto, dijo uno de los soldados; 
la herida es en el pecho. Tomémoslo así mismo coa cui- 
dado, por si no lo ha abandonado la vida. . . ¡Era bueno 
y valiente este oficial! Toda la compañía lo estimaba y 
lo va á sentir mucho cuando sepa que los godos acaba- 
ron con él ; porque para mí, Dios me perdone, el teniente 
está muerto de veras. . *• 

El cap¿tán se había quedado en el mismo sitio en que 
diera la orden, observando la obra piadosa de los soldados 
con la mano puesta á la altura de la frente^ como en acti- 
tud de guardarse de los rayos del sol, pero en .realidad con 
el objeto de ocultar su^ dolor, pues lloraba, y gruesas lá- 
grimas corrían por su semblante. Estaba inmóvil. 

Seguro ya de que se cumplía su orden, dio vuelta su 
caballo y continuó marchando al paso, como*guiando el 
fúnebre convoy. » • * 



'^ 



ÜMFA HínROÍNA MJgNDOCINA 207 

MoméntOR después llegaba el capitán á la humilde po- 
blación campesina levantada en la quebrada, á orillas de 
un pequeño arroyo de agua cristalina, que corría entre 
las rocas. 

Allí se desmontó y bañó su semblante con agua tomada 
en el hugco de la mano, enjugándose con un pañuelo de 
seda blanco que llevaba en el morrión. 

Un instante después llegaron los soldados con su triste 
carga, y el capitán, saliendo al encuentro de su amigo, 
tranquilo y sereaio al parecer, púsole la mano sobre el 
corazón, que no latía ya, y cubrió su cadáver con una 
manta de mucho valor, tejida en Tucumán, y obsequio 
de uha dama de Lima, mientras los conductores lo to- 
maban en sus brazos y lo depositaban á la» entrada de 
la casa.^ 

Un- hombre viejo y un muchacho eran los únicos mo- 
radores de aquella vivier^pla, pues los demás habían huido 
á Quito al rumor de la derrota y por temor ?*los dispersos. 

Los dragones, cumplida su misión en el campo del com- 
bate, se formaron, y con el teniente segundo á la cabeza, 
fueron á incorporarse con su capitán, que ya habían visto 
dirigirse á aquella población. 

Dispuso él capitán que descansase la tropa á orillas 
del arroyo, con el objeto también de rendir los últimos 
honotes al valiente eíicial. 

Vinieron los soldados Be á dos en fondo á saludar el 
cadáver del teniente, muertíf en el campo del honor. 

Esa tarde, al ocultarse el sol en el horizonte, y en 
medio de los dragones formados en una ladera y entre 
dos grandes rocas, se depositó en una modesta sepultura 
abierta al efecto, el cadáver del bravo y noble oficial, ha- 
ciendo los dragones la descarga de ordenanza. 

Varias inscripciones grabadas toscamente en las pie- 
dras indicaban su nombre, su categoría y la fecha de su 
muerte. 



* * * 



20S UNA HEROÍNA MENDOCINA 

El Capitán Villa -Mayor se paseaba á cierta distancia 
con las manos á. la espalda, la frente inclinada, abrumado 
y pensativo. 

Después de despachar un chasque al Coronel Lavalle, 
dándole cuenta de lo ocurrido, el capitán litando acam- 
par allí á sus dragones, no tan sólo para que tomaran 
el descanso necesario los hombres, sino también las ca- 
balgaduras, que ya no podían más. « 

£1 capitán* pasó la noche en v^la, ya paseándose, ya 
recostado en su montura, y al otro día contaron los sol- 
dados de guardia á sus compañeros, que lo habían oído 
sollozar. 

Una palidez intensa y algunos surcos en la frente, 
transparentaban su sufrimiento, contrastando esto con su 
actitud correcta y voz segura, cuando dio la orden de 
tocar á botasilla y montar á caballo. 

Antes había ido á hacer una visita de despedida á la 
tumba de sufimigo, en donde permaneció largo tiempo. 

Al ausentarse recomendó al viejo y al muchacho, mo- 
radores de la casa, dándoles algún dinero, que cuidasen 
de aquella sepultura, diciéndoles que los restos que ella 
encerraba vendrían á buscarlos personas que se intere- 
saban por ellos. 

* * * ^ 

¡Cuánto debió sufrir aqiíllla joven sensible, noble y va- 
lerosa, al dejar en tierra extranjera y perdidos entre las 
breñas, los restos mortales del hombre amado, á quien el 
furor de la guerra y el destino cruel le habían arrebatado 
la vida! Sus sueños de volver, á la terminación de la 
guerra, que se consideraba próxima, á tierra chilena ó 
argentina, con gloria y honores, libre ya del uniforme, y 
poder decir entonces á Armando Vélez-Suárez: «Vues- 
tro capitán era una mujer que os amaba,^y va á haceros 
feliz,» se desvanecían como la estrella esplendorosa que 
ocultan nubes sombrías. ¿Qué le quedaba ya?... 






UNA HEROÍNA MENDOCINA * 209 



Á mediados de 1822, la silua&ióu del General San Mar- 
tín, codao ' protector del Perú y jefe del Poder Ejecutivo, 
era hasta cierto punto difícil. 

Con et sistema de gobiernp establecido, las ambiciones 
de los peruanos tomaron proporciones desconocidas basta 
entonces, de resultas de las cuales formáronse grupos pri- 
mero, que fueron ensanchando su acción y pretensiones, 
hasta que pudieron llamarse partidos, disputándose los 
puestos oficiales á que todos aspiraban. El General San 
Martin, que había abandonado la dirección de la campaña 
por la administracióú de los negocios en Lima, notó que 
empezaba á faltarle la base firme que .da la victoria. 

Ppr otra parte, los jefes argentibos m encontraban fas- 
tidiados de su inacción, pues el sistema defensivo de gue- 
rrillas no se avenía con su actividad, su valor y la am- 
bición natural de batir al enemigo en batallad campales 
que resolviesen en un tiempo determinado la gran guerra. 

Al presentarse en Quito el libertador de Colombia, Ge- 
neral Bolívar, vencedor de los españoles en el Norte, to- 
dos los corazones que latían al unísono á impulsos de la 
grande aspiración de ser libres definitivamente de la do- 
minación de España, se llenaron ile §ozo y de esperanza. 
Los mismos militares argentinos y chilenos, que deseaban 
la terminación de la guerra por el triunfo completo de la 
libertad, micaron alborozados del lado* en que venían las 
armas * Colombianas. 

Así es que cuando dispuso el" General San Martín 
que concurriesen algunos cuerpos argentinos y chilenos á 
la campaña de Quito con gl General Santa Cruz, para au- 
xiliar á Sucre, que había siéo batido por los españoles, 
como hemos dicho en páginas anteriores, el contento se 
retrató en todos los semblantes. 

Siii el atixilio de la división argentino -chilena, caslim- 

Í4. 



« 



"N 



210 ' frSJL HEROÍNA HENDOCQVA - . . 

• * 

posible le hubiera sido al General Sucre hacer frente ¿ 
los generales españoles que dominaban aquel territorio, 
ni al Libertador Bolívar salir del atolladero en que se en- 
contraba en Pasto, 'detenido en el río Juanambú, después 
de su victona en Bombona; tanto es así, que fué más 
que necesaria, indispensaBle, la concurrencia del Greneral 
Córdoba con ima división, al día siguiente de lá' victoria 
de Pichincha. 

De otro modo i^o le hul^^era sido posible al^ General 
Córdoba ir en auxilio del Libertador, que pudo así con- 
tinuar su marcha victoriosa hasta entrar en Guayaquil. 

I^espués dé esos sucesos, já qué quedaba reducida la 
influenoía del protector del Per(f? •* 

Los pueblos que habían visto gastarse los resortes de 
su gobierno con su permanencia en- Lima, lo esperaban 
todo .del nuevo sql que ag^recía. 

Bolívar era enU>nces, para los peruanos, el verdadero 
libertador. Ya n«r se a^rdabah de que, sin la expedición 
de San Martín, sin-^os actos* de audacia y valor realiza- 
dos por la escuadra de Chile, mandada por el ilustre Al- 
mirante Cockrane, y sin la marcha victoriosa de los ar- 
gentinos y chilenos, al mando de Arenales, en la cam- 
paña de la sierra, los virreyes, los. Oidores y la Inquisi- 
ción dominarían aún en Lima como dueños y señores de 
vidas y haciendas, en nombre del Bey de España; pero 
sucede lo de siempre: el éxito final que corona la em- 
presa, recibe el b^efíeio y la gloria. 

¿Hubiera sido posible que el libertador de Colombia 
llegase bajo arcos de triunfo á Quito, no decimos ya á 
Lima, sin las victorias de los ejércitos argentinos y chi- 
lenos y de su escuadra, que los hizo dueños de las cos- 
tas del Pacífico, desde el estrecho de Magallanes hasta 
Guayaquil, que les dio la posesión de Lima, la ' ciudad 
de los Reyes, asiento de las riquezas y del poder espa- 
ñol, y de la plaza y fortalezas del Callao, las primeras 
obras de defensa de costlts en esos ' mares, y abrigo de 
las escuadras? 

No lo creemos, y cuando se escriba la historia impar- 






1 



' UNA HEROÍNA HESa>OCINA 211 

* 4 

* cial de la independencia de la América española, ee ha 
«^e ver que nosotros, en estas referencias y opiniones, no^ 
atenturamos nada al afirmar que ln empaña del* Gene- 
ral San Martín, desde Mendoza hasta Lima, no tiene 
igual por su importancia en el continente americano. 

8an Martín, decimos, que veía que el poder se le ee^ 
capaila de las manos con la aproximación de Bolívar, 
pues q^ amenguaba su influencia, determinó pasar á 
Guayaquil á conferenciar con el libertador de Colombia. 

£1 22 de Julio de 1822 llegaba £ aquel puerto, estre- 
chándose en un fuerte abrazo aquellos dos hombres superio- 
res^ que de zonas tan distantes, con iguales propósitos y* 
con igual fortuna, vinieron *á encontrarse victoriosos bajo 
el sol del Ecuador. • 

«Tres días permanecieron juntos estos dos guerr<eros, 
sólo comparables á Aníbal^ á Bonaparte por su heroico 
esfuerzo en atravesar Jas montañas más altas del globof 
con ejércitos numerosos que llevaban consigo todos iSs 
elementos indispensables para una larga y difícil cam- 
paña. • 

¿Sobre qué versó la conferencia? Nada se-ha escriío, 
que nosotros sepamos, que merezca completa fe, sobre la 
verdad de las 4deas cambiadas entre las dos águilas ame- 
ricanas; pei'o la carta que el General San Martín dirigió 
á Bolívar desde Lima, un mes despifés, ofrece por sí sola 
bastante luz, y á ella nos remitíalos para no perdernos 
en conjeturas ni en suposiciones que pudieran perjudicar 
el patriotismo del uqp ó del otro. , 

Nada de eso. El ideal era el mismo: concluir con los 

m 

ejérciips realistas, aun en pie de guerra, y libertar defini- 
tivamente el continente de la dominación española. 

Se presentaba, sin embargo, esta cuestión : ¿ cuál era, 
moralmente, el más fuerte de los dos caudillos en aqu^ 
lias circunstancias?^ 

^Lo hemos dicho ya: el nuevo astro que a£(9maba, Bolí- 
var, porque San Martín se haUa gastado en su gobierno 
de Lima. 

{Podrían dos ejércitos tan distintos como el argentino- 



r 



* 



^ 212 UNA HBR^ÍNA MENOOCINA' 

chileno y el colombiano coadyuvar con vigor, obedeciendo 
tina sola orden, en la campaña laboriosa que tenían qué*^' 
realizar, *t;on éxitg, si dos generales que debían conside- 
rarse iguales en méritos, 'en saber y en fortuna los diri- 
giesen? ¿Podrían entenderse convenientemente los dos 
capitanes en la dirección de la campaña, y aun jbtí el 
mismo campo de acción? 

¿No es regular suponer que Bolívar, considerándose más 
dueño de la situación en el Perú, se considerase también 
superior á San Martín para llevar á término la campaña, 
y que, por consiguiente, pusiera en juego todos los medios 
á sú alcance para anular á su émulo? ^ • 

Sin esfuerzo se comprende que la agitación de los par- 
tidos ^n Lim^, en esos momentos, respondía directamente 
á entregar la dirección de los negocios al General Bolí- 
var, con prescindencia del General San Martín. 
• La conferencia dé* Guayaquil, en*nuestra opinión, debe 
dé haberse limitado á querer probar. el Protector del Perú 
que era posible y hacedero dividir el m^indo con el Liber- 
tador de Colombia, y marchar de acuerdo, tanto en el 
gobierno del país como en la dirección de la guerra, to- 
mándose tal vez po*r límite el territorio de Guayaquil ú 
otro que designara el dominio civil y militar, prestándose 
auxilio eficaz, como había ocurrido ya. 
. Se deduce de la caita de San Martín que mencionamos, 
que no pudo convencer á Bolívar, quien, orgulloso con su 
situación, exigía ser único en el mando y único en la 
gloria. • * 

No hay que negar mérito á la altivez de Bolívar, por- 
que si esperaba cosechar laureles, también podía sufrir re- 
veses que amenguaran la gloria conquistada. 

Los ejércitos españoles eran fuertes todavía por su nú- 
nJero, y podían concentrarse rápidamente é infligir una 
derrota decisiva al Ejército Libertador* La responsabilidad 
de Bolívar alimentaba, al mismo tiempo que se negaba 
éste á compartir la dirección del mando. 

La situación de San Martín se hacía insostenible, pues 
se veía supeditado. Convencido de ello, se separó dé Bo- 



« * 



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n ^j. 



UNA HEROÍNA MENDOOINA 



213 



•v^ 



lívar. La frialdad de Ja despedida tampoco .le dejó duda 
acerca de lo que le correspondía fiacer para sustraerse á la 
anarquía que ya empezaba á asomar. 

San Methín juzgó débil su autoridad; á no ser así, con 
los elementos que poseía, superiores á los de Bolívar en 
un principio, pudo imponerse; pero gastado y sin ánimo 
para la lucha, optó por abandonar el Perú y la América.. 

Llegó á Lima á mediados de Agosto, de regreso de 
Guayaquil; en su ausencia habían pasado muchas cosas: 
las ambiciones y la anarquía habían tomado mayor vuelo, 
y ante el desorden que empezaba á producirse, los rea- 
listas* llenos de esperanza, creyeron que era necesario apro- 
vechar cualquier momento favorable á su causa, dando 
principio á trabajos ocultos en ese sentido. 

Madurando su pensamiento,* el General San Martín ac- 
tivó los trabajos para la reunión del primer Congreso in- 
dependiente en el Perú. 



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Hallándose San Martín e^ su palacio ocupado en dic- 
tar á sus secretarios el decreto coivvocando á los miem- 
bros del Congreso, que deberían presentar sus poderes en 
forma, para declararlo instalado, se hizo anunciar fray 
Miguel Ángel. 

Al oir su nombre, se levantó vivamente San Martín, y 
dirigiéndose hacia la puerta de la sala inmediata para re- 
cibirlo, le dijo, en momentos en que. aquél entraba: 

— Padre, parece que hubieseis respondida á mi pensa- 
miento, pues deseaba hablaros; hace días que no os v^ía 
por aquí y suponía que estuvieseis enfermo. . . . Pero, ¿qué 
tenéis? Estáis agitado y parecéis pesaroso. ¿Qué ocurre, 
pues? . . 

El fraile, después de entornar la puerta que comunicaba 
•¡con 4a secretaría del general, dijo, á su vez: 

—¿Os acordáis, sefíor general, de la patriota mendo- 
cina? 






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214 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

« 

—Tengo su recuerdo tan prenote, que creo recibir, qh 
cualquier momento, alguna nueva agradable que se re- 
lacione con ella. 

— No, señor general, eso ya no podrá ser, porque h^ 
terminado su~carrera en el mundo. 

—Pues qué, ¿ha muerto, sin que yo haya podido hacer 
nada por ella para compensar sus grandes, nobles y des- 
interesados servicios! 

— ¡Ah! sí, algo habéis hecho por ella, señor general. 

—Explicaos, padre, que estoy bajo el peso de una an- 
siedad indescriptible. . ^ • 
. —Os acordáis de aquel Alférez Villamayor que se pre- 
sentó por primera vez en el Cuartel general de «Las Ta- 
bla^» con el parte del combate del «Gavilán»; que al día 
siguiente de «Cancha Rayada» vino nuevamente trayendo 
la noticia de que el ejército había sido salvado por el Ge- 
neral Las- Hecas, y que sucesivamente fué propuesto hasta 
el grado de capitán, citado en la orden del día por he- 
chos de armas notables, condecorado con la medalla de 
Chacabuco, los cordones de Maipú, el escudo celeste dis- 
cernido á los vencedores de «Río -Bamba*, con la Orden 
del Mérito y el 8dl de «Pichiricha»...? Pues bien: ese • 
heroico ofítíal era la patriota mendocina, que se alistó como 
soldado en el primer. Regimiento de granaderos á caballo, 
en la compañía de su hermano Gerardo, hoy coronel, el 
mismo día de la salida del Ejercito de Mendoza. 

— ¡Es cierto, fray Miguel! Parece que despierto de un 
sueño, agregó el general pasándose la mano por la frente; 
pero ¿cómo lo habéis sabido, padre? Decid pronto. 

Contó eutoBoes fray Miguel, muy emocionado, que al- 
gunos dfas antes había sido llamado apresuradamente del 
Convento de monjas Benedictinas -Bernardas, de parte de 
la Priora, r^ligiosa^de mucho mérito por sus virtudes, be- 
lleza y talento, natural de Lima y perteneciente á una 
familia noble. 

Que, una vez en su presencia, la Superiora le dij^ que 
se había permitido llamarlo con urgencia porque un sur 
ceso extraordinario había ocurrido en el Qpnvento. 



UNA HEROÍNA IfENDOCINA 215 

El día anterior, ya casi de noche, y en momentos en 
que las hermanas legas encargadas de la portería cerra- 
ban las puertas principales, un militar, envuelto en su 
capa, solicitó^ con insistencia, hablar con la Hermana su- 
péñora. « 

Se le dijo que, como la hora era avanzada, volviese al 
día siguiente; insistió nuevamente el oficial, diciendo que 
le era indispensable hacerlo «n ese momento, y que pe- 
día humildemente á la hermana Superiora lo recibiese, 
pues reclamaba un auxilio del Confuto. 

Las hermanas x)orteras corrieron á dar aviso, dejando 
al oficial en el locutorio. 

Momentos después se presentó la Priora, y viendo al 
desconoqdo, que oraba al pÍQ.de un crucifijo que allí 
había, le pz^guntó : 

— ¿Qü$ queréis, señor, en este lugar de paz, apartado 
del mundo? « 

Levantó la cabeza el militar, y dirigiendo una mirsida 
*' suplicante á la Superiora, le contestó con voz débil y 
triste: 

— Yo también busco la paz, en este sagrado asilo, para 
mi corazón destrozado por el infortunio; no soy un hom- 
bre, noble religiosa: soy una mujer que viste este uni- 
forme de soldado porque el destino así lo ha querido. 
No nie rechacéis ni dudéis de la* verdad de mis pala- 
bras: me pongo bajo la protección del Salvador de la 
Humairidad; j- uniendo la acción á k palabra,- apoyó su 
frente^calenturienta en los. pies de la imagen. En esa ac- 
titud permaneció durante algunos minutos, cuando de 
pronto cayó pesadamente al suelo, quedando sjn sentido. 

Las hermanas porteras hicieron sonar la campana de 
auxilio, y en el acto aparecieron las demás religiosas si- 
lenciosatííiente,^oomo si hubieran surgido del pavimento. 

La hermana Superiora estaba orando arrodillada. Toda 
la comuüidad imitó su ejemplo, asombrada de encontrarse 
allí con un militar tendido en el suelo^ y que no daba se- 
ñales de vida. 

El médico y el confesor del Convento, llamados desde 



216 UNA HEROÍNA MENDOCINA 

el primer instante por una de las hermanas porteras^ en- 
traron en seguida, enterándose de lo que ocurría. Entonces 
el médico se apresuró á prestarle al oficial sus auxilios 
profesionales. 

La Superíora ordenó luego que se retirase la comuni- 
dad, quedándose ella acompañada de dos monjas. 

El médico y el sacerdote, guiados por las monjas, trans- 
portaron al oficial á una habitación especial del mismo 
Convento, en donde volvió aquél de su desmayo, que se 
prolongó algún tien^po, quedando después nuevamente 
como aletargado, sin conciencia de su estado. 

Al día siguiente, ya en posesión de sus facultades, le ma- 
nifestó al doctor, que no lo abandonó im solo momento, 
que deseaba hablar con, fray Miguel Angela el amigo 
íntimo del Protector del Perú, General San Martín. 

El médico trasmitió al instante la solicitud del enfermo 
á la hermana Superiora, y ésta, defiriendo al deseo mani- 
festado por el oficial, dirigió con toda urgencia algunas 
líneas á fray Miguel, á 'quien en. Lima todo el mundo co- 
nocía, y muy principalmente en los templos y casas de 
Religión, que ^visitaba con frecuencia. 

* * * 

Después de terminada la relación del suceso que le hizo 
la hermana Superiora, fray Miguel agregó: 

— El mismo día que recibí las confidencias del -Capitán 
Villamayor, que no era otro que la heroica patriota men- 
docioa, vistió el hábito de novicia de la Orden de Be- 
nedictinas -Bernardas, entregándome esta joya, que, seis 
años ha, me disteis, general, para ella, como la expresión 
de vuestro reconocimiento por el notable servicio que aca- 
baba de prestar á la causa de la Independencia. 

«Esta cadena, padre, me dijo la heroína, que me en- 
tregasteis en nombre del General San Martín, la he lle- 
vado constantemente conmigo, como talismán de fuerza y 
de valor; hoy se la devuelvo, porque ya no preciso sino 
resignación para mi alma dolorida y para mi espíritu en- 



•^ 



UNA HEROÍNA MBNDOCINA 217 

* * 

fermo, y todo esto lo encoiftraré ^n este santo lugar, que 
prepara dulcemente á la paz eterna de la otra vida.» 

y diciendo esto, fray Miguel puso en manos del ge-* 
neral la cadena de su reloj, de la que se había despren- 
dido, seis años atrás, en obsequio de la ilustre mendo- 
cina. 

♦ * * 

La tomó el general y estuvo contemplándola largo rato, 
como si quisiera profundizar el misterioso destino de 
aquella joya .que volvía á su poder después de^er tes- 
tigo de tantos hechos gloriosos en que había tomado parte 
la mujer heroica que lo llevaba en su brazo. 

Un pensamiento asaltó de pronto al general, y diri- 
giéndose con viveza á fray Miguel, lo interrogó dicién- 
dole: 

—Decidme, padce: ¿cuál es la^ causa que hace desgra- 
ciada á esta noble mujer que priva al ejército de uno de 
sus más heroicos oficiales y á la independencia de uno 
de sus más leales defensores? 

-Señor general, perdonadme, pero no me es permitido 
satisfacer vuestro deseo, porque es un secreto que per- 
tenece á una penitente, á una religiosa. Sin embargo, 
puedo aseguraros, por mi honor, que no hay en el hecho 
nada que amengüe la hidalguía y nobleza de la heroína 
mendocina, que jamás faltó á sus deberes. ¡Ah! cuando 
su alma de ángel vuele al cielo, agregó con voz profé- 
tica, los eantos de gloria resonarán en las bóvedas ce- 
lestes ! 

El genera], con la cabeza inclinada, permanecía silen- 
cioso y grave, con el entrecejo fruncido y con el puño 
cerrado sobre la rodilla. Un momento después se le- 
vantó y empezó á pasearse con cierta agitación; luego, 
volviéndose rápidamente hacia fray Miguel, que también 
seguía absorto en sus pensamientos, dijo: 

—Padre, nuestra buena estrella se^ipsa; soy fatalista, 
7 desde este acontecimiento, que cualquiera otro oongide- 



218 



UNA HEROÍNA MENDOCINA 



raría sin coDsecuencias» teog<f la persuasión de que mi 
carrera pública ha terminado; arreglemos, pues, cuanto 
*antes nuestros asuntos para ausentarnos de esta tierra <|ue 
hemos libertado del español. Mañana eiscribiré al G^e- 
ral Bolívar manifestándole mi resolución inquebrantable 
de ausentarme definitivamente, no sé para dónde; será 
para Buenos Aires, para Europa, para donde me lleve mi 
destino. Conviene concluir, porque, padre, es necesario no 
desoir los avisos de la Providencia. . 

Fray Miguel, que* se hallaba de pie, con la cabeza In- 
clinada y las manos cruzadas sobve el pecho, mientras el 
generaNse paseaba á lo largo de la sala, perecía aprobar 
la resolución del general. * 



^4 



^ *l* *P 



San Martín escribió, como había dicho, la carta al Li- 
bertador de Colombia, qp los términos siguientes: 



« Excmo. señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar. 

Lima, 29 de Agosto de 1822. 

*« Querido general: Dije á usted en mi ultima dd 23 
del corriente, que .habiendo reasumido 'el mando supremo 
de esta República, con el fin de separar de él al débil 
é inepto Torre -Tagle, las atenciones que me rodeaban 
en aquel momento no me permitían escribir á usted con 
la extensión que deseaba: ahora, al. verificarlo, no sólo 
lo haré con la franqueza de mi carácter, sino con la 
que exigen los grandes interésesele América. 
« Los resultadas de nuestra entrevista no han sido los 
que me prometía para la pronta terminación de la 
guerra: desgraciadamente yo estpyt firmemente conven- 
cido, ó que usted no ha creído sincero mi ofrecimiento 
de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, 
ó que mi personarle es embarazosa. Las razones que 
usted me expuso de que su delicadeza no le permitiría 



UNA HEROÍNA MENDOGIKA 



219 ' 



jamás mandarme, y aua en e] caso de que esta dififcul- 
tad pudiese ser vencida, estaba usted s^^iro de que en el 
CoQ£:reso de Colombia no se consentiría su separación de 
esa Beiiública,— permítame usted, general, que le diga que 
no. me haa parecido bien plausibles. La primera se re- 
futa por sí misma; y en cuanto á la segunda, estoy muy 
persuadido de que la menor insinuación de usted al Con- 
greso, sería acogida con unánime aprobación; con tanto 
más motivo, cuanto que se trata con la cooperación'de u»- 
ted y la del ejército de su mando, de finalizar en la pre- 
sente campaña, la lucha en que nos hallamos empeña- 
dos; y el alto honor que tanto usted como la República 
que preside, reportarían en su terminación .... 
« Sin esto la lucha continuará por un tiempo indefinido; 
digo indefinido, porque estoy íntimamente convencido 
de que, sean cuales fueren las vicisitudes de la presente 
guerra, la independencia de América es irrevocable; pero 
también Iq» estoy de que su prolongación causará la. 
ruina de sus pueblos; y es un deber sagrado para los 
hombres á quienes están confiados sus destinos, evitar 
la continuación de tamaños males. En fin, general, mi 
partido está irrevocablemente tomado: para el 20 del • 
mes entrant»^ he convocado el primer Congreso del 
Perú, y al siguiente día de su instalación me embarcaré 
para Chile, convencido de que sólo mi presencia es el 
solo obstáculo que le impide á usted venir al Perú con 
el ejército de su mando. Para mí, hubiera sido el colmo 
de la felicidad terminar la guerra de la independencia 
bajo las órdenes de un general á quien la América del 
Sud debe su libertad: el destino lo dispone de otro modo, 
y es preciso conformarse. 

« No dudando que después'^e mi salida del Perú^ el 
Gobierno que se establezca reclamará la activa coope- 
ración de Colombia, y que usted no podrá negarse á 
tan jiista petición, antes de partir remitiré á usted una 
nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada 
puede ser á Usted de utilidad su conocimiento: * 
« Nada diré á usted sobre la reunión de Guayaquil á 



220 UNA HEROÍNA MfiNDOOINA 

< la Repáblica de Colombia:' permítame usted, general, le 
« diga que creo no era á nosotros á ()u¡en pertenecía de- 
« cidir este importante asunto. . Concluida la guerra, los 
« gobiernos respectivos lo hubieran tratado sin Jos incon- 
% venientes (jue en el día pueden resultar á Ips intereses 
« de los nuevos Estados de Sud-América. 

« He hablado á usted con franqueza, general, pero los 
« sentimientos que expresa esta carta quedarán sepultados 
« en el más profundo silencio : si se traslucieran, los ene- 
« migos de nueatra libertad podrían prevalerse para perju- 
« dicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la 
f discordia. 

«Remito á usted una escopeta, un par de pistolas y el 
«caballo de paso que le ofrecí: admita usted, gfeneral, 
« esta memoria del primero de sus admiradores. Quedo 
« deseando únicamente que sea usted quien tenga la gloria 
« de terminar la guerra de la Independencia de la Amé- 
« rica del Sud, y se repite su afectísimo seiyidor, 

« José de San Martín. » 



LII 



El 20 de Septiembre el primer Congreso del Perú se 
declaraba solemnemente* instalado, y desde aquel momento 
la Nación^estaba debidamente representada, debiendo aquel 
inmenso servicio al ilustre General San Martín, y á argen- 
tinos y chilenos, que con su sangre y sus tesoros llegaron 
hasta Lima á través de uiT bosque de bayonetas españolas. 

Al inaugurarse el Congreso, el Protector del Perú ocupó 
la Presidencia en el estrado bajo dosel, que se le había 
preparado en el salón de sesiones, y despojándose de la 
banda bicolor, insignia de su alta dignidad de Jefe Su- 
perior ^el Estado, y colocándola sobre la mesa que tenía 
delante, en la que también depositó el bastón de m^ndo 



•. 



UNA' HEROÍNA MBNDOGINA 221 

m 

con borlas de seda, pronunció un discurso, el que ter- 
minaba cen estas palabras: «Peruanos: desde este mo- 
mento queda instalado el Coug^^eso soberano, y el pueblo 
reasume el poder supremo en todas partes.» 

El Coifgreso, obedeciendo á un acto de gratitud y da 
justicia, extendió el nombramiento de Generalísimo de las 
armas del Perú á favor del General San Martín; pero 
éste se negó á aceptarlo, expresándose en términos eleva- 
dos y dignos. 

«He cumplido, señor (decía el general, dirigiéndose al 
Congreso), la^ promesa sagrada que hice al Perú :^ he visto 
reunidos á sus representantes. 

«La fuerza enemiga ya no amenaza-la independencia de 
unos pueblos que quieren ser libres, y qUe tienen medios 
para serlo. ^ 

«El ejército numeroso, bajo la dirección de jefes aguerri- 
dos, está- dispuesto á marchar dentro de pocos días á ter- 
minar para siempre la guerra.» 

.En su désj)edida á los peruanos decía:— «Presencié la 
declaración de la Independencia de los Estados de Chile 
y el Perú. Existe en mi poder el estandarte que trajo 
Pizarro para esclavizar el Imperio de los Incas, y he de- 
jado de sei; hombre público; he aquí recompensados con 
usura diez anos de revolución y de guerra. 

«Peruanos: os dejo establecida la representación nacio- 
nal; si depositáis en ella una entera confianza, cantad el 
triunfo, sino, la anarquía os va á devorar.» • 



EPJLOGÓ 

Antes de embarcarse para Chile, quiso el General San 
Martín hacer su visita de despedida al Convento de las 
Benedictinas-Bernardas, donde.se encontraba su fiel aliada, 
la patriota mendocina, muerta para el mundo, como él ha- 
bía muerto para la política y la guerra. 

Comunicado su pensamiento á fray Miguel Asgel,, su 
compañero y fiel amigo, éste lo' aprobó calurosamente. 



'•1 



222 UNA HEBO^A MfiírDOCINA , 

—Es necesario, si, decía éste, verla por la última vez, 
vistiendo humildemente su hábito de religiosa,» como en 
días tremendos de guerra y de combate vimos al oficial de 
granaderos á caballo en lo más recio de la pelea«con el 
semblante sereno, transparentándose en él ^u ^ma' he- 
roica y generosa. ¿Os abordáis, señor, de aquella mirada 
dulce á la vez que firme, de su voz armoniosa, clara y 
expresiva, cuando le pedíais detalles sobre la marcha del 
General Las-Heras después de Cancha Rayada? 

—Sí, fray Miguel, muchas veces he pensado en aque- 
llas horas angustiosas, y el despertar feliz que tuse en 
la hacienda de «Quechereguas», cuando se me andbció-la 
presencia del oficial enviado por el General Las Heras, 
que me traía la ^ata nueva de 1§ salvación de casi todo 
el ejército: fué el momento de mayor felicidad que he 
tenido en* mi vida; porque, creedme, perdida la cafiípaña,*^ 
me consideraba deshonrado,, y además me parecí^ ver ya 
á los españoles en Santiago, y luego, después de atrave- 
sar la Cordillera, asomar las columnas de su^ejército ^n 
Mendoza. ¡Qué inmensa responsabilidad!— Sí, fray Mi- 
guel, vesemos á la patriota mendocina, nuestra buena es- 
trella en los momentos solemnes, y nos des^jldiremos de 
ella para siempre, porque de seguro no hos volj2:eremos á 
ver. Avisad áT la Superiora,*que me honra con su amis* 
tad, y decidle también que le entregaré un recuerdo ijara 
la biblioteca y museo de su Convelito. • 

• • * * * 

Dos días después, á la hora^de misa mayor, se presentó 
San Martín en la iglesia del monasterio. Salió la comu- 
nidad á recibirlo, con la Priora á la cabeza. 

ün convento, principalmente de mujeres, en la época 
que alcanzamos, al finalizar el siglo de las luces, es ver- 
daderamente una novedad. El dLaustro tuvo su tiempo; 
el convento español, sobre todo, fué cruel y fúnebre: aque- 
llas coinstrucciones macizas de estilo árabe, de corredores 
sombríos; aquellas paredes y cerrojos destinados á pre- 



^ 



•• 



UNA HEROÍNA MENDOCINA ' 223 

senciar tantas tristezas y lágrimas eet los siglos de su 
existencia, helaban la 'sangre en- las venas del que acer- 
taba á traspasar sus umbrales. 

Al empezar el siglo, aún se encontraban los conventos, 
en las posesiones de «América, oomo en los tiempos de su 
mayor esj^lendor. La Bevoluoión, con las grandes ¡deas filo- 
sóficas del i^igio pasado, iluminando el munao con su es- 
plendorosa luz, había penetrado tenuemente en las celdas 
y en los claustros, á manera del crepúsculo de la mañana 
que se inici^^ suavemente. 

Las Superioras de los conventos, que por lo regular per- 
tenecian á la clase más distinguida de la^ sociedad, reci- 
bían informes de sus propias familias sobre los sucesos 
políticos que se desarrollaban en América: así es que, 
ilustradas por su espíritu inteligente,^- natural en la mu- 
jer, impresionable siempre, aunqtfe se halle encerrada den- 
tro de los espesos muros de un monasterio, -^ seguían a^n- 
tks los progresos de las nuevas ideas sobre las viejas, y 
las victorias de las aripas liberales sobre las del antiguo 
régimen. ^ 

A su vez, coQio acompañando las conquistas modernas, 
los conventos fueron modificándose: el impace, el entierrOf 
la penitencia ruda y cruel fueron desapareciendo gradual- 
mente, hasta su total extinción, que vendrá luego» como 
consecuencia legitima del progreso y de la libertad. 

Los conventos prestaron su s^vicio en épocas lejanas 
de obscuridad ^ de barbarie, en que hubo que modificar 
las pasiones alentadas por la ignorancia, sustituyendo* lo 
espiritual á lo brutal; pero á medida que la civilización 
ha ido avanzando, el claustro ha sido y ^s estéril; más, 

es perjudicial. 

■ 

* * * 

Llegó ^n Martín al convento* de las benedictinas, 
acompañada dé fray Miguel Ángel y de un sargento de 
granaderos. 

£1 sargento, que llevaba un paquete perfectamente 
acondicionado, se quedó á lá puerta esperando órdenes. 



224 UNA HEKOÍNA MENDOCINA 

' Subió San Martín hasta cerca del altar mayor, donde 
había un sillón, una mesa y un cojín para arrodillar^. 

Empezó la misa: las hermanas tocaban el órgano y can- 
taban les salmos sagrados. La comunidad estaba en fila, 
de rodillas. Vestía el hábito de la «Orden, que lo consti- 
tuían una tífica de sarga negra ée mangas anchas, un 
gran veló de lana, la pechera que sube hasta la barba, 
cortada en forma cuadrangular sobre el pecho, y la toca 
que baja hasta los ojos, llevando un rosario pendiente de 
la cintura. 

Las novicias llevaban el mismo hábito, pero todo 
blanco: éstas eran solamente diez. 

San Martín recorría con la vista la fíla de las novicias 
que oraban de rodillas con la cabeza inclinada y las ma- 
nos cruzadas soBre'el pecho. Con su vista de águila tra- 
taba de reconocer al capitán de granaderos bajo la tgca 
d^la monja. «Todo fué inútiJ: se fatigó en vano; aquellas 
figuras blancas, inmóviles, como si fueran de marfil, eran 
unifbrmes en la apostura y en el recogimientcT; unas más 
altas y otras más bajas: he ahí todo. 

Mientras tanto la música y los cantos sagrados reso- 
naban en las bóvedas del templo; el incienso, la voz del 
sacerdote en el altar, la campanilla del monaguillo to- 
cando en los momentos solemnes de la misa, todo inspi- 
raba el recogimiento é invitaba á la oración. 

Terminada la misa, la comunidad recibió la bendición 
d^l obispo que oficiaba, y, poniéndose de pie, acompañó la 
procesión por el tetnplo: ceremonia éW^a indispensable en 
aquel tiempo, y que aun hoy se acostumbra en algunas 
fiestas religiosas. 

Desfilaron las monjas primero, después las novicias. 
San Martín estaba atento, observando su marcha. Una 
novicia más alta que las demás, con la cabeza y el cuerpo 
un tanto ^guidos, el paso más firme, pasó por su lado, 
fijándose en él. Dejó o1r un sollozo ahogacfo, á la vez 
que inclinaba la frente, lo que hizo comprender al gene- 
ral que estaba"* en presencia de la patriota mendocina. 

La novicia se confundió con las demás, y San Martín 



UNA HEROÍNA MBNDOGINA 225 



«» 



qüédó absorto, con la vista fija en aquella toca blanca 
que sobrepasaba á las otras.^ Una lágrima silenciosa se 
deslizó por su morena mejilla* tostada por el sol. 

—Me retiro, fray Miguel,* dijo luego el general, volvién- 
dose al religioso: esto termina ya. Despedidme de la Priora 
y de la comunidad; entregad de mi parte el obsequio 
que hemos traído para el monasterio y disculpadme con 
todos. Me siento mal,. asi es que no puedo permanecer 
más aquí. ¡L%he visto y ella me ha reconocido! 

Salió el general, y el fraile cumplió su comisión. 

El obsequio á que se refería el general, lo aonstituía 
un pequeño cofre de oro cincelado, con una inscripción 
que decía: 

«£1 General San -Martín, al Monasterio de las Bene- 
dicCinas* Bernardas de Lima, al ausentarse del Ferú.» 

El cofre contenía las condecoraciones é insignias, rica- 
mente bordadas, del capitán de granaderos á caballo 
l^lorencio Villa- ]V{ayor, su foja de servicios, .y además 
una libranza contra el banquero del j^neral en Lima, por 
valor de quinientas onzas de oro, para la biblioteca del 
Convento. Acompañaba el obsequio con una sentida carta, 
que decía: 



«Reverenda: 

«Permitid á mi corazón la satisfacción de ofreceros una 
modesta ofrenda para vuestro monasterio; ella lleva el 
«ello del reconocimiento y de la gratitud. Las ins¡|:nias y 
condecoraciones así como la foja de servicios que tam- 
bién incluyo^rj^ertenecieron á un noble y valiente oficial, 
muerto para el mundo, pero vivo en el recuerdo del ejér- 
cito libertador de Chile y del Perú. 

«La novicia de vuestra Orden, que en religión lleva el 
nombre de Sor Genoveva Florencia de la Cruz, fué aquel 
heroico militar, que, como la doncella de Orleáns, Juana 
de Arco, vistió el uniforme y las armas del guerrero para 
libertar á su patria. 

15. 



226 



UNA HEBOÍNA MENDOÓÍÑA 



«Que SUS oraciones y las vuestxas acompañen y dirijao 
los pasos por el mundo; de vuestro humilde servidor, 

« Jdlié DE Sak Martín.» 



Al día siguiente, el Aníbal americano, vencedor en Cha!«. 
fabuco y en Maypá, el libertador de Chile y del Perú, 
dejó las playas de la tierra de los Incas, ^embarcándose en 
la goleta Atahualpa, que puso su proa eñ dirección á la» 
costas "de Chile, en demanda del puerto de Valparaisa. 



.* 



• 



RECUERDOS 



DE LA GUERRA DEL PARAGUAY 



TRASMITIDOS 



POR UN^Ot'ICIAL DEL EJÉRCITO ORIENTAL 



PASAJE DEL RÍO PABAnX 



« 



16 de Abril da 1866 



Cada vez que se escribe ó 'se habla de la guerra del Pa- 
raguay (1865 á 1869), siempre hay algo nuevo que Oontar. 

Después de la batalla del 2 de Mayo dé 1866, ^ntre el 
Ejército aliado y eL Ejército paraguayo, volvió á Pay- 
sandú con licencia, x)or haber sido herido gravemente, un 
joven que en la guerra civil de 1863-64, cuandp apenas 
contaba 17 años, se había presentado al General Flores 
en su campamento de «Sacra», y que después marchó al 
Paraguay con el grado de alférez en el batallón 24 de 
Abril, famoso por sus hechos de armas en, la g^an guerra. 

Este valiente oficial tazo toda la campaña del Paraguay, 
donde fué herido varias veces, habiendo alcanzado el 
grado de sargento mayor, y murió más tarde, en la gue- 
rra civil de 1875, con «el grado de teniente coronel. 

De sus labios hemos oído muchas y variada» relaciones 



' -■ .» < •*- 



..I- 



238 RECUERDOS DE LA QUERRÁ DEL PARAGUAY 



«I- ^ <j 



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interesanles de tan laboriosa campaba, en que fué actor, 
y tomando de nuestros apuntes Ja que se refiere al pa- 
saje del río Paraná, ea la embocadura del río Paraguay, 
en Abril de 1366,— pasaje que el Ejército aliado realizó 
á la vista del Ejército del Presidente López,— vamog^á en- 
sayar el esbozo de aquella hermosa operación de^guerra, 
la más importante de las sierras del Plata. 

Como se sabe, en Agosto de 1863 tuvo lugar la batalla 
llamada del Yatay, en territorio correntino. En este he- 
cho át armas el Ejército oriental, al mando del ilustre Ge- 
neral Venancio Flores, obtuvo una impertiente victoria 
sQibre un cuerpo de Ejército paraguaya que h^bía inva-, 
dido, de concierto con otras fuerzas, y que, á su vez, se 
rindió en breve en Uruguayana, terrítoñoH[>rasiIero. 

Éste hié el comienzo de la campaña denominada del 

Paraguay, que duró cinco años y que terminó con la muerte 

del MariscaULópez, Presidente de aquel infortunado país, 

• digno de mejor suerte por el valor imponderable de sus 

hijos. ^ 

El Ejército aliado, después de sus victorias, siguió mar- 
chande en dirección al río Paraná, frente al territorio 
j>araguayo, y llegó á la vista del caudaloso rice sin ei^- 
centrar resistencia, el 20 de Noviembre de dicho año. 

La marcha fué larga y penosa por las condiciones del 
territorio, la falta desmedios de comunicación y de víve- 
res; pero el Ejército aliado venció todas las dificultades 
con abnegación y patriotismo. . 







II 



El Ejército paraguayo que invadió á Corrientes, al de- 
clararse la guerra, se componía He 40.000 £ombres, y de 
ellos sólo vokieron al Paraguay 19.000: los demás, unos 
habían muerto' de enfermedad ó en los combates y otros 
fueron tomados prisioneros en Y^ay y Uruguayanu. 
f En cambio se llevaron cien mil cabezas de ganado. 



1 



BECUJgRDOS DE XA GUERRA DEL PARAOUAT 229 

Este Ejército, con algunas otras tropas, sumaban en el 
Paso de la Patria, en el ríp Paraná, alrededor de 30.000 
hombres, con una artillería poderosa, á cuyo frente l^e en- 
contraba el J'residente del Parag^uay en persona. 

Desde luego, e^ Mariscal López ha sido juzgado por 
los militares como un ii»epto, y su derrota era infalible á 
pesar del valor de sus soldados. 

El Paso de la Patria, en territorio paraguayo, era en- 
tonces una a]^ea; pero en breve se vio poblada, ál esta- 
blecer López su campamento allí: los soldados, hicieron* 
viviendas provisorias ranchos ligeramente constkidos, y 
plantaron maíz para alimentarse. El General* López,' por 
su parte, mandó hacer una linda casa c<fti amplios corre- 
dores y comodidades para su familia y el, obispo; ^compa- 
ñero insepai-able hasta el momento en que fué sacrificado 
por la voluntad fle su viejo amigó. * - ^ 

Allí se fortificó el Presidente López con zanjas y obras 
de defensa que construyó el Ingeniero Thompson, inglés 
al seTvicio del Paraguay. ^ • • 

El principal fuerte se denominaba Itapirú (Piedra seca); 
es^ba artillado con piezas de grueso calibre, y se levan- 
taba en una punta de tierra, de alj^una elevación, que 
entraba en el rio Pnrand. La posición estaba biSn ele- 
gida, y con buenos cañones y hábiles artilleros, era, como 
lo probó, un peligro serio para los aliados. 

López había hecho construir y armar chatas, embarca- 
ciones resistentes de poco calado, que, apoyadas por el 
fuerte, deberían molestar á la Escuadra brasilera. 

8e componía^ésta de 18 cañoneras de vapor, de seis ca- 
ñones cada una, y de cuatro acorazados cgn la artillería 
correspondiente, sumando un total de 140 cañones, jnás 
ó menos. 

El 21 de M^o de 1866 se presentó la Escuadra frentfe 
á las posiciones de López, formando en btftalla en toda 
la línea, bajo el fuego de las baterías paraguayas. 

Estas no jse hicieron de rogar, y rompieron el fuego con 
furor sobre los buques de la Escuadra, los cuales, desde 
luego, respondieron con igual brío á aquella gentileza. 



230 BECUEICDOS DE LA GUEBEA. DEL PABAOUAY , 

Las chatas, armadas cott cañones de grueso calibre, 
fueron remolcadas por un vapor, y, puestas & tiro de los 
buques* de la, Escuadra, emprenidieron una lucha tenaz y 
sangrienta, pues los brasileros, después de envolverlas y . 
cañonearlas, las echaban á pique, no dando cuartel á los 
que las servían, según la referencia á que aludimos. 

Cuando una chata era reducida á i a impotencia, sus 
tripulantes se lanzaban al río, y como delfines nadaban 
hasta la costa, asilándose en el bosque. 
• Esta lucha de titanes, por parte de los paraguayos, duró 
veinte días, siendo finalmente vencidos. 

El fuerte de Itapirú terciaba á la vez en la pelea, pero 
los brasileros atendían con bravura á todas las exigen- 
cias del 'combate. Un testigo ocular, antiguo militar de 
graduación, decía admirado: «[Hermoso espectáculo, que 
no se verá más en estos ríos, bordados por una selva casi 
virgen!» * 



III 



Los diversos cuerpos del Ejército de la alianza, á la vista 
del Paso de la Patria, en territorio correntino, camparon 
en una extensión de 25 kilómetros, teniendo por punto 
central el pueblo de San Cosme, y en su proximidad pe- 
queños caseríos ó chacras cultivadas. 

Los paraguayos, desde la orilla opuesta, observaban to- 
dos los movimientos del Ejército aliado, no'perdiendó oca- 
sión de molestar á los habitantes de la ri6era con inva- 
siones en ligeras canoas, tripuladas por hombres elegidos. 

La más formal de esas operaciones fué la que se llevó 
á'cabo el 31 de Enero contra la División «!^uenos Aires», 
que era la vanguardia del Ejército aigentino. Después de 
una encarnizada lucha, los argentinos rechazaron á los 
paraguayos. Ea esta acción, las percudas de unos y 4)tros 
fueron sensibles. 

El Ejército aliado ^ocupaba la mayor parte del tiempo 



RECUERDOS DB LA GUERRA DEL PARAGUAY 231 

en ejercicios y maniobras, y el campo de tiro estaba siem- 
pre en actividad^ 

Los soldados, recuperadas sus fuerzas, iban adquiriendo 
confianza en el éxito de la campaña y todos hablaban de 
volver con f^loria á sus hogares. ¡ Ay! ¡cuántos iban á 
perder la vida en los carrizales del Paraguay! « 

£1 Ejército aliado estaba representado en esta forma: 

De vanguardia, orientales y brasileros 5.160 

Argentinos • Id. 981 

Brasileros 16.588 

Total \ 41.729 



Cuarenta y un mil setecientos veintinueve hombres, en» 
tre jefed, oficiales y soldaaos. 

Pata atender á tan numerosa ejército concurrieron co- 
merciantes de Buenos iiires, Montevideo, y aun del Bra- 
sil, con cargamentos de artículos de consumo y forrajes^ 

Una flota mercante, compuesta de vapores y buques de 
vela como no se había visto hasta entonces, surcó las 
aguas del río Paraná, fondeando en Corrientes ó en la 
costa, bajo la protección de la Escuadra brasilera. Allí 
hacían su comercio, imponiendo precios fabulosos en rela- 
ción de la oferta y la demanda. Muchos de estos merca- 
deres se hicieron pasar después como guerreros del Para- 
guay, entre sus relaciones íntimas. 

Los paraguayo^ i)0 se daban punto de f^poso, apare- 
ciendo á cada momento en el gran río en sus canoas, ya 
amenazando abordar los buques de la Escuadra, ya po- 
niendo en alarma á la poblacióu de la margen izquierda 
del Paraná, ó sorprendiendo las guardias más avanzadas 
de ios aliados. 

Cuéntase que alj^as de esas operaciones tuvieron éxito 
momentáneo. 

El Presidente López ofrecía gratificaciones de dinero á 
los soldados que demostraran mayor valor y empeño en 



232 RECUERDOS DE LA QUERRÁ DEL PÁRAGUAT 

aquellos avances, que copcluian siempre con hechos san- 
grieotos. 

Un ne¿ro Hamado Marcial, de estatura gigantesca, que 
pertenecía al cuartel general de López, había prometida 
llevar un número de cabezas ^e floldados brasileros, muer* 
tos portel ^ la pélea^ 

En efecto, en una^de las exi)ediciones á la costa ar- 
gentina, él feroz etíope se las arregló de tal modo para 
sorprender una guardia brasilera, que regresó al campa- 
mento*paraguayQ con una cantidad de cabezas en una 
bolsa, que apiló á la puerta de la morada de López. 

Aquel hecho tuvo mucha resonancia en el campo para- 
guayo, y el negro fué gratificado y cumplimentado por to- 
dos, siendo ascendido á oficial por el Presidente, quien lo 
ofrecía luego como ejemplo á los soldados. « 

Refiérese que siendo éste el únipo ofíqial de color en el 
ejército paraguayo, fué mirado con repulsión por los de- 
más compañeros; pero el mlférez^ negro, que tenía todas 
las-condiciones de un héroe, pronto se impuso por ^u va- 
lor. A él se le encomendaban las acciones más arriesga- 
das, hasta que en una de ellas pereció á manos de losi 
brasileros, que no le dieron cuartel;. 

En l¿s primeros días de A bril, algunos batallones bra- 
sileros realizaron un acto de valor que fué muy conside- 
rado por todo el ejército. 

Existía un pequeño pi'omontorio de arena y piedra en 
el río Paraná, á poca distancia de la costa paraguaya y 
al alcangp de los cañones del fuerte de Itapiró ; llamaban 
á este promontorio el Banco, w«« 

En la noche de uno de esos días, dos batallones bra- 
sileros se posesionaron de ese islote y se fortificaron, 
abriendo trincheras y ariillándolas, para poder batir de 
cerca al fuerte paraguayo. 

Tan luego* como el Mariscal López se dio cuenta de la 
operación, ordenó que mil hombres ele^iios, en dos divi- 
siones de 500 plazas cada una, se embarcasen en canoas 
y tomaran el Banco. 

En la noche del 10 de Abril los paraguayos llevaron 



BECÜERDOS BE LA OÜEBRA DEL PARAQUAT 233 

el ataque con gran resolución; pero los brasileros, manca- 
dos por un bravo oficial, el Comandante Cabrita, estaban 
alerta, y recibieron á los asaltantes .con un fuego muy nu- 
trido. 

Desde luego el combate se empeñó con notable depi- 
sión: los paraguayos, prodigándose, tomaron y abando- 
naron ^cesivamente las trincheras, rechazados por los bra- 
silero». Como la obscuridad era densa, los combatientes 
luchaban cuerpo á cuerpo al arma blanca» 

La Escuadra» comprendiendo que se tratabh de un 
asalto, abrió sus fuegos sobre los paraguayos, á riesgo de 
herir á su propia gente. Las cañoneras se aproximaron 
al lugar del combate á fin de concurrir á la defensa del 
islote. ' 

Después de una porfiada lucha, la mitad de los para- 
guayos asaltantes quedaron muertos ó heridos al pie de 
las trincheras; el restajbuyó como le fué posible hacerlo: 
los unos en sus canoas, los otros á nado. 

Con la primera luz del día ya se pudo ver el estrago 
en aquel campo de carnicería, porque los paraguayos pre- 
ferían morir á rendirse. Se hicieron algunos prisioneros, 
pero no en gran número: entre ellos el jefe de una de las 
divisiones y varios oficiales, que cayeron heridos. 

Los botes brasileros, recorriendo el río, capturaban á 
los paraguayos, que trataban de salvarse en canoas ó á 
nado. Nuevas baterías de López, auxiliadas por el fuerte 
Itapirú, abrieron sus fuegos sobre eZ Banco, pero todo fué 
inútil: aquella posición, regada con tanta sangre, no de- 
bía perderse. 

£1 valiente Cabrita fué muerto por una bala ¿ñ 68, 
lanzada desde Itapirú, en momentos que escribía su parte, 
radiante de ategría. 

Espectador impasible del valor y abnegación de sus 
^compatriotas, López, desde su campamento, auxiliado de 
un anteojo de larga vista, seguía Ifts operaciones de sus 
soldados en el río. Éstos combatían desesperadamente 
desde las chatas armadas y las canoas, que se cruzaban 
veloces. 



• 



234 RECUERDOS DE LA GUERRA DEL PARAGUAY 

Inflamaba á sus oficiales y soldados con proclamas, 
ofreciendo recompensas y dici^doles que los negros— así 
llamaba á los brasileros — querian reducirlos á la esdavi^ 
tud. El Obispo, por su parte, les aseguraba, también, que 
los que murieran en la guerra, que él llamaba santa, irían 
á resucitar á la Asunción. 

£1 pueblo paraguayo, sencillo como en épocas j)rími« 
tivas, tenía la creencia de que todo lo que decían el Su- 
premo,— así llamaba á López,— y el Obispo,— que se- 
gún su parecer era Dios en la tíerra,— era la más pura 
verdad. 

Algunos hechos de crueldad tuvieron lugar en su cam- 
pamento. Varias mujeres correntinas que se hallaban por 
aquel entonces en el Paso de la Patria por asuntos de fa- 
milia, no pudieron regresar,* y se dio el caso de que fueran 
entregadas á los soldados y castigadas bárbaramente. 

Robles, oficial superior de mucho mérito, que mandaba 
el ejército que invadió á Corrientes, ^ el Coronel Martí- 
nez, SU' segundo, que hacía tiempo habían sido presos, en- 
grillados y sometidos á un proceso que terminó con una 
sentencia de muerte, fueron fusilados, con algunos otros 
más, en el campamento de López, por su orden. Era el 
principio del fin. 



IV 



El río Paraná, en frente del Paso de la Patria, tiene 
una extensión que ha sido apreciada en 1.500 metros, pero 
como el pasaje no se verificó por allí, sino por el río 
Paraguay, una milla más acriba de la confluencia de Iqs 
dos ríos, la distancia quedó aumentada en mil metros más. 

Se ve, pues, que la realización de este plan era muy 
difícil. El ejército había llegado á la costa del Paraná en 
Diciembre, y habían transcurrido cuatro meses en prepa- 
rativos para llevar á cabo la operación con .éxito. 

El General López estaba, como hemos dicho, en la mar- 



RECUERDOS DE LA GUERRA DEL PARAGUAY 235 « 

gen derecha con 30.000 hombres bien armados y fortífi- 
js&Aos, con una poderosa artillería en posición para defen- 
der el p£U30 y, ahogar, como había anunciado, á los aliados 
en el caudaloso río. 

Decían todcts los que observaban á los ejércitos, en 
frente uno de otro, que el pasaje era*^ imposible, porque 
sólo podía hacerse pop el Paso de la Patria ó por Itapirú, 
y que, como esta línea estaba debidamente guardada, el 
fracaso era casi seguro. 

El general en jefe alentaba esas ideas á fin de mistifí« 
car mejor á los paraguayos. Todas las tropas de la alianza 
se encontraban aglomeradas, en un terreno de faríos kilo- 
metros, frente á López. Cambiaban de campo, pero no se * 
alejaban sensiblemente de aquella línea. 

El General López tenía formado su ejército desde Paso 
de la Patria á Itapirii con mucha habilidad, porque sus 
soldados estaban ocultos detrás de obras de defensa en 
tierra, fuera del alcance de la vista del enemigo. 

Esas obras no sólo se ocultaban por el terreno mismo* 
f por el arte con que habían sido construidas,' sino tam- 
bién por la vegetación frondosa que las cyibría. En efecto, 
los árboleSj con sus extensas hojas, ofrecían una especie 
de cortina impenetrable á toda observación. 

El generalísimo del ejército aliado tenía que resolver 
un problema sumamente difícil. 

El maestro de la estrategia. General Barón de Jomini, 
ha tratado magistralmente en sus obras esta cuestión del . 
« paso de los ríos. Dice así: 

%.E\ paso de los»ríos de poco caudal, en los que se halle^ 
establecido un puente ó que se pueda *tender otro sin di- 
ficultad, no ofrece combinaciones que pertenezcan á la 
. táctica sublime ó á la estrategia; pero los pasos-por gran- 
des ríos ó principales, como el Danubio, el Rhin, el Pó, 
el Elba, el Oder, el Vístula, el Yun, el Tesinó, etc., son 
operaciones dignas dé meditarse.» 

No creemos aventurar nada si decimos que ninguno de 
esos ríos puede compararse en su caudal con el río Pa- 
raná frente ai territorio paraguayo. 



•236 R£CU£RD08 DE LA GUERRA DEL PARAGUAY 

£1 Paraná no admite puentes improvisados de una 
orilla á otra, por la rapidez de su corriente y por su ex- 
tensión; de modo que el pasaje de las tropas con «artille- 
ría sólo era posible hacerlo en chatas remolcadas por bu- 
ques de alguna importancia ó conducidas p^r éstos. 

De todo cuanto hemos leído, la operación de guerra 
más audaz y más difícil, estando de por tnedío un río 
caudaloso, es la ejecutada por Napoleón en- el Danubio, 
efi 1808, frente á un ejército poderoso- como el del Aus- 
tria, mandado por el Príncipe Carlos, que se componía 
de 120.000 hombres con 400 piezas de artillería. 

El Danubio, en aquella parte próxima á Viena, elegida 
•por el Emperador para efectuar el pasaje, tiene una ex- 
tensión de 520 toesas (U, según las memorias del Gene- 
ral Marbot, actor en estx>s sucesos; gues siendo edecán 
del Mariscal Lannes, fué uno de los colaboradores acti- 
vos de aquella grande operación. 

Esa extensión de mil cuarenta metros que representa 
ai número de toesas cTesignadas, se reparten en cuatro 
brazos del Danubio, unos más, otros menos, divididos poi^ 
islas, que Napoleón ordenó ocupar y artillar, sirviéndole 
á la vez de almacenes y parques. 

La isla de Lobau, la más próxima á la ribera de tierra 
firme, en donde se encontraban las tropas del Príncipe 
Carlos, sólo estaba separada por un brazo de 140 metros. 

Como se ve, euati;^ puentes principales y algunos acce- 
sorios, tuvo que tender el ejército francés, apoyados en 
las islas que los dividían; y ocultando el lugar próximo 
en d^nde se pensaba efectuar el desembarque, verificóse 
"^ste con fortuna eií noche tempestuosa, apoderándose de 
una fuerte posición, donde hicieron pie las4)rimeras tropas 
que pasaron, protegiendo á las que les siguieron. 

Algo parecido, y con mayores dificultades, es lo que 
hizo el Ejército aliado en el Paraná. 



(1) Medida franccBa. 



F^- 



•m 



REGUSRbOS DE LA Qir£RRA DEL PARAGUAY,, 337 



* 



V 



£1 16 de Abril del año 1866, apronto el* ejército aliado 
para invadir el Paraguay, un cuerpo de brasileros y ar- 
gentinos, compuesto de 10.000 hombres de las tres armas, 
embarcado en varías chatas y vapores, y al mando del 
Greneral 'Osorío, salió del Paso de la Patria, terrítorío 
argentino, navegó, la vuelta de Itapirú y fué á desem- 
barcar en un recodo del rí(^ Paraguay, casi en la «con- 
fluencia, dejando burladas las previsiones de Cópez, que 
los esperaba en el Paso de la Patria, á la margen dere- 
cha del río Paraná. 

En seguida 10.000 orientales y argentinos siguieron 
aquel decvoteco y desembarcaron en «el mismo paraje, 
mientras la Escuadra brasilera bombardeaba las posicio- 
nes de López. Escenas diversas tuvieron lugar en el des- 
embarco. 

Todo no había podido preverse: la costa era poco abor- 
dable y no había planchas á propósito. Los caballos de los 
jefes caían al río ensillados con todas las prendas. El 
bravo Ola ve decía quejumbroso: «Se ha ido al fondo del 
río toda.mi riqueza, y lo que más siento es el sobrepuesto 
que me bordó una dama correntína; pero no importa: los 
paraguayos me pagarán todas estas contraríedyles.» En 
efecto, Oláve se portó como un héroe, y los paraguayos 
le obsequiaron . . . con un balazo en una pierna, que lo 
imposibilitó por algún tiempo. 

Los que hayan conocido al Coronel Olave, saben que 
su carácter generoso, jovial y humorístico igualaba á su 
bravura como soldado. 

Et punto elegido para el desembarco fué Sabiamente 
estudiado: sé flanqueaban las posiciones de López, y avan- 
zando un poco ' más, el ejército aliado se hubiese encon- 
trado á espaldas del Ejército paraguayo. 

Pero como el terreno en que se hizo el desembarco era 



• 



^8. RBCUEBDOe DE lA OCEBRA DBL PASAOUAT 

estrecho, con mncluí dHicnItad pudo d ej^^ñto aliado mar- 
char y combatir en los primeros mómoitoa. 

La única senda que se podía ntilizar era un albardón 
que no daba paso más que por hileras de á cuatro, se- 
gún la expresión dd Coronel Pall^ en su diario. . 

Al frente, I derecha é izquierda, todo en lagunas, pan»* 
taños j carrizales— como se llaman allá— impenetrables, 
y que sólo podían atravesar los infantes, en algunos lu- 
gares, con el agua al pecho. 

Al avise del desembarco ocurrieron fuerzas de López, 
pero insuficientes para detener á loa aliados» que ya ha- 
bían logrado franquear la angostura y empezaban á des^- 
plegarse* en un terreno más amplio. • 

López, viéndose flanqueado, vaciló entre dar una ba- .. 
talla con todas ^sus fuerzas ó retirarse; optó por esto úl- 
timo y ordenó el abandono del fuerte de Itapirú, que era 
ya inútil; mandó luego deshacer las baterías «de la costa, 
destruir todo lo que podía ser útil á los aliados, formar 
las tropas y correrse sobr^ las líneas defensivas* de un 
estero que denominaban Bellaco, á diez kilómetros del 
I^aso de la Patria. 

Diremos dos palabras sobre esta fuerte posición elegida 
por López para recibir al Ejército aliado. 

El arroyó denominado Bellaco se divide en dos líneas 
que se extienden paralelas de Norte á Sur, y* que for- 
mando una curva en forma de hoz, van á desaguar res- 
pectivaQiente por un lado al río Paraguay y por el otro 
al Paraná, á gran distancia. 

Estas dos líneas se encuentran defendidas por bosques 
de palmas, esterales, lagunas infranqueables, que sólo se 
comunican por estrechas sendas. 

8i á estos obstáculos naturales se agregan algunas 
obras de defensa, aunque ligeras, la posición desde luego 
podía considerarse inexpugnable. 

La División oriental, bajo el mando superior del Ge- 
neral Venancio Flores, al tiesembarcar recibió orden de 
marchar por la costa del río sobre el fuerte Itapirú, que 
fué abandonado por los paraguayos. Marchaba á van- 



^ RECUERDOS DE LA GUERRA DEL FÁMÁOVAT 239 

» • * 

guardia un piquete de cahiikA de 40 hombres al mando 
del Sargento Mayor ck» Lo» Eduardo Pérez, que explo- 
raba con prudcaieia, pMque en aquel laberinto de árboles 
y de laguna» y en Un terreno tan poco sólido, toda pre- 
ymhSí^ en poca. 

Otras columnas argentinas y brasileras se dirigían al 
campo de López, provocándolo á la pelea. 

En el fuerte Itapirú enarbolaron las fuerzas aliadas 
las banderas de las tres naciones. 

Los Generales Mitre, Flores y Osorío y el Almirante 
Tamandaré se pusieron á la cabeza de las columnas é hi- 
cieron un reconocimiento del campamento paraguayo del 
Paso de la Patria, que López parecía querer defender. 
Pero ésto se había ausentado ya, quedando al frente del 
Ejército los Generales Resquín y Brúguez, que ordenaron 
y dirigieron la retirada. 

Los paraguayos, al retirarse, incendiaron el campamento '^ 
y la aldea del Paso de la Patria. La retaguardia, ocultán- 
dose en iísletas f detrás de las lagunas, molestaba á las 
tropas que marchaban en su persecución. 

Una columna de más de mil mujeres acompañaba al 
Ejército paraguayo: las había de toda condición, y mar- 
chaban á pie, descalzas las más. 

£U Ejército aliado empleó once días en trasladarse á 
territorio paraguayo. La caballería, los bagaje?, las muni- 
ciones de guerra ^ dé boca requirieron todo ese tiempo: 
tales eran las dificultades que ofrecía el río con sus fuer- 
tes avenidas y desbordes. 

El pasaje del río Paraná con cuarenta mil hombres, la 
artillería correspondiente y demás elementos, es un he^ 
cho que recordará la Historia, colocándolo entre los más 
notables que se hayan producido en las grandes guerras. 
Se siguieron en esa brillante operación los principios del 
maestro que hemos citado, Jomini, quien..dice á esto res- 
pecto: 

«Es de lo más importante engañar al enemigo acerca 
del punto del paso, para que no acumule allí sus medios 
de resistencia. Además de la^^demostraciones estratégicas, 



240. RBCUERDOB DE LA GUERRA DEL PARAGUAY 

p 80n también precisos ataques falsos hechos en las cerca* 



I 



nías del paso, para dividir los medios que pueda haber 
reunido erenemigo. » 

Éste se mostró incapaz, segán la opinión del Coronel 
Palleja, respetada por propios y. extraños; pero esto no 
amengua lo grandioso de la operación. 



VI 

Hemos nombrado anteriormente al Coronel Palleja, 
una de las figuras más salientes en la gran guerra; de- 
bemos decir ahora algunas palabras, más acerca de este 
valeroso militar: 

£1 CoronelLeón de Pallé]a era un ser excepciopal, * 
dotado de una alma de bronce, insensible á sus propios «^ 
sufrimientos y. á los de sus soldados en medio 4lel fuego. ^ .« , 
• Sonaba el clarín de ordenanza, y aquel jefe, que estaba 
departiendo amigablemente con sus subalternos, tnudaba 
de semblante como por encanto: se ceñía la espada y la 
disciplina más rigorosa reemplazaba la franqueza de mo- . 
mentes antes. 

Tronaba el cañón, y aquel militar correcto y culto, per- 
día su serenidad habitiud: hablaba recio á sus oficíales — 
á quienes pedía disculpa después^ si no había tenMo ra-» j 

zón~y buscaba el lugar de más peligro, como si fuera 
en demanda de la muei^te y no de la victoria. Aunque el 
enemigo fuese inmensamente superior en número, él mar- 
chaba siempre á la cabeza de sus infantes y se abría paso 
por entre sus filas acometiendo temerariamente: prodigaba 
á sus soldados y se prodigaba á sí mismo. No es ex- 
traño, pues, que, allá en el Boquerón, donde se libró una 
batalla muy reñida y sangrienta, después de haber ven- 
cido, rec¡biera*'la muerte. 

*8us rasgos geniales fueron muchos. Si el general en 
jefe le observaba que la música marchaba á vanguardia, 
no debiendo ser así, contestaba: «Así se marcha cuando. • 
se va á morir.» •• J 






« 

t 



D5 14l querrá del paraquat 241 

Si «e le decía: «No olvide que es coronel, para no pelear 
como simple soldado, como acostumbra,» replicaba: «An- 
tes que. coronel soy soldado, y debo dar ejemplo cuando 
pido á los demás el sacrificio de su vida.» 

¡Cómo han cambia<^o los tiempos! 

Llevaba un diario verdadero é interesante de la cam- 
paña, que enviaba á Montevideo periódicamente para ser 
publicado, y el que sin duda servirá de consulta á todos 
los que escriban sobre la guerra del Paraguay. No excu- 
saba censuras y críticas respecto de las operacipnes de la 
guerra, lo que le proporcionó grandes disgustos con sus 
superiores; y es de admirarse que fuesen siempre respe- 
tadas sus opiniones lanzadas á la publicidad *B¡b mira- 
mientos. • 

Palleja, en la guerra del Paraguay, no era ya joven: 
contaba más de 50 años, pero conservaba la firmeza y la 
actividad de la juventud. No se dice nada de más si se 
afirma quo esQs ejemplares son muy raros. Su honradez 
igualaba á su valor. 

Las batallas del 2 y 24 de Mayo pusieron aun más en 
evidencia sus hermosas cualidades. 

Éstos fueron los hecl^os de armas con que se estrenó 
en el Paraguay el Ejército aliado. 

El pasaje del río Paraná, á la vista del enemigo, fué, 
puede- decirse, la tarjeta de visita pasada á López, y el 
recibimiento en Estero Bellaco, el paraje de la cita. 



16. 



r 



• 



25 DE AGOSTO DE 1825 



« La Honorable Sala de Bepreseutantes de 
la ProTÍDcia Oriental del Uruguay, etc., etc., 
sanciona con valor y fuerza de ley funda- 
mental, lo Bíguiente: 

«Artículo 1.* Declara frritoB, nuloa, di- 
sueltos y de ningún valor para siempre, to- 
dos los actos de incorporación, reconoci- 
miento, aclamaciones y Juramentos, arran- 
cados á loa pueblos de la Provincia Orien- 
tal, etc., etc. 

«Art. 2." En consecuencia de la antece- 
dente declaratoria, reasumiendo la Provin- 
cia Oriental la plenitud de sus derechos, li- 
bertadea y prerrogativas, inherentes á los 
demás pueblos de la tierra, se declara de 
hecho y de derecho libre é independiente 
del rey de Portugal, del emperador del Bra- 
sil y de cualquier otro del Univeno, y con 
amplió y pleno poder para darse las formas 
que, en uso y ejercicio de su soberanía, es- 
time convenientes.» 



El 25 de Agosto de 1825 los patriotas orientales reu- 
nidos en la Florida, en medio de los tambores republica- 
nos que tocaban generala, proclamaron la independencia 
de la entonces Provincia Oriental, humillada por la inva- 
sión portuguesa y brasilera. 

Lá' lucha de la independencia oriental, con sus victo- . 
rías y coutrastes, hasta el triunfo definitivo de la buena 
causa, debe considerarse representada en dos épocas. 



i 

Á 



« 



« 



244 . 25 DE AGOSTO DE 1825 

' < La primera, desde 1811, en que el patriota oriental don 
José (jrervasio Artigas, sob^e su caballo de guerra du- 
rante nueve años, sostiene una campanil tenaz y activa 
contra españoles primero, ai igual de otros^ americanos 
que, en Cólon^bia, Ja Argentina y Chile, desconocieron- la 
autoridad de los Virreyes y la dominación de España, y 
después contra portugueses y brasileros, invasores del te- 
rritorio oriental, aparte de la lucha sostenida en oposi- 
ción á las injustas pretensiones argentinas de aquella 
época.' 

La segunda, que empieza en el Arenal Grande el 19 
de Abril de 1825, con la cruzada de los Treinta y Tres, 
y que concluye con el triunfo completo de la indepen- 
dencia y el tratado de paz de 1828. 



II 



En 1811, el patriota Artigas, inspirándose en los inte- 
reses de la causa de la libertad, preparó y calculó los ele- 
mentos útiles de resistencia, trasmitiendo á los orientales 
las palabras de orden:* independencia ó muerte. 

Nada es comparable á la energía desplegada por los 
orientales en su lucha con los dominadores extranjeros, 
sin más auxilio que su patriotismo y su valor. Única- 
mente otros países, que alumbraron con el incendio de 
sus hogares el terreno donde combatían por la indepen- 
dencia de la patria, pueden ofrecer actos de abnegación 
que rivalicen con aquéllos. 

«Artigas era un hombre de figura aventajada. Se le co- 
nocía que era hijo de una familia decente. Tenía un con- 
junto de formas y de fisonomía — permítaseme decirlo — 
trabajado admirablemente por las fuerzas artísticas de 
nuestro clima y de nuestro suelo. El escultor Pampero 
le había dado su tipo más acabado (^).» 



(1) RevoliMsión Argentina^ por el doctor V. F. López. 



* • 



^ 









25 DE AGOSTO DE 1825 • 245 

» ♦ 

Tal era el hombre, en lo físico, al que la Junta revo- 
lucionaría [le Buenos Aires nombró, en aguel año, te- 
niente coronel de_ blandengues y jefe de vanguardia del 
ejército patriota', ' afgentino y oriental, destinado á operar 
á las órdenes del General Rondeau sobre el español, que 
dominaba en Montevideo. 

Iniciada la campaña, la vanguardia, compuesta de orien- 
tales y argentinos, al mando de Artigas, derrotó á la ca- 
ballería realista á inmediaciones del pueblo de Las Pie- 
dras, y rindió en él á la infantería y artillería con sus ba- 
gajes: e^a columna componíala vanguardia de los espa- 
ñole?. • * * 

Esa victoria valió á Artigas el grado de coronel y una 
espada .ele honor con que fué obsequiado por la Junta de 
Buenos Aires. ' * 

Despuéd de ese hecho de armas, el sitio de Montevideo 
pudo efectuarse sin dificultad. 



III 



Los patriotas orientales, desde el primer día que toma- 
ron las armas para combatir al extranjero, comprendieron 
que se iba á librar la gran batalla de la independencia 
oriental, y que el triunfo de la causa nacional dependía 
de la resolución y firmeza con que se procediera. 

Artigas, caudillo sombrío y selvático, como lo pintan 
apasionadamente sus enemigos políticos, tuvo la inspira- 
ción y la fe del verdadero patriota, que no tuvieron otros 
con estudios más prolijos é ideas más avanzadas de civi- 
lización. 

fc, Comprendió que, para que la independencia fuese una 
verdad, era necesario combatir al extranjero á todo trance, 
y rechazan toda idea que asomara, contraríala los* princi- 
pios liberales y democráticos; fundamento de la revolución 
americana desde el Potomac al Plata. 

Las combinaciones de monarquías híbridas ó de nuevos 



4 



iT 



246 25 DE AGOSTO DE 1825 

reyes, que pudieran volver á pisar el continente ameri- 
cano, después que las armas de la revolución habían he- 
cho polvo la autoridad de sus antiguos dominadores, eran 
asuntos en que el patriota oriental no podía entrar. 

Bolívar, el gran Bolívar, pensaba de igual manera en 
Guayaquil, cuando rechazaba las ideas monárquicas del 
ilustre General San Martín (^). 

«Artigas tendría también un nivel igual al de Belgrano, 
en la misma escena de nuestra 'revolución que ambos 
han ocupado, y aún tendría derecho á ser superior qui- 
zás,» etc., etc. (3). 

Este paralelo, favorable al patriota oriental, tiene por 
base que su fe republicana jamás vaciló, y que su solo 
pensamiento fué el de vencer ó» morir por la causa de la 
independencia. 



IV 



La política incierta de la Junta de Buenos Aires, que 
motivó el tratado de pacifícación de la Banda Oriental, 
en 24 de Octubre de 1811, entre las autoridades españo- 
las y argentinas, y en el que se estipuló: «que no se re- 
conocería jamás otro soberano que Su Majestad el señor 
don Fernando Vil y sus legítimos sucesores y descen- 
dientes (3),» predispuso á Artigas en contra de la política 
argentina. 

. Lastimado en su patriotismo, devolvió á la Junta de 
Gobierno los despachos de coronel, que mereció por su 
victoria en Las Piedras, y rechazó todos los ofrecimien- 
tos de mando y el grado de general de los ejércitos rea- 
listas, que el gobernador español Elío ponía á sa dispo- 
sición. 



(1) La erUrevisia de Quayaquilt por Larrasábal. 

(2) lievoluciín Argentina^ por el doctor V. F. López. 

(3) Bibliografia, por Antonio Díaz. 



25 DE AGOBIO DE 1825 247. 

El eminente argentino Qeneral Mitre, esi su Historia 
de BelgranOf se expresa así: 

«Artigas, por otra parte, intransigente y soberbio, pres^ 
cindía del GrobiernQ nacional, y, confiírdo en sus fuerzas, « 
se lanzaba atrevidamente á la lucha, renegando de espa- 
cióles, portugueses y porteños.» 

Y, refiriéndose á la doble política del Directorio, con 
respecto á la Banda Oriental y al Brasil, agrega: 

«Pero, si Artigas no se prestaba á someterse á la na- 
ción (argentina), 6 al menos á la dirección suprema de 
su tjrobierno; si Ifw Banda Oriental no se ponía bajo la 
protección de la ley y de las armas tie la República Ar- 
gentina, entonces abstenerse de toda participación direc^ 
én lá lucha, dejar que la ocupación portuguesa, que no 
podía evitarse, se produjese, sacando de ella la ventaja 
de no hacerse d^'un. vecino un nuevo enemigo poderoso 
por mai^'y por tierra, y mantener la división de intereses 
entre España y el Brasil.» 



El espíritu de libertad, que animaba al patriota orien- 
tal Artigas, conmovía á* las provincias argentinas de Co- 
rrientes, Entre -Ríos y Santa Fe; la influencia dÍ9 su nom- 
bre y de su prestigio llegó á hacerse sentir en Buenos 
Aires de una manera evidente. 

«Pero como en el año 15 se mantenía aún la alianza 
y lo crudo de la lucha. Artigas predominaba indudable- 
mente en ese movimiento de la insurrección de las cam- 
pañas; y, aunque nada más que nominalmenie, era reco- 
nocido come jefe de Entre -Ríos y de Santa Fe, donde 
las masas comenzaban á proclamar la causa federal (^).» 

Á la &zón era Jefe del Gobierno de Buenos Aires el 

(1) Bívolueián ArgwHnat por el doctor V. F. Lópec. 



*' 



248 



25 DE AGOSTO DE 1825 



General don Carlos de Alveát, y sabido es el profundo 
desacuerdo que existía entre él y Artigas. » 

/ La política del Director supremo^ argentino, que Artigas, 
•con mucha justicia*, concep^ua))a ño ^ef la que correspon- 
día á los intereses de estos pueblos, que habían sacudido 
el dominio de la monarquía y que aspiraban á consti-^ 
tuirse en repúblicas deiDOcrátjcas, levantaba en contra 
del Gobierno de Buenos Aires una justa indignación.' 

Respondiendo á las manifestaciones que se relacionaban 
con aquella situación, Artigas pasó á Entre -Ríos cOn un 
buen número de tropas orientales, y llegó al . Paraná; y 
después á Santa Fe) con el objeto de ponerse inmediato 
á^los sucesos que deberían desarrollarse en la provincia 
de Buenos Aires, y al ha^la con los Verdaderos patrlotiEis 
argentinos. '^ . 

Apoyados por la proximidad del ,.paQ*iota oriisntal, la 
revolución en Buenos Aires fué un hechiS, derrocando del 
Gobierno al General Alvear y sustituyéndole con el Ge- 
*neral Rondeau, por quien Artigas tenía manifiesta esti- 
mación. 

«La comuna de Buenos Aires se sentía impotente para 
defenderse de Artigas, si no concentraba rápidamente, 
otra vez, sus 'recursos militares para resistir, al menos, 
las imposiciones imperiosas que el caudillo empezaba á 
notificarle, como arbitro y dueño desús destinos (i).» 

Fué entonces que el Gobierno Argentino, maj atíonse- . 
jado sin difda, remitió á Artigas algunas personas afec- 
tas al General Alvear, destituido y proscriptp, probable- 
mente para quek Artigas satisficiera odios de que se le 
creía animtido. 

£1 General Artigas rechazó indignado aquella vergon- 
zosa ofrenda y devolvió los presos» á Buenos ^ires. 



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(1) Revolución Argentina^ por el doctor V. F. López 



p^- • 



25 DE AGOSTO DE 1825 249 



I 

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' ' 4 

£1 Brasil, que aún dependía de la Corona de PorCU- 
gal y hospedaba á su rey don Juan VI, se alarnfV^ del 
4 progreso de^as ideas liberales en» el Río de la Plata, y 
nfuy principalmente de la. actitud enérgica del patriota 
oriental Artigas. • 4 

• £1. historiador brasilero Pereyra da Silva, se. expresa* 
en esta forma: 

«Conoció el Gobiearno de Río Janeiro que necesitaba 
fortificar la Capttanítf de Río Grande d» Sul y guarne- 
cerlo con tropas siempre prontas á repeler cualquier in- 
^ pulto que cometiese el audaz caudillo, y mandó venir de 

Portugal una división de ejército: infantería, artillería y 
• cí^ballería (4.8il plazas).» 

Éste fué el ejército que, al mando del Geheral don Car- 
los Federico Lecor, invadió la Provincia Oriental en 1816. 

«Determinóse, por fin, el Gobierno de Río Janeiro á 
declarar la guerra á José G^ Artigas, visto que los me- 
• dios de defensa no le bastaban para detener los pelí- 
. gros latentes de la situación (i).» 

El ejercita de Lecor se comp'onía de tropas aguerridas, 
que se habían ilustrado en Portugal y en España contra 
los ejércitos franceses de Napoleón, y distinguídose.al 
mando de Bere$ford y de Wéllington, en las jornadas de 
guerra de Busaco, Albuera, Salamanca y Vitoria. 

Otro ejército brasilero, en la frontera 'del Cuareim, al 
mando del Marqués de Alégrete, procedía en combinación 
con el ejército portugués, y una fuerte escuadra brasilera 
ceñía lá costa. Comenzó la lucha. El General don Fruc- 
tuoso Rivera tuvo la fortuna Je^ser el primer jefe orien- 
tal que se midió con el ejército portugués en su marcha 



(1) Historia de la fundaeión del Imperio Brasilero, por J. M. Pereyrm • 
da Silva. 






250 25 DE AQO&TO BE 1825 

I 

de invasión, deteniendo en un combate obstinado de cua- 
tro horas, con mil quinientos orientales, simple caballe- 
ría,— -el 19 de Diciembre de 1817, en India Muerta, — á 
los famosos soldados que si reputaban victoriosos de los 
* ejércitos franceses en Portugal. 

«En el flanco derecho fué más fuerte el acometimiento 
de los orientales, porque contaban rechazar con sus ardi- 
des, lazos y maniobras á los soldados disciplii^dos de Eu- 
ropa. Los voluntarios reales procedieron desahogada- 
mente, auxiliados por Jas tropas brasileras del centro, al 
*mando del Mayor Manuel Márquez de Souza, y sostuvie- 
ron cuatro horas y media de pelea, siendo obligado, al final, 
Fructuoso Rivera, á ceder el campo, á la victoria W,* 

El General Rivera, en quien la generalidad no ha visto 
sino al caudillo prestigioso y afortunado de nuestras pa- 
sadas guerras civiles, fué en la guerra de la Independen- 
cia, contra portugueses, brasileros y argentinos, el más 
fuerte, el más hábil, el más perseverante de los jefes que 
obedecían las órdenes de Artigas y que se batían por la 
causa nacional. 

Á partir de esa época, los orientales, dirigidos por Ar- 
tigas y Rivera, defendieron palmo á palmo el suelo de la 
patria; y, abrumados por el número y por elementos de 
guerra, de Portugal y Brasil, continuaban sin Vacilar su 
defensa heroica, no dejando al invasor sino el terreno que 
acertaba á pisar. 

Los contrastes que sufrieron las armas de los patrio- 
tas, no hacían más que retemplar su espíritu y su valor; 
y, cuando los invasores creían que su campaña llegaba 
al final, la lucha volvía á empezar con más furor. 

La batalla de Catalán, en la frontera, que los brasile- 
ros consideraron como decisiva, fué un hecho de armas que 
honra el valor y abnegación de los oriéntales, por las cir- 
cunstancias desiguales en que se encontraron. 

El historiador brasilero, ya citado, se expresa así: 

r 

(1) Historia de la fundación del Imperio BnuüerOt por J. M. Pereyr» 
da Silva .' 



k: 



1. 



f . 



25 DE AGOSTÓ DE 1825 251 

* 

• «Verdadera batalla puede intitularse á la de Catalán. 
Estuvo por mucho tiempo indecisa la victoria. Batiéronse 
denodadamente brasileros y* oriéntales, en número de más 
de seis mil hombres. La suerte de las armas decidióse 
por los brasileros, por más disciplinados. Caro fué toda-' 
vía, demasiadamente caro, el triunfo conseguido, por las 
pérdidas sensibles que los bradleros sufrieron,» etc., etc 

El General Lecor, creyendo halagar al Gobierno de 
Buenos Air^, y.con el objeto de obtener, probablemente, 
su neutralidad en la invasión portuguesa á la Provincia 
Oriental, dio un manifiesto 6 proclama, diciendo que la * 
guerra no se dirigía á los pueblos ' orientales, y sí á la 
persona del caudillo Artigas. 

Además, dio seguridades al enviado argentino de que 
sus instrucciones no lo autorizaban para intentar nada 
sobre la margen occidental del río Uruguay. 

A pesar de todas 4as dificultades con que Iob patriotas 
tenían que luchar, la defensa continuaba sin tregua. 

Hasta 1820, Artigas, el patriota oriental acrisolado,— por 
más que digan otra cosa aquellos á quienes venció ó su- 
peditó en patriotismo,— sostuvo en alto, con brazo-enérgico 
sin vacilaciones en la frente y sin miedo en el pecho, la 
bandera de la independencia, limpia de atributos de re- 
yes ó monarcas infelices, con que aun se pensaba en 
aquella época de libertad, encadenar á la América. 

Combatió sin cesar, hasta que, vencido y sin elementos 
que le hicieran esperar la victoria inmediata sobre los 
enemigos de su patria, abandonó el teatro de la lucha y 
pidió hospitalidad al Paraguay. 

Treinta años más tarde, casi en la miseria, en país ex- 
tranjero, entregaba su alma al Criador con ia satisfac- 
ción del deber cumplido y de que su patria era libre é 
independiente por el esfuerzo y ejemplo heroico de su pa- 
triotismo y de su valor. 

Si cometió errores, si marcó sus actos con relieves de- 
masiado enérgicos, no hay que culparlo por ello: la época 
era de hierro y había que colocarse á la altura de la si- 
tuación. 



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252 



25 DE AGOSTO DE 1825 



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Detengamos un momento la vista sobré la historia de 
todos los pueblos que han pasado por una prueba idén- 
tica y han tenido que. rectiaz&r la conquista de ejércitos ' 
extranjeros y hacer triunfar la causa nacional* á todb 
trancé. Consultemos la de España, y veremos cuál fué pu 
at)negaci6n, su valor y su furia patriótica en 1808. La de 
Francia y sus hechos cu&ndo declaró la patria en péli»- 
gro el 92, en momentos en que sus voluntarios se 'batían 
con heroííínio sin igual contra la Europa, que se había 
dado cita en la frontera. Pidamos á las páginas de la . 
'Argentina que nos revelen si la revolución de 1810 se an- 
duvo co;i miramiento^ y cortesías, cuando los realistas in- 
tentaron reaccionar con propósitos nada benévolos para 
la causa de la libertad. * 

Un notable publicista arrgentino. Rivera Indarte, en 
1841, en El Nadoiial, con motivo de haber determinado 
el GobieriH) Oriental que el General Artigas (anciano 
ya octogenario), volviese al seno de la patria, se expre- 
saba de esta manera: 

«La magnanimidad de un pueblo quiere que él no ol- 
vide jamás los servicios que se le prestaron. ¿Y habrá 
quién pgnga en duda lo que el oriental debe al «General 
Artigas? Cuando era preciso voltear la tiranía de España, 
fué su brazo el primero que la hirió. Cuando era necesa- 
rio resistir á las injustas pretensiones de Buenos Aires, 
fué su voz la primera que clamó contra ellas. Cuando 
era -preciso Combatir la invasión portuguesa, fué su lanza 
la que .brilló á vanguardia de nuestras hileras. 

«Suyo fué el pensamiento de la nación Oriental; no su- 
yas las desgracias que ant^ de realizarlo hemos sufrido; 
no suyos l6s males y *sucesos que marcaron el azaroso 
tiempo de su protectorado. El Gobierno, intérprete de la 
voluntad nacional, debe llamar aK General Artigas al 
seno de la ^patria y llamarlo con toda la ipagnificencia 
que á él corresponde.» 



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25 DE AGOSTO Dif 1825 253 



VII 



En 1821, los portugueses V brasileros, dominadores del 
Estado Oriental, siguiendo las instruccion^l de su Go- 
bierno, anexaban su territorio á los* dotfiinios de la Corona 
fidelísima de Portugal. f 

«La Banda* Oriental fué desde entonces llamada Pro- 
vincia Cisplatina. Reunida á*las demás provincias del 
reino del Brasil, le correspondía tener en Lisboa diputa- 
dos á Cortes y acompañar el destino de la monarquía.» 

En 1822 habían tenido lugar en el Brasil graves su- 
cesos, y agitándose vivamente el espíritu de independen- 
cia del pueblo brasilero, la había proclamado en los cam- 
pos de Ipiranga, separándose de la Corona de Portugal; 
y, como consecuen(^, el Seifado había aclamado al prín- 
cipe* regente don Pedro, emperador del Brasil. Antes de 
estos acontecimientos,' el Gobierno brstsilero manifestó al 
de Portugal, que la situación de las tropas portuguesas 
en 'Montevideo era insostenible, y que había convenien- 
cia en evacuar esa plaza, «para mejor poder negopiar con 
España, cambiando dicha provincia de América por los 
territorios dp Olivenza, en ]?ortugal.» 

Llegados á conocimiento del General Lecor los asuntos 
del Brasil, se dispuso á cooperar al nuevo ordeíi de co- 
sa»; pero Alvaro da Costa, vicepresidente de la Junta. ó 
Consejo, con' influencia sobre las tropas, se negó á aca- 
tar las disposiciones emanadas del emperador del Brasil. 

Con este motivo, Lecor se retiró á Canelones, y don 
Alvaro da Costa, sitiado por mar y tierra, capituló y eva- 
cuó la plaza, embarcando las ti^pas portuguesas. 

Quedaron, pues, los , brasileros, dueños del territorio 
oriental, al que siguieron denominando Provincia Cis- 
platina. ^ 

El Ganeral Lecór, barón de la Laguna, jefe superior 
dé la ocupación brasilera, no tenía, según lo demostraba. 






254 



25 DE AGOSTO DE 1825 



confianza en la sumisión aparente del pueblo oriental; 
temía, con razón, que un día ú otro la revolución esta- 
llara, y en previsión tomaba todas aquellas medidas de 
seguridad que su experiencia le indicara. 

£1 General don Fructuoso Rivera era entonces el únÍQO 
jefe capAz de imponerse en' la campaña por su prestigio 
y antecedentes; y, á fin de obligarlo á la causa imperial, 
por honores que* se le dispensarán, el barón de la Laguna 
creyó oportuno y eficaz extenderle , el nombramiento de 
Comandante general de campaña, «poniendo á sus órde- 
nes todas las divisiones de los distintos acantonamientos 
del Estado.» 

(El artículo entra después á hablar de la guerra que 
vino más tarde con el Brasil, hasta las convenciones de 
paz de 1828, y concluye de esta manera:) 



Be iniciaron éstas, y el ?7 de Agosto de ese año se 
firmó la convención preliminar, entre la República Ar- 
gentina y el Imperio del Brasil, con la mediación de 8. M. 
Británica, ratificada al mes siguiente y canjeada el 4 de 
Octubre en Montevideo. 

En los principales artículos de la convención de paz, 
el emperador del Brasil y el Gobierno de la República 
de las Provincias Unidas declararon que rjeconocían la 
independencia del Estado Oriental, y su derecho «de 
constituirse libre é independiente bajo la forma de go- 
bierno qué juzgue conveniente á sus intereses, necesida- 
des y recursos.» 

Era la obra del gran patriota Artigas, consumada por 
el patriotismo y el valor de los compatriotas del héroe, 
que recibía la sanción del tiempo y de los hechos. 

Así es que, en 1845, cuando la vida del fundador de 
la nacionalidad oriental se extinguía en el destierro, con 
el pensamiento fijo en la patria, tuvo la fortuna de que 
el ilustre Bompland lo yisitara en su retiro y le hiciera 
<x)nocer la Constitución política de la República. £1 ge- 
,neral, conmovido al leer sus primeros artículos, la llevó 




25 DE AGOSTO DE 1625 



255 



á BUS labios, y besando d libro con emoción, exclamó: 
«¡Bendito seas. Dios! Te doy gracias por haberme conce- 
dido la vida basta ver á mi Patria independiente y cons- 
titiiída.» 



Xlt 



Después d^ cipcuenta y ocho años transcurridos, el 
pi^eblo- oriental se siente conmovido como entonces, al 
recuerdo de la gloria más pura de la Patria: su inde- 
pendencia; y viva su patriotismo, conmemorando una fe- 
cha grabada indeleblemente en el corazón de las gene- 
raciones que se suceden (^>. 



(1) EEcrito en 1888. 






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UN SUEÑO DE NOCHE BUENA 



DICTADURA DE QUINCE DÍAS 



Ñapóles es la ciudad más alegre y más bulliciosa de 
Italia. 

El clima porx s^ suavidad, el cielo por su luz, y hasta 
el ruido amenazador, del Vesubio en erupción, parece que 
invitaran al pueblo napolitano á ser feliz divirtiéndose. 

Al trabajo acompañan los cantos, el baile y la algazara 
de las gentes, que en las aceras de sus viviendas ó en la 
calle ejercen su trabajo ó industria. 

Las mujeres y los hombres del pueblo, con sus trajes 
pintoresco^) nuevos ó viejos; el rostro moreno tostado, 
ojos negros y brillantes, que en las mujeres parecen una 
promesa y en los hombres una amenaza, hacen reflexio* 
nar al viajero sobre este pueblo singular. 

Cruzan coches lujosos con caballos de raza, cocheros 
y lacayos galoneados, llevando á algún personaje de la 
nobleza, del gobierno ó del clero. Las gentes del pueblo 
se detienen á admirar, y se hacen señas entre sí como 
burlándose. Las mujeres, paradas sobre el umbral de las 
puertas, con grandes arracadas de cobre en las orejas, co- 
llar de cuentas en el cuello, y los brazos puestos en ja- 
rras, dirigen la palabra en voz alta á sus vecinas ó ve- 
cinos, burlándose también de los lujosos paseantes: tpda 

17. 



258 UN BÜESfO DE NOCHE BUENA 

es movimiento y vooerio en Ñapóles. Las gentes del pue- 
blo no hablan á media voz; los más delicados asuntos 
los tratan al aire libre, y en voz alta. La Noche Buena, 
en los arrabales, principalmente, de donde se ven el mar 
y el Vesubio, es lo más bello que imaginarse puede. 

Los laxxaroni, los habitantes de la costa del mar, can- 
tando y bailando con sus parejas vestidas con el traje 
de fiesta, al acorde de sus instrumentos nacionales... ¡y 
quién no toca el tamboril, un violín ó una flauta en Ña- 
póles! 



II 



En una noche del mes de Diciembre de 1646, un jo- 
ven pescador contaba á su novia ó amante, un sueño que 
había tenido durmiendo en su barca, mecida por las on- 
das inconstantes de la Margelina. 

La mujer más bella y hermosa, una napolitana de ojos 
negros y ardientes, lo escuchaba con aire aziorado: parecía 
una Venus del Ticiano. 

■—Sí, decía el joven pescador, per la Madonna, he so- 
üado que en breve todo Ñapóles estará á mis plantas. 
Se aproxima el momento en que el pueblo napolitano se 
independice para siempre de los reyes de España. Las 
gabelas y los impuestos nos tienen agobiados. Sí, Orazia 
mía, es necesario que los ofendidos vuelvan por sus de- 
rechos; yo los conduciré hasta el palacio del virrey, y el 
duque de Arcos tendrá que someterse; yo soy el desig- 
nado por la Providencia para llevar á cabo este grande 
hecho, en bien del pueblo; bajarán de las montañas nues- 
tros hermanos, enemigos irreconciliables del gobierno ex- 
tranjero, y el triunfo es seguro: poco hay que esperar. Tú, 
Graxia, serás la gran duquesa. 

Así hablaba en Noche Buena el laxxarone Masaniello 
á su amante compañera. 

En efecto, al comenzar el año siguiente, la agitación de 
Ñápeles tomó proporciones mayores. 



ÜN BÜEiSÍO DB NOCHE BUENA . 259 

£1 imprudente duque de Arcos decretó un nuevo im- 
puesto á los frutos que entraban de la campaña, y que 
constituían uno de los agradables alimentos de los lazza- 
roni y bajo pueblo. 

La medida se colmó. Algunos incendios empezaron á pro- 
ducirse en Ips barrios apartados, y en las oficinas encarga- 
das de la percepción de los impuestos. Á la autoridad le 
fué imposible dar con su origen ; pero el malestar crecía, 
á manera de la tempestad que viene anunciándose de lejos. 



ni 



La historia de la sublevación de Ñapóles en 1647, com- 
prende sucesos tan singulares y extraordinarios, que no pue- 
den leerse sin entregarse á la meditación, pues parece que 
fuese la historia, en sus albores, de todas las revoluciones 
que han tenido lugar posteriormente en Europa ó en Amé- 
rica, cuando los pueblos han pretendido destruir el poder 
de los reyes, virreyes ó procónsules que los tiranizaban. 

El recargo de impuestos y gabelas creadas por el vi- 
rrey de España en Ñapóles, preparó la revolución y fué 
causa de que el pueblo se sublevase. 

Surgió entonces de entre la multitud un joven pescador, 
pobre é ignorante, pero dotado de valor, de buena pre- 
sencia y de una inteligencia poco común : Tomás Masa- 
niello, ó Tomás Aniello, como lo llama la historia. 

Este hombre joven se encontró, de la noche á la ma- 
ñana, á la cabeza de cincuenta mil hombres, sublevados 
contra la autoridad del virrey. 

Erigido en Dictador, y con el título de Capitán general, 
su poder no conocía más límite que su propia voluntad; 
y sus pasiones desencadenadas, llegando á los mayores 
excesos, en breve convirtieron á Ñapóles en centro de to- 
dos loe desórdenes, en que los asesinatos, el incendio y 
el pillaje finalmente, fueron las consecuencias de aquellas 
turbas sin ^biemo regular. *- 

El duque de Arcos se -encerró en los fuertes con las 



260 tTN SUEÑO DE NOCHE BUENA 

fuerzas españolas, para ponerse á cubierto de la tempes- 
tad, pues era impotente para dominarla. 

Mientras tanto, Masaniello era rey y señor de Nápole»; 
sus órdenes, por más estrafalarias y atentatorias que fue- 
sen, eran al punto obedecidas; la vida de los encargados 
de ejecutarlas le respondían de su fiel cumplimiento. 

En los primeros días, Masaniello era modesto y no 
abandonaba su pobre traje de pescador, con el que, gober- 
nando á su manera, mandaba sus turbas primero, y sus 
batallones armados después; pero á medida que fueron 
creciendo su poder y su autoridad, una ¡dea de grandeza 
se apoderó de él: se llenó de bordados y se entregó á 
excesos físicos; de reservado que era, se volvió gritón y 
charlatán, haciéndolo su presa la manía fastuosa. 

Desde ese instante sus facultades intelectuales se alte- 
raron, y su cabeza, tan firme y segura antes, empezó á di- 
vagar, sucediéndose los hechos más extravagantes. 

Nervioso y anhelante se le veía correr por las calles de 
Ñapóles á caballo, cubierto de bordados, dando sablazos 
á derecha é izquierda; ó en el pulpito de un templo con 
el crucifijo en la mano, hablando con gran locuacidad á 
la multitud, que le escuchaba de rodillas con mayor reco- 
gimiento y respeto que al obispo; ó en la popa de la ga- 
lera dorada del virrey, paseando en las aguas de color 
esmeralda del golfo, tirando puñados de monedas de oro 
á las gentes pobres del pueblo, que lo seguían por la costa 
ó en pequeñas lanchas; gozando con los kixxaroni que 
se echaban al agua para extraer las monedas arrojadas 
al acaso, festejando á los más hábiles y llenando de insul- 
tos groseros á los más infelices, hasta concluir él mismo 
por lanzarse al mar, cuando se encontraba cercano de la 
costa, haciendo su desembarco en esta forma, entre los 
gritos y aplausos de los espectadores. 

Pero era tan grande la autoridad de Masaniello, que 
bastaba que hiciera una seña á las turbas, para que éstas, 
ya se encontrasen en la' plaza pública en número de mi- 
les de personas, ó en las calles, desfilaran en el mayor 
silencio y orden. 



UN 8U£SfO DB NOCHE BUENA 261 

• 

Cansado de excesos, y no sabiendo qué hacer, manifestó 
deseos de tratar con el virrey, duque de Arcos, sirviendo 
de intermediario el obispo. 

El virrey pasó por todo: suprimió los impuestos y ga- 
belas, objeto de la rebelión, y devolvió á Ñapóles algu- 
nos privilegios concedidos por el emperador Garlos V. 

Con este motivo ocurrieron escenas singulares.— Tan 
pronto aceptaba el Dictador las condiciones del virrey, 
como las rechazaba. En la ceremonia de paz que tuvo 
lugar en la iglesia principal, oficiando el obispo, en ho- 
nor de San Jenaro, Masaniello, delirante, al ver que el 
virrey recuperaba el mando y poder, de que estaba in- 
vestido por los reyes de España, y en presencia de mi- 
les de espectadores, entre los que se encontraban la no- 
bleza, el clero y el pueblo; Masaniello, decíamos, corría 
desde cerca del altar mayor, donde estaba bajo dosel, 
al pulpito ó al puesto de colocación del virrey, arrancán- 
dose los bordados de su traje, perorando á la multitud ó 
llamando en su auxilio á sus fíeles lazxaroni, hasta que 
sudoroso y rendido de fatiga, caía extenuado en brazos 
de sus servidores. 

Cuando se creía dominada la rebelión, Masaniello pre- 
sentaba nuevas exigencias y asumía nuevamente la Dic- 
tadura, volviendo á las ejecuciones sangrientas, á las per- 
secuciones y á los exceso?, á que su demencia, aumen- 
tando siempre, lo impulsaba, hasta que la mano de un 
asesino, ó de varios, le dio muerte en un convento, adonde 
se había retirado á descansar de sus fatigas, buscando 
en horas de exaltación indecible, calma y tranquilidad 
para su espíritu y para su cuerpo, y en momentos en que 
estaba mirando pensativo por una de las ventanas del 
monasterio, la mar azul que golpeaba cadenciosa con siís 
olas la playa dorada por el sol, el cielo dulce de la Mar^ 
gelinüy y oyendo el canto de los pescadores, sus antiguos 
compañeros, más felices que él, que sacaban de las redes 
el pescado, fruto de su trabajo del día ó de la noche. 

Con la frente apoyada en los hierros de aquella ven- 
tana, que aun se enseña al viajero, y absortó en sus re- 



262 . UN SUEf^O DE NOCHE BUEÑA 

cuerdos, pensaba el Dictador en su vida pasada, de tra- 
bajo, pero honesta, y lágrimas silenciosas corrían por su 
varonil semblante, como si pidiera á Dios lo volviese á 
su antigua y humilde condición. 



IV 



La hermosa Oraxia también tuvo su parte en la Dic- 
tadura del joven pescador: vestida de sedas de colores 
pintorescos, llevaba en forma de diadema, entrelazados con 
su profuso cabello, cantidad de esquíes de oro; en las ore- 
jas grandes aros de oro con piedras preciosas, y en los 
dedos profusión de anillos. 

Ensayaba cortesías de gran señora. Cuando entraba 
al palacio de la duquesa de Arcos reñía con los criados, 
y tomando un bastón les propinaba una paliza por falta 
de respeto, jurando como un corsario: cañe de la MadonnOy 
porque habían tenido el atrevimiento de reirse al pasar 
su señoría. 

El sueño de la Noche Buena se había realizado. 

Ñapóles se encontró por limitado tiempo á los pies del 
Dictador, que pagó con su vida la aventura. 

De la montaña había llegado el bandolerismo en masa, 
y del llano los labriegos, armados unos y otros, á rodear 
al Dictador, que, según decían, proclamaba la indepen- 
dencia de la patria. 

Todo aquello pasó como una nube cargada de electri- 
cidad, pero quedó la enseñanza. 

1834. 






EEFERENCIAS 

DE UN CAPITÁN DE GUARDIAS NACIONALES DE CAMPASÍA 

'"^ EN 1870 

— *La Revokiíción del Coronel Timoteo Aparicio sorpren- 
dió á los colofados como durmiendo, — decía el capitán. 

«Creíamos —agregaba — que los blancos, después de la sa- 
bleada que les habíamos pegado en la Cruzada con nues- 
tro viejo General Flores, ya no iban á despertar más: error 
que nos costó caro, pues muchos de mis compañeros duer- 
men el sueño eterno, porque aquella guerra fué larga y 
sangrienta. 

«Al principio fuimos sorprendidos, como decía; pero en 
breve nos dimos cuenta de que la cuestión iba tornán- 
dose sería, y que peligraba la existencia del partido Co- 
lorado; y, como quien vuelve de un sueño, empezamos á 
pelear fuerte. 

«Así mismo, en Severino y Corralüo, tuvimos que sufrir 
las cargas de los blancos, que se venían sobre nosotros 
como á cosa hecha.» 

De la referencia del capitán hemos extractado lo que 
va á leerse, referente á aquellos hechos de armas de la 
guerra civil en 1870. 



SEVERINO 



La revolución había tomado mucho cuerpo y presentó 
en el campo citado (departamento de Florida) 5,000 hom- 



bree, en su mayor parte caballería, contando con 400 in- 
'""les. 

!I Greneral don José Gregorio Suáiez mandaba el Ejér- 
< del Gobierno, que se componía en todo de 4000 hom- 
8, seiscientos infantes j tres mil doscientos de caballe- 

con algunas piezas de caítón. 
ía el momento de entrar en pelea, la mayor parte de 
caballería del Gobierno se fué de arriba, según la ex- 
sión gráfica de nuestros paisanos; esto es, se desbandó. 
Quedaron en el campo con la infaiitgpa, como 600 hom- 
:a de á caballo. 

DI General Suárez, que era un militar de carácter, de 
nadera de que se hacen loa buenos generales, se replegó, 
nunicando á su Ejército su actitud- y esforzado conti- 
ite é imponiendo & la vez al enemigo, que uo ae atre- 

á acercarse. 

Jeapués de combatir bravamente todo el día, durante 
noche se puso en retirada hacia el río Santa Lucía el 
neral Suáreí, sin que fuera hostilizado por el enemigo, 
ia éste había sufrido mucho. 

í'ero, con todo, cuando uno de loa Ejércitoa ae retira 
ipués de un combate, ea porque no puede sostenerse al 
nte del adversario. 
1.a ventaja en ese hecho de armas, en lo moral pertene- 

al Ejército revolucionario, que quedó dueHo del campo 
!n aptitud de perseguir, aunque con alguna dificultad. 
ista batalla ae libró el 12 de Septiembre de 1870, á 

cinco meses de haberse iniciado la revolución, 
jos revolucionarios, luego que se dieron cuenta de la 
irada de Suárez, se pusieron en movimienio, con el ob- 
) de darle alcance; pero ja era tarde: el General Suá- 

se había aproximado á la Capital, de donde recibió 
uerzoa de infantería. 

En los días 14 y 15 tuvieron logar varios encuentros de 
Brrillas entre los Ejércitos, siendo el más aerio el dd 
jO de •Caaavalle*, próximo á la Capital. 
[/>8 revolucionarios fueron rechazados, poniéndose de- 
itivamente en retirada. 



J 



BEFERENCIAS 265 

Se ve, pues, que si el EJjército revohicionarío obturo una 
ventaja en los campos de Severino, por haberse disper- 
sado la caballería del Gobierno, en el paso de «Casavalle» 
sufrió un contraste; pues el General Suárez obtuvo sobre 
su adversario un triunfo rechazándolo, sin que volviera á 
dejarse ver por entonces. 

El Coronel Timoteo Aparicio, jefe superior del Ejército 
revolucionario, en la retirada que emprendió, decía en su 
lenguaje especial á un comerciante español de la campaña, 
amigo de su causa:— Z)ow Ooyo (con referencia al Gene- 
ral Suárez) se haportao bien; verdad es que fué una re- 
dota sin redame. 

No sabemos con certeza qué es lo que quiso decir el Co- 
ronel don Timoteo, pero suponemos que se refería á la 
hábil retirada de su adversario. 

* * * 

El Gobierno no descansaba en poner sobre las armas 
nuevas fuerzas para dominar la revolución del partido 
blanco, que progresaba á vista de ojos, presentándose en 
todas partes con entusiasmo y valentía. 

El General don Francisco Caraballo había sido autori- 
zado por el Gobierno para formar un cuerpo de ejército 
en el departamento del Salto, proporcionándole infantería 
y artillería. 

No era el hombre más apropiado para mandar un Ejér- 
cito aquel caudillo, valiente hasta la exageración, un mag- 
nífico general divisionario de caballería, pero que debía 
ser dirigido por otro que fuera más capaz. 

El ¡lustre Flores decía: ♦Caraballo es el hombre más 
valiente que he conocido, pero no posee cabeza de general.» 

En efecto, sus hechos de armas lo han demostrado: era 
el primer lancero, y, jefe de vanguardia, el primero que 
descubría al enemigo, el más activo, el más entusiasta por 
su causa; pero sus facultades se limitaban á mandar una 
división de caballería irregular, y nada más. 

Caraballo formó un ejército al Norte, compuesto de las 



266 REFEREKCX^ 

tres armas, en número de 3,000 hombres más 6 menos, y 
con él vino buscando al enemigo, pasando al Sor del río 
Negro en Septiembre de ese año. 



OORRALITO 



Los revoludonaríos, luego que fueron rechazados en el 
paso de «Casavalle» por el Ejército del Grobiemo al mando 
del General Suárez, se pusieron en retirada y se dirigie- 
ron á marchas forzadas al departamento de Soriano, donde 
se encontraba el General Carabalio con el Ejército del 
Norte, con el objeto de batirlo. 

El 29 de Septiembre se encontraron los dos Ejércitos 
en los campos denominados «Corralito», en el departa» 
mentó ya dicho. 

Más hábiles, seguramente, los jefes revolucionarios Apa- 
ricio y Medina, maniobraron con acierto y colocaron en 
difícil situación al Ejército del Gobierno, derrotándole al- 
guna caballería, que se fué del campo sin pelear. La in- 
fantería y la artillería se batieron bien, conteniendo al 
enemigo. 

El General Carabalio pensó que su situación era in- 
sostenible después del combate que tuvo lugar, y parla- 
mentó con el enemigo, á fin de ganar tiempo y desapare- 
cer en la noche con su Ejército. En este punto se mos- 
tró hábil Carabalio. 

Un testigo ocular digno de crédito, refiere así el hecho: 

«Tuvo lugar la acción con ardor de uno y otro Ejér- 
cito; pero una gran parte de la caballería se derrotó sola 
con sus jefes. Esta caballería servía de apoyo á las di- 
visiones Paysandú y Salto, mandadas por los Coroneles 
Irigoyen y Martínez, que pelearon con bravura, conserva- 
ron el campo y fueron en un momento victoriosas; pero 
les faltó el apoyo de la que huyó, y tuvieron que ceder, 
replegándose al campo de batalla. 

«Las aguada habían sido dominadas por el enemigo; el 



f 



REFERENCIAS 267 

Ejército del Gobmio esteba aecfieDid; era nn dk calu- 
roso. 

«Caraballo aceptó conferenciar con el enemigo; se pre- 
sentó Aparicio con algunos jefes, no contándose en ese 
número el General Medina. 

«Se separaron á un lado» distante del grup<5 de Estado 
Mayor, el General Caraballo y el Cbronel Aparicio. ¿Qué 
hablaron? Nadie lo sabe. Aparicio y sus jefes se retira- 
ron, diciendo el primero al General Medina, al llegar á 
su campo: «todo está arreglado; mañana se entrega Ca- 
raballo, con ciertas condiciones de honor.» 

«Medina contestó: 

—«¿Qué garantías da? ¿entrega su artillería? 

—«No le he exigido nada de eso: basta con su palabra, 
contestó Aparicio. 

— «No basta eso, dijo Medina; esta noche se va Cara- 
ballo; y se retiró disgustado. 

«En efecto, en las primeras horas de la noche, Caraballo 
se puso en movimiento á la sordina, retirándose en di- 
rección al pueblo de Dolores. 

«La retirada estaba bastante adelantada, cuando se pre- 
sentó el jefe de la División de Soriano, Coronel Galarza 
(hoy general), y dijo respetuosamente al general: «La di- 
rección que llevamos es la de Dolores, y me parece, salvo 
mejor opinión, que el Ejército estaría seguro en el Rincón 
de la Higuera, que es sumamente defendible, y propor- 
ciona el estar en comunicación con el río.» 

«Así se hizo, y el Ejército tomó la dirección indicada, 
donde se hizo fuerte. 

«La retirada fué laboriosa, sin duda, pero se salvó el 
£jéri:ito fraccionado, porque la caballería en parte tomó 
otra dirección. 

«Al día siguiente, el Ejército revolucionario siguió las 
huellas del de Caraballo. 

«En la entrada del Rincón mencionado se trabó un fu- 
rioso combate entre la infantería de la revolución y los 
batallones del Gobierno, que dirigían los Coroneles don 
Hipólito Coronado y don Eduardo Vázquez. 



EetOB bravos batallones derrotaron á los de la revolu- 
ti, que mandaban los coroneles Bastarríca y Estomba, & 
que consideraban iovencibleB sua parciales. 
Este hecho de armas impuso á los revolucionarios, y el 
neral Caraballo pudo pasar al Norte, auxiliado por un 
por, con el ejército vencido en 'Corralitoi. 
!5omo se ve, la revolución crecía y se sostenía con 
to, librando combates y batallas con las fuerzas del 
ibiemo, en que unas veces era vencido y otras vence- 
r. Sin embargo, la retirada de Caraballo y el combate 
1 Rincón de la Higuera, en donde perdieron los revo- 
¡ionarios gran número de hombres, entre ellos algunos 
'enes de la Capital, desacreditó un tanto al Coronel 
laricio por su imprevisión. 



£1 desprestigio del General Caraballo, con motivo de la 
talla perdida en 'CorralitO', fué grande entre los mili- 
es, viéndose en la necesidad de renunciar el mando del 
ército del Norte. 

Las tropas que lo componían pasaron después á en- 
)sar el Ejército del Sur, que mandaba el General Suá- 
;, quien á todo trance quería volver á probar fortuna con 
revolucionario; pues decía: — -Es una vergüenza que no 
squemoa al enemigo nuevamente y lo obliguemos á pe- 
ir;> pero sus jefes divisionarios le hicieron ver que las 
ipas estaban quebrantadas por loa reveses sufridos y qpe 
i necesario levantar su "moral. Cediendo á estas refle- 
>nes, y casi obligado por la actitud de sus subordina- 
s, el General Suárez pasó al Norte con el fin de.oi^- 
ar su Ejército de modo que estuviera en condiciones 
batir al revolucionario, pues con la victoria obtenida so^ 
i Caraballo, su orgullo y audacia no conocían limites. 



La revancha no se hizo esperar, pues la batalla d 



..J 



BEFERENCIA6 



269 




«Sauce», en Diciembre de ese año, en que alcanzó una 
gran victoria el Ej^ito del Gobierno al mando del ilus- 
tre General don José Gregorio Suárez, hizo comprender 
á la revolución que, día más ó menos, sería vencida de- 
finitivamente, como ocurrió más tarde, en la batalla de 
«Manantiales». 



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UNIDAD. DE ITALIA 

LA .OONQUISTA DE LAS DOS SIGILIAS POR OARIBALDI 

1860 

Difícilmente ^e encuentra en los anales de la guerra, 
entre los pueblos civilizados y con iguales recursos, una 
campaña tan feliz como la de Garíbaldi en el Reino de 
Ñapóles. 

Ningún Capitán de los tiempos modernos ha llevado á 
cabo hazaña más sonada ni de resultados más notables. 
Diez millones de ciudadanos conquistados para la Uni- 
dad Italiana por el solo esfuerzo del héroe de ambos 
mundos; obra colosal iniciada con mil voluntarios. Preci- 
semos los hechos, condensándolos. 

Garibaldi reúne mil voluntarios, los arma, y' en una no-, 
che de Mayo de 1860 se embarca en el golfo de Genova 
en dos navios que el patriotismo había puesto á su dis- 
posición, en una forma ó en otra: el IHemonte y el Lom- 
bardo. 

Antes. de lanzarse á aquella campaña milagrosa, con el 
corazón ulcerado de resentimiento por la cuestión de 
Nixa, escribe al Rey lo siguiente: 

«Sir, sé que me embarco en una empresa peligrosa; si 
« escollamos, yo espero que la Italia y la Europa liberal no 
« olvidarán que esta empresa ha sido decidida por motivos 
« puros, enteramente patrióticos, libres de todo egoísmo. 

« Si la fortuna nos favorece, estaré orgulloso de adornar 
« la corona de Vuestra Majestad con un nuevo y puede que 
«más brillante joyel, á condición de que Vuestra Majestad 



Z DMtDAD DE ITÁUÍ 

oponga, si alguna vez vuestroa consejeroa pretenden ce- 
•X esta Provincia al extran]'ero, así como se ha hecho 
n mi ciudad natal, N'iuL* 
Cra una flecha acerada cod que Garíbaldi hería el flanco 

poderoso ministro, aates de partir. Podía ser también 
i amenaza, como ditñendo: <i Ah, si vuelvo victorioso L..> 



francisco II, Rey de Nápolea, era un hombre joven, 
experiencia en loa negocios públicoa, ajeno á la dí- 
macia, y que no supo sacar partido de bu aituación 



Jiándoae con el Piemonte en la guerra contra el Aus- 

habria conservado sua Estados, pues no se le hubiese 
[dado en el tratado de Zurích. 

)ebió pensar que estando de por medio la Franm, el 
atria iba á ser vencida y Ñápeles quedaría á merced 

vencedor en un plazo más 6 menos largo, tanto más 
uto que el patriotismo italiano en aquellas Provincias 

manifiesto en favor de la alianza franco-italiana.— 
firió mantenerse neutral, y esto no lo pueden hacer 
) las naciones poderosas, 
íaribaldi era por entonces el héroe más popular de Ita- 

todos los ojos estaban fijos en él, y las poblaciones 
icompa&aban con sus votos. 
Tapóles tenía una respetable escuadra, y el Gobierno, 

estaba sobre aviso respecto del movimiento revolucio- 
io, había puesto en acción á sus cruceros, que vigilaban 
tfediterráneo con escrupulosa atención. 
'odo fué inútil. Oaríbaldí, para engañar i los cruceros y 
is espías borbónicos, desembarca al Coronel Zambian- 

con 100 hombres, dándole la misión de agitar loa Es- 
js Romanos y provocar la revolución. La noticia cir- 
i como el rayo, y Ñapóles creo que la invasión ea 
tra loa Estados del Papa. 



UNIDAD DE ITALIA 273 

Mientras tanto, Garibaldi, cinco días después de su sa* 
lida de^ Genova, esto es, ei 14 de Mayo, aborda las costas 
•de Sicilia y^ desembarca en Marsala con 1070 voluntarios 
perfectamente equipados. 

Los buques napolitanos cruzan en todas direcciones, 
pero sólo se dan cuenta del hecho cuando el mismo Garí- ' 
baldi, tomando la bocina á bordo de su nave, anuncia su 
-desembarco al comandante de un buque inglés que sigue 
viaje para Genova, con estas palabras: «Decid á los ita- 
lianos que Gáríbaldi ha desembarcado en Marsala.» —El 
-eco y las olas repiten esas palabras del genio. 

Sin embargo, al aproximarse los navios de la expedición 
á las costas de Sicilia, tres buques de guerra de la ma- 
rina napolitana, al ver flotar al tope la bandera italiana 
4el Lombardo y del Piamon^e, sospecharon de su objetó; 
pero ya era tarde. 

Éstosjentraban al puerto. El desembarco comienza desde 
luego. 

Marsala es una ciudad de 25.000 habitantes, situada al 
Oeste de Sicilia y á 160 kilómetros de Palermo, de una 
importancia comercial relativa y de notoriedad por sus 
vinos. 

Su puerto es deficiente para navios de guerra y para 
buques de gran calado. 

Al empezar el desembarco se encontraban en él dos 
navios ingleses: el Argus y el Intrépido. 

Al ceFciorarse los navios napolitanos, que mandaba el 
Contraalmirante Actón, de que eran efectivamente Gari- 
baldi. y sus voluntarios los que desembarcaban en Sicilia, 
rompió el fuego sobre ellos, pero sin causarles daño al- 
guno, porque el desembarco se habia efectuado cpn mu- 
•cha actividad y la columna estaba ya en salvo con sus • 
armas y bagajes, cuando lod napolitanos empezaron á arro* 
jarle sus balas con furor. 

Mejor hubiera sido desembarcar sus tripulantes y tro- 
pas, para librar combate á los Garíbaldinos, siquiera para 
no exponerse á ser traducido ante un Consejo de Gue- 
rra, como lo fué el Almirante Actón. Garibaldi lo espe* 

18. 



274 UNIDAD DE ITALIA 

raba así, y al efecto emboscó en la playa sus legionarios,, 
por si intentaban desembarcar los napolitanos. 

La nueva del desembarco corrió como una chispa eléc- 
trica, y los voluntarios Sicilianos empezaron á venir de to- 
das direcciones para incorporarse á los* Garibaldinos, aun- 
que no en el número que se esperaba. La recepción en 
Marsala fué un poco indiferente; y entonces Oaribaldi di- 
rigió al pueblo una proclama en los siguientes términos :^ 

«Sicilianos: Os traigo un puñado de bravos, que corren 
al llamado heroico de Sicilia: son los sobreviviente» 
de las batallas de Lombardía. — Nosotros estamos con 
vosotros! Nosotros queremos la liberación de vuestra 
país.— Todos unidos, la tarea es fácil.— A las armas^ 
pues! Todo hombre que no se arme, es un cobarde y ua 
traidor á la patria.— El pretexto dé que las armas faltan^ 
no tiene valor.— Á las armas todos!— La Sicilia mos- 
trará, una vez más, cómo se liberta un país de sus^opreso- 
res, por la poderosa voluntad de un país unido.— (r. (?a- 
ribaldi,* 



* * * 



Á las 24 horas de haber desembarcado en Sicilia, la ex- 
pedición de los Mil Garibaldinos se pone en marcha ha- 
cia el interior del país. 

Al día siguiente, 13 de Mayo, Garibaldi da una nueva 
proclama, asumiendo la dictadura en nombre del Rey d& 
Italia. — El 14 le llegan noticias de que un cuerpo ñapó-' 
litano de 5.000 hombres con artillería, á las órdenes del 
General Landi, se había detenido en la pequeña ciudad 
de Calatafími. Se siguió marchando con precaución, y al 
llegar á la ciudad indicada, se encontró la expedición con 
el ejército enemigo fortificado y preparado para la pelea» 
con reservas que apoyaban debidamente á la línea prin- 
cipal. 

Desde luego, Garibaldi se dio cuenta de la importancia 
de la posición que debía tomar. Se comprenderá que, 
para el éxito de la expedición, se imponía obtener el 



VKIDAD DE ITALIA 275 

primer triunfo, porque ya se sabe que la fuerza moral es 
el principal aliado de las grandes empresas. 

La imaginación de las poblaciones vuela en alas de lo 
imposible y de lo sobrenatural. 

El romance, sobre todo, entre las gentes sencillas de 
los campos, toma proporciones superiores á la realidad .y 
la fantasía es un agente invisible que trasmite, infatigable, 
en la montaña como en la llanura, proezas medianas 
como si fueran gigantescas. De un hombre se hace un 
dios. 

El nombre de Garibaldi resonaba en la cabana como 
en el palacio. Los patriotas lo bendecían y oraban por 
su triunfo. Las mujeres, los niños y los ancianos salían 
de sus moradas sólo por verlo; aunque fuera á la dis- 
tancia, lo saludaban con respeto y cariño. 

Mazzini, con su propaganda, desde Londres, había pre- 
parado el terreno de la insurrección en las Dos Sici- 
lias, pero el nombre que se repetía con pasión era el de 
Garibaldi. Sus hazañas en América, en Boma y en Lom- 
bardía, se las trasmitía el pueblo como pan bendito. 

¡Cosa singular! en la tierra del fanatismo de los Borbo- 
nes, la víspera del combate de Calatafími, un fraile fran- 
ciscano llamado Giovanni Pantaleo, solicita el honor de 
acompañar y prestar sus servicios á la expedición. 

Garibaldi, silencioso, mira con aprensión al fraile pa- 
triota; ya iba á negar el permiso, pero interviene el Co- 
- ronel Türr, su ayudante de campo, y le dice al general: 
«Concededle lo que pide; su semblante es noble y va- 
liente; tal vez nos traiga buena ventura.» El general hace 
una señal de asentimiento con la cabeza, y el fraile queda 
incorporado á la columna de los viejos legionarios, que 
marchan á vanguardia. 

Fué leal, inteligente y activo, y después se le vio siem- 
pre cerca de Garibaldi, en su Estado Mayor, hasta el fin 
de la campaña. 



1 



276 UNIDAD DE Italia 



II 



Garíbaldí, frente al campo del genera! napolitano, al 
parecer invencible, empieza á maniobrar: coloca al flanco 
derecho del enemigo, en una montaña paralela á la que 
ocupan los napolitanos, las cuatro piezas de artillería, 
sostenidas por dos compañías mandadas por Bixio, uno 
de los Mil, 

De frente y de flanco intenta Garibaldi conmover al 
enemigo; pero su posición era demasiado fuerte. Entonces 
opta por un término medio, á fin de que el general na- 
politano tome la ofensiva abandonando sus posiciones. 

En efecto, el General Landi^ deja firme su centro en 
la montaña, y mueve hacia adelante sus alas, protegido 
por una nube de tiradores. 

8e sorprendía mucho de que los Garibaldinos no res- 
pondieran á su fuego; pero éstos tenían la orden de per- 
manecer silenciosos hasta el momento oportuno. Cuando 
estuvieron cerca los napolitanos, una descarga cerrada 
les respondió, mientras que una carga á la bayoneta los 
hizo retroceder. Así mismo, el General Landi no se turba: 
se dirige hacia su centro, que le sirve de base, y allí hace 
pie firme; pero el impulso está dado. Garibaldi llega al 
galope, mueve sus reservas y las compromete: es nece- 
sario vencer á todo trance. 

Al dirigir algunas palabras de aliento á sus tropa!>, un 
tanto conmovidas por pelea tan porfiada, recibe una fuerte 
contusión en la espalda. 

Entoncea los voluntarios se lanzan con furia guerrera, 
guiados por Garibaldi, que se mezcla con ellos; los clari- 
nes tocan á la carga en toda la línea. El general napo- 
litano hace esfuerzos por resistir: sus tambores tocan 
también á la carga, pero sus soldados retroceden. Pide 
las reservas, que están en la ciudad, pero éstas se resis- 
ten á salir en su auxilio. 

Ko pudiendo sostenerse más, ordena la retirada. Los 



UNIDAD DE ITAUA 277 

Garíbaldinos lo si^en, entusiasmados por la victoria: 
quieren entrar en la población antes que sus enemigos; 
pero Garibaldi manda hacer alto. 

Una parte de la artillería de los napolitanos y varias 
banderas fueron los trofeos de los voluntarios; pero era 
de más valor que todo esto, el prestigio de la primera vic- 
toria en tierra siciliana. 

Las pérdidas de una y otra parte fueron sensibles. 
Garibaldi hizo enterrar los muertos de los dos bandos, 
así como atender á los heridos sin distinción. 

El esfuerzo hecho por los italianos para vencer fué 
muy recomendable, porque el número era muy despropor- 
cionado, — uno contra cinco; — \a posición de los napolita- 
nos bien elegida y fortificada, y además contaban con el 
apoyo de la ciudad á retaguardia, y con reservas. 

£1 general napolitano, desolado por su derrota, se puso 
definitivamente en retirada camino de Palermo, mandando 
pedir refuerzos y abandonando Calatafími al vencedor. 

Si no lo hubiese hecho así, al día siguiente, 15 de 
Mayo, habría sido envuelto y tomado prisionero. 

Los habitantes de la pequeña ciudad, con los notables 
á la cabeza, se presentaron á Garibaldi. Los voluntarios 
entraron bajo una lluvia de flores en la población, en 
medio de un entusiasmo indescriptible. Las banderas ita- 
lianas flotaban en los balcones y ventanas. 

El general tomó posesión de. la ciudad en nombre del 
Rey Víctor Manuel. Ese triunfo aseguraba al cuerpo ex- 
pedicionario los recursos que le eran necesarios por el mo- 
mentó para marchar adelante. 

Garibaldi dirigió luego una proclama á sus tropas, en la 
que se leen estas palabras: «Mañana el continente italiano 
« celebrará la victoria de sus dignos hijos y de los valerosos 
« sicilianos; vuestras madres, vuestras prometidas, orguUosas 
« de vosotros, recorrerán las calles, citándoos con orgullo. 

«El combate nos ha costado la vida de algunos her- 
« manos muertos en primera línea; estos mártires de una 
«santa causa, no serán olvidados en los anales de la 
«gloria italiana.» 



. -« :«^ 



-#• 



278 UNIDAD DE ITALIA 

Al anuncio de la victoria, los voluntarios italianos em- 
piezan á llegar con sus oficiales á la cabeza. Centros de 
enrolamiento fueron organizados en Calatafími; y el 17, 
Garibaldi, que no quería perder tiempo, marchó hacia 
Alcamo. 

£n su marcha pudo notar la agitación de los pequeños 
pueblos: el incendio, el asesinato, llevados á cabo por los 
partidarios de los Borbones, en lucha con los partidarios 
de la resistencia. 

Garibaldi proclamaba á las poblaciones, recomendán- 
doles el orden y el respeto á la vida y á la propiedad 
de los vencidos. 

El general napolitano, en su retirada, había tenido que 
hacer frente á los que, sabedores de su derrota, trataban de 
dificultar su marcha; hubo pueblo que construyó barrica- 
das, haciendo fuego sobre sus soldados desde las venta- 
nas de sus casas, por lo que se vio en el caso de forzar 
la resistencia arrollándolo todo á su paso. De ahí la agi- 
tación y el desorden que el general italiano se esforzaba 
por calmar. 

* * * 

Garibaldi marchaba sobre Palermo, capital de Sici- 
lia, que tenía una población de 200.000 almas. Se había 
puesto en comunicación con los patriotas de la ciudad, y 
éstos le habían asegurado que las tropas napolitanas 
eran numerosas, unos 25.000 soldados, al mando de un 
general de notoriedad, Bosco. Así mismo Garibaldi hizo 
alto á la vista de Palermo, apoyándose en las monta- 
fias: procedía con prudencia suma. Su plan, desde luego, 
fué engañar al enemigo. 

Los fuegos de su campamento, extraordinariamente ex- 
tendidos, acusaban gran número de tropas, cuando en 
realidad no tenía sino 1.500 voluntarios. 

El general Bosco, notando que Garibaldi no avanzaba, 
€ie movió sobre él, pero sólo encontró partidas que le in-* 
dicaban retiradas de tropas numerosas, de modo que el 



UNIDAD DE ITALIA 279 

^neral napolitano dividió su ejército, quedándose con una 
base de 8.000 hombres en Porco, adonde ocurrió Garíbaldí 
<son todos sus elementos, iniciando la pelea débilmente 
«on tiradores. 

, Bosco divide nuevamente su fuerza, tratando de en- 
volver al general italiano en Piano de Greci; pero Gari- 
baldi prevé el plan, forma su base en esa villa protegido 
por los habitantes, y entretiene coa combates parciales 
al general napolitano hasta la noche, en que emprende 
la retirada en dirección á la montaña. 

Bosco lo persigue, y Garibaldi, á favor de la oscuridad, 
da media vuelta y se dirige á Palermo, dejando á su te- 
niente Orsini, con la artillería, que continúe la marcha al 
interior, á fin de que el engaño de Bosco fuese completo. 

Orsini, de cuando en cuando, hacía alto, disparaba algu- 
nos cañonazos, para que se creyera que iba á tomar la 
ofensiva, y luego seguía su camino; 

Mientras que las tropas napolitanas continuaban su 
persecución engañosa, Garibaldi llegaba á Misilmeri, casi 
á las puertas de Palermo. 

Allí reunió á sus oficiales superiores, para oir su opi- 
nión sobre si debía atacar á Palermo ó retirarse nueva- 
mente, á fin de reunir más fuerzas. 

Las opiniones estaban divididas, y entonces Garibaldi, 
cortando la discusión, exclamó:— «Bueno, avañtif* 
' Lo mismo que Bonaparte en Arcóle, que dijo: «Mar- 
chemos; adelante!» 

5^ sj* H* 

. Necesario es reconocer que justificaba la confianza del 
héroe italiano la situación favorable del país. 

Los insurgentes que se agitaban se habían aproximado 
á él, prestándole su concurso. Los napolitano^; aunque te- 
nían mayore| fuerzas, se encontraban en campo enemigo, 
pues la caiu^aña, los pueblos y las ciudades les eran ad- 
versos, ó cuando menos indiferentes. 

A Ñapóles habían llegado las noticias de los contras* 



280 UNIDAD DE ITALU 

tes sufridos por las tropas reales que mandaba el Gene* 
ral Laudi, y de la marcha de Garíbaldí sobre Palermo. 

Aunque los napolitanos tenían ün ejército poderoso en 
Palermo, el Rey invistió así mismo de poderes amplio» 
al Mariscal Femando Lanza, para que, trasladándose á 
aquella ciudad, lo representase y procediera como mejor 
lo entendiese, á fin de destruir á los Garíbaldinos. * 

El mariscal llegó á Palermo y publicó un manifiesto- 
pomposo, concediendo amnistía en nombre del Rey, ofre- 
ciendo mercedes y beneficios á Sicilia, y en seguida pro- 
clamó el estado de sitio. 

Garibaldi, entre tanto, reúne todos los partidarios sici- 
lianos que buscan su incorporación, les da oficiales que 
los manden, y con 3.500 hombres en todo, marcha re- 
sueltamente sobre Palermo el 26 de Mayo. En la noche 
del 27 sigue cautelosamente sobre la ciudad, y les dice á 
sus soldados: «Mañana entraré en Palermo, ó no ine con* 
taré más entre los vivos.» 

El silencio y la oscuridad de la noche fueron auxilia- 
res eficaces. 

A la entrada de la ciudad había un fuerte, defendido 
por numerosa guardia. Ésta fué sorprendida á los gritos 
de *^ Italia, Italia! Avanii, avanti/*—'E[ fuerte es fran- 
queado y las tropas reales huyen en derrota. 

Al ruido de las descargas de fusil, las baterías de lo» 
fuertes de «San Antonio» y «Termire» abren sus fuegos. 

£1 momento es crítico. Garibaldi se adelanta, toma la 
puerta «Termire» y entra en la ciudad con sus volun- 
tarios en tres columnas. El Mariscal Lanza hace tocar 
generala en todos los cuarteles y en la ciudad. 

Después de un combate de 15 horas, Garibaldi era dueño 
de las principales calles. Se posesiona de las arterias es- 
tratégicas y se atrinchera. 

Á la mitad de la jornada, el Hotel d^ yi|}e es tomado, 
y la bandera italiana ondea en él,, en ja Catedral y en 
los primeros establecimientos públicos. . 

Los habitantes, durante la lucha, se refugian en sus 
casas. 



UNIDAD DE ITALIA 281 

El Mariscal Lanza se encierra en los fuertes y de allí 
bombardea la ciudad, tirando sobre las posiciones de los 
invasores victoriosos. 

El 2S el combate continúa con más ardor, en medio de 
las balas de los fuertes y de la escuadra. 

La destrucción es grande; la población es la que su- 
fre en primer término, porque los Garibaldinos han ele- 
gido posiciones convenientes y pueden sostenerse sin ma- 
yores bajas. 

£1 almirante inglés toma la iniciativa de una protesta, 
á la cual se adhieren los agentes consulares sin distin- 
ción de nacionalidad, haciendo responsables á las autori- 
dades napolitanas de aquella destrucción inútil, pues los 
intereses pasivos y neutrales son los verdaderamente per- 
judicados. 

Esta protesta dio lugar á una entrevista entre Gari- 
baldi y el comisario real, á bordo del buque almirante in- 
glés Aníbal, en la que se convino en un armisticio. 

Estas conferencias y aplazamientos hacen perder terreno 
á la defen^^a de las autoridades napolitanas, favoreciendo 
á los Garibaldinos. 

8e ve que los primeros son impotentes para vencer á 
los segundos. 

En balde el General Bosco, que había perseguido un 
fantasma en la montaña,* y que había pasado ya un parte 
jactancioso de haber destruido á Garibaldi y sus bandas, 
retrocede al llamado del Mariscal Lanza. Cuando llega á 
las 'puertas de la ciudad con sus 8.000 hombres, se en- 
cuentra con el armisticio acordado, que al principio se 
niega á reconocer, pero que al fin tiene que acatar, por- 
que Garibaldi ha engrosado sus filas con nuevos volun- 
tarios, domina el centro de la ciudad, está atrincherado, 
y no es fácil desalojarlo. 

Á su vez, Orsini, que había engañado tan hábilmente 
á Bosco disparando cañonazos que resonaban en la mon- 
taña, haciéndole creer que era Garibaldi que huía, vuelve 
también sobre Palermo á incorporarse á su general. 

En resumen, después de varías conferencias, el armis- 



282 UNIDAD DE ITALIA 

ticio se prorroga, concluyendo el Mariscal Lanza por ca- 
pitular con una convención favorable en todo á los li- 
bertadores. 



III 



La ciudad quedó en poder de Garibaldi, con sus ofíci* 
ñas públicas, el Banco Real, los fuerte» artillados y cuanto 
de más notable poseía la capital. 

Las tropas napolitanas se retiraron, embarcándose para 
Ñapóles, así como los heridos y las familias que quisie- 
ron seguirlas. Desde ese momento, Garíbaldi asumía el 
gobierno de la Sicilia, en su carácter de Dictador, y á nom- 
bre del Rey Víctor Manuel, que oía narrar, al parecer dis- 
traído, en su palacio de Turín, las hazañas de los volun- 
tarios patriotas que con su sangre fundaban la verdadera 
unidad de Italia. 

Apenas cumplía un mes que el Libertador había partido 
de las costas de Genova con mil patriotas tan resueltos 
como él, y ya había vencido á un ejército real de 30.000 
hombres, mandados por su9 mejores generales: Bosco, 
Lanza y Landi. 

La escuadra y las fortalezas habían sido inútiles para 
detenerlo, y victorioso en aquella campaña rápida y me- 
morable, había anexado á Italia 2:000.000 de habitantes 
de Sicilia. 

Después de este triunfo, de los que ha de haber pocos 
ejemplos, Garíbaldi, posesionado de Palermo desde los pri* 
meros días de Junio, se dedicó á la organización de todos 
los servicios públicos, principalmente el de la guerra, á 
fin de formar un buen ejército. 

De Italia concurrían, en expediciones sucesivas, volun- 
taríos aguerrídos en número de 10.000 hombres, en lo» 
meses de Junio y Julio. 

Conforme llegaron á Sicilia, Garíbaldi formó dos cuer- 
pos de ejército, cada uno de 5.000 hombres, al mando 



. ^--.- 



UKIDAD DE ITALIA 283 

el primero de los. valerosos Coroneles Medici y Consenz, 
y el segundo bajo las órdenes del hábil Niño Bisio, quien, 
en compensación de sus notables servicios en esta cam- 
paña, fué elevado á la categoría de General de Brigada. 
Estos cuerpos fueron enviados hacia adelante separados, 
en dirección á Messina, explorando el país y atrayéndose 
á las poblaciones. 

En Messina, límite de Sicilia, el Mariscal Lanza se 
hallaba al frente de un ejército de 25.000 hombres, apo- 
yado en la escuadra napolitana, que guardaba el Estrecho. 

El Coronel Medici llega con su brigada á Milazzo. El 
General Bosco es destacado sobre él con 6.000 hombres y 
obtiene alguna ventaja. Esto ocurría á mediados de Julio. 
Estas noticias, tan poco satisfactorias, llegan á Palermo. 

Entonces Garibaldi se apresta para partir; mientras 
tanto envía nuevas tropas sobre Milazzo. Deja en Pa- 
lermo á su jefe de Estado Mayor, Sirtori, y se embarca, 
llevando refuerzos y artillería, en dos vapores que tiene 
á su disposición, y que arma provisoriamente en guerra. 
Su dirección es un puerto intermediario, la rada Patti, para 
ponerse en comunicación con Medici. 

El 19 llega frente á Milazzo, recorre el campo atrin- 
cherado de Bosco, y pasa revista á las tropas de Medici; 
forma su plan de ataque, y el 20 toma la ofensiva. El 
combate se inicia en toda la línea con tesón y firmeza. 
Con varias alternativas dura hasta el 23. El cañoneo de 
parte de los napolitanos era terrible, porque además de 
su artillería de campaña, contaban con la Fortaleza y la 
Cindadela, que tenía 40 piezas en posición, con las que 
barrían ]a llanura. 

En esta acción- corre peligros personales Garibaldi, que 
se ve desmontado por las balas y cargado por la caba» 
Hería. Él se defiende con el valor de siempre; recibe sa- 
blazos que devuelve, y es protegido á tiempo, pues hubo 
un momento en que estuvo á punto de perder la vida. 

En este día, 23, el General Bosco comprendió que su 
situación era muy precaria, pues no podía retirarse ni por 
tierra ni por mar: estaba cercado por los Garibaldinos. 



j"» — «-•;■•- 






284 UHIDAD DE ITALIA 

En vista de esto, abrió negociaciones y tuvo que capi- 
tular. Su ejército debería embarcarse en seguida, obligán- 
dose á no combatir en dos meses contra los Garibaldi- 
nos. La Ciudadela, el Fuerte y la artillería de campaña 
quedarían en poder de Garibaldi. . 

£1 27 avanza Medici sobre Messina. Las tropas reales 
estaban acobardadas. El General Clary, que mandaba en 
Messina, abandona la ciudad y firma una convención 
obligándose á no atacar ni á la ciudad ni á los Garibal- 
dinos durante la guerra. La misma convención entregaba 
á Garibaldi la Ciudadela de Siracusa. 

Desde luego podía decirse que Sicilia estaba toda en 
poder del Libertador, sin enemigos que combatir. 

La población de Messina hizo una verdadera ovación 
á Garibaldi: quitó los caballos de su coche, i lo llevó 
en brazos. 

Inmediatamente Garibaldi, aprovechándose de las ven- 
tajas obtenidas, se aproxima al Estrecho, se posesiona del 
hermoso faro de Messina, organiza su campamento bajo 
las órdenes del Brigadier Sachi, legionario de Montevi- 
deo, que ya cuenta con 14.000 hombres, y se prepara á 
pasar á territorio *de Ñapóles. 

Nombra Pro- Dictador en Palermo á Depretis y llama á 
su lado á su jefe de Estado Mayor, Sirtori, y al Ge- 
neral Orsini, Ministro de la Guerra, con todos los ele- 
mentos de guerra disponibles. 

El Coronel Bordoni tenía á su caj-go el Cuerpo dje 
Ingenieros, el Parque, la Artillería y los trabajos de pre- 
paración del pasaje. 

La tarea no era fácil, porque tenía que proveer á la es- 
cuadrilla, que debía ser necesariamente numerosa, de todos 
los elementos necesarios, tales como: puentes, encalas, etc., 
para realizar el pasaje con éxito. 

Del 18 al 22 de Agosto, Garibaldi llega por sorpresa á 
la costa de Ñapóles y efectúa el pasaje, tomando perso- 
nalmente primero la ciudad de Regio, á la vista de la 
«scuadra enemiga. 

Las tropas reales que vigilaban el Estrecho para opo- 



UNIDAD DE ITALIA 285 

nerse á los Garibaldinos, resisten y combaten, pero son 
envueltos y capitulan, obligándose á no servir contra los 
libertadores. Abandonan en poder de Garibaldi su ar- 
tillería, sus equipajes, sus municiones y las fortalezas qtie 
defendían. 

Con la invasión á territorio napolitano, en decir, al con- 
tinente, queda terminada la primera parte de la campaña, 
llevada á cabo en tres meses y medio, y que, si no puede 
considerarse la más difícil, pues aún queda Ñapóles con 
sus lOO.CKX) soldados, su hermosa capital, su escuadra y 
sus fortalezas que vencer, y el mismo gobierno de los 
Eorbone»»que destronar, la campaña de Sicilia era la más 
peligrosa. 

En los comienzos de la guerra, con tan deficientes ele- 
mentos, un contraste cualquiera habría hecho fracasar 
por completo la expedición. Indudablemente, Garibaldi 
demostró ser un gran general y un gran político, en esta 
campaña. 



IV 



Después del pasaje del Estrecho de Messina por el 
Ejército Libertador, y las victorias sobre los Ejércitos 
napolitanos al mando de los Generales Galotta y Bri- 
ganti, capitulando el primero en Reggio, después de un 
reñido combate que duró 12 horas, y el segundo en D'Alta 
Fiumara, sin combatir, Garibaldi se pone en marcha el 
27 de Agoí^to, con el objeto de cortar la retirada á las 
tropas que habían escapado de la capitulación. La indis- 
ciplina de los napolitanos era extrema: los pueblos y case- 
ríos eran saqueados. En Mileto, los soldados del General 
Briganti, que se retiraban en cumplimiento de lo estipulado 
■en la capitulación, esto es, de que no deberían combatir en 
údelante, asesinaron á su general y cometieron toda clase 
de excesos. El 30 llega Garibaldi casi solo, con un es- 
•cuadrón de Guías, á Soveria, donde se encontraban las 



286 UNIDAD DE mizifc 

tropas que iban huyendo; les intima rendición, y éstas 
se entregan con su artillería, bagajes, caballos y todo lo 
demás. 

La noticia de estos desastres de las tropas reales llega 
á Ñapóles por la voz de los dispersos y de los vencidos, 
produciendo en el Rey y la corte la mayor confusión/ 

Al partir de Soveria, Garibaldi recibe una carta del 
Rey Francisco II, que le fué entregada por M. de la Ce- 
cilia, en la que aquél hacía al Libertador proposiciones 
de paz. que se concretaban: 

1.° A reconocer la independencia de Sicilia y cederle 
todos 8U9 derechos sobre sus antiguas posesiones más 
allá del Estrecho. — 2.'^ Se obligaba á pagar 12 millones 
de francos por los gastos de la guerra y acordar al Dic- 
tador el derecho de alistar voluntarios en las provincias 
del Reino.— 3.® Ofrecía cooperar con la flota y 50.000 
soldados á la próxima guerra contra el Austria, mar- 
chando á Venecia contra los austríacos y á Ancona con- 
tra los soldados del Papa. 

Desde luego se ve que esas bases y proposiciones no 
eran sinceras; que las circunstancias le imponían el son- 
rojo de ofrecerlas, pero que, pasado el peligro, quedarían 
como escritas en el agua. Garibaldi, sin duda^ lo com- 
prendió así, y dio el silencio por respuesta, siguiendo su 
marcha. 

La situación del Rey de Ñapóles era sumamente grave. 
Abandonado por la diplomacia europea, como él lo había 
hecho en la campaña de la Lombardía, no le quedaba 
otro recurso que combatir. 

Después de los desastres sufridos, aún le queda- 
ban 70.000 soldados, que con un general que hubiese 
marchado resueltamente con la mitad de esas fuerzas 
sobre el vencedor, habría podido muy bien ponerlo en 
apuros, y decidir la campaña á su favor. Pero el Rey de 
Ñapóles, incapaz por naturaleza y educado en la molicie 
por palaciegos y frailes, creyendo de buena fe que San 
Jenaro sangraba de sus heridas cuando el trono estaba 
en peligro, y que lo salvaría con sus milagros, no era 



X7NIDAD DE ITALIA 287 

hombre para oponerse á la marcha victoriosa del Dicta- 
dor de Sicilia, y, además, no contaba con ningún general 
para hacerlo. Por otra parte, los insurgente?, buenos y 
malos, agitaban la campaña en favor de los-Garibaldinos. 
La camiseta roja de éstos los había cautivado, y todos 
querían llevarla. En suma, era una causa perdida la del 
Borbón. La marcha triunfal .de Graribaldi hacía recordar 
la del general francés Championet, sesenta afíos antes; 
quien, después de haber derrotado al General Mach, en- 
tró en Ñapóles y ordenó á las autoridades municipales 
que inmediatamente cesaran de fanatizar al pueblo con 
el llanto de la Madonna y la sangre de Sa7i Genaro; 
orden que fué acatada sin tardanza. 



* * 5te 



El Coronel Türr, cumpliendo órdenes de Garibaldi, ma- 
niobraba ya sobre Salerno, con el objeto de cortar la 
retirada á las tropas reales y al mismo Rey, si insistía 
en permanecer allí. 

Francisco II, viendo que su situación era cada vez 
más alarmante, creyó que debía ocuparse de su persona, 
y el 6 de Septiembre abandonaba á Ñapóles, dando una 
proclama, que, más bien que la palabra enérgica y varo- 
nil de un soberano en momentos de peligro, era la voz 
quejumbrosa del hombre pusilánime. En vez de mar- 
char hacia el enemigo y defender la capital con las ar- 
mas y morir en su puesto, se aleja, contando con que los 
vecinos de Ñapóles harían lo que á él correspondía 
hacer. 

Un antiguo liberal, Liborio Romano, que era uno de 
los Ministros del Rey Borbón, se apresuró entonces á 
dirigir á Garibaldi, que había entrado en Salerno, una 
nota así concebida: 

« Al General Garibaldi, Dictador de las Dos Sici- 
« lias. — Ñapóles espera vuestra llegada con la más 
« viva impaciencia^ para saludar en vos al redentor de 
« Italia y entregar en vuestras manos los poderes del 



1 



.288 UNIDAD DE ITAUA 

• • 

« Estado y sus destinos. En esta espera, yo quedaré para 
« mantener el orden y la tranquilidad pábliea; vuestras 
« palabras, que ya he hecho conocer al pueblo, son su 
« más segura garantía. Espero vuestras órdenes, y soy, 
« con un respeto, sin límites, etc., etc. — Liborio BomanOy 
« Ministro del Interior y de la Policía. » 

¡Cosa más singular! {El Ministro de un Reino, que se 
apresura á entregar sin condiciones, en manos del inva- 
sor, el mismo poder que había jurado defender 6 tutelar! 

Francisco II, en su proclama al pueblo, decía: «Se ha 
traído una guerra injusta y contra el derecho de gentes á 
mis estados, á pesar de encontrarme en paz, con todas 
las potencias de Europa.» Y el Ministro de ese mismo 
Bey, dice al día siguiente á su enemigo: «que la capital 
lo espera para saladar en él al redentor de Italia y de- 
positar en sus manos los poderes del Estado.» Pero esto 
no es todo. 

« 

* * * 

Garibaldi no se hizo esperar. El- 7 de Septiembre llega 
á. Ñapóles por el ferrocarril de Salerno, con un séquito 
modesto, y es recibido en la estación por los tres Minis- 
tros de Francisco II, — Romano, Giachi y Cesare, — que 
le dirigieron el siguiente discurso, que vale la pena de 
. consignarse para que se conozca el espíritu de los hom- 
bres que rodean á los reyes: 

« General: Veis delante de vos un Ministerio que reci- 
« bió SUS" poderes de Francisco II: nosotros los habíamos 
« aceptado como un sacrifício á la patria, en este mo- 
« mentó supremo en que el pensamiento de todos es la 

Unidad Italiana, bajo el cetro de Víctor Manuel. Este 

pensamiento que fermenta desde largo tiempo en el ce- 
« rebro de los napolitanos, sostenido por vuestra espada 
« y proclamado en Sicilia, había adquirido una fuerza 
« irresistible. En momentos en que los sufrimientos anti- 
« guos y los rencores comprimidos estaban á punto de 
« estallar, y en que el país era violentamente agitado 






UNIDAD DE ITALIA 289 

-« por el temor de una reacción, nosotros hemos aceptado 
-« el poder para salvar el £stado de la anarquía y de la 
« guerra civil. 

« General, todos los pueblos del reino han hecho co- 
« nocer ya su voluntad, por la lucha abierta, por la 
« prensa y por toda clase de manifestaciones: ellos quie- 
« ren también hacer parte de la Gían Patria Italiana*, 
« bajo el cetro de Víctor Manuel. 

« Vos, General, soiá la más alta expresión de este pen- 
^ samiento. 

« Todos los ojos están fijos en vos; todas las espe- 
-< ranzas reposan en vos, y nosotros, depositarios del Po- 
-< der, nosotros, que somos también ciudadanos italianos, 
■^ hacemos entrega de estos poderes en vuestras manos, en 
« la seguridad de que vos sabréis conducir el país hacia 
■< el objeto que os habéis propuesto y que está escrito en 
■< vuestra bandera, como en el fondo de todos los co- 
■< razones: Italia y Víctor Manuel! » 

Garibaldi les respondió sonriendo y apretándoles la 
mano: « Gracias por haber salvado al país.* 

Nosotros no censuramos el pensamiento patriótico de 
Jos ciudadanos que entregaron el poder al Libertador, 
pero sí censuramos la forma, porque debieron, ante^ di- 
«litir el cargo, devolviendo así su juramento al Rey, para 
proceder libremente como ciudadanos. Como ex Ministros 
<ie Francisco II no podían pbrar de esa manera, á me- 
JK)s de incurrir en la censura de la historia. 

* * * 

Talleyrand tenía razón cuando preparaba sus equipajes 
para acompañar á los soberanos que caían, y luego se 
-quedaba cerca de las puertas de la ciudad con cualquier 
pretexto. De ese modo siempre estaba pi'onto para recibir 
4il nuevo soberano. 

El Rey ha muerto, i viva el Rey! 



19. 



290 UNIDAP DE rrALik 



Garibaldi entró el mismo día. en la hermosa ciudad de 
líápoles, única por su alegría, por sü bullicio, por su cielo- 
y por las a^as azuladas del Golfo. 

El espíritu meridional de sus habitantes está en rela- 
ción con la naturaleza sonriente de Ñapóles. De todo» 
lados sonríen caras amables que saludan al viajero, sin. 
conocerlo, como si siempre lo hubieran visto: las muje- 
res, con sus ojos negros cómo el azabache, su semblante 
gracioso é insinuante; con sus cellares de colores, dora- 
dos, azules, rojos, verdes, imitando el oro y las piedra» 
preciosas, ó siéndolo efectivamente, según la clase social 
á que pertenecen; con sus trajes pintorescos y sus cabe- 
llos renegridos como el ébano, flotando al viento. Ñapó- 
les es la ciudad de Italia que reúne mayores atractivos^ 
al decir de los viajeros; pues ella, dicen, tiene una parte 
de Florencia, por sus artes; de Roma, por sus templos y 
fanatismo; de Venecia, por el canto de los barqueros 
que gobiernan su esquife con la gracia de los gondoleros 
de los Dux; de Milán, por la belleza arquitectónica de 
sus edificios, y de Genova, por la actividad de su comercio. 

Su Vesubio da calor, contento y alegría á los napo- 
litanos. 

Ñapóles es considerada como la ciudad más populosa 
de Italia, y aun de Europa, después de Parí?, Londres y 
alguna otra. 

Garibaldi entró solo en esta pintoresca y brillante capi- 
tal, en un lando tirado por cuatro hermosos caballos, que 
le fué proporcionado por las mismas autoridades del Rey 
fugitivo. 

Vestía su camiseta roja, cubría su cabeza un sombrero 
de fieltro y llevaba su sable al cinto. El pueblo salió á 
su paso admirado. Los soldados, que tenían acaso la con- 



UNIDAD DE ITALIA 291 

sigila de resistir, presentaban las armas en silencio, al 
pasar el carruaje por sus puestos militards. Toda la pobla- 
ción no manifestaba sino curiosidad. Las mujeres y los 
hombres se atrepellaban para ver al Libertador, y con la 
mano lo señalaban á sus hijos. 

Muchos carruajes seguían al del Dictador de las Dos 
Sicilias. Los personajes que los ocupaban pertenecían en 
su mayor parte al régimen caído. 

Llegado al Palacio de la Forestería, en la plaza del 
Castillo, se detuvo^ y las diputaciones del pueblo y de la 
magistratura 'empezaron á presentarse y á dirigir la pa- 
labra á Garibaldi, que contestaba en pocas palabras. 

Al vencedor le sienta mejor hacer mucho y hablar poco. 

El primer acto del Dictador fué entregar el mando de 
la escuadra napolitana al Almirante Persano, que enar- 
boló en todos los. buques el pabellón italiano. 

Conviene que hagamos un alto después de la entrada 
de Garibaldi en Ñapóles, para reseñar rápidamente otros 
sucesos que se relacionan con esta campaña admirable, y 
que tienen su historia en la diplomacia dirigida hábil- 
mente por el Ministro Cavour desde Turín. 



VI 



DIPLOMACIA 



En el primer mes de la invasión de Garibaldi á la 
Sicilia, la situación de Cavour en el Ministerio de Nego- 
cios Extranjeros era bastante difícil. 

A los .agentes diplomáticos de Inglaterra, Francia, Ru- 
sia y Prusia, que lo asediaban para saber noticias y co- 
nocer sus opiniones, les declaraba que el Gobierno sardo 
era ajeno- á la empresa de Garibaldi; que éste era un scet- 
lerato popular, al que era imposible detener ; que Ná- 



292 UNIDAD DE ITALIA 

poies contaba con una fuerte escuadra y un podeiroso 
ejército para oponerse á la aventura del héroe italiano; 
que si aquellos elementos no eran bastantes á detener 
á Garibaldi en su marcha, ¿cómo podría exigírsele razo- 
nablemente al Gobierno de Víctor Manuel que cuidase y 
defendiese estados extraños? 

El Rey de Ñapóles, por su parte, hacía oir sus quejas 
y clamores en París, en San Petersburgo, en Londres, en 
Berlín y en Viena. 

Pero en todas partes se le contestaba: — «¿Qué podemos 
hacer nosotros en ese asunto? Dirigios á Turín: allí se os 
dará la razón, se os hará justicia. 

«Tenéis ejército y flota: ¿por qué no destruís á Gari- 
baldi y sus filibusteros?» 

«—Si todavía, decía Napoleón III, hubieseis previsto el 
caso, yo habría podido hacer algo para impedir la expe- 
dición, pero ahora ya es tarde, las cosas han marchado 
muy aprisa, Garibaldi está ya en Palermo, y ¿cómo mez- 
clarme en la cuestión?» Y agregaba: — «Pero de seguro 
que no pasará el Estrecho de Messina. Vuestra escuadra 
no lo dejará pisar la Calabria. » 

Inglaterra, por intermedio de Lord Russell, decía:— «Esta 
aventura de Garibaldi no puede durar mucho, tiene nece- 
sariamente que ser sofocada;» pero al mismo tiempo en- 
viaba instrucciones á su Ministro en Ñapóles, para que 
vigilara los asuntos del Rey y la marcha del Dictador. 

Ni Francia ni Inglaterra encontraban del todo mal que 
la Sicilia pasara á hacer parte de la Unidad de Italia; pero 
tratándose de Ñapóles ya lo consideraban un peligro, por la 
marcha posible sobre Roma. Una y otra estaban alerta. 

Al Ministro piamontés también le asaltaban temores, 
así es que cuando Garibaldi entró en Palermo, encargó 
al Almirante Persano que felicitase al Dictador de Sicilia 
por sus triunfos y lo animase para terminar la conquista. 

Garibaldi, una vez en Ñapóles, ya se creía, impruden- 
temente, autorizado para todo. Envió un emisario á Turín 
para que hiciese sentir á Víctor Manuel la necesidad de 
despedir á sus Ministros Cavour y Farini. 



UNIDAD DE ITALU 293 

< 

Con la mayor naturalidad escribía al Rey en ese sen- 
tido, y agregaba: «Enviadme á Pallavicini, el anciano, 
« como Pro-Dictador, y una brigada de vuestras tropas, y 
« yo respondo de todo.» El todo á que se refería el Dic- 
tador de las Dos Sicilias, era Roma. 

El Ministro inglés Sir Henry Elliot, había sido enviado 
por Lord Russell cerca de Garibaldi, á fin de moderar su 
ardor guerrero y hacerle ver los peligros de ir más allá 
de la conquista de Ñapóles. 

Garibaldi. contestó al enviado inglés: «La marcha so- 
bre Roma se impone; yo iré hasta allí y ofreceré á Víc- 
tor M§inuel la Unidad de Italia. Después á él (al Rey) 
corresponderá libertar á Venecia, y yo seré simplemente 
su teniente.» 

Sir Henry Elliot le objetó: — «¿No veis, general, que si 
marcháis sobre Roma la intervención de Francia es desde 
luego un hecho? Ya lo ha dicho Napoleón III: «El honor de 
la Francia está comprometido en esta cuestión de Roma.» 

«Italia no puede hacer frente á la intervención fran- 
cesa. Austria se aprovecharía de esta ocasión para vol- 
ver á conquistar la Lombardía, y tendríamos tal vez una 
conflagración europea, la guerra en Europa.» 

A estas razones replicaba Garibaldi, exaltándose: 

— «¿Qué tiene que hacer Napoleón en Roma? ¿Acaso 
ésta no es una ciudad italiana? 

«Lo que hay es que Cavour, con la cesión de las dos 
Provincias, Niza y Saboya, ha arrojado á Cerdeña á los 
pies del Emperador. » — « Yo no le temo á Francia, agre- 
gaba, y estoy resuelto á marchar sobre Roma: la Unidad 
debe cumplirse.» 

Francisco II, Rey de Nápole^, se había fortificado en 
el Volturno, y ocupaba la fortaleza de Gaeta con. las tro- 
pas que le eran personalmente leales. 

Esperaba auxilios del Ejército que organizaban los Es- 
tados Romanos y que mandaba Lamoriciére, oficial ge- 
neral francés de mucho mérito, al servicio del Papa, que 
habí« emigrado de su paiii.-i después del golpe de es- 
tado de Napoleón. 



294 UNIDAD DE ITALIA 

En Turín, la agitación del Rey y sus Ministros era 
grande. No sabían qué hacer en situación tan excepcional. 

Someterse á la voluntad de Garibaldi, que pretendía 
imponerse al Rey y al Parlamento, era abdicar. Por con- 
secuencia había que tomar una resolución enérgica. El 
único camino indicado era marchar contra el Ejército del 
Papa, destruirlo, seguir adelante y auxiliar á Garibaldi, 
venciendo las últimas fuerzas de Francisco II en el Vol-' 
turno, y tomando finalmente á Gaeta. En seguida, decirle 
á Garibaldi:— «General, su misión está terminada con la 
anexión de las Dos Sicilias á Italia; el Rey Víctor Ma- 
nuel asume el mando de las tropas y el gobierno jde las 
Provincias conquistadas. A Roma la dejaremos para otra 
vez. »• 

Este era el plan de Cavour, del que no estaba seguro, 
porque podían surgir dificultades imprevistas. 

No disimulaba su agitación el Ministro piamontés; así 
escribía á su amiga madame de Circourt: «Si salgo bien de 
este negocio, trataré de proceder de modo que no se re- 
pita. Soy como el marinero que, en medio de las olas 
embravecidas, jura y hace votos de no volver á expo- 
nerse á los peligros del mar.» 

Desde luego, Cavour y Garibaldi estaban el uno frente 
al otro; la partida debía jugarse resueltamente, porque ha- 
bía de por medio intereses muy importantes que no eran 
conciliables. 

Cavour, que nada dejaba al azar, resolvió poner en 
conocimiento de Napoleón III su plan, á fin de conocer, 
cuando menos, su opinión. El General Cialdini y el Mi- 
nistro del Interior Farini fueron los encargados de con- 
sultar al Emperador, que, de vuelta de un viaje de re- 
creo, debía pasar por Chambery. El Emperador los oyó 
en silencio, eludiendo todo compromiso ó promesa. A la 
mañana siguiente recién abrió opinión, con estas pala- 
bras: *Si el Piamonte cree esto absohitamente necesario 
para salvaf á Italia de caer en un abÍ!«mo, sea; pero á 
sus riesgos y peligros. Que reflexione bien, pues si el Aus- 
tria lo atacase, Francia no- podría protegerlo.» 



UNIDAD DE ITALIA 295 

Parece que Napoleón agregó todavía: — *^Fate pi'estd!> 

Efectivamente, Cavour comprendió que el éxito depen- 
-día de la rapidez, y como había venido preparando los 
elementos para abrir la' campaña, el Rey colocó bajo su 
dirección los Ministerios de Guerra y Marina, además del 
de Negocios Extranjeros, que dirigía; de loodo que tenía 
-en sus manos todos los resortes que podían serle nece- 
sarios. 

*En los primeros días de Septiembre hizo marchar un 
Ejército de 50.000 hombres, á las órdenes de los Gene- 
rales Fanti y Cialdini, que debía invadir la Umbría y 
las Marcas, para encerrar por un lado á los Estados Pon- 
tificios y por otro á Garibaldi, á fin de que ni aquéllos 
ni éste pudieran moverse hacia adelante. 

Cavour escribía á la vez al Almirante Persano, dicién- 
dolé: «El, General Cialdini entrará en las Marcas y mar- 
chará rápidamiente sobre Áncona; pero no podrá hacerse 
dueño de esa plaza, si no es secundado por vuestra escua- 
dra. Decidme lo que creáis necesario para el éxito de esta 
empresa, y cómo entendéis deber realizarla.» 

Como se ve, el Ministro piamontés tenía gran con- 
fianza en el juicio y capacidad de Persano, que hasta esa 
época había sido muy afortunado en sus empresas, aunque 
para ser desgraciado después en el combate de Lissa, en el 
que fué vencido por el' Almirante austríaco Tegettof; per- 
diendo la escuadra que le había sido confiada, y con ella 
sus honores y su carrera. 

El Gobierno del Papa, dirigido por el Cardenal Anto- 
nelli y por Mr. de Merode, belicoso prelado éste, que 
tenía á su cargo el cuidado del Ejército, en su calidad de 
Pro -Ministro de las armas, se manifestaba intranquilo. 
Napoleón, espíritu irresoluto, sumamente reflexivo, no 
decía nada que pudiera tranquilizar á Su Santidad. -*-«Lo5 
sucesos resolverán,^ se había limitado á decir. 

Pero los entusiastas de Boma, temiendo más por el 
poder temporal del Papa, que por' el espiritual^ de la 
Iglesia, empujaban á Lamoriciére para que á todo trance 
librara una batalla contra piamonteses y garibaldinos, ase- 



29G ÜNmAB DE ITALIA 

gurándole el triunfo, porque, decían, «Dios peleará co» 
nosotros;» pero los que así opinaban,— cardenales, arzo- 
bispos, obispos y grandes dignatarios de la Silla Apostó- 
lica,— consideraban muy prudente quedarse en Roma^ en 
medio, de sus púrpuras y de sus palacios, mientras se li- 
braba la batalla de Dios, como ellos la llamaban. 

Castelfidardo llega. El General Lamoriciere ataca al 
Ejército piamontés, que se componía de 40.000 hombres, 
mandados por Fanti y Cialdini, el 18 de Septiembre. ' 

El Ejército del Papa estaba dividido en dos cuerpos :. 
el primero lo mandaba Lamoriciere y el segundo el Ge- 
neral Pimodán, llegado ese mismo día de Macerata. 

El proyecto del general papista consistía en forzar las- 
posiciones del Ejército piamontés, que le impedía ir en 
auxilio de Francisco il, y entrar en la ciudad de An- 
cona. El combate fué tenaz y sangriento. L^moricíére- 
cargó tres veces, pero fué rechazado otras tantas por los^ 
piamon teses. 

El General Pimodán fué herido gravemente, muriendo- 
esa misma noche. Derrotado el Ejército del Papa, Lamo- 
riciere se retira del campo con una débil columna, gana 
la montaña y se asila en Ancona, que se rindió alguno» 
días después, no pudiendo resistir el ataque combinado» 
del ejército y la flota piamon teses. 

El primer acto del plan del Ministro Cavour estaba 
terminado. El Ejército papal había desaparecido de la es- 
den a. Lamoriciere hizo lo que pudo. Sus soldados era» 
bisónos, sin fibra militar, pues ni los goces de la otra vida, 
que les habían prometido los que se quedaron ' en Roma^ 
pudieron infundirles valor ante el cañón de los piamon-^ 
teses. 

El Rey Víctor Manuel hizo su entrada en Ancona el 2 
de Octubre, y como lo había convenido con Cavour, ib» 
personalmente á tomar el mando del Ejército. 

El segundo acto del plan se desarrollaría frente á Ca- 
púa y Gaeta. 




h. 



/ 



UNIDAD DE ITALIA 297 



VII 



BATALLA DEL VOLTÜRNO 



Garibaldi se encontraba ^n Ñapóles, entregado á la 
reorganización del Ejército, sin olvidar la administración 
del país. 

Hizo promulgar en todo el Reino el Estatuto Sardo, 
encabezando los actos administrativos con las palabras: 
Víctor Manuel, Rey de Italia. 

Conservó en sus empleos á los funcionarios que no 
habían seguido á Francisco II en^su retira/la, y puso en 
libertad á todos los detenidos políticos. 

Ordenó la demolición del fuerte San Telmo, que ya no 
tetiía objeto, dado el progreso que Ñapóles había alcan- 
zado. 

Se ocupó más de lo que debía de otras cuestiones de 
interés secundario, dejando así de ocurrir á tiempo á donde 
le llamaba la terminación de la guerra, pues el Rey. fu- 
gitiva hacía pie finalmente en el río Volturno, esperando 
la protección de Roma ó del Piamonte, según se presen- 
tasen los sucesos; porque los palaciegos y sus amigos de 
fuera le hacían creer que Austria, Francia, Inglaterra y 
hasta la misma Rusia, no serían indiferentes á su causa; 
que la guerra europea era un hecho. 

Lo engañaban. 

Nada de eso era cierto; no había otra cosa efectiva que 
la pérdida de sus Estados. 

La concentración de las tropas de Garibaldi, que su- 
maban á la sazón 15.000 hombres, se efectuaba en el 
Volturno, al mando de Medici, Bixio y Türr, sus princi- 
pales tenientes. 

El General Cosenz había sido nombrado Ministro de 
la Guerra en Ñapóles y dirigía las operaciones de marcha. 



298 UNIDAD DE ITALIA 

El Ejército de Fraúcisco II se elevaba á la cifra de 
35.000 hombres, bien pertrechados y fortificados. 

Dominaban los napolitanos la derecha y la izquierda 
del río Volturno, y habían artillado á Capua y los flan- 
cos del monte Jerusalén con piezas de campaña. 

Garibaldi, después de nombrar á Pallavicini Pro-Dicta- 
dor de Ñapóles, sale para el Volturno, donde ya habían 
empezado las operaciones. 

Llega allí el 19 de Septiembre, reconoce las montañas y 
hace ocupar la villa de Sant'Angelo, estableciendo su 
Cuartel general en Caserta. 

£1 Coronel Bordón i fué encargado de los trabajos de 
defensa, en previsión- de un ataque de los napolitanos. Se 
artilló el monte de Sant'Angelo, llave de las posiciones 
de los G^ibaldinos, construyéndose algunas baterías para 
S08tenerse y dominar el terreno en que se iba á cgmbatir. 

El campo que ocupaban los Garibaldinos era histórico, 
de antigua data, en las luchas de los romanos con Aníbal. 



* * * 



El k® de Octubre, las tropas napolitana?, bajo las ór- 
denes del General Rittucci, y en número de 30.000 hom- 
bres, salieron de Capua en cuatro columnas, mandando 
una de ellas el Rey Francisco II y los Condes de Ca- 
serta y de Trápani. Al encontrarse con las fuerzas de 
Garibaldi, las atacaron con mucho denuedo. 

La batalla fué sangrienta. Los napolitanos, *á la vista 
de su Rey, hicieron prodigios de valor; pero al fin cedie- 
ron, después de combatir desde las 4 a. m. hasta el ano- 
checer. La derrota del Ejército del Rey Borbón fué un 
hecho: perdió 4.000 hombres, entre muertos y heridos; se 
le dispersaron algunos cuerpos, que no pudieron volvef á 
Capua, y se le tomaron cañones, prisioneros, etc. El resto, 
desanimado, se refugió bajo los muros de la plaza. IiOS 
Garibaldinos taihbiép perdieron 3.000 hombres entre muer- 
tos y heridos. 

La ciudad iba á ser bombardeada, desde luego, y la 



UNIDAD DE ITALIA 299 

retirada de las tropas de Capua en dirección á Gaeta 
era inminente. 

Esta batalla del Volturno, de cualquier modo que 'se 
mire, pone en evidencia que, á pesar del valor de los sol- 
dados del Libertador y de la propia habilidad de éste co- 
mo general, el número de aquéllos no era bastante para 
vencer definitivamente. 

Si en esas circunstancias el Ejército papal hubiera po- 
dido prestar auxilio al Ejército de Francisco II, Garibaldi 
hubiera tenido que retirarse forzosamente. 

35.000 soldados resueltos de que disponía el Rey de 
Ñapóles y 20.000 con que contaba Lamoriciére antes de 
ser derrotado en Castelfidardo por los piamonteses, su- 
maban 55.000, que, dirigidos por un general como el 
francés al servicio del Papa, hubieran puesto en serios 
aprietos á Garibaldi. \ 

Éste dio á sus tropas, fatigadas de tan ruda pelea, la 
siguiente orden del día: 

« Soldados, hermanos: 

« El 1.® de Octubre ha sido una jornada terrible de 

♦ sangre y de gloria; nosotros hemos vencido; reposad 
« algunos instantes y tomad algún alimento, que bien lo 
« necesitáis; pero en el más breve tiempo. Mientras tanto 
« yo me ocuparé de lo que nos resta por hacer. Antes 
« de la noche ya os llamaré nuevamente á las armas. — 

♦ Garibaldi,* 

* * * 

El Ministro Cavour había previsto todos los sucesos 
que se desarrollarían al final de la campaña de Garibaldi, 
y, de acuerdo con el plan combinado en Turín con Víc- 
tor Manuel, éste entraba en acción en el momento opor- 
tuno y preciso, derrotando primero al Ejército de los Es- 
tados Pontificios y prestando ayu^a eficaz á Garibaldi, 
para vencer finalmente la resistencia de Francisco II. 

* * * 



/ 



300 UNIDAD DE ITALIA 

El Rey Víctor Manuel entró en Ancona el 2 de Octu- 
bre y se dispuso á tomar el mando del -Ejército de Gari- 
baldi. El 10 se encuentra con áste en Teano. Garibaldi 
sitiaba á Capua, cuando los piamonteses tomaron su lugar 
y el 28 de dicho mes abrieron las operaciones contra los 
napolitanos. El 30 comienza el bombardeo y el Rey Fran- 
cisco II se retira á Gaeta. Capua capituló el 2 de Nor 
viembre. 

La plaza fuerte de Gaeta, que semeja un nido de águi- 
las suspendido en el mar, tenía lt)s recursos y medios 
necesarios para una seria resistencia, pero después de 
ser bombardeada se rindió sin esperar el asalto. Fran- 
cisco II se embarcó en el buque de guerra francés La 
Moueite, refugiándose en Roma. Así mismo, la defensa 
fué heroica y el ex Rey se portó con valor; pero ¡cuánto 
más útil le habría sido, si lo hubiese empleado cuando 
el Dictador de Sicilia desembarcó en Calabria! Ahora, ya 
era tarde. 



* * * 



Desde el momento de la entrevista de Garibaldi con 
Víctor Manuel en Teano, las relaciones entre estos dos 
hombres superiores dejaron de ser cordiales. 

Previendo el fin de su gobierno dictatorial con la 
aproximación de los piamonteses bajo la dirección de 
Víctor Manuel, Garibaldi había expedido un decreto con- 
cebido en estos términos: 

«Las Dos Sicilias, que deben su libertad ala sangre 
vertida por los italianos, que espontáneamente me han 
nombrado DicJtador, hacen parte integrante de Italia, una é 
indivisible, bajo el cetro de Víctor Manuel y de sus des- 
cendientes. 

«Yo depondré en manos del Rey, tan pronto llegue, la 
Dictadura que me fué otorgada por la Nación. Los Pro- 
Dictadores quedan encargados de la ejecución del presente 
decreto. — G^artfta/í/*. — Ñapóles, Octubre 15 de 18G0.» 



UNIDAD DE ITALIA 301 



VIII / 

FIN DE LA CAMPAfÍA. — EL REY ENTRA EN ÑAPÓLES.— 

RETIRO DE OARIBALDI 

Por medio de un plebiscito, el 21 de ese mes se pro- 
clamó á Víctor Manuel Bey de Italia Una, 

El 4 de Noviembre, Garibaldi entrega la medalla mi- 
litar dé la campaña á los sobrevivientes de los Mü vo- 
luntarios que ^desembarcaron con él en Sicilia. 

* * * 

La ceremonia de la entrega del mando al Bey por Ga- 
ribaldi, se verificó el 8. Fué imponente y tuvo lugar en la 
Sala del Trono, donde se firmaron las actas. En seguida 
el ex Dictador se retira al Hotel de Inglaterra, y el 9 de 
Noviembre, en las primeras horas de la mañana, sube á 
bordo del vapor Washington, partiendo para Caprera, no 
sin antes dirigir su adiós á sus compañeros de armas, en 
la siguiente forma: 

« Soldados, hermanos: 

« Acabamos de hacer la penúltima etapa de nuestra re- 
« surrección y debemos prepararnos á terminar la obra 
« de veinte generaciones que nos han. precedido. Á las 
« armas todos, y los opresores desaparecerán como el 
« polvo! 

« Es necesario que el mes de Marzo próximo vea un 
« millón de italianos sobre las armas. 

« Italianos de Calatafimi, de Palermo, de Volturno, de 
« Castelfidardo! estrechaos con los ciudadanos de esta 
« noble tierra, alrededor del glorioso soldado de ^alestro, 
« que así daremos el último golpe á la tiranía, que debe 
« desaparecer. 




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UNIDAD DE ITALf A 



« Vosotros habéis vencido y venceréis todavía, porque 
estáis acostumbrados á las fatigas de la guerra. Os 
dejo por pocos días: en la hora del combate estaré en 
medio de vosotros y bien pronto marcharemos juntos 
para libertar á aquellos de nuestros hermanos que se 
encuentran todavía bajo el yugo del extranjero. 
« A esta página maravillosa de la historia de nuestro 
país, vosotros agregaréis aún una más gloriosa, y el es- 
clavo mostrará al fin, á su hermano libre, los anillos 
de las cadenas que vosotros habréis trozado y destruido 
para siempre,— Garibaldi. » 



* * * 



íi-v 







La campaña había durado seis meses, conquistando 
Garibaldi con su solo esfuerzo un Reino, las Dos Si- 
cilios, la joya más preciada de Italia, con diez millones 
de habitantes; ciudades como Ñapóles y Palermo, plazas 
fuertes, la escuadra napolitana, los arsenales, el Banco 
Real, Bibliotecas, Museos y obras de arle de subido mé- 
rito: todo lo que entregó intacto al Rey Víctor Manuel. 

El ex Dictador, el hábil político, el denodado Capitán 
no había guardado nada para sí, sino su caballo de 
guerra y su sable. 

Se retiraba de aquel Reino conquistado por él, pobre 
como había venido, sin otra compensación que su in- 
mensa* gloria. 

La soledad de Caprera lo esperaba, para meditar en 
ella sobre la gratituÜ de los reyes y sobre la gloria de 
los hechos humanos. 



I 



r 



LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA 



1776 1810 



«La declaración de Independencia fué 
la corona con que él pueblo de la Amé- 
rica unida, levantándose como un gigante, 
ornó sus sienes, resuelto á que nadie lo 
despojara de ella mientras el globo esté 
habitado por seres humanos, y orgulloso 
de conservar ese recuerdo de imperece- 
dera gloria ( 1 ). > 



Antes de que los famosos republicanos de 1789 declara- 
sen la abolición para siempre de los privilegios del ré- 
gimen feudal, que hasta entonces habían hecho del ciu- 
dadano un siervo del Señor y del Convento; y antes que 
la proclamación de los derechos del hombre igualase los 
derechos de todos los hombres en Francia, los Estados 
Unidos de América habían dado el ejemplo, proclamando 
la igualdad ante la Ley y los principios sagrados de In- 
dependencia, que dieron libertad á todo el Continente 
Americano. 

El 4 de Julio de 1776, los trece Estados unidos, en el 



(1) Discurso de Juan Quiney Adams, pronunciado el 4 de Julio de 1831, 
refiriéndose á la Independencia de los Estados Unidos. 



304 INDEPENDENCIA DE AMÉRICA 

Congreso que se reunió en la ciudad de Filadelfía, hicie- 
ron la declaración de su Independencia, estableciendo los 
fundamentos que obligaban al pueblo Americano, á tomar 
una resolución de tanta trascendencia. 

Se formó el ejército republicano á las órdenes de Was- 
hington, el que debía sostener aquel acto; y después de 
siete años de lucha sangrienta con los ejércitos y la ma- 
rina de la Gran Bretaña, triunfó al fin la buena causa, y 
en 1783 se fijaron las bases de paz entre los representantes 
del Rey Jacobo III y los de Estados Unido?, reconociendo 
Inglaterra la independencia y soberanía de los americanos. 

Francia no permaneció indiferente, y auxilió á la re- 
volución americana con elementos de guerra, equipando 
varias expediciones, dirigidas por valientes caballeros fran- 
ceses, que, como Lafayette, D'Estainjr y Rochambeau, pu- 
sieron su espada y su sangre al servicio de la indepen- 
dencia de América. 

A partir de esa época, pudo afirmarse que la cuestión 
de los pueblos americanos con sus opresores, desde el 
Potomac al Plata, quedaría resuelta; día más, día menos, 
irían conquistando sus derechos, personalidad política y 
vida propia, constituyéndose en la forma regular que se 
ajusta á Ios-derechos naturales del hombre; esto es: li- 
bertad é igualdad ante la ley, y bienestar público. 

Dificultades sin cuento, contrastes y derrotas, tuvo que 
arrostrar y dominar el pueblo americano en su guerra 
con Inglaterra; .en más de una ocasión, los revoluciona- 
rios, abatidos, volvían la vista al continente europeo en 
^lemanda de auxilio; pero recuperando prontamente el va- 
lor y la firmeza que acompaña á las causas justas, la 
victoria volvía á sus banderas. 

El Congreso Americano y \yáshington, el gran ciuda- 
dano, retemplaban el espíritu de la revolución y le tras- 
mitían el fuego patriótico de su alma, hasta el triunfo de- 
finitivo. 

Washington, al que se le llamó el «Fabio Americano» 
por sus virtudes, talento y prudencia, supo inspirar el res- 
peto debido á sus enemigos; y más tarde, cuando se ex- 






miXEP£NDENCIA DE AMÉRICA 305 

tinguió SU noble vida en Monte Vernón; la prensa in- 
glesa, haciendo notar las grandes cualidades que adorna- 
ban al paladín de la Independencia Americana, decía: 
«¡El General Washington no era el ídolo de un día, 
sino el héroe de las edades!» 



n 



La Constitución de los Estados Unidos, y la proclama- 
ción de los derechos del hombre en Francia, despertaron 
á los pueblos adormecidos en la esclavitud, y pusieron 
en derrota á ios ejércitos de las monarquías absolutas en 
Europa como en América. 

El régimen feudal, ó los resabios del feudalismo, ba- 
tiéndose en retirada desde Cádiz hasta Moscou, fué aban- 
donando el Continente europeo á las ideas revoluciona- 
rias, á los principios de libertad, á los derechos del hom- 
bre. 

Aun después de 1815, cuando los ejércitos de la Repú- 
blica y del Imperio, diezmados por más de* veinte años 
de guerras, victoriosos del Nilo al Danubio, del Elba a} 
Niemen, fueron cercados por la Europa coaligada al pie 
de las alturas de Montmartre en París, y trasladados más 
allá del Loira, para su desarme, el espíritu de libertad 
sembrado por ello^ en Austria, en Prusia, en toda la Ale- 
mania, dio brevemente su fruto. 

La Constitución Española de 1812; la Carta de Luis 
XVín al pueblo francés; las reformas liberales en Ale- 
mania, y, creciendo siempre, el espíritu inmortal de liber- 
tad, en menos de medio siglo, suprimieron el derecho di- 
vino é infalible de los. Reyes, para sustituirlo con el de- 
recho de la Constitución y de la Ley. 

Apenas si existe en Europa un pueblo, enclavado en 
6us desiertos de hielo, confinando con el Mar Blanco, que. 



20. 



306 INDEPENDENCIA DE AMÉRICA 

á pesar dé las concesiones obtenidas, aboliéndose la anti- 
gua servidumbre y el derecho estúpido del señor, no ha sido 
bastante feliz para entrar de lleno en los progresos polí- 
ticos del siglo actual. 

Los principios del 89 marchan siempre. 

revolución de Hungría en 1843, hirió uno de los tro- 
nos seculares de la vieja Europa; la revolución de Es- 
paña hizo polvo el trono de doña Isabel II; la Fran- 
cia ensaya con éxito, por tercera vez, la Eepáblica, y á 
su sombra recupera las fuerzas perdidas por los errores 
del segundo Imperio. 

Inglaterra, la poderosa Albjón, la reina de los ma- 
res, arbitro dé todos los negocios del Continente; la que 
detiene con una mano los progresos de las «armas mosco- 
vitas en los Balkanes y en el Asia, y con la otra bom- 
bardea á Alejandría y dicta su ley en el Canal de Suez 
y en la tierra de los Faraones, ante la Europa absorta, á 
su vez vota una ley agraria en pleno Siglo xix para de- 
tener la revolución que amenaza en Irlanda. 

La Gran Bretaña, que consagra en todos sus códigos la 
libertad de los contratos y el respeto absoluto á la pro- 
piedad; el pueblo inglés, que se ajusta en todos sus actos 
.á las prescripciones del derecho, ¿cómo ha podido dictar 
una ley agraria que impone al propietario de Irlanda la 
copropiedad del arrendador sobre la tierra, durante un 
tiempo relativamente largo, — quince añoí», — y fija el va- 
lor del arrendamiento por una Comisión especial? 

Se comprende que en Rusia, bajo Alejandro II, en 1864, 
un úkase del Emperador reformase la condición de los 
paisanos de Rusia y de Polonia, determinando las bases 
de. leyes agrarias, porque en Rusia la divisa nacional, 
como dice Leroy Beaulieu, es «Tierra y Libertad», y ha- 
bía que anticiparse á la revolución; pero en Irlanda la 
cuestión varía. Si bien la lucha que viene sosteniendo el 
arrendador con el propietario es de aquellas que nó 
ofrecen término medio, Inglaterra tiene elementos de ri- 
queza y recursos incalculables para conciliar aquellos in- 
tereses encontrados. 



INDEPENDENCIA DE AMÉRICA ilOl 

Así lo comprendía Lord Beaconsfíeld, y por eeto se 
opuso en su tiempo á que se llevasen á cabo las reformas 
de M. Gladstone, que en la práctica vienen demostrando 
ya' ser impotentes para detener las exigencias de Irlanda. 



III 



El año 1810 fué el elegido por la Providencia para 
que los pueblos sudamericanos destruyesen por completo 
la autoridad absoluta de los virreyes españoles. 

El Orinoco, ei Plata y los Andes se conmovieron como 
por un hilo eléctrico, ante el ejemplo de la independencia 
de Norte- América. 

Venezuela y la Argentina rompieron la marcha casi á 
la vez, como si hubieran estado de acuerdo. Destituyendo 
á sus respectivos virreyes en Caracas y en Buenos Aires, 
y siguiendo invariables al mismo objeto, ora vencidos ó 
vencedores, los ejércitos colombianos y argentinos se en- 
contraron, catorce años más tarde, victoriosos de los rea- 
listas en el Perú, cerrándose la campaña de la Indepen- 
dencia Sudamericana con la gloriosa batalla de Ayacucho. 

Mañana cumplen 73 años que los patriotas argentinos 
de 1810 iniciaron la revolución que había de conquistar 
la libertad en esta parte del Continente. 

Las expediciones de los generales ingleses Berresford 
y Witelocke, en 1806 y 1807, sobre el Río de la Plata, y 
el triunfo de los porteños sobre las tropas inglesas, re- 
putadas invencibles, prepararon á los sudamericanos para 
la revolución de la Independencia. 

Aquellas jornadas en que los criollos se dieron cuenta, por 
primera vez, tle su valor y del espíritu que los animaba 
para combatir al extranjero, elevaron su altivez; y, tres 
años más tarde, llevaron á cabo el primer acto de su vida 
independiente. 



V 



308 INDEPENDENCIA DE AMÉRICA 

Hoy, después de tantos años transcurridos, y de tantos 
hechos superiores á toda previsión, ejecutados por el es- 
fuerzo del patriotismo americano, sin auxilio alguno de 
potencia extraña, causan verdadero asombro aquellos he- 
chos de armas que dieron por resultado la reconquista de 
Buenos Aires y la capitulación de los Ejércitos ingleses. 

Washington, de^ués de su brillante victoria sobre el ejér- 
cito al mando del General Cornwallis, rendido en York- 
town en 1781, dio una orden del día que terminaba con estas 
palabras: « Mañana se celebrará el oficio divino por todas 
< las brigadas y divisiones. El comandante en jefe reco- 
« mienda á todas las tropas que no se hallen de servicio, 
« que asistan al acto para dar gracias al Todopoderoso 
« por la intervención de la divina Providencia, que parece 
« velar por nuestra causa.» 

Lo mismo, y con más razón, podría haberse dicho del 
triunfo argentino sobre las tropas inglesas, en condiciones 
tan desiguales. 

Á pesar del valor desplegado por los ingleses al mando 
de Witelocke, Craufurd y Pack, en su ataque á Buenos 
Aires, todo fué inútil. 

El doctor López, en su «Historia de la Revolución Ar- 
gentina», hace resaltar los hechos más notables, como el 
más justo elogio del valor de los ingleses en ese día: 

« — ¿Es ésa la iglesia de Santo Domingo? preguntó 
«Craufurd á Pack. — Sí, contestó Pack. — ¿Estáis cierto, 
«coronel?— Os lo aseguro bajo mi responsabilidad. — Pues 
« bien: á ella me mandan subir las órdenes que tengo, para 
«poner en sus torres la bandera inglesa. ¿Es ése Santo 
«Domingo, coronel Pack? — Sí, general. — Pues cumpla- 
« mos con nuestro deber. Camaradas : tres burras á la 
«avieja Inglaterra. ¡Abajo las puertas, y adentro!— Las 
«puertas cedieron. 

«La bandera inglesa tremolaba en las alturas.» 

La pelea se hizo más ruda desde entonces; y después 
de haber agotado sus fuerzas los ingleses, y de verse 
an*ollados de calle en calle, con tres mil hombres fuera 
de combate y sus principales jefes prisioneros en el con- 



INDEPENDENCIA DE AMÉRICA 309 

vento de Santo Domingo» el general en jefe tuvo que ce- • 
der y suscribir un convenio que comprendía el reembarco 
del Ejército inglés y el abandono de su conquista de Mon- 
tevideo. 

Este convenio costó al Greneral Whitelocke el verse obli- , 
gado á comparecer ante un consejo de guerra en Ingla- 
terra, al que tuvo que explicar su derrota en el Río de la 
Plata. 

Los Generales ingleses Berresford, Crauf urd y Pack, que 
tuvieron que capitular en Buenos Aires, vencieron más 
tarde, bajo las órdenes del Duque de WéUington, en sus 
campañas de Portugal, España y Bélgica, á los ejércitos 
Imperiales, y el primero llegó á ser el brazo derecho del 
gran General inglés. 

No era extraño, pues« que triunfos tan señalados exal- 
tasen el ánimo de los argentinos y les hiciesen compren- 
der que eran capaces, no tan sólo de declararse inde- 
pendientes, sino también de vencer á los ejércitos realistas. 

Por otra parte, las crueldades ejercidas con los natura- 
les en Chuquisaca, en 1809, seguramente determinaron la 
acción de los patriotas, que de tiempo atrás se venían 
preparando para el momento oportuno. 

Las cuestiones comerciales suscitadas entre los españoles 
monopolistas, y los argentinos, que defendían los verda«^ 
deros intereses del país, reclamando franquicias justas, 
fundadas en la libertad comercial, por una parte, y luego 
el desorden en que -se encontraba la península, con motivo 
de la guerra que venía sosteniendo contra la invasión 
francesa; todas esas circunstancia^», decíamos» hicieron que 
cesasen las irresoluciones de Jos hijos del país, y conclu- 
yesen con elp«KÍer de los virreyes. 

Los nombres de Belgrano, Saavedra, Gaste! li y otros, 
que dieron el movimiento inicial á la revolución de Ma- 
yo, que declaró subrogada la autoridad del Virrey Cisne- 
ros, í] figurarán siempre en primer término en la historia de 
la Independencia del Río de hi Pinta. 

De los patricios y cívicos t|ue se batieron en la ciudad 
de Buenos Aires contra las invasiones inglesas de 1806 



• < 



310 INDEPENDENCIA DE AMÉRICA 

y 1808, y que en Cabildo abierto votaron el 25 de Mayo 
de 1810 por la suspensión de la autoridad de España, 
salieron los famosos batallones de la Patria, que, al man- 
do de Belgrano y San Martín, inmortalizaron los campos 
de batalla de la Independencia Argentina. 

. Y no fué sólo el pueblo de Bueno? Aires el que se in- 
flamó en el espíritu de la época: las demás provincias 
respondieron también al llamado con abnetración y pa- 
triotismo; fueron ellas las que defendieroa palmo á palmo 
su territorio, siempre que los realistas aparecían; fue- 
ron ellas las que cubrían los claros que la metralla ene- 
miga hacía en los ejércitos patriotas que pasaban á com- 
batir en el Alto Pcfú; y después de la victoria como des- 
pués de la derrota, su ánimo era el mismo para volver á 
empezar; hasta que, una vez por todas, Chacabuco y 
Maipo dieron el triunfo definitivo á los argentinos^, en 
la guerra sostenida durante ocho años. 



IV 



La entonces Provincia Oriental, con Artigas, cooperó 
también con esfuerzo y perseverancia á los principios de 
la revolución de Mayo. 

En el primer encuentro con los españoles en Las Pie^ 
dras, los orientales obtuvieron un espléndido triunfo, que 
facilitó el inmediato asedio de las tropas realistas de 
Montevideo en 1811. 

Desde esa época, los patriotas orientales combatieron con 
fe y firmeza inquebrantables contra los ejércitos extranje- 
ros que intentaron dominar el territorio sagrado de la 
Patria ; y unas veces vencidos y otras vencedores, conser- 
varon siempre su altivez y decisión, hasta que Sarandí é 
Ituzaingó coronaron sus esfuerzos. 

Los Generales argentinos Belgrano y San Martín, como 



"* INDEPENDEKCIA DE AUÉBICA 

Washington j Bolívar, han merecido ya de los pue 
<|ue libertaroD, las man if estaciones á que ee hici 
acreedores por sus servicios y virtudes. 

Las figuras de esos héroes de la Libertad se encuen 
representadas en bronce en las primeras plazas de 
- «iudades de América. 

Artigas, el héroe del Uruguay, menos feliz que aqué 
no ha merecido aún de sus compatriotas un modesto 
numento que, á la vez qae recuerde sus facciones y 
glorias, sea expresión de reconocimiento público y 
gratitud nacional. 

Eictito ea 1663. 






3 



Á 



su SANTIDAD LEÓN XIII 



FILÓSOFO Y LIBERAL 



LA ENCÍCLICA SOBRE LOS OBRBBOS 



BL CAPITAL Y BL TRABAJO 



BL TRIUNFO DE LA DEMOCRACIA 



La prensa hace saber que el ilustre Pontífice León XIII 
ha termmado la Encíclica anunciada, dirigida á la Po- 
lonia** y á la Rusia, referente -á las cuestiones sociales 
que se agitan en el Norte de Europa. 

No hemos tenido tiempo aún de conocerla, pero es de 
suponer que será un trabajo digno de los anteriores de Su 
Santidad. 

El 15 de Mayo de 1891, el Papa. León XIII expidió 
una Endclicaf que denominé: De la condición de los obre- 
ros, dirigida á los Prelados del mundo católico, y que Le- 
roy Beaulieu, notable economista francés, ha traducido 
del latín, colocando al frente de su estudio este título: El 
Papado, el Socialismo y la Democracia. 

Su Santidad aborda la cuestión en esta forma: 



314 BU SANTIDAD LEÓN XIII 

* Venérenles hermanos, Salud y Bendición Apostólica. 

« La sed de innovaciones que desde mucho tiempo se ha 
«posesionado de las sociedades y las tiene en una agita- 
« ción febriciente, debía tarde ó temprano pasar de las re- 
«giones de la política á la esfera vecina de la economía 
«social. 

«En efecto: estos progresos incesantes de la industria; 
«estas rentas nuevas que las artes le han abierto; la al- 
«teración de relaciones entre los obreros y los patrones; la 
«acumulación de la riqueza en manos de un pequeilo nú- 
« mero, al lado de la indigencia de las multitudes; la opi- 
« nión más grande que, en suma, los obreros han conce- 
« bido de sí mismos, y su criterio más uniforme, todo esto 
« sin hablar de la corrupción de las costumbres, ha traído 
«como resultado final, un censurable conflicto. 

«Por todo el mundo los espíritus están en suspenso y 
«atentos en la mayor ansieclad, lo que basta por sí sólo 
« para probar cuan graves intereses están por el hecho 
« comprometidos. 

«Esta situación preocupa y pone en actividad el genio 
«de los doctos, la prudencia de los buenos, las delibera- 
«cienes de las reuniones populares, la perspicacia de los 
«legisladores y los consejos de los gobernantes; no hay 
« cuestión en estos tiempos que preocupe más el espíritu 
«humano con tanta violencia. 

« El problema no es fácil de resolver, ni está exento de 
«peligros. Es difícil, en efecto, precisar con exactitud 
«los derechos y los deberes que deben á la vez regir á 
«los ricos y al proletario, al capital y al trabajo. 

« Los socialistas, para curar su mal, fomentan el odio 
«celoso de los pobres contra los rico?, y pretenden que 
«toda propiedad de bienes debe ser suprimida, que los 
if bienes deben ser comunes á todos, y que la administra- 
« ción debe volver á las Municipalidades ó al Estado. » 

«Aparte de la injusticia del sistema que se proclama, 
«no se ven todas sus funestas consecuencias: la pertur- 



su SANTIDAD LEÓN XIII 315 

«bación en todas las esferas sociales, una odiosa é in- 
«soportable servidumbre para todos los ciudadanos; la 
«puerta abierta á todos los celos, á todos los descouten- 
« tos, á todas las discordias; el talento y la habilidad pri- 
« vados de sus estimulantes, y como consecuencia forzosa, 
«las riquezas estancadas en sus fuentes; en fin, en lugar 
« de la igualdad, el embrutecimiento, la indigencia, la 
«miseria. 

" « Por todo esto que Nos acabamos de decir, se compren- 
« de que la teoría socialista de la propiedad colectiva debe 
« repudiarse en absoluto, como perjudicial á los mismos á 
« quienes se quiere socorrer, contraria á los derechos natu- 
« rales de los individuos: ella desnaturaliza las funciones 
« del Estado, turbando la tranquilidad pública. Queda bien 
« establecido que el primer fundamento que debe ponerse 
«por todos los que deseen sinceramente el bien del pue- 
«blo, es la inviolabilidad dé la propiedad privada. 

« Por consecuencia, expliquemos dónde conviene buscar 
«el ren^dio tan deseado.» 

«Es con esta seguridad que nosotros abordamos este 
« asunto, y en la plenitud de nuestro derecho; porque la 
«cuestión que se agita es de una naturaleza tal, que, á 
« menos de recurrir á la Religión y á la Iglesia, es impo- 
«sible encontrar una solución eficaz. Y como á nos- 
« otros principalmente se nos ha confiado la salvaguardia 
« de la Religión y todo lo que se relaciona con el dominio 
«de la Iglesia, no podemos guardar silencio, pues á los 
«ojos de todos faltaríamos á nuestro deber. 

«Seguramente un asunto de tanta gravedad exige aun 
«de otro*? agentes su parte de actividad y de esfuerzo: 
« queremos hablar de los gobiernos, de los directores y de 
« los ricos, y también de los obreros muy principalmente, 
« de cuya suerte se trata. » 



* ?' 



•gr o 















. 316 



Sü SAirriDAD LEÓN XIII 



r*-. 






II 


















Como 86 ve, la tendencia del Papado es uniformar 
opiniones entre todos los que están llamados á resolver 
la cuestíón, constituyéndose el Santo Padre en conciliador 
de todas las diferencias. 

Para llegar al objeto que se propone Su Santidad, Tos 
socialistas deberían ser religiosos, piadosos, creyentes y 
católicos, sumisos y obedientes, abandonando sus ideas de 
comunismo y socialismo. 

Los gobiernos no deben pej^sar sino en mejorar ia con- 
dición de los hombres de trabajo, limitando los impuestos 
de consumo, abordando obras colosales para dar ocupa- 
ción á los obreros y aumentar por el hecho los jornales. 

Los ricos y los fabricantes, limitar sus ganancias al in- 
terés legal del capital, y el excedente aplicarlo á mejo- 
rar las condiciones de los obreros, de modo que éstos 
no tuvieran motivos de descontento, haciéndoles la vida 
sumamente fácil. 

Por su parte, las sociedades de temperancia deben en- 
sanchar su esfera de acción, á fin de que el obrero no 
malgaste el producto de su trabajo en la taberna ; esta- 
blecer vigilancia sobre la embriaguez, el juego y las cos- 
tumbres del obrero, de modo que la mujer y los hijos 
vean llegar á su casa al hombre trabajador con los jor- 
nales ganados en la semana. 

Armonizando todos estos intereses encontrados, se po- 
dría llegar al ideal que persigue Su Santidad León XIII; 
¿pero es esto posible en el siglo presente? 

Lo que puede ser en el transcurso de los siglos por la 
acción del tiempo, ¿ puede exigirse ahora, cuando aun está 
lejos el triunfo de la democracia en Europa? 



Los deseos de Su Santidad León XIII y sus esfuerzos 



b-r* 




su SANTIDAD LEÓN XIII 317 

en favor de la conciliación de los hombres, en la lucha 
por la vida, son nobles ; pero, á juicio de los hombres pen- 
sadores, es una utopía en los tiempos que corren. 

£1 socialismo reconoce, á nuestro juicio, otras causas. 
La primera es porque las necesidades de la vida no están 
en relación con los medios; es la lucha del capital con 

BL PRODUCTO, Ó i^Ca COn EL TRABAJO. 

£1 capital exige mayores bene6cio8. 

£1 trabajo, mayores jornales. 

La SEGUNDA, el grado de desarrollo intelectual de los 
pueblos por la difusión de la enseñanza. £1 socialismo 
quiere estar representado en las Asambleas, quiere la igual- 
dad, y exige que su voz sea oída en el Gobierno; en suma, 
el triunfo de la democracia, en su más absoluta expresión, 
la comuna: guerra á los ricos, á las clases más favorecidas 
de la sociedad y á la aristocracia. 

La verdad es que no vemos el resultado eficaz de la 
propaganda del Papa León XIII; pero hace bien, á nues- 
tro juicio, porque, como ha dicho un sacerdote inglés, no 

SE PUEDE PREDICAR EL EVANGELIO A ESTÓMAGOS VACÍOS. 



III 



De todo« modos, la intención y el proposito de Su Santi- 
dad han sido y son muy recomendables; y si no dan fruto 
en el presente su prédica y sus doctrinas, de seguro que 
lo darán en el futuro. 

El Santo Padre cree que las leyes deben venir en apoyo 
de. la clase trabajadora,. á fin de regularizar el trabajo y 
el salario en las fábricas, fijando el tiempo que debe exi- 
girse á los hombres, á las mujeres y á los. niños ; las ho- 
ras y el jornal. 

Necesariamente, á medida que la humanidad vaya per- 
feccionándose, que la Reforma sea un hecho, la unifor- 
midad de las leyes tiene que amparar á la clase proleta- 
ria de todos los países. 



318 8U SANTIDAD LEÓH XIII 

Así como se reúnen congresos para tratar del- servicio 
postal, telegráfico, monetario, ú otros, lo mismo debiera 
hacerse para organizar el sistema de conveniencia reciproca 
entre el propietario ó fabricante, y el obrero; esto es: entre 
el capital y el trabajo; pero, á nuestro entender, esa con- 
ciliación y reforma aun están distantes. 

Los hombres de la presente generación no lo veremos, 
y tal vez sea necesario todo el siglo venidero para con- 
quistar tan hermosos beneficios. 

El nuevo continente africano que hoy se explora con 
esfuerzos y sacrificios, puede ofrecer tierras fáciles á ex- 
plotar por el exceso de población que concurra al llamado 
de los especuladores. 

Australia es un ejemplo: millares de hombres concu- 
rrieron al ofrecimiento de las tierras para ser explotadas 
con beneficio de sus pobladores. 

El exceso de la población en Europa, que lleva una 
vida precaria y difícil, agobiada por los impuestos, es una 
de las causas primordiales de la perturbación social que 
se siente. 

Los ejércitos y escuadras permanentes consumen el pro- 
ducto de las clases trabajadoras. Los impuestos gravan 
el capital, y éste los hace recaer sobre el trabajo. Esos mi- 
llones de hombres sobre las armas no producen absolu- 
tamente nada, y sin embargo tienen que ser alimentados, 
vestidos, equipados y pagos. 

Son los impuestos y gabelas los que hacen frente á si- 
tuación tan extraordinaria. 

Se dirá que el consumo de los ejércitos permanentes 
favorece á la industria y la alimenta; pero no guarda 
proporción con el recargo. 

Si los millones de hombres ocupados en el servicio mi- 
litar estuviesen entregados al trabajo, producirían cuando 
menos lo que consumen', y en este caso, haciéndose más 
fácil la vida, el consumo sería mayor, los impuestos serían 
más llevaderos, pudiendo ser modificados en bien de las 
clases productoras, y los jornales serían más favorables 
para el obrero. Éste es nuestro parecer; porque se ha 



su SANTIDAD LEÓN Xin 319 

notado en la historia económica de los países más bien 
organizados, que la abundancia y el bienestar radican en 
la paz. 

No en la paz armada como la que sostiene la Europa 
hace ya 20 años, sino en la paz verdadera, que reposa en 
la confianza recíproca de las naciones y en el respeto de 
todos los intereses legítimos entre los pueblos civilizados. 

¿Qué importa que no se declaren la guerra, si las po- 
tencias continentales dé Europa están sobre las armas, 
prontas para entrar en campaña en cualquier momento? 

El malestar es evidente; la desconfianza es palpitante; 
las relaciones no tienen toda la franqueza liberal que 
deben tener para mejorar la situación de las clases obre- 
ras y productoras'. 

Ya lo hemos dicho: los impuestos, la dificultad de la 
vida entre las clases proletarias, son las principales cau- 
sas del socialismo. 

Si no existiera la miseria entre los obreros, los alboro- 
tadores, los agitadores de profesión, los ambiciosos vul- 
gares no encontrarían el elemento necesario,, la materia 
prima, las multitudes, en fin, qu^ alimentan esas asocia- 
ciones. 

En América no hay socialismo, ni lo habrá mientras la 
vida entre los pobres sea fácil. 

Sólo el aumento creciente de población podría traer per- 
turbaciones sociales; pero el mal está lejano. 

La América está sin poblar aún, con territorios vírge- 
nes inexplorados: verdadera tierra de promisión por las 
riquezas que encierra y por la belleza natural de su po- 
sición, bañada por los dos grandes océanos, con ríos que 
parecen mares, que la atraviesan en todas direcciones, y 
con una vegetación que no hay otra más hermosa en el 
mundo. 



su SANTIDAD LEÓN 1 



Nada más plnuaible que el socialismo, si se limitase á 
protección mutua entre los obreros, formando cajas 
ira auxiliar á los que estuvieran sin trabajo, á los en- 
rmoB, á los impedidos en determinadas circunstancias, 
irque los hombres deben asocíaríe para procurar el • 
enestar común. 

8u Santidad el Papa bace justicia & la unión entre los 
imbres, recordando doctrinas evnií^lioas qaé dicen: 
>esgraciado del hombre sdlo, porque si él cae, no tendrá 
|uien lo levante. £1 hombre que es ayudado por su 
lermano, e^ como una ciudad fortifícada.* 
jPor qué la Iglesia se preocupa de fomentar las con- 
egaciones y las órdenes religiosas? — Porque ésa es su 
eren; ei bien en los siglos pasados, — como hemos tenido 
¡asión de' decirlo, al recordar hechos históricos, — lae 
lOciaciones ú órdenes i^ligiosas hicieron mucho mal, ba- 
endo podido hacer mucho bien. 

Su extravío transformó el espíritu religioso que única- 
ente debió animarlos, en el fanatismo criminal de la In- 
lisición, de los tormentos y de la hoguera. 
Ijas órdenes religiosas que concurrieron y fomentaron 
IOS males en seis siglos, contribuyeron á desprestig^r la 
flesia Católica. 

Su Santidad ae queja de que la sociedad moderna pros- 
iba ciertas asociaciones religiosas: y ¿cómo no hacerlo 
está aún presente en la memoria de todos el recuerdo 
b1 Santo Oficio, de los Dominicos, de los Franciscanos . 
lie alimentaron las llamas de la Inquisición con la san- 
re de sus hermanos en Jesucristo; de la Compañía de 
loyola, que perturbó las sociedades de Europa con su 
redicación, sus conspiraciones, sus maniobras políticas, 
ae dieron siempre un resultado funesto?- 



su SANTIDAD LEÓN XUI 321 

Hacemos abstracción de lo que ha sido la Compañía 
de Jesús en América, donde ha hecho mucho bien. 

Concluye Su Santidad León 'KUI la famosa Encíclica 
sobre la condición de los obreros, exhortando á todos los 
hombres á agruparse alrededor de la Iglesia, que es la 
verdadera representante de la caridad cristiana, que re- 
sume el evangelio, cuya virtud el Apóstol San Pablo ha 
definido con estas palabras: «La caridad es paciente, es 
«benigna; no busca sino su propio interés; ella lo su- 
«fre y soporta todo.» 

Y termina el Papa diciendo que, como gaje de los favores 
divinos y en testimonio de la benevolencia Papal, acuerda 
á todos de corazón la bendición Apostólica en el Señor. 

Todo cuanto ha dicho el Santo Padre en su Encíclica, 
el mundo lo sabe; pero no ha sido de mal efecto que la 
Santa Sede, siquiera por la primera vez, haya» dado á luz 
un documento con doctrinas sanas y cristianas, sin ana- 
temas ni excomuniones, que no están bien en boca del 
representante de la Iglesia Católica, que debe ser todo 
caridad, paz, benevolencia, tolerancia y virtud, y que no 
debe reconocer enemigos. 

Es la escuela del progreso humano, de libertad, de res- 
peto á todas las creencias, y á la que el Pontífice tiene 
que someterse, porque la experiencia le ha demostrado 
que la religión, como la política, tiene necesariamente que 
marchar de acuerdo con su siglo. 



V 



La historia política universal de Europa repite, en 
cada una de sus páginas, que el afán de los pontífices 
y de los reyes fué proclamar, en todos los tonos, el de- 
recho y procedencia divinajde unos y de otros, durante, 
diez y nueve siglos.. • 

21. 



322 su SANTIDAD LEÓN XIII 

Los papas y los reyes no permitían que se pusiese en 
tela de juicio el origen de su poder y de su autoridad. 

Estaba reservado al Santo Padre León XIII procla- 
mar el derecho divino de la democracia» de la libertad y 
de las repúblicas. 

En la última Encíclica del Papa á los Obispos france- 
ses y á los Cardenales de la misma nacionalidad, les re- 
comienda la adhesión á la República Francesa y el aca- 
tamiento á sus leyes. 

La República tiene inscripta en sus banderas y en sus 
códigos el lema: Libertad, Igualdad, Fraternidad. 

El Papa, al adherirse al sistema republicano, reconoce, 
por el hecho, la libertad de conciencia, la libertad política 
y religiosa. 

Reconoce la fraternidad y la igualdad entre todos los 
hombres, sean ellos católicos, mahometanos, luteranos, 
protestantes, heterodoxos de cualquier religión ó secta. 

Se ve, pues, la trascendencia de este hermoso aconte- 
cimiento, tal vez uno de los más importantes del siglo. 

Los grandes políticos ingleses, franceses y alemanes 
habrán previsto muchas evoluciones, conquistas y suce- 
sos; pero es muy difícil que se le haya ocurrido á nadie, 
que el Pontífice, al terminar el siglo xix, había de procla- 
marse republicano, adhiriéndose á la República Francesa 
de hoy, que no es sino la continuación de la que consa- 
gró con su sangre y sus victorias los Derechos del honi' 
bre en 1789 y 1793, que tronchó la cabeza de los reyes, 
aprisionó á los pontífices y propagó sus doctrinas de li- 
bertad y constitución por todo el mundo. 

Algunos escritores políticos de Europa suponen que el 
Papa se ha visto obligado á dirigir palabras de benevo- 
lencia y de simpatía hacia la República, porque, no en- 
contrando protección la Santa Sede en las monarquías 
para el bien deseado de la devolución del Poder temporal 
del Papado, liace cálculos sobre la guerra futura, que se 
supone próxima entre las principales naciones del conti- 
nente,— Francia y Rusia contra Alemania, Austria é Ita- 
lia;— y como espera el triunfo de las primeras sobre los 



su SANTIDAD LEÓN XIII 323 

segundos, supone que los victoriosos convocarán un Con- 
greso que resuelva sobre la devolución de Roma á la 
Santa Sede y el poder temporal al Santo Padre. 

Todo puede ser; pero no es razonable suponer que las 
naciones europeas vayan á prestarle protección al Papado 
á fin de que reconquiste el poder temporal y la ciudad 
de Roma. 

Cualquiera nación que tal cosa iniciase, tendría en su 
contra á las demás, inclusos los treinta millones de italia- 
nosj que, salvo pequeñas fracciones, no son partidarios 
del poder temporal de los pontífices, pues no se le acuerda 
á la Santa Sede otro derecho que el del poder espi- 
ritual. 

En nuestro concepto, el Papa, siguiendo su sistema de 
conciliación, no quiere ir contra la corriente de la Demo- 
cracia. 

Presume, tal vez, que la Monarquía está muerta en Fran- 
cia; que la República vivirá, y que en el contacto con 
las demás naciones, con Italia, por ejemplo, puede muy 
bien sustituir al trono de Saboya la República. 

Su Santidad se hará quizás estas reflexiones: 

Austria, Alemania é Italia no pueden hacer duradera 
la triple alianza; su situación financiera no es sostenible. 

Dos soluciones distintas puede tener la triple alianza: 
la guerra, en primer término; ó bien la separación del 
Austria del tratado. 

Si Austria se separa de la triple alianza, Italia la se- 
guirá, y Alemania quedará sola. 

Rusia y Francia le declararán la guerra, y el resultado 
no puede ponerse en duda. 

La República tiene que manifestarse en el corazón de 
Europa, y el Pontificado, entonces, que ha hecho méri- 
tos adhiriéndose resueltamente á ella, puede muy bien 
merecer algún beneficio. 

La actitud liberal del Santo Padre es muy censurada 
por los ultramontanos y por el clero superior. 

Los obispos y cardenales, así como los ricos que mili- 
tan con ellos, le han hecho conocer al Papa los peligros á 



324 su SANTIDAD LEÓN XIII 

que se expone; le han hecho saber que los católicos fer- 
vientes han de excusarse de enviar su óbolo al tesoro de 
San Pedro; pero el Pontífice, hombre superior, les ha con- 
testado que es necesario seguir el movimiento de la demo- 
cracia que avanza, que sus trabajos son para el futuro, 
con estas palabras: 

«Sé que mi política republicana tropieza en Francia 
« con grandes resistencias en el clero; pero yo las destrui- 
« ré todas. Por lo demás, el porvenir es mío. La próxima 
«generación aplaudirá mi obra y recogerá sus frutos.» 

Y lo más digno de notarse es que Jas doctrinas repu- 
blicanas de León Xlll empiezan á ganar terreno en Ro- 
ma. Algunos de los cardenales, como Rampolla, Secreta- 
rio de Estado de la Santa Sede, afirman que el porvenir 
es de la República. 

De modo que si el Papfi terminase su carrera en el 
mundo, por su avanzada edad, sin ver difundirse la Re- 
pública por Europa, deja la semilla de la propaganda, y 
fácil es que el Papa que lo sustituya siga sus aguas en 
la política por él iniciada. 

«Nada es inmóvil en el mundo, ha dicho San Agustín; 
todo sufre mudanzas. El verano reemplaza al invierno, el 
día á la noche. 

«¿Cuánto no se modifica, el hombre al pasar de la in- 
fancia á la juventud, de la adolescencia á la edad ma- 
dura y á la ancianidad? ¿Y las reglas, las leyes, no su- 
fren mudanza en la edad? 

«¿Lo mismo pasa con las revelaciones que Dios hace á 
la humanidad. 

«Sabe lo que conviene á cada tiempo, á cada edad; to- 
das esas modificaciones, cuya naturaleza se nos escapa, 
forman en los designios de Dios una bella armonía.» 

¿Qué extraño, pues, que el- Papa haya modificado sus 
opiniones hasta el extremo de declararse republicano? Se 
habrá dicho: la democracia viene avanzando sin tropiezos; 
los tronos de los reyes y de los emperadores crujen, des- 
truidos y gastados por el tiempo, amenazando ruina; la 
República, los derechos del hombre, la libertad, toman 



8U SANTIDAD LEÓN XIII 325 

resueltamente su lugar. Acompañemos, pues, Ja conquista 
y la reforma de los pueblos, porque cuando menos pro- 
baremos que no somos refractarios al progreso de la hu- 
manidad. 

Los Pontífices, se ha dicho seguramente Su Santidad 
León XIII, no debemos ser en la tierra sino elementos 
auxiliares de la Providencia en el orden político y social, 
para coadyuvar al orden, á la paz y á la justicia entre 
los hombres. 

«Mi reino no es de este mundo,» ha dicho Jesús. 

Es una conquista del progreso muy de notarse, que el 
Pont¡fic2ldo siga é imite la doctrina del Divino Maestro. 

rlfodos los hombres pensadores que asisten al final del 
siglo XIX tienen su atención fija en la última palabra 
del Santo Padre León XIII, porque admiran en ■ él al 
filósofo ilustre que completa la evolución del Pontificado 
en el centenario de la Revolución política del siglo pa- 
sado,— fecha memorable de 1793,— que proclamó los dere- 
chos del hombre. 

La última Encíclica que se anuncia, abrazará, sin duda, 
cuestiones políticas y sociales de gran interés, tanto más 
cuanto que, considerando sea ésta la última, por lo avan- 
zado de la edad del Pontífice, tratará Su Santidad de de- 
jar grabadas en ella sus grandes y extensas vistas. 

Así mismo, quiera el Cielo conservar aun por muchos 
años la preciosa vida de Su Santidad, pues entre los hom- 
bres pensadores se tiene la convicción de que su sabidu- 
ría y su propaganda cristiana, justa y liberal, ofrecen á 
la humanidad agradables y benéficos horizontes. En otros 
artículos diseñaremos, á grandes rasgos, el Pontificado po- 
lítico del ilustre León XIII durante el tiempo que lleva 
en el trono de la Iglesia. 

Escrito en Marzo 30 de 1894. 



PONTIFICADO político ' 

DE 8. s. LEÓN xirr 



fS bli^ráScoa. — Panlelo con el (Lustre Pipa Pío IX. — Dlplomgcin j 
elODís con loa demis pifsea— Origen dsl loclallsmo.— La CumpsaiD 
Fesúl.— La ÍD&libiJidad Papal.— Oplnionea del Obispa Ur. Dupaulwp. 
a República » el mpjor sialsnia de gobierno.— El Cardenal LaTÍ^rie.— 
U del Emperador Guillermo II de Atemania £ Leóo Xlll. 



1 artículos anteriores ofrecimos disefiar á grandes ras- 
el Pontificado político del ilustre Pontífice Romaao. 
litan la tarea las Encíclicas y discursos escritos 6 pro- 
bados por el Santo Padre, tendentes á la unión en- 
03 hombres y fraternidad entre loa pOeblos, precia- 
do la justicia. 

Itimamente ha concurrido á Roma gran número de 
;riuos españoles, con objeto de presentar & Su Santi- 
los homenajes de su respeto y de su admiración por 
abiduría y bus virtudes. 

Papa los ha recibido dignamente, dirigiéndoles un 
toso discurso, en que condensa sus aspiraciones y los 
es sentimientos que le animan en bien de la humani- 

sin acordarse del poder temporal ni de los bienes 
tríales del Pontificado; ni una palabra hiriente ni de 
a ha salido de sus labios. Su afán es ver resplaude- 
e la paz y el respeto á los Poderes constituidos. Ha 
[>:— <La política y la religión pueden marchar unidas 
lismo objeto, teniendo como único punto de mira el 
estar de las nac¡ones.> 



PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XHI 327 



Su Santidad León XIII, que sucedió en Febrero de 
1878 al Papa Pío IX, es hoy un anciano de 84 años. 

Nació el 2 de Marzo de 1810 en Carpinetto D'Agni, 
Estados Romanos. Su nombre de familia es Pecci (Joar 
quín). 

Su padre fué un noble italiano, oficial en los ejércitos 
napoleónicos. Su madre, la Condesa Ana Büzzi. Nume- 
rosa es su familia, compuesta de las principales del país. 

Bajo el reinado del Papa Gregorio XVI, entró en el 
Gobierno de la Iglesia. 

Desde el principio se notaron en él disposiciones de ad- 
ministrador, dotado además de espíritu conciliador. 

Fué nombrado Delegado á Benevento, y se concretó á 
reprimir con mano fuerte el brigandaje 6 bandolerismo. 

En 1843, Arzobispo de Damieta, in partibus infídelium, 
y enviado como Nuncio Apostólico á Bruselas. 

Demostró facultades poco comunes para la diplomacia. 
En 1853 fué nombrado Cardenal, y en 1878 Papa. 

Su carrera eclesiástíca, como se ve, ha sido larga, pero 
sin mayores relieves que lo hubieran acreditado hombre 
superior. Sin embargo, en el concilio último, en Roma, puso 
en evidencia conocimientos teológicos que llamaron la aten- 
ción de aquella numerosa reunión de Obispos que, como 
se sabe, aparte de los Cardenales, desfilaron ante su San- 
tidad Pío IX en número de 683, procedentes de todas las 
partes del mundo en donde se halla representado el catoli- 
cismo. 

De Oriente venían los Patriarcas con sus trajes singu- 
lares, cubiertos de pedrerías preciosas. De América, los 
Obispos con sus vestiduras de seda, de gran precio; per- 
sonajes los más acaudalados por sus familias ó por la 
generosidad de sus feligreses, llevaron al Santo Padre ri- 
cos dones para el Tesoro de San Pedro. 



•r». 



328 PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIH 

De las posesiones inglesas (católicas) también concu- 
rrieron en gran número. 

£1 total del Cuerpo Episcopal en el mundo cristiano se 
componía en la época de 921 Obispos, det modo qu^ los 
presentes en el concilio llamado Vaticano, de 1870, repre- 
sentaban más de dos terceras partes. 



II 



León XIII es una persona de elevada estatura, su- 
mamente delgado, de rostro, agradable, simpático y bon- 
dadoso. 

Al revés de Pío IX, que tenía un carácter expansivo, 
vivacidad y fácil y elocuente palabra, León XIII es apá- 
tico, reservado, habla poco y escribe mucho. 

Pío IX, rápido en sus resoluciones, vehemente, belicoso, 
si sé quiere, como un antiguo caballero, y León XIII re- 
flexivo como un Abad en contemplación, tardo en pro- 
nunciarse, cauteloso, buscando la conciliación en todos 
los casos que interesa á la Iglesia y á todos, forman un 
contraste completo, digno' de estudiarse. 

León XIII, al recibirse del Pontificado, se encontró con 
querellas pendientes entre la Santa Sede y varios países. 

Lo ponía en evidencia el limitado número del cuerpo 
diplomático en las grandes solemnidades de la Iglesia. 
Con Bélgica y Austria no pudo la Santa Sede llegar á 
un acuerdo en sus disidencias religiosas, y los represen- 
tantes de esas naciones en Roma se retiraron. 

El Papa se veía rodeado de grandes dificultades. 

La cuestión de la hacienda lo preocupaba seriamente; 
empezó por hacer economías, y á disgustar, por lo tanto, 
á los servidores de la Santa Sede. Verdad es que él no 
aspiraba ni aspira á la popularidad : le complacen la so- 
ledad y el estudio. 

Los disentimientos de la Iglesia, alimentados por Pío IX, 
tenían por origen, en casi todos los casos, el desacuerdo de 



PONTIFICADO POLÍTICO DE S. 8. LEÓN XIU 329 

los ultramontanos con las ideas de progreso que se acen- 
tuaban cada vez más. Pío IX, después de 1870, fué muy 
distinto de lo que había sido antes. 

La pérdida del poder temporal lo había descorazonado 
por completo, y no preocupándose ya mucho de los asun- 
tos del Vaticano en sus relaciones con los demás pueblos, 
dejaba hacer á los que lo rodeaban. 

León XIII, comprendiendo la gravedad de aquella si- 
tuación, se esforzó por atenuar los malos efectos del pa- 
sado y hacer realizable el propósito manifestado por 
Pío IX en sus comienzos, hacia el año 46 y siguientes; 

esto es, conciliar d ía Iglesia con las aspiraciones moder- 
nas. 

Lo que había sido difícil para su antecesor, en medio 
de las revoluciones de los pueblos, que exigían garantías 
de libertad con las armas en la mano, creía León XIII 
que le sería posible obtenerlo en medio de la paz, de la 
unidad de Italia y de un gobierno fuerte y conciliador. 
Por esto su afán en buscar amistades y relaciones útiles 
en Francia, en Alemania y en Austria. 

A pesar de la pérdida del poder temporal del Papado, 
éste tiene en mucho la política, á la qua presta seria aten- 
ción. 

Las asechanzas de que eran objeto en 'Europa algunos 
soberanos por parte de los partidos que se agitaban en la 
sombra, hacían pensar al Pontífice que su intervención po- 
día calmar esas pasiones. 

El socialismo había tomado proporciqnes asustadoras 
en Alemania, era el único enemigo serio que por enton- 
ces tenía á su frente el gran Canciller de hierro Bismarck ; 
él había resuelto todas las cuestiones políticas y comer- 
ciales : le quedaba por resolver la social. 

Varias veces hemos hablado de socialismo : vamos á es- 
bozar ligeramente su origen, sus propósitos y su progreso. 



330 PONTIFICADO POLÍTICO DE 8. 8. LEÓN XIII 



m 



Ei punto de partida del socialismo está en las dificul- 
tades de la vida del obrero. Los artículos de consumo su- 
ben por efecto de la demanda ó se mantienen en su pre- 
cio, mientras que el jornal del trabajador baja por el ex- 
ceso de brazos. 

En suma, la lucha entre el trabajo y el capital, lucha 
que viene de lejos, se acentuó y organizó en el corazón de 
la Europa, después de la revolución de 1849. Las asocia- 
ciones de obreros, con ese fin especial, empezaron á fun- 
darse con empeño. « La Internacional > sonó entonces en 
todos los oídos. Los gobiernos le dieron poca importancia, 
y unas veces Napoleón III, y otras Bismarck, la miraron 
con ojos cariñosos por sus fines políticos. La misma In- 
glaterra no fué indiferente á la simpatía que inspiraban 
esas asociaciones, y la aristocracia alentaba á los obre- 
ros á independizarse. 

Las huelgas dieron comienzo con el objeto de dominar 
al capital y ser á su turno los señores. Se fundó en Lon- 
dres la «Asociación Internacional de los Trabajadores». 
Esta fué su denominación oficial. 

Karl Marx un joven alemán de espíritu vivaz, inteli- 
gente y con bastante valor y audacia, le dio impulso; él 
había redactado sus Estatutos y dirigido su organización. 

Se extiende como una gran red de acero por toda la 
Europa y liga en sus mallas todos los intereses: los de 
la burguesía y los de la nobleza, los de la paz y los de 
la guerra. La Comuna fué su obra, y la agitación de las 
huelgas constantes, la revolución en perspectiva siempre, 
y la anarquía con la dinamita, su resultado. 



PONTIFICADO POLÍTICO DE S. 8. LEÓN XIII 331 



IV 



La Banta Sede no estaba en buenos términos con el 
Gobierno alemán, á causa de las discusiones de Pío IX, 
que había fulminado anatemas en su contra, pensando 
ver un nuevo Lutero en Bismarck. 

León Xlir creyó que era el momento de reanudar las 
relaciones interrumpidas, y publicó una Encíclica contra el 
socialismo, encarándose con los que combatían al Go- 
bierno alemán. 

Decía que el socialismo no era efecto de otra causa 
que de la falta de Religión en las sociedades, puesto que 
no teniéndose en cuenta para nada la noción de Dios, del 
alma, de la vida futw^a, el todo de la felicidad ha sido com- 
prendido en la vida presente, 

A nuestro juicio, ha dicho la verdad en su conclusión, 
ó sea que la vida presente primaba sobre todo lo demás, y 
esto, en rigor, no puede ser motivo de censura. 

Y con este motivo conjuraba á los príncipes á estre- 
charse con la Religión, pues los intereses de ésta y del 
Estado formaban uno* solo, desde que la decadencia de 
la primera influía sobre el segundo. 

La Encíclica del Santo Padre hizo buen efecto en el 
Canciller Bismarck, y de ahí que el político profundo re- 
solviera acercarse á la Santa Sede, nombrando un repre- 
sentante de Alemania, que lo fué un magnate del im- 
perio. 

El Papa había sido hábil al incensar al Emperador de 
Alemania, llamando magnánimo al mismo que Pío IX, 
poco antes, llamara en sus Encíclicas Azote de Dios. 

Esto demuestra que la diplomacia entre los Pontífices, 
representantes de Dios en la tierra (según ellos), procede 
de igual manera que la de los demás hombres, que sólo 
son representantes de sí mismos. 

Esta política de conciliación iniciada por León XIII 



332 PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIII 

ofreciendo á todas las naciones el olivo de paz, era obra 
exclusivamente suya, pues el Cardenal Antonelli, que 
había servido los intereses del Vaticano bajo el reinado 
de Pío IX, no podía hacer ahora lo contrario de lo que 
había hecho antes. 

Cerca . del Pontífice actual no era más que un simple 
Secretario, como los Cardenales Franchi y Nina, hacién- 
dose una excepción con el cardenal Jacobini, que vino 
después, y que ha sido un verdadero Secretario de Estado, 
con las mismas vistas del Papa respecto de la actitud 
que se debe asumir en las relaciones con el Poder civil 
en Italia y en los demás países. 

Además, el Papa, soñando siempre con la restauración 
del poder temporal, tiene que seguir y acompañar la mar- 
cha dé los sucesos, por si en el flujo y reflujo de los in- 
tereses encontrados de Europa, la tempestad que se pro- 
duzca llega á levantar una ola que ponga á flote el 
esquife que se halla á pique en el fondo del mar desde 
1870. • 

Por* otra parte, el recuerdo del belicoso y entusiasta Pío 
IX tiene siempre en agitación á los católicos fanáticos y 
ultramontanos de todos los países. 

El clero, que vive bien y tiene aseguradas su congrua 
alimentación y sus economías, pooo se preocupa ya del 
poder temporal del Papado; porque dice, y con razón, que 
esos beneficios sólo alcanzaban á la Corte romana, 4 los 
Cardenales, á los grandes señores que rodean al Santo Pa- 
dre; pero á los que influían en sus^espectivos países, y 
que á la vez tenían su lugar en la Corte romana cerca 
del^ Papa-Rey, á los agentes de los donativos para el te- 
soro de San Pedro, á esos les importa mucho, porque han 
perdido la influencia política que el poder temporal del 
Papa les reflejaba. 

Incensando á Bismarck y al Emperador, Su Santidad 
se dio el placer de ver subir las escalinatas del Vati- 
cano á un plenipotenciario del Imperio alemán, la pri- 
mera potencia, militar por entonces; pero ofendió á la Fran- 
cia, pues llamar magnánimo á Guillermo I era lo mismo 







PONTIFICADO POLÍTICO DE 8. S. LEÓN XIII 3.Í53 

» 

que dar una bofetada á la nación más generosa del Con- 
tinente para los Pontífices; á la Francia, que había gas- 
tado sus tesoros y derramado su sangre por sostener el 
poder temporal de los Papas durante 30 años de este 
siglo* 

De modo que lo que ganó en amistad con los protes- 
tantes del Rhin alemán, lo perdió en consideración con 
los católicos vencidos del Sena. 

Pretendió el Santo Padre quedar bien con las dos na- 
ciones, pero el Gobierno francés desdeñó las cortesías de 
la Santa Sede. 

En breve iba á tener la prueba del desdén con que 
el Gobierno de la República francesa miraba al Vati- 
cano. 

La Compañía de Jesús había vuelto á abrir sus cole- 
gios en Francia y á reunirse con el modesto nombre de 

m 

congregaciones: pues bien, en Marzo de 1880, el Gobierno 
dio un decreto suprimiéndolas y cerrando sus colegios. 

£1 asunto hizo mucho ruido. £n balde el Papa, por 
intermedio de M. Craki, nuncio en París, hizo gestiones 
cerca de M. Freycinet en favor de las congregaciones 
suprimidas: el hecho se había consumado ya con alguna 
violencia tal vez y mucha resonancia, y no era posibje 
volver atrás. 

Es necesario también reconocer que la Compañía de Je- 
sús de hoy no es la misma de los siglos xvii y xviir. 



EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS 

Reinaba en Roma el Papa Clemente XIII á mediados 
del siglo pasado, quien veía prepararse en toda Europa 
la tempestad que amenazaba á la Compañía de Jesús. 

La disolución del clero era alarmante, y el Pontífice, 



334 PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIII 

á pesar de sus esfuerzos por contenerla, se consideraba 
incapaz para dominarla. 

Trató también de proteger á los jesuítas contra las per-r 
secuciones de que eran objeto, y al efecto expidió una 
bula, Apostolicam, en 1765; pero la causa de lo» hombres 
negros, como se les llamaba, estaba perdida. 

Carlos III era el Rey de España á la sazón, y se ha- 
bía impuesto la tarea, con sus Ministros Aranda, Campo- 
manes y Florida Blanca, de restaurar á España y arran- 
carla á su embrutecimiento y decadencia. 

Se acusaba á los jesuítas, en todas partes, de acumular 
sumas fabulosas con perjuicio de los pueblos en que actua- 
ban, y de con&pirar contra el poder civil. 

De Francia ya habían sido expulsados por decreto del 
Parlamento en 1764, como lo fueran antes de Portugal. 

Sus riquezas en bienes confiscados se elevaban á la suma 
de sesenta millones de francos de la época, la que, compa- 
rada con el valor de la moneda de hoy, subiría á dos- 
cientos millones. 

En Francia había entonces como 4,000 jesuítas, y se- 
gún se desprende de la información respectiva, todas las 
rentas de la Compañía pasaban á Roma. 

El Papa protestó contra la expulsión por el Gobierno 
francés, en el breve ó decreto ya citado. 

España siguió á Francia, y en un mismo día, el 2 de 
Abril de 1767, fueron ocupadas las casas de los jesuítas 
por gente armada, expulsándolos por la fuerza. 

He aquí la orden del Rey: 

«Os revisto de toda mi autoridad y poder real para que 
en el acto os presentéis con fuerza armada en las casas de 
la Compañía de Jesús, y los conduzcáis como prisione- 
ros al puerto indicado, en el término de 24 horas, donde 
se embarcarán en los buques que les están destinados. 

«En el momento mismo de la ejecución pondréis sellos 
en los archivos de las casas y en los papeles de los indi- 
viduos, sin permitir á ninguno llevar otra cosa que los li- 
bros de oraciones y la ropa necesaria para la travesía. 



PONTIFICADO POLÍTICO DE 8. 8. LEÓN XIII 335 

. «S¡ quedase un solo jesuíta, aunque sea enfermo ó mo- 
ribundo, seréis castigados de muerte.» 

^ Yo el Bey, ^ 

El mismo día se publicaba la pragmática-sanción, en 
que decía el Rey que, «obligado por motivos de la mayor 
importancia, tales como la obligación en que estaba de 
mantener la subordinación^ la paz y la justicia entre sus 
pueblos, se había dignado expulsar de su Reino á todos 
los individuos de la Compañía de Jesús, y confiscar sus 
bienes.» 

Los jesuítas, decía el Ministro español Roda á Nicolás 
de Azara, se habían apoderado de los tribunales, de los 
conventos de religiosos y religiosas, de las casas de los 
grandes y de los ministros, de suerte que lo oprimían 
todo; dominaban las conciencias y dominaban á España. 

A las observaciones del Papa, el Rey Carlos III con- 
testó: «Puesto que no son mis vasallos, sino los del Ge- 
neral de la Compañía y del Papa, que están en Roma, 
allá se los mando.» 

Los buques españoles se hicieron á la vela con des- 
tino á Civita- Vecchia, llevando á su bordo algunos miles 
de jesuítas, todos los que se encontraban en España. 

Cuando apareció la escuadra á la vista (Je aquel puerto, 
fué recibida á balazos por los cañones del Papa. Ni éste, 
ni el General de la Compañía quisieron recibir á sus her- 
manos, so pretexto de que no tenían con qué alimentar- 
los, á pesar de que el Gobierno español decretó una pen- 
sión de cien pesos fuertes á favor de cada miembro de 
la Compañía de Jesús expulsado de sus Estados. 
. La escuadra tuvo que virar de bordo, por no compro- 
meter la vida de aquellos infelices. 

A los Jesuítas expulsados de Portugal y de Francia se 
lesTiabía recibido antes con mucha frialdad; pero á los 



336 PONTIFICADO POLÍTICO DE 8. S. LEÓN XIII 

procedentes de España, que eran muchos más, la Santa 
Sede los rechazaba de los Estados Romanos. 

De Genova, de Liorna, también los rechazaron ; en nin- 
guna parte de Italia los querían: su fama era nebulosa. 
La escuadra no pudo desembarcar su misteriosa carga 
sino en Córcega; pero como en breve fué vendida esta 
isla á Francia, fueron expulsados nuevamente, conclu- 
yendo por dispersarse. 

El n amero total de jesuítas en todo el mundo ascen- 
día, cuando fueron expulsados de España, á 22,787. 

De éstos, había en los dominios españoles 5,014. 

El número de casas- colegios de la Compañía, en su to- 
talidad, era de 1,365. 

Én seguida Ñapóles, Parma y Malta siguieron el ejem- 
plo, expulsando 4,000 jesuítas. 

En balde Clemente XIII excomulgó al Duque Fer- 
nando de Borbón y á todos los que expulsaban á los 
miembros de la Compañía de Jesús. 

Esta furiosa excomunión de Clemente XIII hizo per- 
der á la Santa Sede varios Estados. Francia se apoderó 
de Aviñón y del Condado de Venaissin, y el Gobierno 
napolitano tomó posesión de Benevento y Ponte Corvo. 

Entonces se mandó leer la bula In ceiía Domini, del 
Papa Julio II. 

Un Cardenal Diácono la leía, desde el tiempo del Papa 
Pablo II, el jueves santo, á la puerta de San Pedro en 
Koma, en presencia de Su Santidad, y éste arrojaba en 
medio de la plaza una tea encendida, para advertir á los 
pueblos cristianos que Dios quemará en el infierno al que 
viole las leyes de dicha bula. 

De nada valieron esos recursos que hacían temblar en 
otra época: los jesuítas eran expulsados de todas partes, 
y, como se ha visto, de los mismos Estados romanos. 

Desde entonces la* Compañía de Jesús pudo conside- 
rarse disuelta de hecho, pero faltaba que lo fuese legal- 
mente. 



PONTIFICADO POLÍTICO DE 8. S. LEÓN XIII 337 



VI 



SUPRESIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN 1773 



Sucedió á Clemente XIII en la silla Pontificia un fa- 
moso franciscano, Ganganelli, que reinó con el nombre 
de Clemente XIV. 

A su advenimieírtto á la Santa Sede, se encontró con 
que la Compañía de Jesús estaba casi disiielta por la ex- 
pulsión de sus miembros de una gran parte de Europa y 
de la América española. 

Aquellos hombres en desgracia tenían que someterse á 
abandonar los hábitos del jesuíta, renunciar á su propa- 
ganda y vivir aisladamente de su trabajo, porque de otro 
modo eran expulsados de todas partes, ó bien ingresar 
en otras órdenes religiosas que garantizasen sus costum- 
bres en lo futuro. 

En esta situación, y urgido el Papa por los Gobiernos 
de Francia y de España á ñn de que suprimiese la Com- 
pañía, preparó el célebre Breve que ha sido tan comen- 
tado. 

Por otra parte, toda la Italia se había alzado contra la 
existencia de los- jesuítas en sus Estados. En la misma 
Roma, á la vista del Papa, eran objeto de ejecuciones 
en sus bienes para pagar deudas contraídas por la Com- 
pañía. 

Desde luego el Papa se vio en la necesidad de ceder 
á las exigencias de todos, extraños ó no. 

Las demás órdenes religiosas, y también la Inquisición 
General, que siempre vio en los jesuítas enemigos ocul-" 
tos, resolvieron la cuestión aconsejando al Papa la me- 
dida de supresión, que consideraban conciliatoria, porque 
los tiempos iban marchando á una revolución política, 
social y religiosa, ya anunciada por los filósofos, y aun 

22. 



338 PONTIFICADO POLÍTICO DE B. 8. LEÓN XIH 

por los hombres superiores de la Iglesia, como el Obispo 
de Cambray, Fenelón, y no había tiempo que perder. 

Finalmente, el 21 de Julio de 1773 se publicó el fa- 
moso Breve denominado Dominus ac Bedemptor, que su- 
primía la Compañía de Jesús. 

El General de la Compañía, el padre Rizzi, fué preso, 
obligado á vestirse de clérigo y encerrado en el castillo 
de Sanf Angelo; formáronle un proceso, negó que hu- 
biese ocultado caudales, pero confesó sus relaciones se- 
cretas con el Rey de Prusia, que á la sazón lo era Fe- 
derico II, protestante, y amigo de Voltaire, de D'Alem- 
bert y de los filósofos del siglo xviil 

Los Establecimientos y Colegios, incluso el Palacio Gesú, 
de los jesuítas, fueron cerrados, lacrados sus papeles, é 
impedidos de oficiar, siendo guardados por la tropa. 

Los frailes capuchinos se hicieron cargo de sus iglesias. 

Cuando el Papa firmó el Breve, dijo admirando su 
obra: «Ya está aquí la deseada supresión; no me arre- 
piento de lo que he hecho. No me he determinado á ello 
sino después de pensarlo maduramente. La firmaría de 
nuevo si fuese necesario; pero firmando esta supresión, 
agregó, firmo mi sentencia de muerte.» 

Al año siguiente murió, en Septiembre de 1774. 

El Breve de supresión de la Compañía de Jesús fué 
cumplido en todos los países católicos; pero en los no ca- 
tólicoSy en que toleraban á los jesuítas, éstos no recono- 
cieron la autoridad del Pontífice, porque decían que no te- 
nía facultad para suprimir su Instituto. Bin duda era una 
jactancia de la Compañía, porque dependiendo en abso- 
luto del Papa y habiendo sido autorizada por él, lo justo 
era que tuviese autoridad para suprimirla. 

Ellos siguieron en Asia, en Prusia, en Rusia y en los 
países escandinavos, y también en Estados Unidos, donde 
no hay Iglesia oficial. 

El ex General de los jesuítas permaneció preso, tratado 
sin miramientos, en el castillo de Sanf Angelo, en donde 
murió en Noviembre de 1775, dos meses después del Papa 
Clemente XIV. 






l»ONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIII 339 



Vil 



Finalmente, la Compañía de Jesús fué restablecida por 
el Papa Pío Vil en 1815. 

En la actualidad no puede ser peligrosa: la experien- 
cia está hecha. 

En América, la Compañía no ha podido ser censurada 
con razón. Sus miembros, esparcidos por todo este con- 
tinente, han* sido ejemplo de virtud y abnegación. 

La Inquisición del tiempo del coloniaje miraba á los 
jesuítas como á enemigos, porque éstos reducían por el 
convencimiento, por la bondad, y los inquisidores por la 
tortura y por las llamas. 

La historia de las reducciones de los jesuítas en el Pa- 
raguay, hace pensar que si esa Compañía hubiese exis- 
tido en -el siglo xv, cuando el descubrimiento de Amé- 
rica, y en lugar de franciscanos y dominicos hubieran 
acompañado á la conquista jesuítas, las reducciones de 
los indios* no hubieran sido tan sangrientas. 

Exploraban los desiertos guiados sólo por su abnega- 
ción y su fe. Reducían al salvaje por la persuasión y la 
dulzura, los instruían y les enseñaban el medio de ga- 
narse la vida con honradez, cultivando la tierra y dedi- 
cándose á otros trabajos productivos. 

Los jesuítas en América eran hombres útiles, y fué una 
injusticia el expulsarlos. 



VIII 

Volviendo á Su Santidad León XIII, pensamos que la 
circunstancia de no ser simpática la Compañía de Jesús 
en Europa, ha influido para que el Santo Padre no s^ 
haya dado por ofendido por el golpe asestado á los je- 



340 PONTIFICADO POLÍTICO DE S. 8. LEÓN XIII 

suítas en ^Francia, como hemos dicho, pues han conti- 
nuado las relaciones internacionales con el Gobierno de 
la República como si nada hubiese ocurrido. 

El Nuncio Apostólico ha seguido en París visitando al 
Ministro de Relaciones Exteriores y presidiendo al Cuerpo 
Diplomático, porque es de práctica consagrada después 
de la caída del Poder temporal del Papado, conceder al 
Nuncio de Su Santidad, como una deferencia al Jefe de 
la Iglesia Católica, el primer puesto en las recepciones 
oficiales. 

Como se ve, León XIII no quería alimentar ni fomen- 
tar querella alguna. 

Seguramente ha comprendido que el medio de hacerse 
respetable el Papado entre las demás naciones y en medio 
de la democracia que avanza, es manifestarse humilde y 
no romper una lanza con nadie ni por nada. 

Hace ya diez y seis años que el Santo Padre se en- 
cuentra al frente de la Santa Sede, y no hay ejemplo de 
que en sus Encíclicas haya lanzado un anatema. No 
es sin duda porque León XIII carezca de firmeza y de 
carácter, no;" porque ha dado pruebas de poseer algo más 
que simple firmeza, — sino porque dándose cuenta de su si- 
tuación, alimenta un ensueño, y es el de ver restaurado 
el Poder temporal del Papado, haciendo méritos de hu- 
mildad y de paciencia. 

De seguro está en error; ¿pero qué ganaría con mos- 
trarse belicoso como Pío IX, haciendo alarde de un po- 
der que no existe ya, y apresurar por la intolerancia la 
separación de la Iglesia y el Estado? 

La Iglesia vive respetada, con el esplendor que la acom- 
paña, por la influencia del poder civil que la protege y 
la sostiene. El día que ese auxilio le falte, será como cual- 
quiera otra comunión religiosa sin influencia, y exterior sin 
brillo. Los Pontífices, para ser respetables, tendrán que 
ser liberales y republicanos, y abandonar para siempre 
las veleidades de infalibilidad, en que hombres tan emi- 
nentes como los últimos Papas, no pueden creer de una 
manera sincera, como decía Mr. Dupanloup, ilustre Obispo 



-PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIII ► 341 

de Orleáns, al día siguiente del Coricilio.de 1870 en Roma. 

Dupanloup era una autoridad de la Iglesia: por esto 
lo citamos; y pocos hombres habría en el Concilio, entre 
el gran número de obispos presentes, que tuvieran más 
autoridad que él, por su saber, por sus méritos y por su 
carácter. 

Fiel defensor del Papado, no lo acompañaba, sin em-* 
bargo, en las excentricidades que le hacían perder terreno 
en el concepto del mundo cristiano, que piensa y observa 
el movimiento creciente de la democracia. 

El Obispo de Orleáns había sentido el golpe dado-á 
la Iglesia por Pío IX con el «Syllabus», — que fué tam- 
bién una decepción para los católicos bien intencionados 
y liberales,— y trató de explicar el espíritu, que'á su jui- 
cio era contrario á la letra; en suma, se esforzó en en- 
mendar la plana á su general, pero sin resultado. 

En la cuestión de la infalibilidad Papal, introducida en 
el Concilio casi á última hora, po» trabajos de zapa de los 
católicos laicos, Mr. Dupanloup, en unión con otros obis- 
pos, que constituían una minoría, hizo llegar á oídos del 
Santo Padre Pío IX sus temores de que asunto tan de- 
licado se tratase en pleno siglo XIX; pero fué inútil: 
todos sus esfuerzos se' estrellaron contra la insistencia de 
los apasionados del pensamiento, que recurrieron á la 
prensa y á una esp.ecie de plebiscito parcial. 

La Santa Sede y sus entusiastas partidarios habían 
perdido la cabeza: querían más, pretendían restaurar el 
«Schema de Ecclesia». Este *Scbema» era una teoría que 
los Pontífices de la Edad Media proclamaban, y no era 
otra Cosa que la «dominación del poder espiritual sobre 
lo temporal»; á saber: el poder de |los Papas sobre las 
testas coronadas, ó, mejor dicho, sobre la autoridad civil 
en cualquier forma que esté representada. 

El Obispo de Oríeáns y sus amigos obtuvieron que esa 
monstruosidad fuese retirada ó aplazada; pero no pudie- 
ron obtener lo mismo respecto de la infalibilidad pon^ 
tifícal. 

La mayoría de los obispos concurrentes al Concilio, 



342 PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIII 

Bometidos á la Santa Sede en lo espiritual como en lo 
temporal, muchos de ellos gobernando diócesis ricas y 
bien rentadas, y otros, obispos «in partibus», no habían 
de comprometer su situación porque el Papa fuese de- 
clarado infalible ó no. 

Desde luego el triunfo era seguro; pero los obispos di- 
^sidentes, con Mr. Dupanloup á la cabeza, fundaron su 
voto en contra. 

El Cardenal T^ecci, hoy León XIII, que ya había to- 
mado el pulso á la cuestión, y que veía seguramente en 
el horizonte la tiara, porque Pío IX era ya muy anciano 
y se inclinaba hacia la tierra, defendió el proyecto con 
sabiduría y sinceridad, convencido de que era perfecta- 
mente legal. 

Al terminar su vida. Pío IX tenía en su contra, á pe- 
.sar de sus méritos personales, la opinión de Francia, 
Alemania, Suiza, Bélgica, Austria y la de su propia pa- 
tria, la Italia liberal, eoncluyendo por perder el poder 
temporal. 

Ese fué el resultado del «Syllabus» y de la «infalibi- 
lidad Papal». 

León XIII, como se ve, ha sido el heredero de todos 
los odios acumulados en contra del Pontificado, y ha te- 
nido y tiene necesidad de conjurar sus efectos en el 
mundo cristiano. Ha adoptado por divisa que la forma 
de gobierno de cualquier pueblo civilizado, no obsta á 
que sea compatible con la Santa Sede y la Religión 
Católica. 

Se ve en la necesidad, constantemente, de moderar el 
entusiasmo ó fanatismo real ó aparente de algunos obis- 
pos,' haciéndoles comprender cuál es la situación del po- 
der espiritual, que no puede pretender más que lo justo. 

Los obispos franceses, no hace mucho, se hicieron los 
sorprendidos y alarmados por el vuelo que tomaba la 
República en Francia. 

El Cardenal Lavigerie, un hombre eminente por su sa- 
ber y por su talento. Arzobispo de Cartago,— que ha he- 
cho mucho bien á la Religión Católica levantando una 



PONTIFICADO. POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIII 343 

hermosa Catedral y muchos otros templos en las pose- 
siones francesas en África, y por su propaganda piadosa y 
sabia,— en un elocuente discurso pronunciado en Argel en 
1891, así como en muchos escritos publicados bajo su 
firma, declaró que todos los católicos deoían apoyar á la 
Eepública francesa. 

Algunos obispos intentaron hacerle oposición en la tri- 
buna y en la prensa; pero el Gobierno francés se man- 
tuvo firme, reprimió la protesta como un ataque á las le- 
yes vigentes, é hizo entrar en razón á los obispos re- 
fractarios. 

El Papa, á su vez, aprobó la conducta del Cardenal 
Lavigerie, censurando la actitud de los prelados y dando 
una satisfacción al Gobierno. 

No satisfecho Su Santidad con ese proceder digno de 
encomio, más tarde publicó una Encíclica que ha causado 
mucha sensación, declarando que la república es la me- 
jor forma de gobierno y la que más se adapta á los prin- 
cipios del Evangelio. 

Todos los gobiernos católicos y protestantes han dado 
á Su Santidad pruebas evidentes del respeto y confianza 
que les inspiran su sabiduría y sus nobles procederes 
políticos y religiosos. 

Es de notoriedad que el ilustre Pontífice ha sido más 
de una vez el arbitro en los desacuerdos que se han pro- 
ducido en la diplomacia de otros países, por reclamos ó 
querellas que se han formulado entre ellos, por inte- 
reses materiales, sometiéndose á sus decisiones. 

Ha sido visitado y consultado por algunos de los prín- 
cipes de Europa sobre cuestiones políticas y sociales. 

6e le ha demostrado, en las fiestas jubilares últimas, el 
aprecio y respeto que tiene el mundo por sus grandea y 
relevantes cualidades morales y cristianas. 

No se oye sino una voz para honrar y proclamar al 
ilustre Pontífice, que predica la paz y la justicia entre 
los hombres, sean ellos católicos ó no. 



*•] 



344 PONTIFICADO POLÍnCJO DE S. S. LEÓN XIH 



IX 



LA VISITA DEL EMPERADOR GUILLERMO II DE ALEMANIA 

*Á BU SANTIDAD LEÓN XIII 

Después de las fiestas jubilares de Su Santidad, han 
tenido lugar en Roma las fiestas por las bodas de plata 
del Rey Humberto y de la Reina Margarita. 

Con este motivo, el Emperador de Alemania, buen 
amigo de Italia en razón de la triple alianza, concurrió 
con la Emperatriz su esposa á cumplimentar á los Re- 
yes de Italia. 

La opinión acuerda á esa visita imperial uif alcance 
político y mayor trascendencia que los de la simple cortesía. 

Ya en 1888, Guillermo II se presentó en Roma y soli- 
citó visitar al Pontífice. ' 

León XIII puso algunas condiciones dificultando la 
visita del Emperador: por ejemplo, la de que • no había 
de salir del palacio del Rey Humberto, el Quirinal, ni de 
la Embajada alemana acreditada cerca del Rey, para tras- 
ladarse al Vaticano, porque considerándose el Papa un so- 
berano igual á Humberto, aunque despojado de sú poder 
temporal, no podía permitir se le rindiese visita en se- 
gundo término, cuando le correspondía en primero, como- 
soberano de Roma. 

También se prohibió al Emperador que concurriese con 
los coches de gala del Rey Humberto. 

El Emperador se sometió á todo lo que le impusieron, 
no dando importancia á esas puerilidades. 

El Cardenal RampoHa, Secretario del Papa, fué á bus- 
car á Guillermo II á casa del Ministro alemán acredi- 
tado cerca de Su Santida'd, pues, como 'se sabe, hay dos 
representantes de Alemania en Roma: uno cerca del Rey' 
de Italia, y otro cerca del Papa. 






PONTIFICADO POLÍTICO DE S. 8. LEÓN XIU 345 

Después de almorzar, los Cardenales Rampolla y Ho- 
henlohe, este último tío del JEmperador, en compañía de 
éste, en el palacio Capranía, donde residía e) Ministro ale- 
mán von Schlvesen, salieron en carruaje con libreas obs- 
curas, de uso general, con el equipaje traído expresa- 
mente de Berlín. 

El Emperador vestía de coracero blanco de PrusiaT 
' La entrevista entre Guillermo II y León XIII fué fría. 
Ninguno de. los dos quedó satisfecho. El Papa pidió ma- 
yor protección para los católicos de Alemania, que suman 
unos catorce millones en todo el Imperio. 

El Emperador no pudo conferenciar libremente con líu 
Santidad, porque el Conde Heriberto de Bismarck, hijo 
del Gran Canciller, y el Príncipe Enrique de Prusia, her- 
mano dct^Emperador, forzando la consigna, se introdu- 
jeron en el 'gabinete de León XIII. 

Probablemente, según se decía, el viejo zorro Bismarck 
encargó al hijo que no perdiese de vista al Emperador, á 
£n de conocer lo que hacía en Roma, lo mismo en el Qui- 
rinal que en el Vaticano. 

Esto ocurría en 1888, cuando aun Guillermo II no se 
había emancipado de la tutela del Canciller de hierro. 

El resultado de la entrevista fué nulo. La visita fué 
corta, y el irascible Emperador salió de ella silencioso y 
coii el ceño fruncido y amenazador. 

El Papa, á su vez, quedó desagradado del entremeti- 
miento de Bismarck (hijo) y del retiro un poco brusco 
del Emperador, que atravesó los museos y la Basílica 
con poca ceremonia. 

Al día siguiente, el Conde Heriberto de Bismarck volvió 
al Vaticano á presentar sus excusas al Pontífice, pero se 
le recibió con indiferencia. 

Tal vez este suceso influyó en la caída política del 
Gran Canciller. Su discípulo ya podía marchar solo; no 
precisaba del viejo Mentor, que se había hecho importuno, 
según se decía. 

^ H( ^k * 



346 PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XHI 

La visita de 1893, con motivo de las bodas de plata de 
los Reyes, ha sido más franca', si bien más solemne. 

Su Santidad León XIII estaba avisado de que el Em- 
perador y la Emperatriz irían á visitarle en su palacio 
del Vaticano. 

Dio sus órdenes para que los regios visitantes fuesen 
recibidos dignamente. 

El Emperador y la Emperatriz se presentaron con una 
lujosa comitiva. 

Los grandes señores y dignatarios que acompañaban 
en su viaje á los monarcas, estaban allí. 

Et equipaje que llevaron era fastuoso y regio. Las ca- 
rrozas, caballos y conductores alemanes formaban el tren 
de gala del Emperador. . . 

El Pontífice no quiso ser menos. La guardia -del Va- 
ticano la daban los gendarmes pontificios, y la palatina 
estaba uniformada con esplendor, con sus capas, espadas 
y alabardas; los unos con trajes al estilo de la Corte 
de Felipe II, el primer Inquisidor de su tiempo; los otros, 
como los aventureros del siglo xvi, vestían el uniforme 
de los voluntarios de Pío IX, esto es, el de la guardia 
suiza. 

Los Cardenales y Monseñores, con sus trajes escarla- 
tas ó morados. 

Se hallaban presentes también, los servidores de la 
Santa Sede que desempeñan cargos antiguos y venera- 
bles; los nobles senescales, el escudero mayor, el gran 
maestro de postas ó correos, el jefe de la Sacristía, y una 
nube de camareros eclesiástiéos y otra de laicos ; el intro- 
ductor de los Rey^s, maestros de ceremonias, etc., etc. 

En suma, toda la Corte de Su Santidad León XIII se 
había puesto en movimiento para hacer los honores al 
Emperador Guillermo II y á la Emperatriz, cuando su- 
bieron los soberanos la «Scala Regia». 

El Santo Padre, que esperaba el momento oportuno para 
aparecer, llegó á la antecámara secreta, donde sólo en- 
tran los grandes dignatarios, reyes, emperadores ó em- 
bajadores. 



PONTIFICADO POLÍTICO DE S. 8. LEÓN Xni 347 

Con la mayor sencillez tendió la mano á los soberanos 
de Alemania, diciendo al Emperador, en francés: 

«Soy feliz -de volver á ver á Vuestra Majestad; y á la 
Emperatriz, inclinando la cabeza ligeramente: y de ver á 
Vuestra Majestad.» 

De allí marcharon juntos el Papa y sus huéspedes á 
la gran sala amarilla: el Papa en el medio, la Empera- 
triz á la izquierda y el Emperador á la derecha. 

En este orden se sentaron en tres sillones preparados 
al efecto, los tres suntuosos y perfectamente iguales. 

Transcurrieron diez minutos, y la Emperatriz pidió per- 
miso para pasar al salón inmediato á admirar los hermo- 
sos frescos de algunos de los pintores más notables del 
Benacimiento. 

Esta sala es como la antesala ó vestíbulo de las Capi- 
llas Sixtina y Paulina. 

La Emperatriz se alejó, ya instruida por el Emperador, 
á fin de que el Papa pudiese expresarse con más libertad. 

Un guardia noble, espada en mano, guardaba la puerta 
que comunicaba con la sala amarilla, donde conferen^ 
ciaban el Papa y el Emperador. 

Dos horas duró esta conferencia entre el representante 
de la guerra y el de la paz. Nada se ha podido traslu- 
cir de lo que pasó entre el Emperador y el Papa. 

Todo lo que se ha dicho no son sino suposiciones. 
Sólo se sabe que el Papa regaló á la Emperatriz un va- 
liosísimo mosaico, y al Emperador una riquísima taba- 
quera, objetos de gran valor. 



X 



Terminando, diremos que ahora sólo interesa al Pontí- 
fice sostener su prestigio de mediador, en medio de la 
Europa armada. Puede muy bien que, quel vecchió honora- 
bilísimo del Vaticano, sea el pararrayo de la guerra que se 



BíS' PONTIFICADO POLÍTICX) DE 8. 8. LEÓN XIII 

prepara en £uropa, y que los Emperadores y los Reyes 
tomen por pretexto, para no irse á las manos, el que el 
ilustre anciano de Roma no encuentra razón «^ara la gue- 
rra. 

£1 Papa, proclamando la^ paz, atrae sobre sí las mira- 
das del Universo, y se dirá: «El sabio Pontífice detiene á 
los combatientes que están prontos á destruirse;» aunque, 
en rigor, sean sólo los intereses de unos y otros los qué 
los hace ser prudentes. 

De todos modos, suya es la gloria de conciliar ó dete- 
ner á los pueblos armados, prontos para entraf en línea 
en una guerra sangrienta. Nadie podrá negar al Pontí- 
fice los grandes servicios prestados á la' humanidad predi- 
cando la paz, la justicia y la libertad. 



1 1 



25 DE AGOSTO DE 1900 



[ Con éste mismo títulOf y en la fecha que él se- 
ñakif debió publicarse en La Nación de Montevi- 
deo, la relación histórica que sigue. La Redacción 
de aquel diario político habia escrito como intro- 
ducción el articulo que va en seguida; pero consi- 
deraciones de distinto orden aconsejaron se apla- 
xase esta publicación, que quedó inédita. Ella tiene, 
pues, un lugar obligado entre las Páginas Sueltas.] 



DATOS PARA LA HISTORIA POLÍTICA DEL URUGUAY 

Cumplen hoy tres años cabales desde jel día ei^ que, 
quedando acéfalo el Gobierno, por el acto criminal de uñ 
fanático, qué dio muerte al Presidente de la República 
don Juan Idiarte Borda, asumía constitucionalmente el 
mando el ciudadano don Juan L. Cuestas, en su carác- 
ter de Presidente del H. Senado. 

Este imprevisto cambio de Gobierno ei^ medio de una 
situación política muy difícil, agravada por el estado de 
guerra civil en que se hallaba el país, y de una situa- 
ción financiera que inspiraba las más graves inquietudes, 
no se efectuó' sin que despertase el temor de peligrosas 
complicaciones ulteriores. 

No tardaron, en efecto, en producirse síntomas alarman- 
tes; de los cuales el más significativo fué la completa im- 
popularidad y descrédito en que vino á caer la Asamblea 
surgida de las elecciones de 1896. 

Desde el primer momento se encontraron en abierto 
conflicto la mayoría de esta Asamblea y la opinión do- 



350 25 DE AGOSTO DE 1900 

minante en el país; pues ésta entendía que el señor Cues- 
tas fuese desde luego designado candidato . para la elec- 
ción de Presidente Constitucional de la República que de- 
bía efectuarse el 1.® de Marzo siguiente; y aquélla enten- 
día eliminar al candidato popular para imponer otro can- 
didato favorable á la realización de los planes políticos 
por ella acariciados. 

Las manifestaciones públicas del mes de- Noviembre, en 
que se pedía el cese de la Asamblea, y la agitación po- 
lítica que se produjo, hicieron comprender al país que' 
graves sucesos se estaban incubando. 

El triunfo popular importaba como consecuencia for- 
zosa la disolución de las Cámaras de 189ü; el'^riunfo de 
las Cámaras, en cambio, abocaba el país á los peligros de 
una nueva conmoción armada. 

El Presidente vaciló mucho tiempo entre estos dos ex- 
tremos; pero prevaleció en él el sentimiento de la con- 
solidación déla paz: así quedó resuelta la disolución de las 
Cámaras para que la voluntad popular pudiese oportuna- 
mente designar con entera libertad á los nuevos legisladores. 

La, opinión pjreparó el 10 de Febrero de 1898. 

Muchos comentarios han surgido de aquel hecho im- 
puesto por las conveniencias del país. 

A fin de dejar bien aclarado este punto, unos cuantos 
amigos |>ersonales del señor Cuestas, miembros de la ac- 
tual Asamblea, le pidieron, no ha mucho, con motivo de 
un incidente de discusión ocurrido en la Cámara de Re- 
presentantes, quisiese exponer la verdad sobre el des- 
arrollo de las actuaciones políticas que tuvieron su desen- 
lace el 10 de Febrero; y el señor Cuestas satisfizo aquel 
pedido, dejando expuestos los hechos en una narración 
que solicitamos y obtuvimos para reproducir. 

Esta narración, á la que damos hoy cabida en el puesto 
de honor, tiene el doble mérito de pertenecer al ciuda- 
dano que fué actor principalísimo en aquellos sucesos de 
trascendencia evidente y de dejar establecida con exac- 
titud la verdad, evitándose así para más tarde aprecia- 
ciones más ó menos inexactas, sobre tales acontecimientos* 



25 DE AGOSTO DE 1900 351 

Es verdad que mucho de lo narrado aquí ha sido ya 
oficialmente expuesto por el señor Cuestas en sus varios 
Manifiestos á la Asamblea y al País; pero no está de 
más recordar nuevamente esos hechos que pertenecen á 
la historia, y en fecha que tanta resonancia tiene en la 
memoria del pueblo. 

He aquí esa narración: 



SUCESO INESPERADO 
EL 25 DE AGOSTO DE 1897 

— El luctuoso acontecimiento del 25 de Agosto de 1897 
me tomó de sorpresa, — decía el señor Cuestas, — como á 
todos los habitantes del país. Se podía pensar que el 
Presidente señor Idiarte Borda, en medio de las dificul- 
tades que lo agobiaban por la guerra civil, la política y 
las finanzas, y cuando la misma Asamblea, obra de él, le 
había negado razón en la destitución de algunos emplea- 
dos, resolviera retirarse; pero no pasó por la imaginación 
de nadie que su fin fuese determfnado por el asesinato 
político. 

De todos modos, el suceso, lamentable por más de un 
concepto, se produjo, causando, asombro general. 

Algo así como un atontamiento paralizó á los muchos 
amigos del señor Idiarte Borda; el asesino, tomado in 
fraganti por los hombres de armas y de policía, que ro- 
deaban al Presidente, fué respetado: no recibió ni una 
contusión entre aquella multitud azorada. 

La policía estuvo incapaz y negligente, se dijo; y bien 
puede ser que así fuera. 

El ejército, formado en línea, presenció el espectáculo 
con la mayor serenidad y desfiló tranquilamente hacia 
sus cuarteles. No se oyó una sola voz que protestase 
contra el crimen ; ninguno de sus allegados, que tantos be- 
neficios recibieron, pensó en vengarlo; todos, por regla 



352 25 DE AGOSTO DE 1900 

general, se retiraron á sus hogares, dejando que los indi- 
ferentes ó buenos ciudadanos se hicieran cargo . del cadá- 
ver del desgraciado Presidente. 



ACXOS POLÍTICOS DEL PRESIDENTE DEL SENADO 



Producido el hecho, los señores Duncan Stewart, Vice- 
presidente del Senado, el entonces Ministro de Gobierno, 
doctor Miguel Herrera y Obes, y el diputado Albín, vi- 
nieron en mi busca, para pedirme que me hiciera cargo del 
Gobierno en mi carácter de Presidente del Senado, como 
lo determina la Constitución. 

Concurrí en el acto á la Jefatura Política, donde se 
encontraban reunidas las personas más espectables: Se- 
nadores, Diputados, Generales, Ministros y notables ciu- 
dadanos. 

En presencia de todos, tomé las medidas más indis- 
pensables para garantir el orden, dirigiendo á la Asam- 
blea un Mensaje en que le daba cuenta del lamentable 
suceso, haciéndole saber que me había hecho cargo del Go- 
bierno, y solicitando facultades extraordinarias, en previ- 
sión de acontecimientos inesperados que pudieran produ- 
cirse. 

El País se encontraba agitado por la guerra civil. 

La situación del Tesoro era alarmante, por las obligacio- 
nes que pesaban sobre él ; el hambre tocaba á la puerta de 
los hogares que viven del presupuesto, y la situación en 
general podía considerarse abrumadora. Los Certificados 
de Tesorería no se cotizaban en plaza. Mis primeros tra- 
bajos fueron tendentes á dar confianza á la opinión, ofre- 
ciendo hacer la paz sobre bases justas y equitativas, y 
regularizar la Administración pública, profundamente al- 
terada por el desorden erigido en sistema. 



25 DE AGOSTO DE 1900 353 



TRABAJOS PARA LA PAZ 

El partido de la guerra era numeroso, tanto entre blan- 
cos como entre colorados; pero el de la paz era mayor: 
las clases conservadoras y el bienestar de las familias y de 
la sociedad en general, reclamaban la paz á todo trance. 

Ya iban transcurridos siete meses de guerra civil, sin 
otro resultado que derramar sangre y empobrecer el País. 
Se imponía poner término á aquella situación desespe- 
rante. 

. Se tiene conocimiento de lo demás. Los buenos ciuda- 
danos, á mi indicación, se pusieron á la obra y formula- 
ron las primeras bases con las instrucciones que di á los 
señores Pedro Etchegaray y José Pedro Ramírez, que to- 
maron á su cargo abrir las negociaciones. 

Conviene hacer conocer un detalle. Á raíz del luctuoso 
suceso, ciudadanos de diversos partidos se agitaron en fa- 
vor de la paz; pero yo consideré que el más á propósito 
para desempeñar comisión tan delicada, auxiliado de al- 
gún otro ciudadano, lo era el señor Etchegaray, por su 
carácter pacífico y conciliador. 

Al efecto le indiqué que solicitase el concurso del doc- 
tor José Pedro Ramírez, cuyo nombre había sonado en 
las primeras tentativas de paz en Aceguá, en la época 
del Presidente Idiarte Borda. 

Así lo hizo el señor Etchegaray, y después de algunas^ 
vacilaciones del doctor Ramírez, obtuvo su concurso. 

Con mis instrucciones, que no eran otras que las que 
tenían por base la paz de Abril de 1872, partieron al 
campo de los revolucionarios. 

Volvieron á los pocos días un tanto desalentados por 
las exigencias de los revolucionarios, sobre todo el doc- 
tor Ramírez, que consideraba fracasada la negociación de 
paz si no se modificaban las bases en el sentido que aqué- 
llos exigían. 






354 25 DE ÁGoerro de 1900 

Ante esa situación invité á los señores Etchegaray j 
Ramírez á una conferencia en mi casa-habitación y les 
expuse cuál era la posición de los revolucionarios, que 
precisaban la paz á todo trance para salir del compro- 
miso, y los invité para que saliesen nuevamente á reanu- 
dar las negociaciones, asegurándoles el éxito. De este 
modo se obtuvo la paz. 

La Asamblea, reunida á mi solicitud, aprobó los actos 
del Gobierno y lo estipulado en A Convenio de Paz, que 
habían firmado los Ministros Secretarios de Estado con la 
Comisión que representaba á los revolucionarios. 

El desarme se efectuó sin dificultad alguna y los ciu- 
dadanos volvieron á sus hogares abandonados, satisfechos 
de encontrarse de nuevo en ellos, para dedicarse al tra- 
bajo, fructífero en ese año, pues la cosecha alcanzó pro- 
porciones halagadoras por su cantidad y precio. 



. LA OPINIÓN PÚBLICA Y LA ASAMBLEA 

• Inmediatamente después de hecha la paz, surgió la cues- 
tión de si la Asamblea debería continuar ó no. El País 
en general se manifestaba por su cese, fundándose en 
que había sido electa durante la guerra civil, y en que, 
no respondiendo á un orden regular de administración, 
debería dar lugar á una nueva elección que ofreciera una 
composición más en armonía con las aspiraciones nado- 
jiales. 

De esas ideas, que avanzaban cada día más, surgieron 
las manifestaciones públicas y numerosas de la Capital, 
sancionadas por los Departamentos, pidiendo al Presi- 
dente la disolución de la Asamblea. 

La manifestación que tuvo lugar el 28 de Noviembre, 
la más importante por su número, que se calculó en treinta 
mil personas de todas las clases sociales, llevaba escrito 
en sus banderas: Ahajo la Asamblea; y desfiló debajo de 
los balcones del Presidente repitiendo esas mismas pala- 



25 DE AGOSTO DE 1900 355 

bras con gritos unánimes y atronadores. Los oradores, 
ya en la calle, en las plazas ó en los balcones de mi 
casa- habitación, terminaban su peroración repitiendo esas 
palabras, y los más conciliadores agregaban: «Es nece- 
sario abordar la reconstrucción del País con la Asamblea, 
sin la Asamblea 6 contra la Asamblea. » 

La impaciencia se retrataba en todos los semblantes. 
Cada ciudadano exigía que ese mismo día se declarase el 
cese de la AsanjJ)iea; pero yo miraba la cuestión con 
más calma. 



PREVISIÓN DEL GOBERNANTE 

No se llevan á cabo evoluciones políticas de ese orden, 
sin más apoyo que el de la opinión, públicamente mani- 
festada. La cuestión que se suscitaba era en realidad la 
de cambiar el sistema de varios años de procedimientos 
del gobierno del país, lo que importaba una evolución 
radical. Las raíces de las Administraciones irregulares 
eran fuertes, y había que arrancarlas de cuajo, gradual- 
mente. Había que sustituir el desorden por el orden, y á 
ese fin se hacía indispensable preparar los elementos para 
asegurar el éxito. Las multitudes no reflexionan ; sin em- 
bargo, para conseguir aquel fin era necesario infundir á 
todos el convencimiento de que el País no podía continuar 
su marcha regular sin administración y sin orden, ha- 
ciéndose indispensable poner mano fuerte sobre esta cues- 
tión, con el objeto de que administrados y administrado- 
res no abrigasen dudas sobre los propósitos del Gobierno. 

Los malos elementos tenían necesariamente que congre- 
garse para hacer fracasar este plan, que el Gobierno puso 
desde luego en ejecución. 

Se imponía, pues, como una necesidad, la separación de 
los elementos de fuerza, que apoyarían en caso dado á los 
continuadores del desorden. 



356 25 DE AGOSTO DE 1900 



ERROR D£ LA ASAMBLEA 

La Asamblea estaba considerada por la opinión como el 
primer factor de las irr^ularidades cometidas: así lo creía 
el País; y hubiera convenido que la Asamblea, por algún 
acto levantado de patriotismo, se reconciliase con el País y 
con la opinión. • 

Misesfuarzos en ese sentido fueron inútiles ; al contrarío, 
la Asamblea puso su actividad en fijar anticipadamente el 
nombre del futuro Presidente de la República. 

No pudiendo presentar un candidato que la opinión acep- 
tase sin discusión, se fijó en un sujeto que había dado prue- 
bas de patriotismo y de honradez en otras épocas, pero que 
á la sazón era casi nonagenario, retirado y pensionado y ya 
fuera de juego para la actividad del Gobierno ó de cual- 
quier otro puesto público. 

La opinión consideraba que esta elección era una manior 
bra ó superchería, para que los Ministros, sujetos á sortearse 
en el seno déla misma Asamblea, gobernasen en su nombre. 

«Es asunto averiguado, — decía un estadista argentino, el 
señor Salvador del Carril, Presidente de la Alfa Corte de 
Justicia, al solicitar su jubilación, — que un hombre que 
haya trabajado activamente en la política ó en la Adminis- 
tración, debe retirársela los setenta y cinco años, porque es 
regular suponer que las facultades no tienen á esa edad el 
vigor que los primeros puestos públicos requieren en las 
altas funciones que se ejercen. » 

Someter á un nonagenario al peso del gobieruo de un 
País como el nuestro, en que hay que hacer tanto en la po- 
líticaj en las finanzas y en la dirección general, es una 
crueldad, aun en el caso en que se tratara de un estadista 
de notoriedad y de primera fila; no pudiendo llamarse así, 
ni mucho menos, el candidato designado por la mayoría de 
la Asamblea, por tratarse de una personalidad modestísima, 
si bien honorable. 



25 DE AGOSTO DE 1900 357 



BE EMPESfA LA LUCHA 

Con esta actitud de la mayoría de la Asamblea, la mino- 
ría tomó posiciones á su frente, proclamándome candidato 
á la Presidencia de la República. 

La lucha se empeñó con calor, y se formaron clubs polí- 
ticos que proclamaban la misma candidatura que respondía 
á la minoría de la Asamblea, adquiriendo mi modesto nom- 
bre, desde el primer momento, el agregado de «.Candidato 
popular á la Presidencia Constitucional de la República ». 

Ya que menciono la minoría de la Asamblea, debo agre- 
gar que, aunque su número representase sólo la cuarta 
parte del total del Cuerpo Legislativo, ella se componía de 
hombres principales: ex Ministros Secretarios de Estado, 
ex Plenipotenciarios, escritores, oradores parlameptaristas, 
como don Francisco Bauza que presidía la minoría, cuyo 
solo nombre abonaba la rectitud de intenciones y probidad 
acrisolada de aquella agrupación que debería vencer al 
fin, por su perseverancia en acompañar* las corrientes de 
la opinión. 

Aun en los lugares más apartados del País, se instalaba 
algún club con el nombre de «Juan Lindolfo Cuestas ». 



LA ACCIÓN DEL GOBIERNO * 

* 

Ajeno á este movimiento de opinión en favor mío, sólo 
pensaba en perfeccionar la administración pública, extir- 
pando los abusos, haciendo economías *y estableciendo 
orden y regularidad en todos los servicios del Estado. 

La cuestión financiera merecía mi preferente atención, 
porque está fuera de duda y evidenciado en este* país, que 
la política se subordina al pago corriente de las obligacio- 
nes del Tesoro; y, si á la regularidad administrativa y á la 



358 25 DE AGOSTO DE 1900 

percepción y distribución de las rentas, se presentan años 
favorables por una producción floreciente, el problema del 
balance del Presupuesto está resuelto y los perturbadores 
y agitadores del orden público se quedan mirando á la 
luna. 

En los Manifiestos que he dado periódicamente al País, 
he declarado que la Presidencia de la República no me 
preocupaba ni j)oco ni mucho como candidato á ella; soy fa- 
talista, y pienso, ya lo he dicho, como el gran Capitán ame- 
ricano :— Serás lo que debas ser, —Un hombre que piensa 
así no puede ser un ambicioso vulgar, puesto que lo espera 
todo de la corrección de sus actos y de su buena estrella. 

Mi ambición se cifraba únicamente en regularizar la ad- 
ministración pública, y demostrar de manera incuestionable 
que, procediendo con honradez y conocimientos bastantes 
de las cuestiones que aquélla comprende, las fuerzas pro- 
ductoras del País bastarían para solucionar las cuestiones 
más complejas de la hacienda pública. 

En la parte política he considerado y considero que el 
espíritu de conciliación debe primar sobre las pasiones po- 
líticas, para felicidad de la Nación, exclusión hecha de los 
enemigos de la paz y del orden. 

Á la altura de civilización que ha llegado el País, no se 
puede, sin herir intereses muy respetables, prescindir de 
los diversos partidos militantes; al contrario, su participa- 
ción en los asuntos públicos será una fuerza para el par- 
tido que está á la cabeza de los destinos de la Nación. 

Debe ser una satisfacción para el Partido Colorado, que 
un hombre de su credo político haya llegado á fundar la 
libertad en el orden, y el orden en la libertad; que haya 
obtenido establecer en la práctica los principios de hon- 
radez y buena administración consignados en los libros 
y en las leyes, lo que hasta hace poco tiempo se consi- 
deraba como un problema difícil de resolver en la prác- 
tica. 



25 DE AQOSTO DE 1900 359 



MEDIDAS DE ORDEN PtJBLICO 

Continuando esta narración diré que, después de los 
sucesos del 28 de Noviembre de 1897, en que cayeron al- 
gunas personas que hacían parte de aquella imponente 
manifestación, víctimas inocentes de la agresión que va* 
ríos criminales perpetraron, ya no me quedó duda de que 
los apasionados en la lucha irían hasta la revolución. 

Las medidas de orden público y de seguridad se im- 
pusieron; y á fin de calmar la agitación de los espíritus, 
que se traducía por reuniones de ciudadanos excitados 
en las plazas y calles públicas, determiné el alejamiento 
de tres ciudadanos que la opinión designaba como cabe- 
zas dirigentes de la Asamblea, contra la que se conjura- 
ban las iras del pueblo. 

Determiné que las manifestaciones públicas cesaran, y 
di orden al Jefe Político de la Capital para que hiciera 
respetar el recinto de la Asamblea y sus- deliberaciones, 
amenazadas por grupos hostiles de pueblo, estacionados 
«n la plaza Constitución. 

El acto de alejamiento de aquellos ciudadanos á que 
me refiero, despertó en la Comisión Permanente un exceso 
de celo, muy loable en otras circunstancias. 

La Comisión se reunió y declaró que el Gobierno ha- 
bía violado la Constitución. 

Fué inútil que el Gobierno hiciera saber á la Comisión 
Permanente las causas de orden público y de bienestar 
social que lo habían obligado á tomar aquellas medidas 
de seguridad: la Comisión Permanente continuó en sus 
apremios al Gobierno y, lejos de conciliar, provocó las 
consecuencias. 



360 25 DE AGOSTO DE 1900 



CEGUEDAD DE LA ASAMBLEA 

No se podía dudar de mi lealtad, desde que era evi- 
dente mi resistencia ante el País entero para hacer cesar 
á la Asamblea; y al contrarío, se veía bien claro mi in- 
terés en protegerla cuando me resistía á aceptar la soli- 
citud que las manifestaciones populares formulaban hasta 
con aire amenazador. 

Prefería perder mi popularidad, obtenida con la pacifí- 
caeión del País y el orden administrativo implantado con 
vigor, antes que dar motivo para que se creyese que sa- 
crificaba á la Asamblea por beneficios personales. 

De manera que sí llegué al extremo, fué por la cegue- 
dad de la mayoría del mismo Cuerpo Legislativo, al que 
me esforzaba por salvar. 

Ante esa actitud inconsiderada, la opinión pública, á su 
vez, y por medio de los órganos de publicidad y confe- 
rencias, exigíame la disolución de la Asamblea como único 
medio de restablecer el orden profundamente alterado, pues 
era evidente que mi autoridad iba perdiendo terreno por 
negarme á esa solución. 

Ante la agitación pública, creía yo de mi deber tomar 
todas aquellas disposiciones .indispensables para garantir 
el orden y la paz amenazados, dentro y fuera de la Ca- 
pital. 

El Ejército se encontraba tranquilo, pero era de noto- 
riedad que algunos jefes y oficiales simpatizaban con la 
actitud de la Comisión Permanente, incluso el entonces 
Ministro de la Guerra; actitud que en un momento dado 
podía traer perturbaciones sensibles. 

En tal situación, el Presidente empezó por separar con 
prudencia á los jefes que en circunstancias excepcionales 
podían no obedecer sus órdenes, y sustituyó el personal 
de oficiales que se encontraban en el mismo caso. 

Habiendo notado que el Ministro de la Guerra mani- 



í Íi_ 



25 DE AGOSTO DE 1900 361 

festaba descontento por aquellos cambios en el Ejército, 
creí conveniente pedirle su renuncia para evitarle contra- 
riedades en ]o sucesivo, sin por esto desQpnocer sus bue- 
nos servicios prestados al País y al Gobierno. 

Efectuados los cambios antedichos, la situación podía 
considerarse asegurada, y no había por qué «egarse á de- 
rogar el decreto respecto de los ciudadanos que fueron 
alejados del País. 

Así se hizo, y en cambio el Gobierno creyó deber mo- 
vilizar cuatro batallones de Guardias Nacionales, prepa- 
rándose al golpe de Estado,* si éste fuese indispensable, 
á fin de salvar al País de la guerra civil que se proyec- 
taba por algunos de los partidos políticos. 

—La Guardia Nacional,— decía el Presidente,— dará la 
nota final, y no se dirá que se ha hecho intervenir al 
Ejército de línea para la evolución política que á todas 
luces se impone, y está en la fuerza de las cosas, si la 
Asamblea no se inspira en el más puro patriotismo. 

Todas estas medidas de orden político,' las iba yo or- 
ganizando á medidff que los sucesos así lo reclamaban, y 
todo por la paz y el orden. 

En esos actos, sólo los sucesos y la opinión eran los 
consejeros del Jefe del Estado. * 



LA SOLUCIÓN 

Planteada ya la lucha, á principios del año 1898, en el 
terreno de los hechos, pups la prensa que pertenecía á la 
mayoría de la Asamblea, dirigida y ^redactada por miem- 
bros de la misma, llegó hasta proclamar el asesinato po* 
lítico como solución del problema, el Presidente empezó 
á prepararse para solucionar la cuestión en forma más 
humana. 

Había dicho á mis amigos:- Pondré todo mi esfuerzo 
porque no corra una sola gota de sangre. Durante mi 
Gobierno se debe gastar tinta en discutir libremente, y 



362 25 DE AGOBIO DE 1900 

preferir las eyoluciones y maniobras á toda acción ar- 
mada. Ya verán ustedes,— agregaba,— como llegamos al 
final de la jomada con felicidad.— La buena estrella de 
que habla Carlos María Ramírez, ha de brillar. 

La Ouardia Nacional, en el número indicado de mil 
plazas, cuando más, organizada en cuadros seguros, y coa 
jefes que respondían resueltamente al orden político es-^ 
tablecido) sena la base sobre que debería girar la. evolu- 
ción que se aproximaba á paso de carga. Ciego de naci- 
miento debía ser aquel que no viese que el círculo de 
hierro se estrechaba cada áík más alrededor de la oposi- 
ción, ya estuviese ella representada ' por la Asamblea ú 
otros círculos políticos. 

Así mismo, creí de mi deber anunciar á los adversarios 
del orden, que todavía había tiempo para hacer una con- 
versión, reconciliándose con el País ; pero nada había que 
hacer: la Asamblea, enceguecida, no advertía que se estaba 
tocando generala en los cuarteles de la Guardia Nacional, 
y que el pueblo se aprestaba á librar la última batalla 
para obtener el cese del Cuerpo Legislativo y entrar de 
lleno en la reconstrucción nacional. 



• LA REVOLUCIÓN POPULAR 

t 

La revolución popular estaba hecha desde el 28 de No- 
viembre, cuando aquella numerosa manifestación pública, 
secundada- por la voz general del País, pidió en todos los 
tonos la disolución de la Asamblea, y que el Gobierno 
de hecho sustituyese á los Poderes existentes, á fin de res- 
tablecer el orden y hacer entrar al País en la regulari- 
dad que se d^aeaba. 

En esta parte se ha estado en lo cierto cuando en una 
de las Cámaras se afirmó que la revolución popular fué 
la que hizo cesar á la Asamblea, impulsando al Presi- 
dente y haciendo de él el factor principal de los hechos 
que se llevaron á término. 



25 DE AGOSTO I>£ 1900 363 

Debióse, sin embargo, haberse agregado que esa revolu- 
ción popular tuvo por origen la marcha regular del Go- 
bierno, iniciada desde el advenimiento al poder del Pre- 
sidente del Senado, el 25 de Agosto. ^ 

El Presidente, á raíz del suceso, dirigióse á sus amigos 
en este sentido: «Se impone la pacificación del País desde 
luego; nombraré un Ministerio que responda á ese fin, y 
que sea bien aceptado por el País. En suma, gobernaré 
con la opinión pública, que es la fuerza en que deben 
apoyarse los Gobiernos.» 

No se debe, en efecto, olVidar que la evolución moral y 
radical partió de las primeras disposiciones honorables y 
justicieras del Gobierno, que la opinión encontró acer- 
tadas, acompañándolas desde entonces. 

La revolución popular no se hubiera producido sin esos 
antecedentes. El País esperaba un hombre que tutelase 
sus intereses ; declaró que lo había encontrado en el Pre- 
sidente del Senado en ejercicio del Poder Ejecutivo, y se 
lanzó á la calle proclamando la revolución, para llevar á 
cabo la reorgani^ción del País en el orden político, finan- 
ciero y económico. 

Estuvo, pues, en lo cierto un señor Diputado, cuando 
aseguró que la solución final impuesta por los sucesos, 
hábilmente combinada, como se ha reconocido, me perte- 
neció exclusivamente;-* agregando con verdad que, si bien 
tuve colaboradores en el campo de acción, como mis Mi- 
nistros, en primer término, no tuve consejeros en el plan 
iniciado por Iní; plan pacífico, desarrollado pacienticmente 
desde que empezó la cuestión política que dio por resul- 
tado el cese de la Asamblea sin combates y sin protestas. 

De cualquiera manera que se aprecien los sucesos, debe 
reconocerse que mi colaborador más eficaz ha sido la opi- 
nión, y mi fuerza la conciencia de hacer un gran servi- 
cio á mi País. 



964 25 DE AGOBTO DE 1900 



DILEMA FORZOSO 

En resumen: en aquellos días agitados, el dilema era 
de hierro: ó disolver la Asamblea, ó retirarse; el pueblo 
había preparado la revolución: al Gobernante tocaba eje- 
cutarla. Tenía para esto 4os dos elementos principales: la 
fuerza y la opinión; y retroceder en aquel momento, hu- 
biera sido abandonar el País^^xhaustó á la guerra civil 
y hundirlo en la anarquía. 

Lo repito: el 10 de Febrero es el triunfo de una revo- 
lución popular que había aclamado por su jefe al enton- 
ces Presidente del Senado en ejercicio del Poder Ejecu- 
tivo. Los sucesos hicieron de mí su primer factor; me lle- 
varon adelante, colocándome en primera fila, la que no 
podía abandonar por deber, por convicción y por patrio- 
tismo. 

La historia me juzgará. 

Colocado en esa situación extrema por la fherza de los 
sucesos, había preparado las piezas en el tablero, donde 
esa campaña política debería des{\j;rollarse, con el objeto 
de asegurar el éxito; y preparé también á tiempo el De- 
creto del 10 de Febrero, cuando me convencí de que no 
había nada que esperar del patriotismo* de la Asamblea. 

Pensé detenidamente en que un Gobierno de hecho ne- 
cesitaría rodearse de la mayor fuerza moral posible en 
situación tan grave, porque no bastaba el éxito del mo- 
mento: era necesario, indispensable, asegurar dentro de 
la previsión humana, el sostenimiento del Gobierno Pro- 
visional, al que le estaría reservado reorganizar el País, 
reconstruyendo los Poderes públicos sobre bases de lega- 
lidad indiscutibles. 



25 DE AGOSTO DE 1900 365 



EL CONSEJO DE ESTADO 

• 

Determiné al efecto la formación de un Consejo de Es- 
tado que prestase fuerza moral al Gobierno; y esto por 
inspiración propia y acertada, no tan sólo por el pensa- 
miento en sí, sino por la composición del mismo. 

Se ha visto cómo ha sabido ese alto Cuerpo llevar á término 
su difícil cometido, con firmeza, seriedad y patriotismo. 

Mi inspiración, al crearlo por el Decreto de 10 de Fe- 
brero, quedó justificada. 

Sólo informes inexactos pudieron dar base á otro se- 
ñor Diputado, para asegurar que un personaje de la situa- 
ción había discutido conmigo el Decreto de disolución de 
la Asamblea 

Desde luego, no se podría nombrar á esa persona, sin 
que en el acto fuese desautorizado. El Decreto del 10 de 
Febrero, nadie absolutamente lo conoció con anticipa^ 
ción, con excepción de mi Secretario íntimo, de mi fami- 
lia; ni con persona alguna fué consultado. Sólo, fué cono- 
cido por los Ministros en el momento de firmarlo, y ellos 
lo apreciaron y discutieron. Falla, pues, por su base la 
afirmación de que un personaje, que no se nombra, me 
haya sugerido el pensamiento de incluir en el cese al Po- 
der Judicial. 

El Consejo dé Estado en 1898, quedará como ejemplo 
de Asambleas discretas y sensatas, concurriendo con sa- 
biduría y resolución á las más notables reformas políti- 
cas y administrativas que un Gobierno puede abordar en 
el período relativamente limitado de un año; Asamblea 
en que no se pronunció, por lo general, una palabra de 
más ni de menos ( no hay regla sin excepción ). 

Yo no podía dudar de la actitud pasiva del Ejército: 
mis ideas eran las suyas; obediente y sumiso, sólo espe- 
raba mis órdenes, que no fueron otras que la de perma- 
necer en sus cuarteles tranquilamente. 



906 25 DE AGOSTO DE 1900 

La opinión pública sólo pedia el cese de la Asamblea 
7 el de la Junta E. Administratíva, que se había hecho 
odiosa. 

No podía ni debía yo ir más allá, desde que no era 
sino el ejecutor de las aspiraciones nacionales. 

Por ellas comprometí mi situación personal y la de los 
míos, y jugué la vida y mi bienestar en aquella evolución. 
Los sucesos han dado la razón á la opinión pública, que 
así lo exigía. 



• OONCLÜSIÓN 

Hoy el País navega, como se dice entre los marinos, 
con viento de almirante; y cuando veo al comercio flore- 
ciente, la campaña productora enriquecida, entregada á la 
labor; el oro haciendo oir su sonido, simpático á todas 
las clases sociales, en el bolsillo del estanciero, del culti- 
vador y del obrero, no puedo menos de agradecer á la 
Providencia sus favores, con que ha compensado mi dedi- 
cación y esfuerzo en bien de los intereses de la Patria. 



1 



EENDICIÓN DE MONTEVIDEO 



EN 1865 



A LA REVOLUCIÓN DENOMINADA CRUZADA LIBERTADORA (1) 



Tomamos por epígrafe de este ligero estudio, la rendi- 
ción de la plaza de Montevideo al ejército del Greneral 
Venancio Flores, por considerar que los hechos que se 
desarrollaron en ella, después de la heroica defensa y 
toma de Paysandú, tienen verdadera importancia. 



LA GUERRA CIVIL EN 1865 

En la biografía del General Fausto Aguilar, que es- 
cribimos anteriormente, bosquejamos á grandes rasgos los 
acontecimientos políticos y militares en que él^ había ac- 
tuado directa 6 indirectamente, hasta su muerte, ocurrida 
en 1865, en la ciudad de Paysandú. 

Entre esos sucesos se encontraba el sitio, defensa y 
toma de la plaza de Paysandú, que tuvo lugar el 2 de 
Enero de ese año, después de veintisiete días de sitio. 

El drama final de la lucha fué la ejecución del Gene- 
ral Leandro Gómez, jefe superior de la plaza, del Co- 
mandante Braga, de Mercedes, jefe del Caballero, arti- 

(1) Este estudio fué escrito en 1882, con datos de algunas de las per- 
sonas más importantes que actuaron en aquellos sucesos. 



3G8 BENDICIÓN DE MOlfTEYIDEO 

« 

Hado levantado en la plaza principal, y de los capitanes 
Fernández y Acullá, el primero de éstos, oficial artillero 
de mucho méfito, y el segundo, ayudante del General 
Gómez. Como se ye, con excepción del General Gómez, 
los demás no eran los jefes principales de la Defensa, 
porque éstos habían muerto, como Píríz, Rivero y Azam- 
buya. Baña estaba gravemente herido (^\ 

Algunos otros habían caído prisioneros, ó se habían 
ocultado en casas de personas benévolas, que los habían 
amparado. La casa de comercio de un señor Dufrechou, 
que tenía un sótano, ocultó á varios que, horas después 
de la toma de la plaza, fueron embarcados por los mis- 
mos vencedores. 

£n el primer momento no pudieron evitarse algunas 
desgracias y venganzas personales. No se lucha casi dos 
años, perdiendo amigos y deudos, sin que la razón se ex- 
travíe y los sentimientos se manifiesten alterados en la 
hora suprema. De todos ñiodos, esos actos son condena- 
bles. 

El fusilamiento del General Gómez tuvo lugar en una 
casa central de la población, muy conocida por pertene- 
cer á personas notables del pueblo, partidarias entusias- 
tas de los vencidos, en cuyo número se encontraban. 

La casa en que se llevó á cabo la ejecución tenía dos 
patios. En el principal fueron formados los prisioneros, con- 
duciéndoseles de á uno, por categorías, al segundo, para 
ser ejecutados. 

Gómez* y sus compañeros murieron con valor, sin 
exhalar ma quej^. 

Una hora después, sus cadáveres, colocados en un ca- 
rrito tirado por un caballo, fueron conducidos al cemen- 
terio y arrojados en la fosa común. 

El encargado del cementerio era un honrado bearnés, 
á quien un curioso le preguntó:— ¿Cuántos cadáveres ha- 



(1) Baña marió el 4 de Enero, rodeado de amigos colorados, que lo 
acompañaron á su últíma morada. En ese número le encontraba el autor 
de efttoB apuntes. 



RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 369 

brá en la fosa?— Más de cien, — contestó;— ahí están dur- 
miendo.— <Si si,— agregó:— colorados, blancos y brasile- 
ros, combatientes caídos en la lucha, los traían y arroja- 
ban ahí; eso sí, todos desnudos. 

El sepulturero era un anciano de cabellos blancos; á 
los 18 años había sido soldado del primer Imperio napo- 
leónico; perteneció á la quinta de 1813 y se batió en Sa- 
íonia á las órdenes del mariscal Macdonald, siendo • he- 
rido en la batalla en que éste fué derrotado por Blticher. 
El quinto quedó prisionero en Leipzig (i). 

Era un buen hombre, daba detalles interesantes y re- 
cordaba el nombre de sus superiores. Tenía una hija, ca- 
sada en Paysandú con un industrial enriquecido. Ese buen 
viejo cultivó el jardín del antiguo cementerio, que guarda 
hoy tumbas ilustres de la guerra civil. 
* De esta fosa fué extraído, al año siguiente,. un esqueleto 
que, comparado minuciosamente con los otros, se dijo ser 
el del heroico General Gómez. 

El doctor Mongrell y un señor Lenguas fueron los en- 
cargados de esa f ánebre operación, que cumplieron como 
buenos (2). 

La autoridad los auxilió en todo aquello que pudieron 
precisar. El Jefe Político á la sazón lo era el Coronel don 
José Mundell. 

Es muy sensible relacionar hechos sangrientos de la 
guerra civil, llevados á cabo por partidarios embraveci- 
dos durante la lucha. 

Casi al mismo tiempo que tenían lugar en Paysandú 
esos sucesos luctuosos, se dirigía al Gobierno de Monte- 
video, por el General en Jefe de vanguardia de su ejér- 
cito, la siguiente nota: 

«Señor Ministro (al de Guerra): 

« Hago saber á V. E., para que lo eleve al Excmo. Go- 
bierno, que hoy han sido fusilados, al frente del ejército, 

(1) Referencia del mismo al autor de estos apuntes. 

<2) Referencia del doctor Mongrell al autor de estos apuntes. 

24. 




370 RENDICIÓN DE MONTEYIDIiO 

« 

por traidores á la patria, los jefes y oficiales que expresa 
la siguiente relación. ~ Dios guarde á V. £. W,* 

£n seguida iba la lista de algunos partidarios, paisanos, 
tomados en la campaña por el Coronel Timoteo Apari- 
cio y fusilados en un paraje llamado Los Molles. 

Se ve, pues, que los hechos de ese orden se suceden, 
cuando las pasiones de los hombres toman el lugar de la 
razón y de la humanidad. 

¿Quién ordenó la ejecución del Greneral Gómez y com- 
pañeros? 

— Las circunstancias, contestaría 'el filósofo. 

Los que, como nosotros, son partidarios de la paz, del 
orden y de la fraternidad entre los hombres, dirán: — La 
Fatalidad. 



II 



El 3 de Enero de 1865, el eiército del General Flores 
que se hallaba frente á Paysandú, rompió la marcha con 
dirección á Montevideo, que era la última plaza que que- 
daba por rendir. 

Pasó el río Negro, frente á Mercede?, y en los pasos 
inmediatos. 

Desde allí el General Flores, con fecha 12 de Enero, 
protestó por documento público contra los actos del Go- 
bierno de Montevideo que pudieran comprometer á la Re- 
pública por contratos que se llevasen á cabo, descono- 
ciendo una vez más al Gobierno del ciudadano don Ata- 
nasio Aguirre por ilegal é inconstitucional. 

La situación de la Capital se agravaba cada día, en lo 
moral como en lo material. 

En lo moral, porque los hombres de armas que se en- 
contraban al frente de las fuerzas, comprometidos por he- 
chos anteriores, viendo que se estrechaba el círculo de 
hierro al rededor de Montevideo, sintieron desmayar el 

(1) Historia de las Repúblicas del Plata. 






RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 371 

< 

corazón. El ejército del General Flores, con los brasile- 
ros y la escuadra, tomaban posiciones. 

Los políticos, aquellos (^ue algo tenían que ver con los 
sucesos de Quinteros y con la quema de los tratados con 
el Brasil y el arrastre de su bandera, estaban agitados. 

El Ministro plenipotenciario del Brasil, con fecha 19 de 
Enero, y desde'Buenos Aires, pasó una circular al Cuerpo 
Diplomático y al Ministro argentino Elizalde, declarando 
que el Brasil había resuelto concurrir con sus armas y 
sus consejos á lá pacificación de la República, y que re- 
conocía al General Flores como legítimo beligerante en 
la guerra contra el G^obierno de Montevideo. 

Mena Barrete, jefe del ejército brasilero, que había con- 
currido á'la toma de Paysandú, también manifestó, en 
una proclama á sus soldados, el espíritu de que estaba 
animado. 

El 2 de Febrero, el jefe de las fuerzas navales del Bra- 
sil, Barón de Tamandaré, en- una circular al Cuerpo Di- 
plomático, anunció que el puerto de Montevideo se en- 
contraba en estado de bloqueo y manifestó cuál sería su 
actitud en caso de resistencia de la plaza. 

El Gobierno de Montevideo dirigió, á -su vez, á los re- 
presentantes <Je las naciones extranjeras, una nota protes- 
tando contra la declaración de bloqueo, y pidiendo se con- 
cediese á los extranjeros que quisiesen salir de Montevi- 
deo la debida protección que les pusiera á cubier^x) de los 
sucesos de la guerra. 

Cuando el ejército del General Flores, auxiliado por el 
. del Brasil, se encontraba frente á Montevideo, en los úl- 
timos días de Enero, un parte oficial del Coronel don Ba- 
silio Muñoz á.su Gobierno, hizo saber que había pasado 
al Brasil sin encontrar enemigos hasta la ciudad de Ya- 
guarón, en donde halló resistencia. 

Algunos vecinos se armaron allí y rechazaron al inva- 
sor, que cuando sintió que el Barón de Cerro Alegre ve- 
nía en auxilio de Yaguarón con una división, se retiró 
definitivamente al Estado Oriental (i). 

( 1 ) Historia de las Bspúblicas del Pla^a. 



f- 



372 BENDICIÓN DE MONTEVIDBO 

Aquella ridicula invasión al Brasil, con caballería sola- 
mente, sólo ofreció al Grobiemo de Montevideo sonrojo y 
vergüenza. 

£1 Grobierno del señor Agufrre hacía manifestaciones 
de querer resistir: algunas medidas de defensa así lo ha- 
cían creer. Se ha dicho que los hombres de Montevideo, 
en esa época, esperaban .ver aparecer de un momento á 
otro á los paraguayos y á Urquiza con un ejército en su 
auxilio; así se lo referían algunos políticos de Entre-Ríos, 
que no teniendo nada en que ocuparse, empleaban el 
tiempo en embustes y majaderías. 

El señor Aguirre, ilusionado, envió persona de su con- 
fianza á conferenciar con Urquiza, á fin de saber la ver- 
dad, y éste le dijo: — Parece imposible que el señor Agui- 
rre no comprenda mi situación: yo no soy Presidente de 
la República, y no puedo disponer del ejército de la pro- 
vincia sin orden del Gobierno Nacional. 

El comisionado no volvió: escribió desde Concepción 
del Uruguay diciendo que todo estaba terminado con la 
contestación de Urquiza; que no había que esperar en- 
trerrianos ni paraguayos; que todo eran falsedades, y que 
era necesario salir del apuro como mejor se pudiera. 

Con estas noticias, que no dejaban lugar á dudas, el 
partido exaltado, dirigido por Carreras y Nin Reyes, em- 
pezó á caer en la desesperación. 

£1 señor don Atanasio Aguirre era el más dueño de sí, 
en situación tan afligen te; á él se dirigían las miradas de 
los hombres más sensatos; los que antes exigían de él 
medidas extraordinarias, como la quema de los tratados, 
ahora aparecían sumisos y le decían:— Señor Presidente, 
todo lo esperamos de su buen juicio; V, £. es el que 
debe decirnos si es posible continuar la guerra, ó si con- 
viene buscar un avenimiento honroso. 

£1 señor Aguirre los tranquilizaba, y pedía solamente 
disciplina y respeto á la autoridad del Presidente. 

Algunas prisiones y destituciones tuvo que hacer el 
señor Aguirre, entre los que querían extremar más la 
situación con movimientos militares dentro de la plaza, 



RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 373 

para dar vigor,~aecían, — á- la defensa. Éstos eran unos 
cuantos soñadores, á los que hubo que enviar presos al 
Cerro. 

En discusiones y conferencias entre los hombres de la 
plaza, corrían los días y se aproximaba el 14 de Febrero, 
en que debía hacerse la elección de Presidente del Se- 
nado. 

Desde que se había alejado la esperanza de todo auxi- 
lio de paraguayos y entrerrianos, los ánimos empezaron á 
inclinarse en favor de una combinación de paz. 

El general sitiador, por su parte, deseaba evitar el bom- 
bardeo de la Capital y una entrada á viva fuerza, no tan 
sólo por la pérdida de vidas que el hecho originaría, sino 
también por los intereses importantes que la Capital re- 
presentaba ; esperaba, pues, el 15 de Febrero, por si el ciu- 
dadano que se eligiera para la presidencia del Senado, 
presentaba ó no garantías para poder tratar con él. 

El señor Aguirre, comprendiendo la gravedad de la si- 
tuación, pensó en la persona que pudiera sustituirlo, á fin 
de llegar al resultado de una paz honrosa. 

Varias reuniones tuvieron lugar en casa de ciudadanos 
de significación, y concluyó por indicarse como candida- 
tos á la presidencia del Senado; á los señores don Tomás 
Vil I alba y don Juan Caravia. 

A estos trabajos no era extraño el señor Aguirpe, que 
estaba empeñado en que se llegase á un avenimiento 
para la paz, por convenir así á los intereses públicos y á 
las personas comprometidas en la lucha. 

Casi simultáneamente á la indicación de candidatos 
para la presidencia del Senado, el Presidente señor Agui- 
rre ordenó al General Antonio Díaz, jefe superior, se 
presentase con los generales que mandaban fuerzas, y 
con un estado de las mismas en situación de batirse. 

Esto sucedía el 12 de Febrero, y la reunión debería 
efectuarse esa tarde, en el mismo Estado Mayor. 

El estado pedido daba presentes: 7 generales, 90 je- 
fes, 500 oficiales y 3,307 individuos de tropa, con 30 pie- 
zas de artillería prontas, y una cohetera á la Congreve. 



374 RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

El Presidente, después de imponerse del estado de fuer- 
zas, preguntó si con aquellos elementos podía llevarse á 
cabo una defensa digna. 

Algunos generales, los menos, dijeron que respondían 
de auB puestos; los otros enmudecieron. 

El General don Antonio Díaz, español, pero vinculado 
al país por largos servicios militares, era á la sazón el 
jefe superior del Ejército; el señor Aguirre lo había nom- 
brado para ese alto destino, porque era el que menos di- 
vidía; militar culto y de escuela, ejercía cierto espíritu de 
conciliación y de orden muy necesario en aquellas cir- 
cunstancias; hombre anciano, el señor Díaz era conside- 
rado por los más jóvenes como incapaz, en la práctica, 
para una defensa heroica. 

— Esos son partes del gallego Díaz, ~ decían, cuando 
éste proponía alguna medida de orden y de disciplina. 

Por otra parte, ciertos generales no querían oir hablar, 
después que vieron que venía el Ejército de Flores sobre 
la Capital, de otras responsabilidades que de las de sim- 
ples jefes de línea en la defensa.— «El General en Jefe, 
que sea otro*, — decían, cuando los indicaban para el 
mando superior, aunque fuera por incidencia. 

Los sucesos finales de la toma de Paysandú por la 
fuerza de las armas, habían hecho sin duda reflexionar 
á los militares de graduación superior; y ellos, que antes 
decían que harían la guerra á todo trance como en Ru- 
sia C^), en esa situación demostraban ser más razonables 
y humanos. 

La fecha fatal del 14 de Febrero, en que debía tener 
lugar la elección de presidente del Senado, se aproximaba 
entretanto. 

El señor Aguirre, con mucha habilidad, empezó á hacer 
preguntas á los generales sobre el tiempo que se defende- 
ría la plaza. Unos y otros se miraban sin contestar; sólo el 
señor Díaz, jefe superior, dijo: — La fuerza que tenemos 
puede rechazar el primer asalto sobre trincheras ; ahora, 

( 1) Referencias del señor Tomás Villalba. 



RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 375 

acerca de] tiempo que puede durar la defensa, eso depende 
de varias circunstancias, como, por ejemplo, del bombardeo 
de los buques, de las pérdidas que ge sufran y de otras 
que no se pueden prever. 

Los d^más generales observaron la prescripción árabe : 
«Del silencio pende la felicidad». 

Entonces el señor Aguirre dijo: «—Bueno, allá veremos;, 
pero ahora tenemos que preocuparnos del cambio de pre- 
sidente del Senado; yo podría ser reelfecto, pero no acep- 
taré; el enemigo no tratará de la paz conmigo, porque he 
autorizado la quema de los tratados y tolerado el arras- 
tre de la bandera brasilera. 

Sucedía con la presidencia del Senado, lo que con el 
Ejército. * . • 

El año anterior, los políticos se disputaban la presi- 
dencia, y los generales el mando en jefe. 

Ahora nadie quería ser presidente del Senado, ni ge-, 
neral en jefe del Ejército. 

Los generales se volvieron á mirar, y un nuevo silen- 
cio fué la contestación. 

.Viendo el Presidente que nadie, abría opinión, agregó: 
-^Si se quiere la paz como solución, hay dos candidatos: 
los señores Caravia y Villalba; éste reúne más votos, se- 
gún me informan los Senadores. 

Entonces los generales, que habían permanecido silen- 
ciosos, dijeron unánimemente: — Villalba no, porque es 
colorado, y nosotros lo que queremos es una transacción 
que nos dé garantías. 

El señor Aguirre, que ya sabía lo que quería saber, 
esto es, la disposición en que estaban los hombres de 
guerra, convenciéndose de que lo que menos deseaban era 
batirse como en Rusia, —y tenían razón, porque hubiera 
sido el «Canto del cisne»,— levantó la sesión, retirándose 
los generales á sus cuarteles con bastante ansiedad, por- 
que la situación se tornaba cada vez más nebulosa. 

£l señor Aguirre, al contrarío, después de esta reunión 
de los generales, adquirió confianza en que la cuestión se 
solucionaría satisfactoriamente» 



376 RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

El Senado no se reunió d día, 14, en que estaba citado^ 
diciéndose que, desde que los generales no aceptaban á^ 
Villalba, que era el que contaba con más votos, conside- 
raba inútil reunirse, y que después del 15, si no se nom- 
braba Presidente, el General Flores abriría operaciones 
sobre la plaza, porque, no habiendo gobierno con quien 
tratar, el cañón sería la última palabra. 

Ante esta disyuntiva, los generales, reflexionaron é hi- 
cieron llegar á oídos de Aguirre que ellos no serían un 
obstáculo; que lo que querían era la paz, y garantías^ 
eso sí, para sus personas. 

Con este antecedente los reunió nuevamente el señor 
Aguirre, y les expuso la situación, esto es, la paz con 
Villalba, ó la guerra con la ace£alía del Gobierno. 

El silencio más profundo se produjo en la sala del 
Consejo; «se hubiera oído el volido de una mosca,» al de- 
cir de uno de los presentes. 

El General Servando Gómez, viendo que nadie tomaba 
la palabra, dijo: — Así como fui el primero, en la reu- 
nión anterior, en rechazar la candidatura del señor Vi- 
llalba para presidente del Senado, debo decir ahora que 
he reflexionado y que acepto esa candidatura, porque 
creo que efectivamente nos dará la paz, con las garantías 
que anhelamos. 

Los demás generales se expresaron en el mismo sen- 
tido, con excepción de Medina, que dijo:— iVac^a bueno es- 
pero de ese hombre, porque ni es blanco ni es colorado; 
en todo caso, más bien estará con los salvajes. 

¡Y era Medina el que se expresaba de esa manera! 

Su única preocupación,— decía,— eran las garantías per- 
sonales que podía ofrecerle el vencedor. 

Resuelta la cuestión por parte del Ejército, el Senado 
se reunió el 15 y eligió por unanimidad al señor don To- 
más Villalba presidente del Senado. 

Como se sabe, el funcionamiento del Senado, sin la otra 
rama del Cuerpo Legislativo, la Cámara de Representan- 
tes, que había cesado el año anterior, era ilegal, y por 
eso el Gobierno de Aguirre era considerado de hecho; lo 
mismo sucedía con la presidencia de Villalba. 



RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 377 

La acefalía del Gobierno hubiera trcudo perturbaciones 
mayores, y había necesidad de investir al gobernante con 
qierto carácter, ya fuese para la paz ó para la guerra. 

I* *n *n 

Yillalba, Aguirre y el General Díaz, jefe superior del 
Ejército, conferenciaron el mismo día en la Casa de Go- 
bierno. 

Villalba pidió á Díaz el plano de fortificaciones, y da- 
tos sobre el número de hombres prontos para la defensa; 
Díaz satisfizo inmediatamente á Villalba. 

Hablaron sobre la necesidad de llegar á una paz hon- 
rosa, porque K defensa no tenía objeto. 

Al día siguiente recibió Villalba á los generales y je- 
fes superiores; se cambiaron palabras de congratulación 
y de esperanza en la paz, pues ya nadie pensaba en com- 
batir. 

EL 18, Villalba hizo algunos cambios, con el objeto de 
concentrar su autoridad y vigorizarla. 

En seguida llamó al distinguido hombre público doctor 
Manuel Herrera y O bes, y encerrándose con él en su 
despacho presidencial, cambiaron pareceres sobre la situa- 
ción, concluyendo por estar perfectamente de acuerdo con 
las ideas de paz que predominaban en todas las clases 
sociales, incluso el ejército. 

— Debo decir á usted, estimado doctor,— le dijo Villalba 
muy confidencialmente,— que los principales jefes de la de- 
fensa están muy moderados; que sólo hablan de garan- 
tías para sus personas, en una paz honrosa; los he ob- 
servado detenidamente y he tomado informes muy respe- 
tables, que están de acuerdo con esta opinión. 

Los autores ó cómplices en los crímenes políticos eje- 
cutados en 1858, ya al Sur ó al Norte, están azorados: 
ninguna garantía les parece bastante.— «Todavía si los 
Ministros extranjeros intervinieran, podía uno estar tran- 
quilos—decía á un amigo uno de los actores principa- 
les de aquel drama de Quinteros; — pero «temo mucho, — 



378 RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

afi^regaba,— que este Villalba nos entregue como corderos.» 

«Entonces,— se le replicaba,— hagan ustedes una defensa 
como la de Leandro Gómez, y mueran como él con las 
armas en la mano.» El otro objetaba:— «Eso está bueno 
para decirlo, pero no para hacerlo; no tenemos elemen- 
tos.» 

—En estas pocas palabras,— decía Villalba á H^rera,— 
se condensa la situación de espíritu de estos hombres que 
están obedientes y sumisos, muy al contrario de cuando 
obligaron al señor Aguirre á que autorizara la quema de 
los tratados con el Brasil. 

—«El ejército lo exige»,— decía entonces al Presidente 
Aguirre[el comisionado, á fin de ejercer presión sobre él para 
aquel acto.— «Si no se lleva á cabo esa satisfacción nacio- 
nal, — agregaba, — Montevideo será teatro de sucesos la- 
mentables;» y el señor Aguirre tuvo que ceder. 

Pero esta situación debe ser conocida solamente de nos- 
otros,— continuaba Villalba. 

Según mis noticias, el General Flores está bien dis- 
puesto para conceder garantías personales á todos los 
jefes y oficiales del ejército sin distinción; pero parece 
inflexible sobre la rendición simple ó incondicional de 
la plaza; no admitirá cláusulas de ninguna especie, porque 
dice que él sabe mejor que otros lo que conviene al país 
y á los intereses de la nación. 

Estas noticias me las ha trasmitido un Ministro extran- 
jero que trabaja por la paz, y que las ha obtenido de buena 
fuente. 

De manera, pues, que,— continuaba Villalba,— mis ins- 
trucciones tienen que ser muy limitadas; la negociación 
quedará librada á su buen juicio, á su experiencia y á su 
acrisolado patriotismo, de que tantas pruebas tiene ya 
usted dadas, estimado doctor y amigo. 

Entonces el doctor Herrera y Obes dijo al Presidente: 

—Está bien; yo acepto la delicada misión que se me da, 
porque tengo gusto en prestar este nuevo servicio á mi 
país; pero desearía me diese usted bases concretas, escri- 
tas, que me sirvieran de regla. Porque es necesario tener 



it£ND10iÓN DE -MONTEVIDEO 379 

presente,— agregó,— que el General Flores tiene á sus órde- 
nes hoy un ejército y una escuadra, que puede imponer 
condiciones y apoyarlas con la fuerza; debemos ponernos 
en situación de que acepte el General Flores las que se le 
propongan sin mayores discusiones, desde que nuestro prin- 
cipal objeto es la paz, con garantías personales para los 
militares de la plaza. . 

— Había pensado en éso, — contestó Villalba; — y sa- 
cando del cajón principal de su mesa-escritorio un pliego, 
escrito con la letra menuda que le era peculiar, se lo ex- 
tendió al doctor Herrera. 

Este lo leyó con atención, observando á Villalba en se- 
guida; que el General Flores no consentiría en compartir 
el Gobierno con sujetos que él no indicara; que nombra- 
ría sus. Ministros y todos los empleados de la Adminis- 
tración; que debía pensarse que no había llevado á cabo 
una revolución con sacrifício de hombres y dinero, para 
después del triunfo gobernar con extraños, y administrar 
con los mismos elementos del partido vencido. 

—Sí, ya lo sé,— contestó Villalba;— pero yo tengo de- 
beres que cumplir, y debo empezar por proponer las ba- 
ses que juzgo de acuerdo con nuestra situación. 

El General Flores las aceptará ó no; pero de ellas que- 
dará constancia;^ y algo hemos de obtener que sea bené- 
fico á los intereses públicos. 

En este sentido,— agregó Villalba,— voy á pasarle una 
carta que le sirva á usted de credencial, acompañándole 
el pliego de las bases de pacificación. 

Confidencialmente debo decir á usted, estimado doc- 
tor, que la defensa es imposible con los elementos de que 
se dispone. ¿Qué objeto habría en exponer á la Capital á 
un bombardeo, para rendirse después de ver una parte.de 
ella en ruinas? 

¿Qué beneficio reportaría al país una defensa más ó 
menos tenaz, encontrándose sin aliados y sin esperanza 
de auxilio alguno? 

¿ El vencedor ofrecería las mismas garantías á los sitia- 
dos después de un combate sangriento? 



380 RENDICIÓN DtS MONTEVIDEO 

Como mi objeto principal es salvar la Capital de un de- 
sastre como el de Paysandú,— siguió diciendo Villalbay — 
y obtener garantías para las personas comprometidas que se 
encuentran en la plaza, abandonaré otras cuestiones, que 
más son de forma que de fondo, al patriotismo del Gene- 
ral Flores, que desde luego es el principal interesado en 
restablecer el orden sobre bases legales y justas. 

Los documentos que el señor Viiialba puso en manos 
del doctor Herrera, son los siguientes : 



€ Montevideo, Febrero 17 de 1865. 

« Decidido á evitar, por todo medio que esté en mi poder 
« y sea decoroso y digno, la efusión de sangre oriental y las 
« ruinas y desgracias que atraería sobre esta ciudad un ata- 
« que de las numerosas fuerzas que la asedian sobre nuestras 
« líneas de defensa y demás puntos porque la ciudad puede 
« ser agredida, he tenido á bien comisionar á usted para que, 
« con el carácter de Agente Confidencial, negocie con el ge- 
« neral sitiador las condiciones de un arreglo pacífico que 
« llene aquel objeto. 

« No siendo posible, por la premura y gravedad de los 
« momentos, dar á usted instrucciones escritas que le sirvan 
« de guía en esa negociación, acompaño á esta comunicá- 
« ción las últimas condiciones á que suscribiré, toda vez que 
« no pueda arribarse á más ; cuyo trabajo dejo á la habilidad 
« y patriotismo de usted. 

« Al encargarle.de esa delicada misión, juzgo de mi deber 
« hacer saber á usted que, antes de decidirme á ella, he 
« tratado de averiguar por personas caracterizadas y de res- 
« petabilidad, las disposiciones del general sitiador para* 
« entrar en esa negociación y las bases sobre que lo haría, 
« resultendo de esa averiguación que, si bien se preste á lo 
« primero dicho general, sobre lo segundo tiene pretensro- 
« nes que presente como indeclinables y que difieren com- 
« pleteipente de las bases que doy á usted. 

« Espero, pues, que el señor Herrera y Obes querrá pres- 



BENDICIÓN DE MONTEVIDEO 381 

« tarse á este nuevo servicio que le piden su país y esta afli- 
« gida población. 
« Dios guarde á usted muchos años. 

«Tomás Villalba.. 
« Señor doctor don Manuel Herrera y Obes. » 



BASES DE PACIFICACIÓN PBESENTADAS POR EL 

SElíOB VIILALBA 



«1.* El Presidente del Senado, encargado del Poder Eje- 
« cutivo, resignará sus facultades en un Gobierno Provisorio 
« que deberá regir el país hasta la instalación del nuevo 
« Gobierno Constitucional que se elija. 

« 2.* El Gobierno Provisorio será compuesto de la per- 
« sona del General Flores, que lo presidirá, teniendo por 
« colegas á los señores don Juan M. Martínez y don An- 
« tonio Rodríguez Caballero. 

«3.* Este Gobierno hará proceder alas elecciones de 
« Senadores y Representantes y Juntas Económico- Admi- 
« nistrativas, haciendo observar en dichos actos el más 
« perfecto orden y la más completa libertad de sufragio. ' 

« 4.*^ Entre tanto, las Juntas Económicas serán suplidas 
« por Comisiones especiales compuestas de vecinos respeta- 
« bles designados por el Gobierno Provisorio. 

« 5.* Las propiedades serán inviolables conforme á la 
« Ley. El Gobierno Provisorio empeñará todo su poder y 
« el concurso de los ciudadanos para garantirlas y hacerlas 
« respetar, haciendo que se devuelvan inmediatamente á 
« sus dueños las que por cualquier título les hayan sido 
« tomadas. 

« 6.^ Las opiniones políticas serán igualmente inviolables, 
«.no pudiendo ninguna persona ser perseguida judicial ni 
« administrativamente por hechos, escritos ó palabras ante- 
« riores ó durante la guerra civil. La opinión pública será 



382 RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

« el Único Tribunal en estos casos para todos los ciuda- 
« danos. 

« 7.* De los empleados civiles y judiciales no podrá dis- 
« ponerse sino con arreglo á las Leyes, quedando garantidos 
« los empleos y grados militares conferidos en uno y otro 
« campo.^ 

« 8.^ Las deudas páblicas y las rentas que les están afec- 
« tas quedan especialmente garantidas, tomándose las más 
« eficaces disposiciones para que las Leyes de la materia 
« recobren inmediatamente su entero vigor. 

« 9.* El Gobierno Provisorio procederá sin demora á 
« hacer los ajustes necesarios con los jefes del Ejército Im- 
« perial^ 6 con los Representantes del Imperio, para la 
« cesación de las hostilidades y evacuación del territorio, 
« debiendo tener lugar dicha evacuación antes que empiecen 
« los comicios públicos, sin perjuicio de poner término deco- 
« rosa y definitivamente y en la forma más hacedera y 
« amistosa á las dcsinteligencias que desgraciadamente han 
« surgido entre los dos países, bien entendido que, para el 
« arreglo final de que se trata, el Gobierno Provisorio no 
« podrá prescindir de las siguientes bases: 

« Independencia absoluta de conformidad al tratado con 
« la República Argentina de 4 de Diciembre de 1828. 

« Integridad del territorio de la República conforme á la 
« demarcación actual de límites. 

« Conservación de su sistema aduanero bajo el principio 
« de la igualdad de tarifas y favores para todas las naciones. 

«ViLLALBA.» 

En consecuencia, el doctor don Manuel Herrera y Obes 
se trasladó á la Unión el día 18 de Febrero, á iniciar ges- 
tiones de paz con el señor General Flores, que se encontraba 
en la quinta de Peña, acompañado de su Estado Mayor. 

Fué recibido perfectamente, y después de varias confe- 
rencias, estando presentes en la última el Ministro del Brasil 
señor Paranhos, el General Mena Barreto y el Almirante 
Tamandaré, quedó terminado el ajuste de paz. 



fi 



RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 383 

Las bases fundamentales fueron: 

1.* Restablecimiento del orden. 

2/ Garantías individuales, exceptuándose los casos de 
crímenes y delitos comunes. 

3.*, Gobierno Provisorio del General Flores, con los Mi- 
nistros que él nombrase. 

4.* Las elecciones de Senadores, Diputados y Juntas se 
harían cuando fuera posible. 

5.* Reconocimiento de grados militares. 

6.^ Garantías á los intereses particulares. 

7.* Licénciamiento de las fuerzas de la Capital. • 

8.* El Brasil, por su parte, se consideraba satisfecho con 
las reclamaciones iniciadas antes, y nada tenía que.agregar. 



■• • 



Esta Convención fué firmada por el Ministro del Brasil 
señor Paranhos, el señor General Flores y el doctor He- 
rrera el 19 de Febrero de 1865, y ratificada por el Presidente 
señor Villalba el 21 del mismo mes y año. 

Luego de ajustadas las bases del Convenio de pacificación, 
lo primero de que se preocupó el doctor Herrera, fué de ob- 
tener del General Flores salvoconductos páralos generales 
de la plaza y para los jefes más comprometidos. 

Cuando Medina recibió el suyo, dijo: — «Con la paz ó 
sin la paz, me embarco.» Otro general, que también fusiló 
por su cuenta á prisioneros rendidos allá por Paysandú, en 
el arroyo Rabón, dijo: — *Esto es lo que quería yo.» 

Medina se hacía leer y releer el salvoconducto del General 
Flores, y, como si supiera distinguir, tomaba el documento 
y miraba la firma con fijeza; doblándolo después con mucho 
cuidado, lo guardaba en el bolsillo del pecho de su casaca. 

Los unos más, los otros menos, todos recibieron con 
mucho contento el documento salvador (i). 

Un coronel, á quien había olvidado el doctor Herrera, 
detuvo el coche en uno de los viajes que hizo el negociador, 
y le dijo con mucho respeto, sacándose el kepis: 

(1) Referencia del señor Villalba al autor de estos apuntes. 



^ 



384 RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

—Doctor, usted me ha olvidado; no tengo el salvocon- 
ducto, que tienen otros. 

£1 doctor Herrera le contestó con benevolencia: 

—Es verdad; á la vuelta se lo traigo. 

En efecto, cuando el negociador volvió de la Unión, ya 
tarde, el coronel lo esperaba á la altura de la plaza de Ar- 
tola, y saliéndole al encuentro, le dijo: 

—Doctor, ¿se acordó de mí? 

Herrera, sonriendo, le contestó: 

—Sí, aquí está; y sacando del bolsillo el salvoconducto, 
se lo entregó al coronel, que se deshizo en cumplimientos ( ^ ). 

Cuéntase que, cada vez que el doctor Herrera pedía al 
General Flores un salvoconducto para determinado jefe, 
el general decía bondadosamente: 

—Pero, doctor, ¿no decía usted que estos señores com- 
batirían hasta morir? 

Entonces Herrera, con su gravedad habitual, contes- 
taba: 

— Así lo decían ellos. 

En efecto, el doctor Herrera, desempeñando con lealtad 
su misión de negociador, había hecho ver al General Flores 
los peligros de un ataque á viva fuerza; pues los defensores 
sumaban un número bastante crecido y estaban armados 
para resistir con ventaja. 

—Mucha sangre va á correr, general,— decía Herrera, — 
y es necesario evitar esas desgracias. 

Flores respondía con calma: 

— Yo estoy más bien informado que usted, mi estimado 
doctor, de lo que pasa en Montevideo; hay armas y hom- 
bres, es verdad, para una defensa honrosa, aunque sin éxito, 
pero no hay cabeza dirigente, todos los generales, sin 
distinción alguna, están abrumados: quieren la paz á todo 
trance, y un salvoconducto para embarcarse en seguida. 

Y departiendo amigablemente con el doctor Herrera, le 
entregaba los salvoconductos con toda fineza, diciéndole: 

—Estimado doctor y amigo, estoy á la disposición de 

(1) Beferencia del mismo doctor Herrera. 






RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 385 

ustedy en esto como en cualquier otra tosa en que pueda 
servirlo. 

El doctor Herrera, que era un perfecto caballero, á la vez 
que hábil diplomático, se limitaba á solicitar del General 
Flores sólo aquello que se relacionara con el orden de la 
Capital, y las garantías para los compatriotas en desgracia. 

El convenio de^ pacificación, sobre la base de la rendición 
del ejército de Montevideo, no pudo ser más razonable; 
el mismo Villalba decía después á los que querían oirlo: 

«El General Flores procedió con toda generosidad y 
patriotismo en aquel acto, uno de los más difíciles por que 
ha pasado el país; dio todas las garantías que se le pidieron 
para sus enemigos, y tuteló todos los intereses. » 

En la contestación que dio Villalba al doctor Herrera, 
acusándole recibo del memorándum que el negociador le 
^ pasó dándole cuenta de las bases acordadas para la pacifi- 
cación, se ve que estaba prevista por estos distinguidos 
estadistas la solución definitiva de la cuestión. 

Transcribimos algunos párrafos de esa comunicación de 
Villalba al doctor Herrera, en que se pone en evidencia la 
verdad de cuanto hemos referido: 



CONFIDENCIAL 

« Al señor doctor don Manuel Herrera y Obes, comisio- 
« nado, etc., etc. 

« MonteTideo, Febrero 18 de 1865. ^ 

« He tenido el honor de recibir la confidencial de usted 
« fecha de hoy, adjuntando las bases que le ha sido posi- 
« ble ajustar con 8. 8. E. E. el señor General Flores y el 
« señor Consejero Paranhos, Ministro de S. M. el Empera- 
« dor del Brasil. 

« No necesitaba ciertamente leer el memorándum que us- 
« ted se ha servido pasarme, para quedar persuadido de 
«los vigorosos esfuerzos que su ilustrado patriotismo ha 



26. 



386 RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

* 

« debido hacer para salvar, en el interés bien entendido 
« del vencedor, el principio de autoridad, representado en 
« la persona del Encargado del Poder Ejecutivo; circuns- 
« tancia que por sí sola hubiera bastado para hacer acep- 
< table por todos 6 con raras excepciones, ja negociación 
« en que estamos empeñados, facilitando sobremanera la 
« ejecución de las estipulaciones y la reorganización del 
« país. Sin tal condición, las resistencias al provisoriato de- 
« ben ser necesariamente fuertes y perseverantes, hacienda 
« quizás muy precaria la paz.- 

« Desgraciadamente, al enviarlo á usted al campo de los 
« Aliados, yo no podía hacerme ilusiones acerca de este 
« punto, aun perfectamente teniendo, como tengo, la más 
« elevada idea de su aptitud para una negociación grave. 
« Conocía perfectamente el carácter y la tendencia de los 
€ convenios que los ligaban, y sabía desde las primeras 
« conferencias que el establecimiento de un gobierno en la 
« persona del General Flores, era condición sine qua non» 
« En una palabra: la fatal política de los gobiernos ante- 
« riores, de que absolutamente, usted sabe bien, no puedo 
« hacerme solidario, y la exigüidad de nuestros elementos 
« de resistencia, nos tenían colocados de antemano entre 
« una rendición á discreción ó un desastre mucho más 
« grande, más doloroso y más inútil que el de Paysandú ; 
« y en esa alternativa mi elección no puede ser dudosa. 
« Llevaré la abnegación, el sacrificio, hasta sus últimos 
« límites. Me sobra energía y voluntad para hacerlo, y lo- 
« graremos, señor doctor, contando con su valioso concurso 
« y aun con la concurrencia del mismo General Flores, sal- 
« var, en cuanto es posible, los intereses comprometidos^ 
« garantiendo el restablecimiento del régimen constitucio- 
« nal dentro de un término breve, el crédito público, las 
« propiedades, las personas, las opiniones, los derechos de 
« todos; y conservaremos para la patria las vidas precio- 
« sas de tantos valientes, que no-tienen ciertamente la culpa 
« de los males que las faltas y las pasiones de otros nos 
« hacen sufrir en este momento. Acepto, pues, la responsa- 
« bilidad de la primera base, para ante la ley y para ante 



RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 387 

«la opinión, como para ante los contemporáneos y para 
« ante la historia. » 



< Excusado me parece indicar á usted que no debe pres- 
« cindir en manera alguna de la garantía oficial de 8. E. 
« el señor -Ministro brasilero, como representante del Go- 
« bierno imperial, beligerante en la ocasión y garante, con 
« el de la República Argentina, de la independencia ab- 
< soluta de este país y de la integridad de su territorio. 

« También debe usted insistir, hasta conseguirlo, eh los 
« artículos de sus instrucciones que le prescriben estipu- 
« lar el desembargo y la más plena garantía de la pro- 
« piedad, así como de la d^uda interna localizada en Lon- . 
« dres. Conoce usted ya íntimamente mis opiniones so- 
« bre una y otra cosa^ y son, por otra parte, tan obvias 
« las razones que pueden aducirse á ese respecto, que no 
« dudo conseguirá las estipulaciones convenientes. * * 

« Dejo todo lo demás al patriotii^mo, al celo é inteligen- 
« cia de usted, saludándolo con mi más perfecta considera- 
« ción. 

«Tomas Villalba. » 

Transcribimos también la carta que el General Flores 
dirigió al doctor Herrera, explicando la razón porque al- 
guna de las bases- enunciadas por Villalba no había sido 
estipulada en el convenio, y dando las mayores seguri- 
dades de respeto á todos los intereses legítimos: 

« Señor doctor don Manuel Herrera y Obes, Comisionado 
« Especial por el Gobierno actual de Montevideo para 
« convencionar la pacificación del país, etc. 

«Señor: 

« En las conferencias* habidas para ajustar las condi- 
« cienes .sobre que debe restablecerse la paz del país, ha 
« ciendo cesar de todo punto la guerra interna y extema 



1 



388 



BENDICIÓN DE MONTEVIDEO 



que hoy pesa sobre él, he tenido que negarme á las exi- 
gencias de usted para que entre los artículos de la Con- 
vención celebrada se consignase la obligación del Gk>- 
bierno Provisorio de poner en inmediata y completa eje- 
cución las leyes relativas al pago de los intereses de la 
deuda pública, reconocida como tal, y su amortización.' 
« Pero como usted ha visto, para proceder así he tenido 
otra razón que la de creer desdorosa para dicho Go- 
bierno la consignación de una obligación de esta natura- 
leza. 

« Reconocido, pues, el fin loable y patriótico que^ deter- 
minaba la exigencia de usted, y respetando todas las 
consideraciones y excelentes prirCcipios de 'moralidad y 
economía política en que usted basaba aquella pretensión, 
y la necesidad de' prevenirlas eq&ivocadas ó falsas 
interpretaciones á que podría dar lugar, con grave daño 
de los intereses públicos, la falta de una declaración de 
«ia .«specie, creo de mi deber declarar á usted, por la 
presente carta, que me haré un deber de honor y patrio- 
tismo, en dictar, inmediatamente que me reciba del Go- 
bierno, una resolución que tranquilice á los acreedores 
del Estado y deje perfectamente establecido que nadie es 
más celoso que yo del cumplimiento de los empeños 
nacionales y la confianza que debe depositar en la fe de 
aquellas promesas, sin las que no hay crédito posible 
para los Estados, ni la respetabilidad y seguridad á que 
deben aspirar. 

« La espontaneidad de esta declaración, espero que satis- 
fará á usted, pues aunque en otra forma, yo la consideraré 
siempre como parte integrante de la Convención que he- 
mos firmado en esta fecha. 

. «Con tal motivo, me es grato decirme de usted muy 

« atento y S. S. Q. 8. M. B. 



«Venancio Flores. 



«Unión, Febrero 20 de 1865.» 



i 



RENDICIÓN DE MONTEVIDEO 389 



III 



De acuerdo con el convenio de pacificación, el General 
Flores expidió el siguiente decreto: 

« Gobierno Provisorio.— Considerando que, en virtud del 
« Convenio celebrado el 20 del corriente, queda reasumida 
« en mi persona la primera magistratura de la República, 
« queda establecido desde esta fecha el Gobierno Provi- 
« sorío, debiendo autorizar todos sus actos el señor don 
« José Cándido Bustamante como secretario interino, pu- 
« blicarse y circularse á los Agentes Diplomáticos y Consu- 
« lares. 

«Venancio Flores. 

«Villa de la Unión, Febrero 21 de 18C5.> 



El mismo día fué nombrado el General Francisco Cara- 
balio jefe de la plaza de Montevideo, el que entró con 
una escolta de tiradores y lanceros, se posesionó del Fuerte 
y del Cabildo, y dio sus órdenes para el desarme, que se 
llevó á efecto de inmediato. 

Tenía su cuartel general en el Cabildo, y desde allí 
daba sus órdenes. 

El General Díaz, jefe de la plaza, estaba también allí, 
y tomaba las últimas disposiciones para cumplir lo pactado. 

Vestía de uniforme con espada al cinto el viejo Díaz, 
y un testigo ocular nos refiere que su actitud correcta 
ponía en evidencia al soldado de escuela que cumplía con 
un penoso deber. 

Caraballo, general llegado recientemente de campaña, 
vencedor después de una lucha constante de dos años, 
vestía de bombacha, saco y sombrero de paja, y con una 
pierna cruzada sobre la otra, recibía con aire placentero 
y benevolente las informaciones que le daba, con aire 



390 RENDICIÓN DE MONTEVIDEO , 

serio y digno, el adversario de ayer, al hacerle entrega de 
la plaza. 

Terminada la operación, el General Díaz se retiró con 
toda cortesía. 

En la madrugada del 21, las tropas de Flores habían 
entrado en grupos á la ciudad, y en la calle 18 de Julio 
y Sarandí se veían clavadas las lanzas, con banderolas 
coloradas unas, con. banderolas blancas y cruz punzó en 
el centro otras, signo de la cruzada. 

El General Flores hizo su entrada el 22, acompañado 
de los jefes superiores de su ejército, y tomó posesión del 
fuerte. 

Los batallones de infantería iban á retaguardia batiendo 
marcha. 

Cuando el general llegó al, fuerte, el pueblo, represen- 
tado por todas las clases sociales, lo recibió en brazos, y 
hubo entusiastas que, colocándolo sobre sus hombros, á 
pesar de su resistencia, lo llevaron así hasta la escalera que 
daba acceso al Tribunal de Justicia. 

De allí se dieron vivas al ilustre General Flores, al Ejér- 
cito libertador y al Brasil, vivas que fueron acompañados 
calurosamente. 

El orden más perfecto reinó en aquellas manifestaciones. 
Los vencedores guardaban la mayor consideración con los 
vencidos; no se oyó una palabra agresiva, ni tuvo lugar 
acto alguno de que pudieran quejarse los que supieron 
negar honras fúnebres á los ultimados en Quinteros 
en 1858. 

Los vencidos, una vez desarm^idos, se retiraron á sus 
casas, ya en la ciudad ó en la campaña; algunos se au- 
sentaron para Buenos Aires y Entre-Ríos, donde fueron 
propalando la traición de Vülalba, para disimular su si- 
tuación. Éstos eran los más comprometidos en asuntos 
políticos nebulosos, y á los que Villalba había salvado, 
pactando la garantía del vencedor y el salvoconducto 
para sus personas. 

Don Tomás Villalba, ciudadano austero, patriota acri- 
solado, persona principal por sus grandes dotes de esta- 



RENDICIÓN DC MONTEVIDEO 391 

dista, de honestídad proverbial, estaba á cubierto de la 
maledicencia y de la calumnia; pero los vencidos, los más 
exaltados, decían, en Buenos Aires y en Entre- Ríos:-— 
«Villalba nos ha traicionado.» 

—¿Por qué se han dejado ustedes traicionar ?— decía Ur- 
quiza en San José á uno de los prohombres del partido 
blanco, que fué á morir en el Paraguay, martirizado por 
López.— ¿Por qué el ejército de ustedes no impidió que Vi- 
llalba los traicionase? ¿por qué no quemaron hasta el úl- 
timo cartucho como en Paysandú? ¿por qué se entrega* 
ron ustedes coixio corderos?— agregaba Urquiza con aire 
zumbón. 

£1 prohombre blanco no sabía cómo explicar todo eso; 
tejía y destejía, concluyendo por afirmar que Villalba los 
había traicionado de acuerdo con Herrera y Obes. 

— ¡ Hum ! . . . ¡ hum ! . . . — refunfuñaba Urquiza. 

£1 prohombre blanco se retiró sulfurado, y en breves 
días tomó caballos en Concepción del Uruguay y partió 
para Corrientes á incorporarse á las tropas paraguayas (^) 
que maniobraban en esa provincia argentina. 



IV 



£n los días siguientes á su entrada en Montevideo, el 
General Flores tomó varias medidas de orden adminis- 
trativo. 

Nombró autoridades en la Jefatura Política, Capitanía 
del Puerto y Dirección de Aduanas. 

Fué nombrado, para la Jefatura, el Coronel Manuel 
Aguiar, y para la Capitanía del Puerto, el Generftl Acosta. 

El 28 de Febrero, el General Flores formó el Ministe- 
rio siguiente: Gobierno, doctor Francisco Antonino Vidal; 
Kelaciones Exteriores, doctor don Carlos de Castro; Gue- 

(1) Referencia del General Urquiza á persona de su amistad. 



392 BENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

rra y Marínaj Coronel don Lorenzo Batlle; Hacienda, don 
Juan Ramón Gómez. 

El señor don Tomás Villalba fué nombrado Contador 
General del Estado, y el señor don Juan Peñalva Co- 
lector General de Aduana. 

El 28.de Febrero, el Gobierno Provisorio 'publicó un 
decreto dejando sin efecto el del ex Presidente Aguirre, 
que había ordenado la quema de los tratados con el Bra- 
sil, y declarando vigentes dichos tratados, debiendo con- 
tinuar como ley común de los dos países. ' 

Esta satisfacción al Brasil se imponía, porque a^uei 
acto de la quema de los tratados, de cualquier manera 
que se mire, no es otra cosa que una manifestación de 
insensatez en que caen los partidos y los gobiernos cuando 
tocan á su fin. 

En seguida de estas cuestiones preliminares, el Go- 
bierno Provisorio entró en un período de actividad ex- 
traordinaria. 

El país tenía sed de paz y orden. Se dieron decretos 
sobre hacienda pública, sobj*e organización de los Tribu- 
nales, sobre propiedad rsuz, sobre establecimientos de cré- 
dito, sobre telégrafos, sobre comercio y navegación, y final- 
mente sobre la Universi(}ad, en la organización de los es- 
tudios feóricos y prácticos. 

Todas las cuestiones más importantes de progreso mo- 
ral y material fueron tratadas y reglamentadas por el 
Gobierno Provisorio en menos de tres meses. 

La capital se embelleció con calles empedradas, cami- 
nos y construcciones nuevas que dieron valor á la pro- 
piedad urbana y suburbana. 

Fué aquel movimiento febril jde progreso una verda- 
dera restauración. Los ricos ofrecían sus capitales para 
formaciórf de Bancos ;v el comercio hacía pedidos á Eu- 
ropa como nunca los había hecho de igual importancia; 
las rentas crecían y la prosperidad se manifestaba en me- 
dio de un espíritu de libertad práctica que podía notarse 
en todas partes. 

En los departamentos sucedía lo mismo. Los pueblos 



• EENDICIÓN DE MONTEVIDEO 393 

despertaban del marasmo eií (^e los había sumido la gue- 
rra. 

Las Comisiones Extraordinarias nombradas por el Go- 
bierno Provisorio se afanaban por borrar las huellas de 
aquella lucha cruenta de dos años. 

Los Jefes Políticos ponían su actividad y su patrio- 
tismo al servicio del progreso y de la libertad. 

Las víctimas de Quinteros en 1858, — hecho sangriento 
que deshonró al país,— no fueron olvidadas. 

Un decreto del Gobierno los declaró* Mártires de la 
Patria, disponiendo que á costa del Estado se levantase 
en el cementerio público un monumento que perpetuase 
la memoria de aquellos ilustres guerreros y la execra- 
ción del crimen. 



Á la pacificación de la República Oriental se sucedió 
el TVatado de alianza ofensiva y defensiva de fecha 1.® 
de Mayo de 1865, entre el Brasil, la República Argen- 
tina y la República Oriental, contra el tirano del Para- 
guay, que de hecho había declarado la guerra al Brasil 
y á la Argentina, invadiendo Matto-Grosso, territorio bra- 
silero, posesionándose de Corrientes, territorio argentino, 
y tomando algunos vapores de una y otra nación. 

La República Oriental contribuyó con 4,000 hombres, 
de infantesa, caballería y artillería, á cuyo frente se puso 
el invicto General Flores, que por sí solo valía un ejér- 
cito, como decía el Emperador del Brasil. 

En el mes de Junio, el General Flores se ausentó de 
Montevideo para Concordia (provincia de Entre -Ríos), 
donde se reunían los ejércitos de la alianza, dejando el 
Gobierno á cargo del doctor don Francisco Antonino Vi- 
dal, en el carácter de Gobernador delegado. 

£1 doctor Vidal desempeñó el puesto con patriotismo y 



394 BENDICIÓN DE MONTEVIDEO 

discreción, conciliando todos los intereses y haciendo todo 
el bien posible, sin distinción alguna, ya se tratase de 
blancos ó colorados, nacionales ó extranjeros: era un 
hombre de bien y de ciencia, en la verdadera acepción 
de estas palabras. 

El Brasil reunió un ejército formidable y una fuerte 
escuadra. La Argentina, en la medida de sus fuerzas, 
concurrió con un ejército superior al oriental por su nú- 
mero, é inferior al del Brasil por su número también. 

La carga principal la llevó el Brasil, que perdió cien 
mil hombres y gastó doscientos millones de pesos en 
aquella lucha homérica que duró cuatro años. 

El ejército oriental hizo notable figura: se encontró siem- 
pre á la vanguardia en todas las batallas, y sus restos glo- 
riosos volvieron en 1869, representados por un grupo de 
valientes veteranos alrededor de sus banderas, de las que 
no quedaba sino el sol bordado en oro, pues lo demás 
había sido destruido por el fuego enemigo. 

Durante este tiempo, el ilustre Flores, al que habían 
respetado los cañones enemigos en las sangrientas bata- 
llas que había librado, mandando orientales, argentinos 
y brasileros, fué asesinado por sus enemigos políticos en 
las calles de Montevideo, el 19 de Febrero de 1868. 

Murió Flores después de haber terminado su Gobierno 
Provisorio y cuando la República había entrado ya, por 
el patriotismo del héroe, en el orden constitucional, y des- 
pués de haberle dado paz y progreso. 

El General don Lorenzo BatUe fué electo Presidente 
constitucional el 1.® de Marzo de 1869. 

Su Gobierno fué laborioso y combatido por amigos y 
adversarios; pero á la manera de un esquife asaltado en 
alta mar por las tempestades, sostúvose firme y terminó 
su Presidencia en la alborada de la paz, en 18721 



ANÍBAL 



sus CAMPAÍÍAS AL TRAVÉS DE LOS ALPES 



«Fué el duelo de un grau hombre 
con un gran pueblo.» 



En la historia de los grandes sucesos militares destina- 
dos á ser el ejemplo de las épocas que se suceden, sur- 
gen tres personalidades notables que han absorbido la 
atención de todos. 

Aníbal, atravesando los Alpes con un ejército numeroso, 
desplomándose como avalancha sobre tos pueblos de la 
antigua Roma; César, llevando sus legiones bástalos úl- 
timos límites de la Galia al Norte, y por último. Napo- 
león, demarcando con su espada ciclópea los límites de 
un imperio que amenazaba ocupar la mitad del mundo. 

Inmortalizados los tres por su gloria inmensa, conquis- 
tada por sus méritos de soldados, se han originado serias 
controversias para deducir en cuál de las tres personali- 
dades se destacó con perfiles más enérgicos el genio de 
gran capitán. No es nuestra mente entrar en ello: sólo 
nos dedicaremos á narrar en este modesto trabajo las cam- 
pañas más notables del héroe cartaginés. 



396 ANÍBAL 



Con la destrucción de Sagunto en el año 219, antes de 
la era cristiana, comienza, puede decirse, la carrera mili- 
tar de AnibaL Se estrena* con la toma de esta ciudad, 
posesionándose después de ocho meses de una defensa 
desesperada, en que los defensores queman la ciudad para 
que el vencedor no posea más que escombros. Después 
de la toma de Bagunto, Aníbal resolvió marchar directa- 
mente sobre Roma; mas, para esto, tenía que atravesar 
los Pirineos, la Galia y los Alpes. Los romanos, des- 
pués de la toma de Sagunto, pusieron en juego la intriga, 
el oro y las amenazas, para extraviar, seducir ó conmover 
la firmeza del Senado de Cartago, á fin de que éste retí- 
rase el mando al general cartaginés; pero el Senado, 
que si bien estaba dividido, como lo probó la disensión 
habida, no habría podido cometer semejante cobardía con 
facilidad, pues Aníbal tenía la sangre de los grandes gue- 
rreros que no reconocen vallas en sus empresas, había 
jurado á su padre que su corazón destilaría siempre odio 
y guerra contra los romanos, y esta clase de juramentos, 
que la tradición hacía sagrados é inviolables, tenían que 
cumplirse;— para disuadirlo de su marcha sobre la Italia> 
hubiera sido necesario arrancarle la vida. 

Al volver á sus cuarteles en Cartagena, el ejército de 
Aníbal se componía de 90,000 infantes y 12,000 jinetes, 
que debían atravesar altas montañas, ríos caudalosos y 
territorios inmensos, dando batallas y combates sin nú- 
mero, viviendo siempre sobre el" campo enemigo, siempre 
pronto para la lucha, y con el propósito firme de acam- 
par á las puertas de Roma 

El ejército de Aníbal debía empezar por el pasaje de 
los Pirineos, seguir por la Galia hasta el Ródano, pa- 
sarlo á viva fuerza, trasponer los Alpes y lanzarse sobre 
la Italia por el valle de Chisone, 



ANÍBAL 397 

Se ha asegurado que Aníbal, antes de iniciar su cam-> 
paña, había enviado á Italia agentes secretos encargados 
de estudiar la situación de los romanos, los lugares más 
apropiados para el ejército invasor, y, disponiendo de fon- 
dos considerables, preparar relaciones favorables al plan 
cartaginés. 

Aunque esto no ha sido probado, se comprende y se 
explica que así haya sucedido, pues sería un absurdo el 
suponer que Aníbal se lanzara á una expedición de 
aquella importancia sin trabajos previos que, cuando me- 
nos, allanasen algunos obstáculos de los muchos que en- 
contraría á su paso. 

Lo que puede afirmarse es que Aníbal esperaba de la 
enemistad evidente de parte de la Galia hacia los roma- 
nos, que los pobladores de aquélla no le fueran hostiles, 
creyendo encontrar en ellos espléndidos auxiliares para 
la pronta realización de su vasto proyecto. 

Contaba también con que, una vez que franquease los 
Alpes, los partidos de oposición entre los romanos mis- 
mos, fuesen los más eficaces amigos de la invasión car- 
taginesa, y le sirviesen de vanguardia al frente de su 
ejército. 

Los romanos, por su parte, al darse cuenta de los apres- 
tos de Aníbal, enviaron diputaciones, según refiere Tito 
Livio, á los galos del mediodía, para prevenirles en con- 
tra del vencedor de Sagunto, á fin de que se le pusiera 
toda clase de dificultades materiales, aun por medio de las 
armas, si fuese necesario, hostilizando de esa manera la 
marcha del cartaginés. 

Reuniétonse los guerreros galos para oir y tomar en 
cuenta las pretensiones de los romanos, y luego que és- 
tos hubieron terminado, con aquella seriedad ceremoniosa 
que les era peculiar; después de exagerar con entusiasmo 
el poder del pueblo romano, contestaron los galos con ri- 
sas insultantes á la gestión de aquéllos, y hubiera sin 
duda concluido de manera poco diplomática la sesión, si 
los ancianos no se hubieran encargado de moderar de- 
mostraciones tan poco corteses y explicar hasta donde 



398 ANÍBAL 

era posible la risa gala, que resonaba desagradablemente 
en los oídos de los agentes romanos. 

De todos modos, la reunión se disolvió con el conven- 
cimiento de que, detener á Aníbal una vez que hubiera 
atravesado los Pirineos, era asunto poco menos que impo- 
sible, por dos razones: primero, porque contaba con la 
simpatía, que importaba casi una alianza de los galos, y 
segundo, porque el ejército que acaudillaba era numeroso 
y valiente. 

Así, pues, los agentes romanos partieron llevando la 
noticia de que no había que contar con el pueblo galo 
para detener á Aníbal. 

Marsella era la única región que podía ofrecer resisten- 
cia seria á la marcha del enemigo de Roma, pues los ro- 
manos no habían de dejar de utilizar los rencores de los 
marselleses, marinos como los cartagineses, que más de 
una vez resolvieron sus querellas en medio de las agita- 
das olas del Mediterráneo. 

Los galos recordaban orgullosos como una gloria pro- 
pia, el sitio y toma de Roma; así es que la Galia miraba 
como una ofensa el dominio de los romanos en la Ci- 
salpina y la fundación de las colonias de Cremona, de 
Plásencia y de Verona, de modo que Aníbal tenía en la 
Galia un auxiliar secreto, pero eficaz. 

Preocupaba seriamente á Aníbal la manutención de un 
ejército tan numeroso en territorio tan extenso como el 
que debería recorrer, así es que antes de salir de España 
dejó varías divisiones á sus lugartenientes, reforzó la flota 
que debía vigilar las costas de España y licenció los sol- 
dados de edad más avanzada; de modo que al pasar los 
Pirineos se encontró con 50,000 hombres de infantería, 
9,000 jinetes y una división de elefantes, siendo el todo 
la flor del ejército vencedor en Sagunto. 



ANÍBAL . 399 



II 



Muy oscuras son las noticias llegadas á nuestros días, 
sobre los puntos ó desfiladeros en que ejecutó su pasaje 
el ejército cartaginés de España á la Galia, franqueando 
los Pirineos. Si escuchamos la tradición trasmitida por 
los moradores de aquellos montes, tendríamos que Aníbal 
ha pasado por todos los puntos, porque todos pretenden 
que sus antepasados vieron desfilar. á los cartagineses. 

No se ha podido comprobar aún, que nosotros sepamos, 
el lugar exacto del pasaje. Se supone que Aníbal inició 
su marcha lo más próxima al mar, con el objeto de apo- 
yarse en la flota que vigilaba las costas de España, y que 
llevaba gran número de bastimentos y municiones de 
boca. 

Se preguntará por qué, si los cartagineses, pueblo ma- 
rino por excelencia, dado su. espíritu comercial y aventu- 
rero, y que contaba con flotas numerosas; por qu^, de- 
cimos, no llevó su expedición sobre Eoma por mar? — 
Seguramente aun estaban frescos en la mente de los car- 
tagineses los recuerdos de aquel Cónsul que sobre las 
primeras naves de guerra romanas, venció á los entonces 
dominadores soberanos de los mares; el fantasma sober- 
bio de Duilio se alzaba sobre las olas del Mediterráneo 
y guardaba las costas de la Patria. 

Volviendo al pasaje de Aníbal por los Pirineos, dire- 
mos que lo que se sabe á ese respecto con certeza es que 
el primer campamento de los cartagineses en territorio 
galo se señala en una antigua villa, nombrada D'Elna, 
próxima á los desfiladeros ó desemboques llamados Mas- 
sane y Banyuls. 

La Galia Meridional era la que tenía necesariamente 
que atravesar Aníbal, ¿y cómo hacerlo sin herir la sus- 
ceptibilidad del pueblo? 

Es en esta ocasión que se manifiestan las grandes do- 



1 



400 ANÍBAL 

tes del capitán cartaginés, mostrándose soldado enérgico, 
á la vez que negociador hábil ; habla á las mujeres de la 
Galia con sentimiento, diciéndoles que los verdaderos ene- 
migos de sus esposos y ds sus hijos son los romanos, j 
que sus leales amigos son los carta^neses; que éstos tie- 
nen algunas quejas de los galos, pero desde el momento 
en que pisa su territorio somete todas las cuestiones pen- 
dientes á un tribunal compuesto de mujeres galas, some- 
tiéndose desde luego á su deliberación. Con este motivo 
formóse una convención entre los principales jefes de la 
Galia Meridional, es decir, de la zona que abraza las fal- 
das de los Pirineos Orientales y el Ródano, dominada por 
guerreros valientes, procedentes d^ un pueblo numeroso^ 
venido hacía dos siglos del Norte y asentado al pie de 
las montañas. 

A pesar de la habilidad de Aníbal, todo hace creer 
que los inconvenientes que tuvo que vencer fueron gran- 
des. La desconfianza de los galos iba en aumento á me- 
dida que avanzaba aquél en su marcha. Toda la nego- 
ciación de Aníbal fué inútil al llegar al Ródano: allí 
empezó á sentir una resistencia- seria que amenazaba im- 
pedirle el pasaje, y la lucha era inminente. 

Varias son las causas que la tradición indica como 
efectivas de la hostilidad que al llegar al Ródano se ma- 
nifestó entre los galos. Una fué la desconfianza creciente 
de este pueblo, despertada y animada por los marselleses] 
la otra, las riquezas que en armas bruñidas y bfillantes, 
en caballos hermosos y elefantes domesticados, llevaba 
el ejército cartaginés. Tal vez creyeron los habitantes 
de la Galia Meridional que hostilizando á Aníbal é in- 
troduciendo el desorden en sus filas, se produciría la de- 
serción y con ella la posibilidad de adquirir todas aque- 
llas riquezas, que para ese pueblo ignorante, semi salvaje 
y pobre, constituían la más sincera admiración. 

Llegó Aníbal á la margen derecha del Ródano, advir- 
tiendo en el instante que en la margen izquierda del mismo 
río se encontraban reunidos los principales jefes de la zona 
que concluía de atravesar, en actitud hostil y guerrera. 



ANÍBAL 401 

¿Por dónde pasó Aníbal el Ródano y en qué forma, para 
desviar á los guerreros galos que pretendían detenerlo? 

Los historiadores que han escrito sobre aquella cam- 
paba, admiración de los siglos, no se han puesto de 
acuerdo aún para fijar el punto mismo donde Aníbal hizo 
pasar sus legiones: se supone con probabilidad de acierto, 
<j[ue el pasaje debió efectuarse por Ardoise, cerca de Ro- 
quemaürey 6 mejor dicho, entre Durance y Ardéche. 

Aníbal, en su alta previsión y prudencia, no debió pa- 
sar el Ródano violentamente: debió negociar haciendo 
ofrecimientos á los guerreros galos, y efectivos tal vez 
desde luego, con oro, armas y caballos que poseía en can- 
tidad; porque no es presumible que teniendo que buscar 
con detención el lugar aparente para internarse en las 
montañas, se expusiera á dejar enemigos á sus espaldas, 
que le dificultasen la marcha, y en caso de un desastre, 
concluyesen con su ejército en la retirada. 

Sin embargo, estudios serios afirman que se efectuó 
forzando el paso con las armas. 

Dispuso Aníbal que el guerrero Hannón con un cuerpo 
de auxiliares españoles, resueltos y valientes soldados, 
atravesaran . sobre troncos de árboles y á nado, en una 
noche oscura, algunos kilómetros más abajo de donde se 
encontraba el grueso del ejército acampado, y frente á 
unas islas que neutralizaban el ancho del río. En aque- 
llas islas, Hannón hizo que descansaran sus soldados 24 
horas, pasando á la orilla izquierda en el mismo orden. 

La operación se realizó con la mayor fortuna y pruden- 
cia, de modo que con un movimiento de avance, vendría 
Hannón á encontrarse á retaguardia de los galos. 

Un ligero humo que surgía del bosque en que se en- 
contraba Hannón, anunció á Aníbal que podía forzar el 
pasaje, pues las tropas de aquél acometerían á los galos 
por la espalda, tan luego como Aníbal los combatiera de 
frente. 

Aníbal se había provisto de gran número de peque- 
ñas emiiarcaciones, requisándolas ó construyéndolas de 
troncos de árboles á manera de piraguas. La caballería 

26. 



1 



402 ANÍBAL 

de los cartagineses lanzóse al río; iban venciendo la» 
dificultades del pasaje, y los galos los esperaban ya en la 
orilla izquierda del río, blandiendo sus armas con gran 
vocerío y gritos de guerra, cuando las llamas, iluminando* 
el campo á retaguardia de los galos, les hace comprender 
que las cabanas de su campamento, donde se encuentran 
las mujeres y los niños, han sido incendiadas, creciendo 
el tumulto con la oscuridad de la noche: era Hannón que 
en el momento preciso en que Aníbal comprometía sus 
legiones en el paso del río, atacaba vigorosamente la re- 
taguardia de los galos, introduciendo la confusión y el 
espanto en sus filas. 

Así mismo, el ejército de Aníbal tuvo que luchar al 
pisar la orilla izquierda; pero en condiciones ventajosas^ 
ó cuando menos iguales, que le permitían esperar la vic- 
toria. 

Los galos, sorprendidos por la división de Hannón em- 
boscada á su retaguardia, cedieron á aquel empuje com- 
binado, dispersándose. 

Todo parecía concurrir en favor del general cartaginés; 
la fortuna se había declarado su aliada, y por consecuen- 
cia, el éxito debía coronar su empresa, hasta que, fati- 
gada á su vez esa diosa inconstante, le volviese la espalda 
ó se pasara á otras banderas. 



III 



Los romanos, previsores y activos, al darse cuenta de 
la importancia de los triunfos de Aníbal en España y de 
su marcha victoriosa en Cataluña, resolvieron enviar un 
ejército con el Cónsul Publius Cornelius, compuesto de más 
de 30.000 hombres, y una escuadra de más de 60 na- 
ves de guerra, para detener á aquél en caso de que la 
escuadra cartaginesa secundara la marcha de Aníbal, 
dando lugar á nuevos aprestos y envíos de tropas, para 
vencer completamente á los carta^neses. 



■á 



ANÍBAL 403 

Las instrucciones que llevaba el Cónsul le prescribían 
detenerse en Marsella, tanto para la provisión de víveres, 
cuanto para tomar noticias más ciertas de la marcha del 
ejército invasor. 

Se informó, pues, á su llegada á Marsella, de que 
Aníbal ya no se encontraba en España, y sí en la 
Galia, detenido en la margen derecha del Ródano por los 
guerreros galos que se oponían á su pasaje. . 

Después de consultar con sus generales, resolvió el 
Cónsul desembarcar su ejército en la embocadura orien- 
tal del Ródano y marchar sobre Aníbal, que tomado así, 
se encontraría en una situación aflictiva y su derrota sería 
casi segura. 

Marchó el Cónsul Publius Cornelius con resolución, 
pero al mismo tiempo con mucha prudencia, pues temía 
chocar con los cartagineses, y su plan era unirse á los 
galos, y con fuerzas dobles concluir en una sola batalla 
con Aníbal. El plan no era malo, pero era necesario 
contar con la fortuna, que por esta vez se encontraba en 
las filas del ejército de Aníbal. 

Marchaba el Cónsul por la orilla izquierda del Ródano 
cubriéndose con este río, cuando acertó á chocar con los 
escuadrones de jinetes númidas que Aníbal había desple- 
gado á su vanguardia para explorar al frente del ejército 
después de haber pasado el Ródano y derrotado á los 
galos. También eran exploradores los escuadrones roma- 
nos, de modo que aquellas* fuerzas se vinieron á las manos 
luchando con furor, llevando la peor parte los númidas, 
que retrocedieron velozmente, yendo á llevar á Aníbal la 
noticia de la proximidad de los romanos. 

Éste ya estaba pronto, después de haber pasado con 
todo su ejército el Ródano, — operación penosa y tre- 
menda, llena de dificultades, si se tiene en cuenta lo nu- 
meroso del ejército invasor y la cantidad de materiales 
que llevaba consigo. 

Al saber Aníbal la proximidad del enemigo, activa sus 
movimientos y apresura su marcha en dirección contraria 
á la de aquél, internándose en i^sfiladeros y terrenos poco 



1 



404 ANÍBAL 

conocidos, costeando las riberas de ríos de difícil paso, con 
los cuales se cubría, y donde si Publiu9 Cornelius hubiera 
intentado seguirle, habría obtenido por resultado un desas- 
tre seguro. 

Continuaba su marcha tranquilamente, subiendo por la 
orilla izquierda del Ródano hasta un territorio que se lia- 
maba, según Tito Livio, {a Isla de Galia, haciendo alto 
allí Aníbal para recuperar las fuerzas perdidas en la mar- 
cha, avituallarse y estar en aptitud de continuar, llegado 
el momento, su marcha por los Alpes. En aquella región 
encuentra Aníbal un auxiliar eficaz, un jefe galo que le 
ofrece su concurso, conocimientos y experiencia para su 
marcha. 

Allí' encontró Aníbal lo que Hernán Cortés en Méjico: 
tribus enemigas unas de otras, caudillos que se disputaban 
el mando y la supremacía, y de inmediato le fué fácil al 
general cartaginés erigirse en arbitro de aquéllos, ineli- 
nándose en favor de los que más garantías le ofrecieran 
como auxiliares. De este modo, conquistando amistades y 
haciendo alianzas, pudo proveerse de todo aquello que esos 
pueblos amigos podían ofrecerle, reparando su material, 
que marchas largas y forzadas, el pasaje de los ríos y los 
combates habían hasta cierto punto deteriorado ó inutili- 
zado. 

Se ha supuesto por algunos historiadores y escritores, 
que la alianza y el apoyo que encontraba Aníbal en aquella 
parte de la Galia, era asunto previsto y arreglado por 
Aníbal, y que aun los elementos para reparar sus armas 
y materiales, estaban de antemano ordenados, habiendo 
enviado fondos y emisarios con ese objeto. 

Si no es imposible, al menos no es probable que no haya 
sucedido así, como lo hemos hecho notar ai principio de 
este ligero estudio. Sin embargo, los inconvenientes con 
que debieron luchar los agentes cartagineses en ese caso 
serían numerosísimos, pues para hacer llegar elementos 
materiales á regiones casi desconocidas y á distancias in- 
mensas pobladas con tribus guerreras que hacían suyo 
cuanto pasara por su territorio, era cuestión difícilísima; pero 



ANÍBAL 405 

el mayor aliado que encontró Aníbal en su marcha fué 
la hostilidad de las tribus entre sí, de cuya situación supo 
sacar un partido que honra su habilidad. 

Llega ya el momento de las grandes operaciones: «el 
pasaje de los Alpes».— -¿Por dónde fué ejecutado? ¿cuál 
fué el lugar preciso que eligió Aníbal para comprometerse 
en aquellas montañas, ventisqueros y quebraduras, que 
aun después de 19 siglos, se miran con respeto y pavor? 



IV 



Conservaba Aníbal, al pie de los Alpes, un ejército com- 
puesto alrededor 'de 40.000 hombres, incluso la caballe* 
ría con que pasó los Pirineos, y además una división de 
elefantes. 

¿Fué el Sari Gotardo, ó el Simplón, ó el Gran San 
Bernardo los que tuvieron la gloria de ver pasar las hues- 
tes cartaginesas? ¿O fueron el Monte Genis ó el pequeño 
San Bernardo los que tuvieron ese honor? 

Nadie ló sabe. En la cumbre de aquellas montañas 
cubiertas de nieve, permanece aún enterrado tan valioso 
secreto; en vano la ciencia ha venido en auxilio de la his- 
toria: nada se ha conseguido. Para llenar semejante vacío 
en la historia militar de los siglos, ha sido necesario que 
Napoleón el Grande, más de 19 siglos después que Aníbal, 
parodiara á aquél y demostrara de una manera incontesta- 
ble, pasando á su vez los Alpes, cómo se lleva á cabo tan 
grande empresa. 

Sin embargo, estudios modernos hacen suponer, sin que 
nada se sepa aún de cierto, por la marcha que llevaba el 
general africano hasta llegar á los Alpes, que partiendo 
Aníbal de la confluencia de los ríos Isere y Ródano, paíí 
de los Allobroges 6 Isla de Galia, remonta el curso del 
Isere, y por Grenoble, valle del Drac, se compromete en 
los desfiladeros del monte Genoveva, y baja sobre Turín 
por la llanura ó valle del Chisone. 



v?t-^ 






406 



ANÍBAL 






< ' 



itt. 



£1 historiador Polibio cuenta el número de días emplea- 
dos por Aníbal en su marcha después del pasaje del Ródano, 
hasta encontrarse en Italia, en la forma siguiente: cuatro 
días para recorrer la distancia entre el Ródano, su pasaje 
y la Isla de Galia, donde encontró medios de descanso y 
reorganización; diez días para ganar la entrada propia- 
mente dicha de los montes Alpinos, marchando por un te- 
rreno escabrosísimo y de difícil acceso; y finalmente, quince 
días para franquear los desfiladeros y cadena montañosa de 
los Alpes: en todo, veinte y nueve días ó sea un mes. 

Las dificultades del ejército cartaginés fueron grandes 
hasta entrar completamente en la montafia, pues diversas 
tribus se agrupaban en actitud hostil á su paso; pero sus 
amigos conquistados en la Isla de Galia le servían de 
guías, de vanguardia y de intermediarios: eran fuertes y 
valerosos los allobroges, y su número respetable. 

¿Cuál hubiera sido la suerte del ejército cartaginés sin 
esos auxiliares? ¿Cómo franquear un territorio tan esca- 
broso rodeado de tribus bárbaras y hostiles? — Seguramente, 
sin aquel apoyo y auxilio, la campaña del general afri- 
cano hubiera concluido entre el Ródano y el Isere, pero 
las grandes facultades de Aníbal utilizaban los menores 
incidentes susceptibles de inclinarse á su favor. 

Prudente y sagaz, pactaba cuando era necesario, reser- 
vando la espada y la fuerza para los casos indispensables. 
De esta manera llegó hasta el estrecho desfiladero de 
Piolf ocupado por los montañeses en actitud guerrera, im- 
pidiendo el pasaje resueltamente. 

Ya no era cuestión de negociar: había que combatir 
para abrirse paso, y Aníbal tomó sus disposiciones con la 
rapidez y energía de siempre. Simuló un ataque al apro- 
ximarse la noche, y fingió que se retiraba vencido. Los 
montañeses creyeron de buena fe que habían rechazado 
á los cartagineses, y se retiraron á su vez á un lugar 
inmediato á celebrar su victoria, y Aníbal, que esperaba 
este momento, observando los movimientos del enemigo, 
cayó sobre el desfiladero, lo tomó, y esa misma noche hizo 
desfilar el ejército. 



ANÍBAL 407 

En vano con la luz primera del día vuelven los mon- 
tañeses en gran número/ atacando con furor los flancos y 
retaguardia de la columna, pues los cartagineses hacen 
frente y el orden se restablece con pérdidas de algunas 
cargas que ruedan por los abismos; siguiendo la columna 
su marcha después de haber ahuyentado aquellos ene- 
migos. 

Encuentra á su paso á Chorges (Katonragen), ciudad 
antigua de construcción romana; se posesiona con su 
ejército de ella, proveyéndose de los recursos que le eran 
indispensables. 

Estos triunfos y la actitud enérgica imponen el respeto á 
su alrededor y concurren á su campo muchos jefes de la 
montaña con presentes y ofrecimientos, los que acepta 
Aníbal, manteniendo así mismo su desconfianza y conser- 
vándose alerta y prevenido. Adopta un orden de marcha 
de precaución suma, envía adelante su caballería y los 
elefantes, y cubre él personalmente la retaguardia de sus 
huestes con la infantería. 

Había vencido ya muchas y grandes dificultades, pero 
le restaba lo principal. Ya hemos dicho que el plan de 
Aníbal era descender al valle del Chisone por el collado 
del Monte Genoveva, y siguiendo esa dirección debía en- 
contrarse con montañas y gargantas al parecer insalvables; 
pero Aníbal no podía retroceder: se había comprometido 
resueltamente en territorio enemigo, y un paso atrás bas- 
taría para tener en su contra á los mismos que se habían 
declarado sus amigos. 

Su base de operaciones estaba á una distancia que no 
podía pensar en volver á tomar: no tenía otra cosa que 
hacer sino seguir adelante, llegar á Italia, la tierra de 
promisión para sus soldados, y aunque en campo enemigo, 
tenia probabilidades dé vencer: sueño perenne de toda* 
mente cartaginesa. 

Una garganta tenebrosa, la Fertuis Rostang, debía pasar 
el ejército indispensablemente, y allí se habían dado cita 
los bárbaros de la montaña para detener á la expedición. 
Continuaba subiendo el ejército aquellas cortaduras, flan- 



406 ANÍBAL 

qaeadas por precipicios y torrentes subterráneos, que con- 
movian el espíritu valiente de Aníbal. 

La calma parecía precursora de una tempestad próxima ; 
de pronto la marcha de la inmensa columna se ve dete- 
nida: de las altas cumbres de las montañas se desprenden 
peñascos formidables que, rebotando de pico en pico, caen 
sobre los hombres, caballos y elefantes, destruyéndola 
todo á su paso y arrastrando consigo á perderse en el 
torrente lo que encuentran en su marcha devastadora. 

El ejército cartaginés es atacado en todas direcciones; 
no puede avanzar ni retroceder; los enemigos son dueños 
de la montaña y hacen esfuerzos sobrehumanos para des- 
truir las falanges africanas; pero allí está Aníbal sereno y 
activo, imponiendo y alentando á todos con su presencia* 

Se traslada á una roca más alta que las otras: todo el 
ejército lo ve; los enemigos lo amenazan, pero no llegan 
hasta él; da sus órdenes, restablece el combate en el cen- 
tro, 6ja el avance á la cabeza y la columna sigue su marcha 
combatiendo. Aníbal queda el último y cubre la reta- 
guardia con sus tropas de preferencia. 

Las pérdidas sufridas fueron sensibles; muchos hombres 
desaparecieron arrastrados por las rocas desprendidas de 
la montaña, y gran número de animales perecieron del 
mismo modo, cayendo con sus cargas al fondo de los 
precipicios. 

Con obstáculos al parecer insuperables, continúa su- 
biendo el ejército cartaginés, y cuando se encuentra á 2,000 
metros de altura, Aníbal habla á sus soldados en términos 
llenos de confianza y de energía, diciéndoles:— «En breve 
terminarán nuestros sufrimientos; los Alpes son el Acró- 
polis, la defensa de Italia; estáis en vísperas de haberlos 
franqueado: mirad delante de vosotros, dirigid vuestra vista 
á las llanuras que baña el Po, ved en esa dirección á Eoma, 
que nosotros tomaremos al precio de una ó dos batallas; 
á vuestros pies se encuentran los galos cisalpinos, vues- 
tros aliados naturales en esta expedición, y que están 
ansiosos por reunirse á vosotros para vengar las injurias 
recibidas de los romanos.» 



:¿di 



ANfBAL 409 

De este modo el gran Capitán cartaginés retemplaba 
el espíritu de sus soldados, fatigados y casi al límite de 
sus fuerzas físicas; pues si bien se encontraban al término 
de ]a jornada en la ascensión de los Alpes, les faltaba 
aún la laboriosa tarea de descender, tan peligrosa ó más 
que la subida. 

Cuéntase que Aníbal se vio detenido muchas veces por 
precipicios insondables, imposibles de franquear, teniendo 
entonces que abrir caminos en la ladera de la montaña, por 
los que los hombres uno á uno trepaban penosamente, ha. 
ciendo lo mismo los caballos y elefantes, que con frecuencia* 
se desplomaban, yendo á caer en los torrentes. 

Un guía, Magil, jefe de una pequeña tribu, en la Galia 
Cisalpina, con resentimientos que satisfacer de los romanos, 
sirvió á Aníbal de manera eficaz en el pasaje de los Alpes. 
Decidido amigo de los cartagineses, no omitió sacrificio 
alguno para que la empresa tuviera buen éxito; fué 
guiando á la columna paso á paso y con éxito, y en el des- 
censo la hizo pasar por la zona que ocupaban sus amigos 
y compatriotas, de modo que el ejército obtuviera de ellos 
los auxilios necesarios. 

El ejército al fin descendió al valle de Chisone, en si- 
tuación muy alarmante, por el estado de los hombres, qi^e 
ya no podían sostenerse en pie, ateridos de frío y de 
hambre, con los pies y las manos sangrando, la vista in- 
flamada y el desaliento en el alma. 



V 



Contaba el ejército, al pasar el Ródano, alrededor de 
56.000 hombres; al bajar á las llanuras de Italia estaba 
reducido á 26.000, inclusos 6.000 de caballería. 

Felizmente, ignorando los romanos el punto por donde 
Aníbal debía pasar la niontaña, y aun si se- resolvería á 
pasarla, le dejaron el tiempo material bastante para repo- 
ner su ejército moral y físicamente, y renovar muchos 



410 ANÍBAL 

elementos que había destruido ó perdido en aquella cam- 
paña horrorosa. 

El sueño de Aníbal, de invadir á Italia con un ejér 
cito, era ya una realidad, aunque en condiciones deficien- 
tes; pues sus pérdidas por la deserción, las enfermedades 
y los muertos en la montaña eran crueles; contaba con 
recursos, es decir, contaba con reforzar sus líneas con los 
galos cisalpinos, que ardían en deseos de cooperar á la 
destrucción de los romanos, y de ahí su aliento y segu- 
ridad; sus facultades de hombre político entraron en ac- 
ción á fin de conquistar aquellas tribus en una alianza 
resuelta y de efectos inmediatos. Esperaba también la 
alianza natural de algunos pueblos italianos quejosos de 
la supremacía de Roma. 

En resumen, Aníbal se encontraba al fin en las orillas 
del Po; sus jinetes, restablecidos después de algunos días 
de descanso, sobre sus buenos caballos, galopaban por 
destacamentos en aquellas fértiles llanuras, reconociendo 
el terreno, el paso de los ríos y poniéndose en contacto 
con los habitantes de aquellas comarcas, los que se ad- 
miraban de aquella invasión que, para llegar hasta ellos, 
había tenido que franquear montañiEis que siempre se ha- 
bían considerado inaccesibles é insalvables. Los galos 
cisalpinos, aliados desde el primer momento con los car- 
tagineses, ilustraban á los italianos sobre la procedencia de 
aquellos hombres que desde lejanos países venían sola- 
mente en ))usca de los romanos para destruirlos, librando 
de esa manera á los demás pueblos italianos de la supre- 
macía romana. 

El Cónsul Publius Cornelius, que, como ya dijimos en 
páginas anteriores, fué á Marsella con un ejército, desem- 
barcando apresuradamente en la embocadura del Ródano 
para oponerse al pasaje y marcha de Aníbal, lo que no 
pudo obtener, regresó apresuradamente á Italia por Ge- 
nova para batir á los cartagineses en su marcha sobre 
Roma. Reforzado por el ejército del Pretor Manlio, siguió 
resueltamente en busca de Aníbal; le alcanzó cerca del 
Tesino, donde el general cartaginés lo fatigó con hábiles 



ANÍBAL 411 

maniobras, concluyendo por presentarle batalla, en la que 
quedó derrotado el ejército romano y herido su general 
el Cónsul Publius Coriielius. 

No fué, sin embargo, decisiva la victoria de Aníbal, por- 
que reunidos los restos del vencido á las tropas que 
mandaba su colega el Cónsul Sempronió, atacaron valien- 
temente á los cartagineses, siendo derrotados nuevamente 
por éstos. Esta batalla, que tuvo lugar sobre las riberas 
del Trebia, produjo gran alarma en Roma, haciendo que 
se desplegara gran actividad, reuniendo y organizando 
varios ejércitos, con los que creyó obtener pronto la vic- 
toria. 

Aníbal, preocupado con los ejércitos que le cercaban, 
no pensaba marchar resueltamente sobre Roma mientras 
existiese un ejército enemigo en campaña que no hubiese 
destruido^ El duelo entre el gran hombre y el gran 
pueblo, cada vez tomaba un carácter más grave. 

Después de las primeras victorias de Aníbal sobre Pu- 
blius Cornelius y Sempronió, marcha en busca de Fia- 
minius; atraviesa con ese objeto el Apenino, venciendo 
toda clase de obstáculos, enfermo, faltó de salud: su ca- 
rácter superior lo sostiene; pierde un ojo en los pantanos 
de Clusium, sufriendo horrorosamente, pero marcha ade- 
lante; ha visto destruirse los caballos y ha perdido en la 
marcha el último elefante.— «No importa,— dice; — en Ita- 
lia hay buenos caballos y excelentes ganados: lo que nos 
interesa es vencer á nuestros enemigos.» En este estado 
encuentra á Flaminius á orillas del lago Tra.oimeno, y lo 
derrota, quedando muerto sobre el campo el general ro- 
mano. El desastre de los romanos fué completo; los car- 
tagineses hicieron en los vencidos gran destrozo: quince 
mil muertos y otros tantos prisioneros, mientras que el 
resto huía en completo desorden. Todos los elementos 
del ejército romano en armas, caballos, etc., cayeron en 
poder del vencedor. 

. Queriendo Aníbal rendir honores á los restos del gene- 
ral romano, lo hace buscar entre los muertos; pero es en 
vano: no se le encuentra. 



412 ANÍBAL 

Roma estaba coneternada por sus derrotas sucesfvas; 
el pueblo había sido engañado hasta entonces: se le har 
bía hecho comprender que las batallas del Tesino y del 
Trebia habían sido simples encuentros sin resultado, 
combates en que había quedado indecisa la victoria; pero 
la derrota de Flaminius y la destrucción de su ejército 
era asunto demasiado serio y alarmante para ocultarlo 
más. El Pretor Pomponius, conociendo la gravedad de la 
situación, convocó la asamblea y llanamente le dijo: — 
« Romanos, hemos sido vencidos por los cartagineses en 
«un gran combate; el ejército ha sido hecho pedazos; 
« el Cónsul Flaminius ha perecido. Deliberad sobre lo 
« que exige la salud de Roma y nuestra propia seguridad.» 

La fatal nueva llena de confusión á todos, y recién se 
comprende que es bien posible que el cartaginés se en- 
cuentre pronto vencedor á las puertas de Roma; se 
piensa en la salvación, y entonces se designa un hombre: 
Fabius Máximus; él sólo, por la grandeza de su alma 
y la virilidad de su carácter, puede salvar á Roma; 
pero es necesario investirlo de autoridad bastante para 
que la obediencia sea ciega y el mando no sea discutido. 
Se le erige en Dictador. 



VI 



Fabio Máximo comprende la responsabilidad inmensa 
que sobre él pesa, y ejerce con resolución la dictadura 
desde el momento en que fué nombrado. — Empieza por 
desplegar en la forma de mando la majestad de su alta 
posición; siempre que se presenta en público, lo.hace pre- 
cedido de veinticuatro líctores, no permitiendo que otro 
Cónsul lo haga con aparatos de dignidad alguna, pues 
considera absoluta y única la que él ejerce de Dictador. 

Hace sacrificios á los dioses implorando su protección, 
después de los cuales Fabio se dirige al ejército y le anun- 
cia que es necesario no ser imprudente; que para ven<5er 



ANÍBAL 418 

á Aníbal es preciso no apresurarse; que el ejército car- 
taginés está compuesto de veteranos acostumbrados á ven- 
cer; que sólo una larga campaña, el agotamiento de re- 
cursos y de fuerzas podrá vencerlo; que solicita del pue- 
blo romano y del ejército que 'tengan confianza en sus 
planes, que ya llegará el momento de vencer á Aníbal 
con seguridad. 

Desde luego empezó Fabio á ejecutar su plan; temiendo 
mucho á la caballería cartaginesa, compuesta de los me- 
jores jinetes conocidos hasta entonces, acampa el ejército 
romano siempre de noche en campos escabrosos, de modo 
de ponerse á cubierto de los ataques nocturnos de las tropas 
de Aníbal. 

Cuando éste, á la luz del día, emprende algún movimiento 
de marcha ó de retirada, el general romano lo sigue, lo 
hostiliza aprovechando los pasos difíciles de un río ó de 
un monte; cuando el general cartaginés da media vuelta 
y hace frente para combatir, Fabio se retira y excusa todo 
encuentro, pero sin perder de vista al enemigo, intercep- 
tando siempre los medios de subsistencia del invasor. 

Este plan sabio era el único que podía ofrecer resulta- 
dos, pero tenía un serio inconveniente, y era el del des- 
prestigio que atraía sobre sí el Dictador. Lo creían cobarde, • 
incapaz de presentarse en línea contra Aníbal^ murmuraba 
el ejército; censuraba su proceder el pueblo, que exigía 
una victoria pronta; algunos jefes, con Minucio, el gene- 
ral de la caballería, á la cabeza, hablaban mal de su ge- 
neral en jefe, considerándolo inepto; así mismo Fabio in- 
sistía en su plan y tenía razón. En balde Aníbal, ansioso 
por dar una batalla decisiva, buscaba al ejército romano: 
no lo encontraba nunca; en vano fingía y simulaba mar- 
dias desordenadas para hacer caer á Fabio en la tenta* 
ción: también era inútil, porque el romano seguía imper- 
turbable su plan. Los dos ejércitos estaban ebrios de coraje 
por venirse á las manos, con la diferencia de que el gene- 
ral cartaginés agotaba todos los medios á su alcance para 
obligar y combatir á Fabio, y éste apuraba todo su ingenio 
y los medios de que disponía para no dar batalla á Aníbal. 



414 ANÍBAL 

Mientras tanto, el desprecio del ejército romano por su 
general, crecía á cada instante, á la vez que enaltecía á 
Minucio, que quería la batalla á todo trance. 

Sostiénese firme, sin embargo, el Dictador, y desprecia á 
su vez á los que no comprendiendo sus altas miras y ele- 
vados cálculos, le llamaban por burla el pedagogo y se reían 
de su timidez aparente. 

Pasaba el tiempo, y Aníbal desesperaba de no poder 
encontrar en 'línea á su enemigo. Ocurrió que deseando 
el general cartaginés marchar á las llanuras para forti- 
ficar los caballos de su ejército, dio órdenes en sentido de 
alejarse de Fabío por una marcha rápida; pero ya fuese 
que los guías procediesen de mala fe, -ó ya que efectiva- 
mente se extraviasen, el caso es que llevaron á Aníbal á 
parajes escabrosos y peligrosísimos para un ejército que 
entrase en ellos, pues quedaba, por decirlo así, encerrado 
por los flancos, sin otra salida que el mar. 

Tan luego como Aníbal fué entrañado en aquellas gargan- 
tas, Fabio, que no lo perdía de vista, se mueve rápidamente 
cerca del cartaginés desde las alturas, y ataca su retaguar- 
dia con vigor. Se siguió un combate reñido, en el que tuvo 
la peor parte Aníbal, pues perdió ochocientos hombres. 

Dándose cuenta el general cartaginés de su difícil situa- 
ción, comprendió que había sido vendido por sus guías, y 
los hizo crucificar, que era el suplicio de la época; y des- 
pués de esfuerzos inmensos para romper el círculo que lo 
estrechaba, comprendió que por la fuerza era imposible. 

Recurre entonces á una estratagema hábil, que fué coro- 
nada por el éxito. Hizo reunir 2,000 animales vacunos, y 
haciendo atar á los cuernos de éstos haces dé paja, espera 
que llegue la noche; los hace conducir del lado del ejér- 
cito romano, y, á una señal, préndese fuego á aquellos ha- 
ces, que en forma de antorcha iluminan la montaña; mar- 
tirizados los animales por el fuego que los quema, se lan- 
zan velozmente hacia el lado donde acampa el ejército de 
Fabio. 

£1 ejército romano, que no se daba cuenta de aquello, 
huye amedrentado, dejando desamparados los puntos prin- 



ANÍBAL 415 

cipales. Aníbal, que estaba pronto, formado en orden de 
marcha, ataca primero y toma las alturas principales, ha- 
ciendo desfilar su ejército con seguridad. Dueño ya del 
campo, acentúa el movimiento de ofensiva ya tomado, lan- 
zando sobre la retaguardia de Fabio un cuerpo de tropas 
ligeras, compuesto de españoles, que en breve alcanzan á 
los romanos, poniéndolos en rápida y desordenada retirada. 

De este modo triunfa Aníbal de una situación deses- 
perante; debido á su energía y á su habilidad salvó al 
ejército, batió al contrario y se hizo de todos los elemen- 
tos que poseía el ejército romano. 

Aquel hecho de armas causó grave impresión en el ánimo 
de Fabio y en el de su ejército, pues cuando se creía que 
pronto iba á concluir todo, destruyendo el ejército enemigo 
y apoderándose del general cartaginés, éste los derrota 
á pesar de su posición desventajosa, obteniendo los roma- 
nos, en lugar de una victoria casi segura, el más sensible 
de los desastres. 



VII 



La desesperación de los romanos en las ciudades y pue- 
blos fué inmensa: no comprendían cómo podían tener lu- 
gar aquellas victorias, y acusaban al Dictador de falta de 
valor y capacidad. 

Aníbal, comprendiendo que Fabio era el único romano 
capaz de detenerlo en su marcha triunfal, coopera al enojo 
público contra el Dictador haciendo que las tropas car- 
taginesas incendien y destruyan todas las propiedades in- 
niediatas á las de Fabio, pero que respeten las de éste^ 
obteniendo de esa manera el encono para el vencido, dando 
pábulo para que la calumnia y la injuria se cebasen 
en él. 

Concluyó de irritar los ánimos el convenio celebrado 
entre Fabio y Aníbal, por él cual se acordó que los dos 
generales se entregasen recíprocamente los prisioneros he- 



n 



416 ANÍBAL 

ehos en la campafia, y que el que tuviera exceso recibi- 
ría por cada hombre que entregase al contrarío una suma 
de 250 dracmas. 

El Senado encontró que aquello era el .colmo del son- 
rojo, y le reprochó á Fabío el haber suscríto aquel acuerdo 
que consideraba como una ofensa inferida á la dignidad 
de Roma, negando la suma que debía entregar al gene- 
ral cartaginés. Fabío devoró el desaire; mas, como no 
quería faltar á su palabra, ni abandonar los prisioneros 
en favor de Aníbal, mandó su hijo á Roma para que ven- 
diera sus tierras hasta la suma necesaria y volviese para 
terminar aquel enojoso asunto. 

£1 joven volvió en breve con el dinero necesario, el que 
envió el Dictador á Aníbal, retirando los prisioneros. Al- 
gunos de éstos, en situación de reembolsar á Fabio, pre- 
tendieron hacerlo así, pero éste no quiso aceptar ninguna 
devolución. 

Con ánimo entero, aunque herido por el juicio injusto 
de sus conciudadanos, insiste nuevamente en su pian de 
no combatir á Aníbal y de gastar sus fuerzas en marchas 
y en movimientos estratégicos. 

Por este tiempo fué llamado Fabio á Roma, dejando 
entretanto al frente del ejército al general de caballería 
Minucio, con orden expresa de no dar batalla alguna al 
cartaginés, explicándole todas .las probabilidades de un 
desastre para los romanos si se despreciaban sus consejos. 

£n su ausencia, Minucio, rodeado de una camarilla 
presuntuosa que, llena de aturdimiento, le incitaba á caer 
sobre Aníbal y vencerlo, inició algunas escaramuzas de 
que salió bien, porque Aníbal, que buscaba una batalla 
decisiva, parecía querer animarlos con encuentros insigni- 
ficantes favorables á los romanos. 

Cuando llegaron á Roma estas noticias, el pueblo in- 
consciente atronaba el aire con Víctores y aclamaciones 
de triunfó por las victorias imaginarias de Minucio. 

En el Senado por algunos senadores, y en las plazas 
públicas por los desafectos al Dictador, se enaltecían los 
talentos de su sustitutx) en el ejército, y deprimían á. 



ANÍBAL 417 

aquél. Fabio desprecia las ofensas que le son dirigidas, 
pero anuncia al Senado que vuelve inmediatamente al 
ejército para castigar á Minucio por falta de cumplimiento 
á sus órdenes, pues teme más por la salud de la patria 
con los pueriles triunfos de éste, que con las derrotas ya 
sufridas; manifiesta el temor de que Aníbal haga caer á 
Minucio en una de las tantas estratagemas que acostum- 
braba usar en la guerra, y concluir de un solo golpe con 
el ejército romano, única defensa de Boma en aquellos 
momentos. Se le impone, sin embargo, que comparta con 
Minucio el mando; es decir, que éste tenga igual autori- 
dad que él en el ejército, dividiendo la responsabilidad y 
la gloria. 

£1 Dictador cree necesario un sacrificio de su parte, é 
inmola su amor propio ante los intereses de la nación. 
En breve los hechos pondrían en evidencia que por su 
talento y su valor, la razón tenía que estar siempre de 
su parte, recobrando todo el ascendiente que le pertene- 
cía por derecho, porque en aquella situación era el único 
romano capaz de cerrarle el camino victorioso á Aníbal. 



VIII 

• 

Llega Fabio al campo donde se encontraba el ejército 
romano; Minucio lo recibe, si no con altivez, al menos 
con cierta preponderancia y aire de suficiencia, que no 
ofendió á Fabio, porque á los grandes únicamente ofende 
lo que procede del superior ó del igual. 

£1 ejército, romano se componía de cuatro legiones. Mi- 
nucio pretendía mandar en un día de batalla alternativa- 
mente con FabTo; pero éste no accede á aquella preten- 
sión y divide el ejército en dos cuerpos; reserva para sí 
la primera y cuarta legiones, y confía á Minucio la se- 
gunda y la tercera. 

£n posesión de estas fuerzas, Minucio se propone ope- 
rar libremente, empezando por acampar separado y com- 

27. 



418 ANÍBAL 

batir él solo contra Aníbal. Éste seguía los movimientos 
de Minucio con atención, porque consideraba que un día 
ú otro caería en alguna necedad y sería destruido. 

Aproximóse el ejército cartaginés al romano que man- 
daba Minucio; aparentó Aníbal irresolución y descuido en 
tomar las mejores posiciones; cayó en el lazo el general 
romano y comprometió la batalla con desventaja. Luego 
que Aníbal ve que las tropas romanas no pueden esca- , 
par de un desastre, ocurre en persona con sus reservas, 
encierra á Minucio en un círculo de hierro y destruye 
cuanto se encuentra á su paso. En breve, el general ro- 
mano y sus capitanes no se baten ya por la victoria, sino 
por la vida; la derrota se pronuncia; la caballería númida 
persigue á los dispersos y galopa victoriosa por la llanura. 

A la distancia, en las alturas montañosas, se encontraba 
Fabio con sus legiones prontas, porque esperaba la de- 
rrota del presuntuoso Minucio. 

Advertido del desastre por los dispersos, mueve sus 
soldados, diciéndoles: — «Corramos al socorro de Minucio; 
acordémonos que es un patriota de corazón; reparemos 
su falta.»— Casi á la carrera llega Fabio al lugar del com- 
bate, y salva á Minucio y á los restos de su ejército. 
Aníbal, sorprendido, hace pie firme el tiempo necesario 
para reconcentrar sus tropas victoriosas, y á su vez se 
bate en retirada, replegándose á su campo y diciendo á 
sus capitanes:— «¿No os decía yo que aquella nube que 
aparecía sobre la montaña (aludiendo á Fabio), concluiría 
por caer sobre nosotros como una tempestad?» 

Fabio, á su vez, no va más allá de la colina en que salvó 
á Minucio; se da por satisfecho con recoger los dispersos, 
reconcentrarse, formar sus líneas nuevamente y regresar 
silencioso á su campo. Ningún reproche, respecto á Mi- 
nucio salió de sus labios; pero éste comprendió la lección 
severa, y dirigiéndose á sus soldados, les dice:— «No cometer 
falta alguna en las grandes empresas, es algo superior á 
la humanidad; pero sacar de esas faltas lecciones para el 
porvenir, es propio de un hombre honesto; reconozco que 
no debo tener la ambición de mandar, pues tengo nece- 



ANÍBAL 419 

sídad de que se me dirija; el Dictador es el único que 
debe mandar en adelante; seré el primero en obedecer, 
como cumpliré ja con el deber de manifestarle en vuestra 
presencia mi reconocimiento y mi sumisión á sus órdenes.» 
Desde aquel día la autoridad del Dictador Fabio no fué 
discutida y se impuso al ejército. 

Sin embargo, habiendo tenido lugar en Roma el nom- 
bramiento de Cónsules, la dirección de la guerra no 
pertenecía ya á Fabio, y por eso éste se retiró. 



IX 



Los Cónsules Varrón y Pablo Emilio ocupan su puesto 
en el ejército; el primero, patriota fogoso, sin preparación 
para el mando, cree que con una marcha sobre el carta- 
ginés, Aníbal sería destruido y terminada la campaKa. En 
vano el segundo intenta moderar su ardor, guiado por los 
consejos recibidos en Roma del mismo Fabio; nada de- 
tiene al Cónsul Varrón : marcha en busca de Aníbal. Este 
lo espera en la ribera de un río. 

Aníbal toma sus medidas con toda prudencia, notando 
que los romanos son dobles en número que los cartagine- 
ses; pero él solo valía un ejército. 

La batalla se compromete; pero Aníbal ha elegido sus 
posiciones con suma habilidad; hasta el viento está de su 
parte,— detalle que aprovecha Aníbal. Una espesa nube de 
polvo se levanta y da de frente al ejército romano, ha- 
ciendo difícil sus operaciones. Aníbal entonces envuelve 
al enemigo, lo bate y lo destruye. 

Cuando cesó el viento, pudieron ver los Cónsules cuál 
era la extensión de su desastre: todo el ejército romano 
en fuga y sus generales envueltos en la derrota. Él 
Cónsul Pablo Emilio prefirió la muerte en medio de sus 
soldados, antes que sobrevivir á la derrota. Aquella vic- 
toria, llamada de Canas, fué la más importante que obtuvo 
Aníbal en Italia; se hizo dueño de las principales ciu- 



i 



420 - ANÍBAL 

dades y pueblos, incluso CapuOy la ses^uda Roma, con- 
quistando la Grecia mayor. 

Pero Aníbal no supo aprovechar todas las v^itajas que 
le proporcionaba esta victoria, como le enrostró el carta- 
ginés Barca, con mal reprimida cólera, cuando le ofrecíé 
levantar su tienda sobre las murallas de Roma. Pasado 
el primer momento de estupor y de abatimiento después 
de la derrota, el pueblo romano recobró de nuevo su 
peculiar energía al oir la palabra tranquila de Fabio, que 
llenaba de seguridades á los romanos reunidos en la plaza 
pública. Ahora Roma todo lo esperaba de Fabio, que era 
el único jefe que en BÍtuación tan difícil se sentía con fuer- 
zas impaces de salvar á la República. 



Mientras tanto el ejército cartaginés, favorecido por la 
victoria, acumulaba riquezas y apuraba los placeres á que 
se cree con derecho todo conquistador, seguro ya de su 
dominación. Eso mismo perjudicó su moral y su brío, pues 
cuando Fabio volvió á abrir la campaña con el objeto de 
recuperar las plazas perdidas que se encontraban en pose- 
sión de Aníbal, el ejército cartaginés no combatió con el 
vigor de sus campañas anteriores. Aníbal mismo deses- 
peró del triunfo completo cuando llegó al convencimiento 
de que no podía -ser auxiliado. 

Las campañas .de Escipión en España y después en 
África, le deciden á abandonar la Italia y marchar ve- 
lozmente en auxilio de Cartago: había entrado en Italia 
el año 218 antes de la Era Cristiana, y salió en 203. 

Su regreso, lleno de dificultades en mecfio de territorios 
hostiles ó enemigos, es otro acto lleno de sublimidad y 
de grandeza, casi superior á las fuerzas humanas. 

Aníbal, él solo, era el digno adversario de la más grande 
potencia de Occidente, de Roma, centro de civilización 
cuya fuerza estribaba no sólo en su posición geográfica, 



ANÍBAL 421 

siQo también en la sabiduría de sus políticos, en la habi- 
lidad de sus generales y en el valor de sus soldados. - 

La tenacidad romana y el aislamiento en que se en- 
contraba el ejército cartaginéd, triunfaron al fin del genio 
de Aníbal, concluyendo de esíf manera aquella lucha, 
admiración de los siglos, y que Creighton consagró en 
este pensamiento: *Fué el duelo de un gran hombre con 
un gran pueblo*. 

Publicado en «La Nación» en 1837. 

Juan Cuitas (hijo). 



ÍNDICE 



(TOMO III) 

PágB, 



UNA HEROÍNA MENDOCINA DE LA ÉPOCA DEL GENERAL 
DON JOSÉ DE SAN MARTÍN.— Referencia histórica, formada 
de un manoscrito perteneciente á un veterano de las guerras 
de la Independencia americana, en la Argentina, Chile y Perú.— 

De 1812 á. 1825 3 

RECUERDOS DE LA GUERRA DEL PARAGUAY (trasmitidos 
POR UN oficial del EJERCITO ORIENTAL). Fasaje del río Fa 

rana ( 16 de Abril de 1866) 227 

26 DE AGOSTO DE 1826 248 

UN SUEÑO DE NOCHR BUENA.— Dictadura de quince días.... 257 
UNIDAD DE ITALIA.— La conquista de las Dos Sicilias por Garí- 

baldi (1860). 271 

LA INDEPENDENCÍA DE AMÉRICA ( 1776 - 1810) 303 

SU SANTIDAD LEÓN XIII' filósofo y liberal.— La encíclica 
sobre los obreros.— El capital y el trabajo. — El triunfo de la de- 
mocracia 313 

PONTIFICADO POLÍTICO DE S. S. LEÓN XIII t . . 326 

25 DE AGOSTO DE 1900 349 

RENDICIÓN DE MONTEVIDEO, en 1865, á la revolución deno- 
minada Cruzada Libertadora 367 

ANÍBAL. — Sus campañas al través de los Alpes 395